lunes, 7 de octubre de 2024
domingo, 6 de octubre de 2024
Ambros y Ruvkun galardonados con el Nobel de Medicina 2024 por sus investigaciones sobre los micro-ARN
El lunes 8 de octubre, el Instituto Karolinska con sede en Estocolmo anunció la concesión del Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2024 conjuntamente a los investigadores americanos Victor Ambros (n. 1953), prof. de Ciencias Naturales de la Facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts, y Gary Ruvkun (n. 1952), investigador principal y profesor de genética adscrito al Hospital General de Massachusetts y la Facultad de Medicina de Harvard, MA.
El mérito de estos genetistas es el descubrimiento de unas moléculas de ARN no codificantes, los micro-ARN que intervienen en la regulación de la expresión de los genes en el pequeño gusano nematodo Caenorhabditis elegans. Este hallazgo, realizado en los años ochenta, careció de interés al principio, pero, con el tiempo, se ha valorado, ya que los micro-ARN son unos reguladores de la actividad génica que se encuentran en todos los organismos, desde los procariotas unicelulares, como las Archaea y las bacterias, a los eucariotas pluricelulares más evolucionados, como las plantas y animales, incluyendo al hombre.
La regulación de la expresión génica previa a Ambros y Ruvkun
Los genes son unidades de información genética con sede en las moléculas de ADN. Esta información se traslada de célula en célula y de padres a hijos en todas las especies. En los casos de reproducción sexual, la fecundación marca el inicio de la vida y, tras la formación del cigoto comienza el desarrollo embrionario. El organismo crece a base de divisiones celulares precedidas de la replicación del ADN.
Todo el proceso de desarrollo está regulado genéticamente en espacio y tiempo, de modo que, aunque todas las células mantienen la misma información genética del cigoto inicial, los linajes de cada célula se van determinando hacia su diferenciación, que se plasmará en su momento en la especialidad de un tejido u otro en función de los genes que se activen. En el caso del hombre, la especialización se acentúa tras la anidación, en el estado de gástrula, a partir del 5º día desde la fecundación. Llegado su momento, en cada tipo de célula solo se expresan unos genes, permaneciendo inactivos los demás. Esto significa que hay unos mecanismos reguladores de la actividad genética para que, en cada momento y lugar del organismo en desarrollo, solo se exprese el conjunto correcto de genes. Es decir que, cuando toque, solo se expresen los genes que determinen las funciones especializadas de cada tejido u órgano en formación. ¿Cómo es posible esto? Los primeros conocimientos sobre los mecanismos de la regulación genética surgieron en los años sesenta.
En primer lugar, se descubrió que la información del ADN de los genes fluye generando una copia del mensaje en forma de una molécula de ARN mensajero, el ARNm, a través de un proceso llamado “transcripción. Después, mediante el concurso de la maquinaria celular, su mensaje se traduce en la síntesis de una proteína, proceso conocido como “traducción”. De este modo, las proteínas se fabrican de acuerdo con las instrucciones de los genes mediadas por las moléculas de ARNm.
El siguiente paso se dio en los años sesenta, cuando se descubrió un primer mecanismo regulador de la expresión de los genes, mediante unos preciosos experimentos con bacterias realizados por los biólogos moleculares franceses Fraçois Jacob (1920-2013) y Jacques Monod (1910-1976) galardonados con el Premio Nobel de Medicina en 1965.
Lo que descubrieron Jacob y Monod en procariotas, se refería a la acción de unos “factores de transcripción”, unas proteínas que se unen al ADN aguas arriba de la región codificante del gen, el llamado “promotor”, permitiendo o bloqueando el acceso de la enzima ARN polimerasa para la síntesis del ARNm. Estos mecanismos son más complejos en los eucariotas, pero básicamente se basan en lo mismo. La expresión de un gen depende de factores de transcripción que se unen a los promotores de los genes para permitir, estimular, inhibir o bloquear la síntesis del ARNm. A ello se suman otros factores epigenéticos, como el estado de condensación o relajación de la región cromosómica del gen. Para que un gen se exprese ha de haber una relajación de la región del cromosoma en que se encuentra, lo que facilitará el acceso de los factores de transcripción y de las enzimas que intervienen en la misma.
