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martes, 28 de marzo de 2017

sábado, 25 de marzo de 2017

martes, 28 de febrero de 2017

TESTIMONIO JOVEN

MADRID, 27 Feb. 17 / 08:27 pm (ACI).- El sábado 25 de febrero falleció en España el joven católico Pablo Ráez, que con solo 21 años de edad logró convertir su dura lucha contra la leucemia en un camino para multiplicar por mil las donaciones de médula ósea que permiten hacerle frente a esta grave enfermedad. Ráez era natural de Marbella, en Málaga, y desde que enfermó de leucemia se dedicó a compartir su lucha cotidiana y su actitud positiva con sus más de 300 mil seguidores en Facebook. Estas ganas de vivir, acompañado siempre por la fe, la resumía en la frase “mucha fuerza”, que usaba en las redes sociales y los medios para ayudar a que las donaciones de médula ósea aumentaran en el país. Una petición en Internet para nombrar una calle en su honor, que ya lleva más de 100 mil firmas, señala que “Pablo aumentó las donaciones de médula ósea en Málaga un 1.300% en el año 2016, con un total de 11.201 donantes nuevos”. El funeral del joven se celebró en la parroquia de la Encarnación de Marbella a donde acudieron unas mil personas para darle el último adiós. La Misa fue presidida por el sacerdote P. José López Solórzano, párroco de la iglesia, padrino de Pablo y amigo personal del joven. Según seña Diario Sur, el presbítero dijo visiblemente emocionado: “yo no sé enterrar a Pablo, lo que quiero es llorar con vosotros”. En la homilía, el sacerdote recordó que el joven “creció en un clima de sencillez; de esa sencillez brotan las grandezas”. Al recordar la campaña que alentó durante los dos años que sufrió la leucemia, el P. López dijo que Pablo “hizo lo que tenía que hacer, ha dejado su huella en este mundo”. El joven solía afirmar que “la leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado”, “la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla sino amarla”. En un reportaje filmado hace un tiempo, el sacerdote refería que “cuando oigo que Pablo le da gracias a la leucemia, me estremezco porque dice que gracias a ella ha descubierto muchas cosas y las ha integrado en su vida. Muchas veces nos suceden cosas que pasan en nuestra vida y ya está, pero Pablo aprende cada día de lo que le va ocurre”. El P. López contaba además que conoció a Pablo cuando llegó a los 14 años a la iglesia de la Encarnación, pidiendo recibir los sacramentos del Bautismo y la Primera Comunión. “Le dije que era una decisión suya personal. Así comenzó un proceso de formación que culminó con un Bautismo, Confirmación y la Primera Comunión”, recuerda el sacerdote. En el mismo reportaje Pablo comenta su amistad con el párroco. “Es mi padrino pero sobre todo es mi amigo. Es un gran amigo para mí y ha estado muy presente en mi enfermedad, realmente es de las personas que más cercanas ha estado y siempre, siempre, siempre que ha podido ha estado ahí para verme”. Uno de los días más difíciles de su vida, narraba Pablo Ráez, fue aquel en que “me estaban trasplantando tenía muchísimo miedo y él (el P. José López) apareció por el hospital. Cuando lo vi lloré muchísimo y después supe que me iba a recuperar y que me iba a ir bien. Además de toda la gente que estuvo rezando por mí, eso me llegó e hizo que me recuperara”. El joven que se convirtió en un icono de la lucha contra la leucemia iba a ser condecorado con la Medalla de la ciudad el martes 28 de febrero, día de Andalucía, donde se encuentra la ciudad de Marbella. El alcalde de la localidad, José Bernal, había dicho que ese día “la ciudad se volcará para recordar la figura de un luchador que ha sido un ejemplo de fortaleza y de superación y que es un orgullo para todos los vecinos de Marbella”. Pablo Ráez participaba como monaguillo en la iglesia de la Encarnación. El día del funeral fueron sus amigos de la parroquia quienes sacaron el féretro de la iglesia en hombros y visiblemente emocionados La petición en Internet que pide nombrar una calle en honor del joven, lo recuerda como un “valiente luchador que ha salvado muchas vidas. Recordarle para la posteridad es un acto de justicia, como el suyo fue un inmenso acto de coraje, de solidaridad y de amor”.

sábado, 27 de julio de 2013

lio en Río...

TODOS LOS DISCURSOS

lunes, 1 de octubre de 2012

La alegría, caridad exquisita

A Santa Teresa de Lisieux. Albino Luciani, Junio de 1973. Del libro Ilustrísimos señores...