Los micro-ARN de Ambros y Ruvkun
Durante años, se han identificado miles de factores de transcripción y se creía que los principios básicos de la regulación genética habían sido resueltos con el mecanismo descubierto por Jacob y Monod. Sin embargo, en los años ochenta, los investigadores ahora galardonados, descubrirían un nuevo mecanismo que se suma al anterior y que opera después de la transcripción, sobre el ARN mensajero. El descubrimiento se produce en el gusano nematodo Caenorhabditis elegans, que, a pesar de su sencillez y pequeño tamaño, se ha convertido en un modelo animal de gran importancia en las investigaciones genéticas y neurológicas. Posee muchos tipos de células especializadas, musculares, nerviosas, etc., al igual que los animales más grandes y complejos, por lo que permite investigar cómo se desarrollan y maduran los tejidos en los organismos pluricelulares.
De manera resumida, Ambros y Ruvkun, estaban estudiando las cepas mutantes lin-4 y lin-14 de C. elegans. Ambros había demostrado que lin-4 parecía ser un regulador negativo de lin-14, y que dicho gen codificaba un ARN diminuto, micro-ARN, no traducible en proteína pero que parecía interferir en la expresión de lin-14. Ruvkun aisló y clonó el gen lin-14 y ambos científicos constataron que el micro-ARN de lin-4 coincidía con una secuencia complementaria del ARNm de lin-14. La conclusión a la que llegaron es que la inhibición de lin4 a lin14 no se ejerce sobre el gen, sino sobre el producto de su transcripción, el ARNm, después de que se ha expresado. La regulación parecía ocurrir en una etapa posterior del proceso de la expresión génica, no mediante un bloqueo de la transcripción, sino de la traducción.
De este modo, un tipo de moléculas de ARN hasta entonces desconocidas, los micro-ARN, se convertían en un nuevo modo de regulación de la expresión de los genes. Los resultados se publicaron en 1993 en dos artículos en la revista Cell [1,2]. Sin embargo, hizo falta añadir otro descubrimiento para conseguir la aceptación de este nuevo mecanismo de acción génica en el mundo de la Genética Molecular.
La aprobación vino cuando el equipo de Ruvkun descubrió otro micro-ARN, codificado por el gen let-7, que, además de en C. elegans, está presente en el genoma de todas las especies de genoma del reino animal investigadas [3]. Con la certeza de la conservación evolutiva de un gen que codifica micro-ARN, se despertó el interés por su papel y efectos de interferencia sobre las moléculas de ARNm de cientos de genes del genoma de diferentes especies.
Varios años después, sabemos que en el genoma humano se han detectado diferentes familias de cerca de 50.000 genes de micro-ARN, capaces de actuar como reguladores de la expresión génica, por medio de la interferencia de diferentes ARNm diana de miles de genes. En realidad, es un mecanismo universal de los organismos multicelulares. También se conoce cómo se sintetizan los micro-ARN a partir de los genes del núcleo celular y cómo se procesan por medio de enzimas que los capacitan para actuar sobre los ARNm diana. Sabemos por la investigación genética que las células y los tejidos de los organismos pluricelulares necesitan los micro-ARN para su desarrollo y especialización. Se pueden considerar reguladores epigenéticos en el sentido de afectar los niveles de expresión de los genes que codifican los ARNm diana, sin modificar sus secuencias genéticas. Pero es que, a su vez, los propios genes codificantes de los micro-ARN pueden ser regulados por modificaciones epigenéticas, incluyendo la metilación del ADN y las modificaciones de las histonas. De este modo, las acciones recíprocas de los micro-ARN y la vía epigenética parecen complementarse y participar en la expresión de los genes que determinan la diferenciación celular durante el desarrollo.
Los genes que codifican los micro-ARN son genes más largos que el producto final activo, lo que requiere un procesamiento previo a la acción. Esto sucede del siguiente modo: el gen se transcribe para dar una molécula de ARN larga que se dobla formando un bucle por la complementación de bases de gran parte de la molécula. Este micro-ARN primario bicatenario, sufre una pérdida por ambos extremos, merced a la acción de la enzima llamada DOSHA, lo que tiene lugar en el interior del núcleo celular. Después, el producto más corto se traslada del núcleo al citoplasma y tras la acción de otra enzima llamada DICER se fragmenta y queda reducido a unas 18-25 bases de una sola cadena, la otra se pierde. El producto final es el micro-ARN ya procesado y preparado para reconocer al ARN mensajero diana, sobre el que actúa por complementación de las bases, interfiriendo y bloqueando su traducción.
Recientes investigaciones han permitido conocer que una regulación anormal por micro-ARN puede generar cáncer, y que en el genoma humano hay mutaciones en los genes que codifican micro-ARN que pueden causar una variedad de enfermedades como pérdida de audición, trastornos oculares y esqueléticos, etc. Las mutaciones en el gen que codifica la enzima DICER, necesaria para el procesamiento de los micro-ARN, determina el síndrome DICER, una rara patología relacionada con varios tipos de cáncer.
Finalmente, hay que señalar que con el descubrimiento de Ambros y Ruvkun se amplía el conocimiento de los procesos que explican el ajuste fino de la expresión génica que determina la diferenciación celular durante el desarrollo y la especialización de las células y tejidos en los organismos pluricelulares.
--------- Nicolás Jouve-Catedrático Emérito de Genética de la Universidad de Alcalá-Ex miembro del Comité de Bioética de España-Miembro del Observatorio de Bioética-Universidad Católica de Valencia
sábado, 5 de octubre de 2024
viernes, 4 de octubre de 2024
El papel de la familia y los cuidados paliativos frente a la tecnificación de la muerte en «Los destellos»
La trama arranca con Ramón (Antonio de la Torre) enfermo de cáncer en situación terminal. Su hija Madalen (Marina Guerola) vive y estudia Ingeniería Agrónoma en Valencia. Pero, todos los fines de semana se desplaza a un pequeño pueblo de Tarragona para ver a su padre, pasar tiempo con él en la casa familiar y, de paso, visitar a su madre. Ante el agravamiento de la enfermedad, la joven toma la decisión de trasladarse a vivir a casa de Ramón para pasar el máximo de tiempo juntos. Está dispuesta a posponer sus estudios universitarios con el fin de acompañar a su padre hasta el último momento. La decisión disgusta, inicialmente, a la madre. Isabel (Patricia López Arnáiz) lleva más de quince años separada de Ramón, ha rehecho su vida con una nueva pareja, Nacho (Julián López), está ilusionada con la rehabilitación de una antigua masía y no quiere, de ninguna manera, que nada estropee su isla de felicidad cotidiana. Además, se opone frontalmente a que Madalen interrumpa sus estudios porque no cree que Ramón vaya a morir tan pronto como intuye su hija.
El giro inesperado de guion, que cambia radicalmente los planes de Isabel y la pone en aprietos, tiene que ver con una petición de Madalen. Ésta requiere a su madre generosidad y que visite regularmente a Ramón, puesto que la única compañía que tiene es la de su mascota, un perro al que ni siquiera puede sacar a la calle porque le faltan las fuerzas. A cambio, la joven se compromete a no dejar sus estudios, al menos momentáneamente, y a seguir con el cuidado de su padre los fines de semana. Isabel ve a su exmarido como un desconocido y cuando comienza a visitarlo se reavivan resentimientos de un pasado que creía superado.