Querida pequeña Teresa,
Tenía diecisiete años cuando leí vuestra biografía. Fue para mí una descarga fulminante. "Historia de una florcita de mayo" la habíais definida. A mí me parece la historia de una "barra de acero" por la fuerza de voluntad, el coraje y la decisión que de ella salían. Elegido una vez el camino de la completa dedicación a Dios, nada más os ha cortado el paso: ni enfermedad, ni contradicciones externas, ni nieblas o tinieblas interiores.
Me acordé de ello cuando me llevaron enfermo al sanatorio, en años en los cuales penicilina y antibióticos, no siendo todavía inventados, al paciente se le presentaba, más o menos cercana, la muerte.
Me avengoncé de tener un poco de miedo: "Teresa, de 23 años, hasta entonces sana y llena de vitalidad, me dije, fue inundada de alegría y de esperanza cuando sintió subirle a la boca la primera hemotisis. No sólo, sino, atenuando el mal, obtuvo de llevar a término el ayuno con régimen de pan seco y agua, y tú ¿quieres ponerte a temblar? ¡Eres sacerdote, despiértate, no te hagas el tonto!".

***

Releyéndoos, con motivo del centenario de nacimiento (1873-1973), me impresiona, en cambio, el modo con el cual habéis amado a Dios y al prójimo. San Agustín había escrito: "Vamos a Dios, no caminando sino amando". También vos llamásteis vuesto camino "vía del amor". Cristo había dicho: "Ninguno viene a mí si el Padre no lo atrae". En perfecta línea con estas palabras, vos os habéis sentido como un "pajarito sin fuerza y sin alas"; en Dios, en cambio, habéis visto al águila, que descendía para llevaros a las alturas sobres sus propias alas. Llamásteis a la gracia divina "ascensor", que os elevaba a Dios rápido y sin fatiga, siendo vos "demasiado pequeña para subir la áspera escalera de la perfección".
He escrito arriba: "sin fatiga". Entendámonos: eso, bajo un aspecto; bajo otro, en cambio... Estamos en los últimos meses; vuestra alma avanza en una especie de galería oscura; no ve nada de lo que antes veía claramente. "¡La fe, escribís vos, no es más un velo, sino un muro!". Los sufrimientos físicos son tales que os hacen decir: "Si no hubiera tenido la fe, me hubiera dado la muerte". No obstante eso, continuáis diciendo con la voluntad al Señor que lo amáis: "Canto la felicidad del Paraíso, pero sin sentir alegría; canto simplemente que quiero creer". Vuestras últimas palabras fueron: "¡Mi Dios, yo os amo!".
Al amor misericordioso de Dios os habéis ofrecido como víctima. Todo eso no os impedía de gozar de las cosas bellas y buenas: antes de la última enfermedad, con alegría pintábais, escribísteis poesías y pequeños dramas sacros, interpretando alguna parte con gusto de fina actriz. En la última enfermedad, en un momento de recuperación, pedísteis masitas de chocolate. No teníais miedo de vuestras mismas imperfecciones, ni siquiera de haberos quedado dormida por cansancio durante la meditación ("¡Los niños gustan a las madres cuando duermen!).
Amando al prójimo, os esforzásteis en hacer pequeños servicios útiles pero inobservados, y preferir, tal vez, las personas que os daban fastidio y encontraban menos vuestro genio. Detrás de sus rostros poco simpáticos, buscábais el rostro simpatiquísimo de Cristo. Y no se daban cuenta de este esfuerzo y de esta búsqueda: "Cuanto es mística en la capilla y en el trabajo, escribía a vos la priora, lo mismo es payasa y llena de ideas, hasta hacernos reventar de la risa en el recreo".
Estas pocas líneas, que he trazado, están bien lejos de contener vuestro completo mensaje a los cristianos. Bastan, todavía, para señalar algunas directivas para nosotros.