Sin embargo, el personaje de la mujer sufrirá una radical transformación a medida que pasan las semanas y va acompañando a Ramón en su momentos más frágiles y vulnerables. Isabel logrará ver con ojos nuevos al padre de su hija, desplazando el fracaso matrimonial que vivieron en el pasado para centrarse plenamente en vivir lo que acontece en el momento presente. Tal evolución redime también una relación, la de la madre y la hija, que empezaba a agrietarse. “¿No me vas a preguntar cómo está papá?”. Es la interpelación repetida de la joven a su madre sin un fin reprobatorio, sino dirigido a facilitar la necesaria autorreflexión que conduce a un mayor autoconocimiento y ensancha la conciencia. Lentamente, también Ramón modifica su actitud hacia la que fue su esposa y rompe el cerco de inmunidad, la distancia y el aislamiento que creía que lo protegía y garantizaba su control. Ambos aprenden a ver no aquello que les ha separado, sino lo que todavía son capaces de compartir.
Pese a su juventud, es Madalen quien enseña a su madre a intuir lo que de verdad necesita Ramón: amor y cercanía. Padre e hija disfrutan de cosas sencillas como ver una película abrazados en el sofá, reviven a través de las fotografías familiares anécdotas y momentos dulces y, en los días con menos energía, encuentran en la lectura de Platero y yo la mejor de las medicinas.
La dignidad y el carácter sagrado de la vida
La película pone el acento en el acompañamiento amoroso de la familia y los instantes de felicidad compartidos, pese a la tristeza ante la inminencia de la pérdida. Pero también subraya el sostén primordial y profundamente humano de los cuidados paliativos. Un médico y dos enfermeras acuden diariamente a casa de Ramón para facilitarle todo aquello que necesita que, en la mayoría de las ocasiones, es más espiritual que físico. “¿Cómo lo llevas? ¿Qué te asusta o te preocupa?”, le pregunta el médico. Ramón responde: “Sólo me duele que mi entorno sufra y no ver crecer a mi hija ni las cosas bonitas que le van a pasar seguro”. Con una empatía y una calidez extraordinarias, el doctor trata de disipar ciertos temores sobre el dolor y la cercanía de la muerte. En efecto, no puede asegurarle el tiempo de vida que le queda, pero sí le aporta serenidad y una perla de sabiduría: “este momento no te lo quita nadie”. Incluso hay una penetrante reflexión del médico sobre la pérdida de los rituales en la muerte, el menoscabo de la cohesión de la comunidad y la desorientación de la persona que merecen la mirada y la escucha atentas del espectador
Por otra parte, el título del film alude a esos instantes de esplendor y de felicidad genuina que se abren paso, incluso en medio del dolor. Son soplos que bombean la vida con una fuerza inusitada cuando no se mira la muerte con miedo y se ponen en valor otros aspectos relacionados con el amor y el tiempo compartido con los seres queridos. En ese caso, el final confiere pleno sentido a lo vivido. Uno de los momentos más vibrantes del film que conmueve y acaricia el alma del espectador tiene que ver con esos destellos de belleza a los que remite el film. La hija y el padre bailan la copla “A tu vera” fundiéndose en una ternura que trasciende el tiempo y el espacio.
Pilar Palomero deja que la película se adapte al ritmo lento que dicta el corazón. Su rectitud ética se expresa desde los encuadres y las imágenes seleccionadas hasta en los escasos diálogos que convierten al espectador en testigo de la evolución de los personajes. Lo importante son los gestos y, sobre todo, los silencios, más elocuentes que las palabras en los momentos íntimos. La cineasta explora el final de la vida con empatía, bondad y sencillez. Sin caer en la tentación de hacer concesiones al exhibicionismo o a la curiosidad morbosa.
Cabe señalar que esta película de Pilar Palomero puede ser considerada como antitética a la loa a la eutanasia de Pedro Almodóvar en su último film La habitación de al lado. Frente a la tecnificación de la muerte, las lógicas autorreferenciales, el mito de la autonomía y los discursos sobre la disponibilidad del cuerpo, la directora española invita a la humanización de la muerte. En este contexto, relaciona los cuidados paliativos con un mayor respeto a la dignidad de la persona y al carácter sagrado de la existencia que exige atender todas las dimensiones del ser humano.
La trampa de la “muerte digna”
En España, se aprovechó la pandemia para impulsar la legislación sobre la eutanasia, recurriendo al eufemismo del derecho a una “muerte digna”. Sin embargo, esto no es más que la expresión dramática de una antropología reduccionista, una cosificación, una despersonalización y un materialismo creciente ligado a visiones irracionales de la vida basadas en la ausencia de sufrimiento y un bienestar permanente. Desde esta óptica, se niega a la vida humana su valor intrínseco al hacer depender la dignidad de ésta de determinadas condiciones de salud física, psíquica, e incluso económica. Y, por esta regla de tres, cuando se sufre una enfermedad irreversible y la calidad de vida parece mermada, lo que impera es que no debe prolongarse más. En consecuencia, los enfermos acaban adquiriendo la idea de que son una carga para sus seres queridos y que cuanto antes se quiten de en medio, mejor. Pero, ni hay vidas más valiosas que otras ni hay muertes más dignas o indignas, porque la dignidad pertenece a la persona por el hecho de serlo y, desde luego, es imposible pasar por esta vida sin experimentar dolor en algún momento.
La propaganda a favor de la eutanasia y del suicidio asistido ha tenido, además, un impacto negativo y un efecto distorsionador sobre los cuidados paliativos. Estos se relacionan por parte de algunos, de manera interesada, con falsas ideas y conceptos como el ensañamiento terapéutico y la prolongación de forma artificial de la vida, empleando todos los medios posibles sean proporcionados o no.
Por todas las contradicciones señaladas, una película como Los destellos tiene tanto valor. No solo por el coraje de la directora, Pilar Palomero, que se atreve a ir a contracorriente de modas e ideologías, sino también por buscar y ofrecer verdad. Y, sobre todo, por reivindicar la mejor versión de los seres humanos que es cuidar con toda el alma los unos de los otros. Domingo Moratalla nos enseña la importancia de tener muy presente que cuidar requiere ensanchar los horizontes de la responsabilidad personal y afrontar inercias como el individualismo, la indiferencia o la desvinculación con el prójimo[1]. Frente a la cultura de la muerte, el film de esta cineasta contrapone la cultura del cuidado que cohesiona la sociedad e ilumina como dones la fragilidad y la dependencia que están en la base de nuestra empatía y, en definitiva, nos encarnan.
[1] Domingo Moratalla, A. (2022) Homo curans. El coraje de cuidar. Madrid: Ediciones Encuentro.
------------ Amparo Aygües
Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia
Miembro del Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
jueves, 3 de octubre de 2024
miércoles, 2 de octubre de 2024
Cuidar la vida y la dignidad de las personas
¿Qué es la vida humana? Es la capacidad de las personas de nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar y morir. Es el espacio de tiempo que transcurre desde la concepción de un ser humano hasta su muerte. Pero esta puede acabar antes por una enfermedad o por un accidente. Pero también podemos acabar con ella a través del aborto, del suicidio y de la eutanasia. La vida es un derecho, vivir y morir dignamente también, pero morir no es un derecho.
¿Qué es la dignidad humana? Es aquella condición especial que reviste todo ser humano por el hecho de serlo, y lo caracteriza de forma permanente y fundamental desde su concepción hasta su muerte. El concepto de dignidad es, en sí mismo, problemático, pero también lo es el de persona, como afirma el filósofo Françesc Torralba en su libro ¿Qué es la dignidad humana? (Torralba F, 2005). La dignidad es un bien invulnerable propio de cada persona, no se puede perder, pero se puede dañar. Cuanto mayor sea el desamparo y la necesidad de ayuda de una persona, mayor es la posibilidad de que se sienta herido en su dignidad.