***

El verdadero amor de Dios se casa con la firme decisión tomada y, si necesario, renovada.
El indeciso Eneas del Metastasio, que dice: "En tanto confundido, en la duda funesta, no parto, no me quedo". No tenía pasta de verdadero amor de Dios.
Más adecuado, tal vez, vuestro compatriota el Mariscal Foch que, durante la batalla del Marne, telegrafiaba: "El centro de nuestro ejército cede, la izquierda se retira,m ¡pero yo ataco lo mismo!". Un poco de combatividad y de amor al riesgo no hace mal en el amor al Señor. Vos lo teníais: no por nada sentísteis en Juana de Arco una "hermana de armas".
En el "Elixir de amor" de Donizetti basta la "furtiva lágrima", salida sobre los párpados de Adina, para asegurar y hacer beato al enamorado Nemorino. Dios no se queda contento sólo con furtivas lágrimas. Una lágrima externa en tanto le gusta, en cuanto a ella corresponde dentro, en la voluntad, una decisión. Es así también con las obras externas: ellas gustan al Señor, sólo si corresponde a ellas un amor interno. El ayuno religioso hasta había hecho exterminio en las caras de los Fariseos, pero a Cristo no le gustaron aquellas caras extenuadas porque encontraba que el corazón de los Fariseos estaba lejos de Dios. Vos habéis escrito: "El amor no debe consistir en los sentimientos sino en las obras". Pero habíais agregado: "Dios no tiene necesidad de nuestras obras sino sólo de nuestro amor". ¡Perfecto!
Con Dios se puede amar un montón de otras cosas bellas. Con una condición: nada sea amado contra o arriba o en la misma medida de Dios. En otras palabras: el amor a Dios no debe ser exclusivo sino prevalente, al menos en la estimación.
Jacob un día se enamoró de Raquel: para tenerla, prestó servicio durante siete años, que "le parecían, dice la Biblia, pocos días, tanto la amaba" y Dios no tuvo nada que decir; más bien aprobó y bendijo.
Rociar con agua santa y bendecir todos los amores de este mundo es otra cosa. Por desgracia, intenta hacerlo hoy algún teólogo, el cual, influido por las ideas de Freud, Kinsey y Marcuse, alaba la "nueva moral sexual". Si no quieren la confusión y el desbande, en vez de a estos teólogos, los cristianos deberían mirar el Magisterio de la Iglesia, que goza de especial asistencia ya sea para conservar intacta la doctrina de Cristo como para adaptarla en modo conveniente a los tiempos nuevos.

***

Buscar el rostro de Cristo en el rostro del prójimo es el único criterio que nos garantiza amar en serio a todos, superando antipatías y meras filantropías.
Un jovencito, escribió el viejo arzobispo Perini, llama una noche a la puerta de una casa: tiene el vestido de fiesta, una flor en el ojal, pero, dentro, el corazón le late fuerte: ¿quién sabe cómo la chica y sus familiares acogerán el pedido de matrimonio que él viene tímidamente a hacer?
Viene a abrir la chica en persona. Una ojeada y el rubor, el placer evidente (falta la "furtiva lágrima") de la señorita lo aseguran; el corazón se le ensancha. Entra; está la madre de la chica; le parece una señora simpatiquísima, hasta le darían ganas de abrazarla. Está el padre; lo ha encontrado cien veces, pero esta noche le aparece transfigurado de una luz especial. Más tarde llegan los dos hermanos; brazos al cuello, saludos calurosos.
Se pregunta Perini: ¿Qué sucede en este jovencito? ¿Qué son estos amores nacidos de golpe como hongos? Respuesta: no se trata de amores, sino de un amor sólo: ama a la chica y el amor dado a ella lo difunde sobre todos sus parientes. Quien ama en serio a Cristo no puede negarse a amar a los hombres, que de Cristo son hermanos. Aún siendo feos, malos y aburridos; el amor los debe transfigurar un poco.
Amor simple. A menudo es el único posible. Nunca he tenido la ocasión de tirarme a las aguas de un torrente para salvar a uno en peligro; muy a menudo me pidieron que prestara algo, que escribiera cartas, que diera modestas y fáciles indicaciones. Nunca he encontrado un perro hidrófobo por la calle; en cambio, tantas moscas y mosquitos fastidiosos; nunca tenido perseguidores que me golpearan; pero tantas personas que me molestan cuando hablan fuerte por la calle, con el volumen de la televisión demasiado alto o, tal vez, cuando hacen un cierto ruido al tomar la sopa.
Ayudar como se pueda, no tomárselo a mal, ser comprensivos, mantenerse calmos y sonrientes (¡lo más posible!) en estas ocasiones, es amar al prójimo sin retórica pero en un modo práctico. Cristo ha practicado mucho esta caridad. ¡Cuánta paciencia al soportar los litigios que los Apóstoles tenían entre ellos! Cuánta atención para dar coraje y alabar: "Nunca encontré tanta fe en Israel", dice del Centurión y de la Cananea. "Vosotros os habéis quedado conmigo también en los momentos difíciles", dice a los Apóstoles. Y una vez pide por favor la barca a Pedro.
"Señor de toda cortesía", lo dice Dante. Sabía ponerse en lugar de los otros; sufría con ellos: protegía, defendía además de perdonar a los pecadores: así Zaqueo, así la adúltera, así la Magdalena.
Vos, en Lisieux, habéis caminado detrás de sus ejemplos; nosotros deberíamos hacer lo mismo en el mundo.
Carnegie cuenta de aquella señora que, un día hizo encontrar a sus hombres, marido e hijos, la mesa bien preparada y adornada, pero con un puñado de heno en cada plato. "¿Qué? ¿Heno nos das hoy?, le dijeron. "¡Oh, no!, respondió, os traigo enseguida el almuerzo. Pero dejad que os diga una cosa: hace años que os hago de comer, trato de variar, una vez el risotto, otra el caldo, ahora el asado o el húmedo, etc. Nunca que digáis: "¡Nos gusta, has sido buena!". ¡Decid, por favor, una palabra, no soy de piedra! ¡No se puede trabajar sin un reconocimiento, un estímulo, para sólo el rey de Prusia!".
Puede ser menuda también la caridad desprivatizada o social. Se está desarrollando una huelga justa: puede ser que ella me provoque disgusto a mí, que no estoy directamente interesado en la cuestión. Aceptar el disgusto, no murmurar, sentirse solidarios con los hermanos que luchan por la defensa de sus derechos, es también caridad cristiana. Poco notada, no por esto menos exquisita.
Una alegría mezclada al amor cristiano. Aparece ya en el canto de los Ángeles en Belén. Forma parte de la esencia del Evangelio que es "alegre novedad". Es característica de los grandes santos: "Un Santo triste, decía Santa Teresa de Ávila, es un triste santo". "Aqui, nosotros, agregaba Santo Domingo Savio, nos hacemos santos con la alegría".
La alegría puede convertirse en caridad exquisita, si comunicada, como justo vos hacíais en los recreos del Carmelo, a los otros.
El irlandés de la leyenda que, muerto imprevistamente, llegó al tribunal divino, estaba no poco preocupado: el balance de la vida se revelaba más bien magro. Había una fila delante de él; se quedó a ver y a oír. Luego de haber consultado el gran registro, Cristo dijo al primero de la fila: "Encuentro que tenía hambre y tú me has dado de comer. ¡Bien! ¡Pasa al Paraíso!. Al segundo: "Tenía sed y tú me has dado de beber". A un tercero: "Estaba en la cárcel y me has visitado". Y así sucesivamente.
Para cada uno, que era enviado al Paraíso, el irlandés hacía un examen y encontraba de qué temer: él, no había dado ni de comer ni de beber; no había visitado ni presos ni enfermos. Llegó su turno, temblaba, mirando a Cristo que estaba examinando el registro. Pero he aquí que Cristo levanta los ojos y dice: "No hay escrito mucho. Pero algo has hecho también tú: estaba triste, desconfiado, envilecido: viniste, me contaste chistes, me hiciste reír y dado entusiasmo de nuevo. ¡Paraíso!".
Es un chiste, de acuerdo, pero subraya que ninguna forma de caridad hay que dejarla de lado o subvalorarla.

***

Teresa, el amor que habéis llevado a Dios (y al prójimo por amor de Dios) fue verdaderamente digno de Dios. Así debe ser nuestro amor: llama, que se alimenta de todo aquello que en nosotros es grande y bello; renuncia, a todo aquello que en nosotros es rebelde; victoria, que nos toma sobre sus propias alas y nos lleva en regalo a los pies de Dios.

lunes, 2 de julio de 2012

Hermosa sin extravagancias


A María Teresa de Austria
Juan Pablo I, cuando aún no era Papa... Julio 1971

¡Majestad real e imperial!
Os conozco solamente por los libros. Soberana típica del "siglo de las luces", también vos fuisteis un tanto paternalista en vuestro gobierno. Os llamabais "madre" de todas vuestras tierras; pero, al parecer, lo que realmente os preocupó fue que vuestras gentes fueran súbditos obedientes de la emperatriz.
No hay que extrañarse; ni siquiera a una reina puede pedirse que se anticipe proféticamente a los tiempos. De todos modos, en el lote de soberanos de la época, representáis quizá el papel más airoso: ¡directora de la orquesta nacional, sin la pretensión de tocar todos los instrumentos!
Mejor aún si os la habéis arreglado como esposa y como madre. Esposo amado en vida y sinceramente llorado tras la muerte (aun sabiendo que os había traicionado con otras favoritas). "Casa de cristal" en la que los súbditos podían observar las costumbres intachables de su soberana. Dieciséis hijos, entre los cuales el famoso José II, llamado por vuestro vecino rey de Prusia "Rey sacristán", y la desdichada María Antonieta, primero princesa, después reina de Francia.
Es a esta última a quien, con sensibilidad de mujer y de madre, escribisteis cartas, que todavía hoy se conservan, sobre el modo de vestir.
En París se susurra que la princesa no se cuida de la elegancia. Os enteráis en Viena e inmediatamente tomáis la pluma, amonestándola: "Me dicen que os vestís mal y que vuestras damas no se atreven a decíroslo".
Ya reina, María Antonieta se excede en el sentido contrario, y os manda un retrato suyo en el que lleva en la cabeza un monumental catafalco hecho de frutas, flores, plumas y sus buenos diez metros de tela. Y vos, a escribirle de nuevo: "No creo que deba vestir así la soberana de una gran nación. Hay que seguir la moda, pero sin exagerar. ¡Una garbosa reina no tiene necesidad de todas estas extravagancias sobre la cabeza!"
He aquí una sabia máxima: la hermosura de la mujer resalta sin necesidad de tantas extravagancias.