Pero ante la vida humana y su dignidad, la sociedad no se comporta en ocasiones como debiera. El mes pasado, un medio de comunicación titulaba una noticia de la siguiente manera: “el Gobierno prepara una ley para proteger a los grandes simios mientras desprecia la vida humana”. Yo me pregunto: ¿Por qué una bacteria se considera vida en marte cuando un latido prenatal no se considera vida en la tierra? Quino, el autor de Mafalda, refleja muy bien el desprecio a la dignidad en una de sus viñetas cuando Mafalda ve un cartel en un jardín que dice: “prohibido pisar el césped” y ella se pregunta: ¿y la dignidad no?
Una sociedad, como la nuestra, que se resiste a condenar actos que nuestro sentido común nos dice que son destructivos como el aborto, el suicidio y la eutanasia es una sociedad que ha perdido la capacidad de enfrentarse al mal. Es una sociedad que priva a las personas de la vida y de la dignidad. En 1994, el Papa Juan Pablo II decía: “Nuestra civilización contemporánea amenaza la vida de los no nacidos. […] Hoy en día esta amenaza se extiende igualmente a ancianos y enfermos. Las instituciones humanas, los parlamentos elegidos democráticamente, usurpan el derecho a poder determinar quién tiene derecho a la vida”. El escritor, filósofo y político, padre del conservadurismo liberal británico, Edmund Burke (1729-1797) ya dijo: “Lo único que necesita el mal para triunfar es que las personas buenas no hagan nada”. Y Albert Einstein (1879-1955), Premio Nóbel de Física en 1921, hizo referencia a este asunto cuando dijo: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por los que se sientan a ver lo que pasa”. ¿Seguiremos nosotros sin hacer nada, sentados a ver qué pasa?
Permítanme que como médico paliativista comparta alguna reflexión sobre la cuestión de la eutanasia. No hay que considerar como nuestro único objetivo una muerte digna, porque muerte digna, es mucho más que un estilo particular de muerte es un concepto amplio, una filosofía de morir basada en el respeto por la dignidad de la persona para conservarla hasta el final. El mejor final para una vida es morir con dignidad. La ayuda que le podemos ofrecer quienes los acompañemos en el proceso de morir será preservar su dignidad para garantizarle una muerte serena, en paz y sin sufrimiento. Pero, aliviar el sufrimiento de la persona no debiera consistir en eliminar a quien sufre. Es verdad que cuando no se puede ofrecer al enfermo el alivio de su sufrimiento, algunos pueden desear que les adelanten la muerte para no seguir viviendo con sufrimiento. El que pide la muerte, en realidad pide otra cosa, no desea sufrir. Detrás de la petición “quiero morir”, hay un trasfondo que significa “quiero vivir o morir de otra forma”. En mi opinión, la eutanasia no es signo de civilización. El modo de tratar a las personas en situación de vulnerabilidad, el modo de acoger y sostener a los debilitados, ancianos y enfermos, y la manera de abordar los momentos últimos de nuestra vida, sí demuestran el grado de civilización de nuestra sociedad.
Yo creo que además de una sociedad sana, podremos construir una sociedad compasiva cuando todos seamos capaces de ayudar a quien lo necesita preservando su vida y su dignidad. Esta es una verdadera apuesta de todos los que componemos esta sociedad. Hemos de conseguir una sociedad sana y compasiva, porque está compuesta de personas que están ante personas y se necesitan unas a otras. Cuidar su vida y su dignidad es responsabilidad de toda la sociedad.
Dr. Jacinto Bátiz Cantera-Director del Instituto Para Cuidar Mejor-Hospital San Juan de Dios de Santurce