***

Majestad, ¿lo creeríais? Hay un colega mío, obispo, que parece todavía más comprensivo que vos. San Francisco de Sales está en verdad lleno de sonriente indulgencia para las insuperables pequeñas debilidades humanas, que impulsan especialmente a las mujeres a buscar y cambiar ornatos, tocados y vestidos; se muestra tolerante, en particular con la elegancia graciosa de las jóvenes. "Estas - escribe - sienten como algo innato la necesidad de agradar a los demás". Y continúa: "Les es lícito el deseo de agradar a muchos, con tal de que lo hagan con el único propósito de conquistar a uno por medio del matrimonio".
Como obispo le tocó moderar el celo de la baronesa de Chantal, que montó una vigilancia demasiado austera en torno al vestido de las hijas, y le escribe: "¿Qué quiere? Es preciso que las muchachas sean también un poco bonitas". Pero cuando se tercia sabe reprimir con dulzura las pequeñas (¡entonces eran pequeñas!) audacias de las jóvenes de su parentela: un día que Francisca de Rabutin se le presentó un poco demasiado escotada, él le ofreció sonriendo ¡unos imperdibles!
La misma moderación respecto de la moda de los hombres y de las señoras. La señora Charmoisy tiene un hijo joven que se siente a disgusto porque todos sus amigos "sont beaucoup mieux que lui", es decir, se visten mucho mejor que él. Esto no está bien, escribe el santo, porque, "cuando se vive en el mundo, hay que seguir las leyes del mundo en todo lo que no es pecado". La señora Le Blanc de Mions tiene, por le contrario, un escrúpulo: ¿podrá ella, siendo tan devota, empolvarse los cabellos según la moda? "¡Por Dios, responde Francisco, que se empolve hardiment (audazmente) la cabeza: también los faisanes se limpian las plumas!".
Francisco de Sales quería, al escribir así, dar consejos cristianamente sensatos, dejando a la vida devota todas sus rosas sin quitarle ninguna espina. Pero se fue tomado a mal, majestad. El gran Bossuet escribió de él que de esa manera no hacía más que "colocar almohadones bajo los codos de los pecadores". Un religioso incluso predicó desde el púlpito contra la Introducción a la vida devota, libro en el que el santo había desarrollado los conceptos que acabamos de citar; al final del sermón se hizo traer con gran solemnidad una candela encendida, sacó de la manga el libro y le prendió fuego, dispersando las cenizas a los cuatro vientos.

***

Majestad, quede bien claro que yo no comparto la opinión de aquel religioso. Estoy con vos y con Francisco de Sales en la postura moderada y justa de quien comprende y alienta todo lo que es sanamente bello, aun en la moda.
Pero también estoy con vos al condenar las excentricidades. ¡Y vaya si hay excentricidades en nuestros días en el vestido y en lo que está relacionado con él: gastos, modo de comportarse, diversiones. Y no hablo ya de la playa y del modo en que algunos la frecuentan.
Vuestra María Antonieta llevaba en la cabeza diez metros de tela, mientras que otros metros se repartían entre el vestido y la cola. Ahora sucede todo lo contrario: hay mujeres que apenas se cubren y andan así por doquiera, pretendiendo entrar de esa guisa incluso en las iglesias.
En vuestra corte, Pedro Metastasio, que se movía entre caballeros con peluca y damas empolvadas, compuso algunos melodramas. En uno de ellos escribió:

Es la fe de los amantes
como el ave fénix:
que existe, lo dicen todos,
dónde está, nadie lo sabe.


Es lo máximo que haya osado decir sentimentalmente hablando. Ahora se atreven a todo; en el vestir, en el cantar, en el escribir, en la fotografía, en el modo de comportarse.
En vuestros tiempos decía la Margarita del Campiello de Goldoni: "Mia mare la ne menava a l’opera, se no, a la comedia, e la comprava la so bona chiave de palco, e la spendeva i so boni bezzetti. La procurava de andar dove la saveva che se fava de le comedie bone, da poderghe menar de le fie, e la vegniva con nu, e se divertivimo. Andévimo qualche volta al Ridotto: un pochetin sul Liston, un pochetin in Piazzetta da le stroleghe, dai buratini, e un par de volte ai casoti. Co stévimo po in casa, ghe avévimo sempre la nostra conversazion. Vegniva i parenti, vegniva i amizi, anca qualche zóvene: ma non ghe giera pericolo". (Mi madre me llevaba a la ópera, o si no, a la comedia, y adquiría un palco cerrado, y en ello gastaba su buen dinero. Ella procuraba ir a donde sabía que se representaban comedias buenas, de las que se podía fiar, y venía con nosotras, y nos divertíamos. Íbamos a veces de paseo: un poco por el Listón, un poco por la plaza de los astrólogos, de los títeres, y un par de veces a los tenderetes. Cuando nos quedábamos en casa, teníamos allí siempre nuestra tertulia. Venían los parientes, los amigos y algún que otro joven: pero allí nunca había peligro".)
¿Ahora? Alguna hijita de buena familia se ausenta días enteros. ¿Adónde van? Con "su" chico, solas en el coche, solas en el hotel con él, por los caminos del mundo.
A veces sucede esto: se recibe una invitación para un baile y en la tarjeta viene con la sigla Sam (sin acompañantes molestos, es decir, ¡sin los padres!).
Sucede a veces de leer en los diarios que los empleados de ciertas empresas bajan notablemente el ritmo y la calidad de la producción porque se entregan a prolongadas "meditaciones" sobre el tamaño liliputiense de las faldas o de la ropa interior de sus compañeras de trabajo. O leemos también que tal gobierno, para impedir el aumento de accidentes de tránsito, avisa con carteles a los conductores para que no se dejen distraer por las chicas en minifalda que ven a través del espejo retrovisor o de la ventanilla.
Majestad, vos habéis escrito la palabra justa: la mujer no necesita mucho para agradar a otros. Se trata solamente de saber a qué personas se quiere agradar y con qué fin. ¿Agradar a todos? No tiene nada de malo; lo malo puede estar en querer agradar en determinada forma. Creo, sin embargo, que una mujer debe tratar de agradar, ante todo, al marido, al hombre que elegirá como esposa y será el padre de sus hijos.
Ahora bien, todos estos desean que la mujer sea elegante y bella, pero en un marco de modestia que la haga más bella aún y moralmente atractiva.

* * *

Majestad, perdonad que me haya sincerado y desahogado con vos, que aprobáis estas ideas. No es, ciertamente, que falten hoy mujeres que las aprecien. Pero hay algunas que las consideran anticuadas y obsoletas. Vos sabéis, por el contrario, que son irrenunciables y siempre frescas, porque reflejan el pensamiento de Dios, que hizo escribir a San Pablo: "Las mujeres vístanse con decoro, adornadas con modestia y pudor".

* MARIA TERESA DE HABSBURGO, (1717-1780), emperatriz de Austria desde 1740. Soberana "ilustrada", gobernó en forma paternalista. Fue madre y esposa ejemplar. Escribió a su hija María Antonieta, reina de Francia, con sensibilidad de mujer y de madre, algunas cartas, que todavía hoy conservamos, sobre el modo de vestir.

lunes, 2 de abril de 2012

Carta... a Jesús


Escribo temblando

Querido Jesús,
He sido objeto de algunas críticas. "Es obispo, es cardenal - dicen - ha trabajado agotadoramente escribiendo cartas en todas direcciones: a M. Twain, a Péguy, a Casella, a Penélope, a Dickens, a Marlowe, a Goldoni y a no sé cuántos más. ¡Y ni una sola línea a Jesucristo!"
Tú lo sabes. Yo me esfuerzo por mantener contigo un diálogo continuo. Pero traducido en carta me resulta difícil: son cosas personales. ¡Y tan insignificantes! Además, ¿qué voy a escribirte a Ti, de Ti, después de tantos libros como se han escrito sobre Ti?
Por otra parte, tenemos el Evangelio. Como el rayo supera cualquier fuego, y el radio todos los demás metales; como un misil supera en velocidad la flecha del pobre salvaje, así el Evangelio supera todos los libros.
No obstante, he aquí mi carta. La escribo temblando, sintiéndome como un pobre sordomudo que hace enormes esfuerzos para hacerse entender, y con el mismo estado de ánimo que Jeremías, cuando, enviado a predicar, te decía, lleno de repugnancia: "¡No soy nada más que un niño, Señor, y no sé hablar!"

***

Pilato, al presentarte al pueblo, dijo: ¡He aquí al Hombre! Creía conocerte, pero no conocía siquiera una sola brizna de tu corazón, cuya ternura y misericordia mostraste cien veces de cien maneras diferentes.
Tu madre. Pendiente de la cruz, no quisiste marchar de este mundo sin darle un segundo hijo que cuidase de ella, y dijiste a Juan: He aquí a tu madre.
Los apóstoles. Vivías día y noche con ellos, tratándolos como verdaderos amigos, soportando sus defectos. Los instruiste con paciencia inagotable. La madre de dos de ellos te pide un puesto privilegiado para sus hijos y Tú le respondes: "A mi lado no han de buscarse honores, sino sufrimientos". También los otros anhelan los primeros puestos y Tú les enseñas: "Hay que hacerse pequeños, ponerse en el último lugar, servir".
En el Cenáculo los pusiste en guardia: "¡Tendréis miedo y huiréis!". Protestan. El primero y el que más, Pedro, quien luego te negaría tres veces. Tú perdonas a Pedro y le dices tres veces: Apacienta mis ovejas.
En cuanto a los demás apóstoles, tu perdón resplandece sobre todo en el capítulo 21 de Juan. Pasan toda la noche en la barca. Antes de clarear el día, Tú, el Resucitado, estás a la orilla del lago. Y les haces de cocinero, de sirviente, encendiendo el fuego, cocinando y preparándoles pescado asado y pan.
Los pecadores. Tú eres el pastor que va en busca de la oveja descarriada y se alegra al encontrarla y lo celebra cuando la devuelve al redil. Tú eres aquel padre bueno que, cuando regresa el hijo pródigo, se le arroja al cuello y lo abraza durante largo tiempo. Escena repetida en todas las páginas del Evangelio: Tú te acercas a los pecadores y pecadoras, comes con ellos, te invitas Tú mismo, si ellos no se atreven a invitarte. Das la impresión - es la que yo tengo - de preocuparte más de los sufrimientos que el pecado causa a los pecadores que de la ofensa que hace a Dios. Infundiéndoles la esperanza del perdón, parece que les dices: "¡Ni siquiera os imagináis la alegría que me produce vuestra conversión!"
Además del corazón, brilla en Ti la inteligencia práctica.
Apuntabas siempre al interior del hombre. Los fariseos tenían la cara demacrada a causa de los prolongados ayunos religiosos y Tú manifestaste: "No me gustan esos rostros. El corazón de estos hombres está lejos de Dios. Los impulsos nacen del interior y, por ello, el corazón sirve de módulo para juzgar a los hombres. Dentro del corazón humano salen los malos pensamientos: liviandades, latrocinios, asesinatos, adulterios, codicias, orgullo, vanidad".
Tenías horror a las palabras inútiles: Sea vuestro hablar: sí, sí, no, no; todo lo que pasa de esto procede del mal. Cuando oréis, no multipliquéis las palabras.
Querías hechos reales y moderación: Si ayunas, lávate la cara y perfúmate la cabeza. Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Al leproso cuando le ordenaste: No lo digas a nadie. A los padres de la muchacha resucitada les mandaste enérgicamente que no fueran anunciando a bombo y platillo el milagro ocurrido. Solías decir: Yo no busco mi gloria. Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre.
En la cruz, antes de morir, dijiste: Todo está cumplido. Pero siempre te cuidaste de que las cosas no se hicieran a medias. Cuando los apóstoles te sugirieron: La gente nos sigue hace tiempo; enviémosla a su casa para que coman, Tú respondiste: No, démosle nosotros de comer. Cuando terminaron de comer los panes y los peces milagrosamente multiplicados, añadiste: Recoged las sobras; no está bien que se pierdan.
Querías que, al hacer el bien, se cuidaran hasta los menores detalles. Al resucitar a la hija de Jairo, aconsejaste: Ahora, dadle de comer. La gente proclamaba de Ti: ¡Ha hecho bien todas las cosas!

***

¡Qué resplandor de inteligencia brotaba de tu predicación! Tus adversarios enviaron desde el templo de Jerusalén guardias para detenerte y estos volvieron con las manos vacías. "¿Por qué no lo habéis detenido?" Los guardias respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como él! Hechizabas a la gente, la cual afirmó de Ti desde los primeros días: ¡Este sí que habla con autoridad! ¡Lo contrario de lo que hacen los escribas!
¡Pobres escribas! Encadenados a los 634 preceptos de la Ley, andaban diciendo que el mismo Dios dedicaba cada día un rato al estudio de la Ley y, desde el Cielo, pasaba revista a las opiniones de los escribas para estar al corriente de sus progresos.
Tu, por el contrario: Habéis oído que se dijo... Yo, en cambio, os digo... Reivindicabas el derecho y el poder de perfeccionar la Ley como Señor de la Ley. Con extraordinario coraje afirmaste: Soy mayor que el templo de Salomón; el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
Y no te cansabas nunca de enseñar en las sinagogas, en el templo, sentado en las plazas o sobre el campo, por los caminos, en las casas e incluso durante la comida.

***

Hoy todo el mundo pide diálogo, diálogo. He contado tus diálogos en el Evangelio. Son 86: 37 con los discípulos, 22 con gentes del pueblo y 27 con tus adversarios. La pedagogía actual exige la actividad común en torno a los centros de interés. Cuando el Bautista envió, desde la cárcel, a sus discípulos para que te preguntaran quién eras, no perdiste el tiempo en palabrerías. Curaste milagrosamente a todos los enfermos presentes y dijiste a los enviados: Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído.
Para los judíos de tu tiempo, Salomón, David y Jonás representaban lo que para nosotros son Dante, Garibaldi y Mazzini. Tú hablabas continuamente de David, Salomón, Jonás y otros personajes populares. Y siempre con valentía.
El día en que enseñaste: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te hubiera susurrado al oído: "Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los higos de África, y César las riquezas de la Galia y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?" Impertérrito, continúas y te oigo decir: Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a mí el mundo entero.
Ya se cumplió esta profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y atraerte a la gente. ¿Quién podrá contar los hombres que han llegado hasta el pie de la cruz, para arrojarse en tus brazos?

***

Ante este espectáculo de las multitudes que, desde todas partes del mundo y durante tantos siglos, acuden incesantemente al crucificado, surge la pregunta: ¿Se trata solamente de un hombre extraordinario y bienhechor o de un Dios? Tú mismo diste la respuesta, y quien no tiene los ojos cegados por los prejuicios, sino ávidos de luz, la acepta.
Cuando Pedro proclamó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Tú no sólo aceptaste su confesión, sino también la premiaste. Siempre reivindicaste para Ti lo que los judíos consideraban exclusivo de Dios. A pesar de su escándalo, perdonaste los pecados, te manifestaste Señor del Sábado, enseñabas con suprema autoridad, y declaraste ser igual al Padre.
Muchas veces trataron de apedrearte como blasfemo, porque decías ser Dios. Finalmente, cuando te prendieron y te llevaron ante el Sanedrín, el sumo sacerdote te preguntó solemnemente: ¿Eres o no eres el Hijo de Dios? Tú respondiste: Lo soy. Y me veréis sentado a la diestra del Padre. Y aceptaste la muerte antes que retractar esta afirmación y negar tu esencia divina.
Estoy acabando de escribir esta carta. Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo.
Y, afortunadamente - a pesar de todo -, esto sigue ocurriendo también hoy.

Mayo 1974. Albino Luciani... luego, Papa Juan Pablo I

viernes, 10 de febrero de 2012

PROFESOR HOLLAND

Glenn Holland (Richard Dreyfuss) ve como su trabajo de músico en fiestas privadas no da para mucho y sueña con componer su gran obra. Decide cambiar de trabajo y se convierte en profesor de una destartalada escuela, Es ahí dondedescubre su verdadera vocación: enseñar a los jóvenes a entender la vida a través de la música.

sábado, 4 de febrero de 2012

Dónde está el limite?

Toda una aventura... de superación

lunes, 30 de enero de 2012

Al Rey David

Del libro Ilustrisimos señores...
Los funerales de mi soberbia

Ilustre soberano, además de poeta y músico,
La gente os ve bajo mil aspectos distintos. Desde hace siglos, los artistas os representan unas veces con la cítara, otras con la honda frente a Goliat, otras con el cetro sobre el trono, otras en la gruta de Engaddi, en el momento de cortar el manto de Saúl.
Los muchachos admiran la lucha que librasteis con Goliat y vuestras empresas de caudillo valiente y generoso.
La liturgia os recuerda, sobre todo, como antepasado de Cristo.
La Biblia presenta los diversos componentes de vuestra personalidad: poeta y músico; capitán brillante; rey prudente, implicado - ¡ay!, no siempre felizmente - en historias de mujeres y en intrigas de harén con las consiguientes tragedias familiares; y, no obstante, amigo de Dios gracias a la insigne piedad que os mantuvo siempre consciente de vuestra pequeñez ante Dios.
Esta última característica me es particularmente simpática y me alegra cuando la encuentro, por ejemplo, en el breve salmo 130, escrito por vos.
Decís en aquel salmo: Señor, mi corazón no se ensoberbece. Yo trato de seguir vuestro paso, pero, por desgracia, he de limitarme a pedir: ¡Señor, deseo que mi corazón no corra tras pensamientos soberbios...!
¡Demasiado poco para un obispo!, diréis. Lo comprendo, pero la verdad es que cien veces he celebrado los funerales de mi soberbia, creyendo haberla enterrado a dos metros bajo tierra con tanto requiescat, y cien veces la he visto levantarse de nuevo más despierta que antes: me he dado cuenta de que todavía me desagradaban las críticas, que las alabanzas, por el contrario, me halagaban, que me preocupaba el juicio de los demás sobre mí.
Cuando me hacen un cumplido, tengo necesidad de compararme con el jumento que llevaba a Cristo el día de los Ramos. Y me digo: ¡Cómo se habrían reído del burro si, al escuchar los aplausos de la muchedumbre, se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado - asno como era - a dar las gracias a diestra y siniestra con reverencias de prima donna! ¡No vayas tú a hacer un ridículo semejante...!
En cambio, cuando llegan las críticas, necesito ponerme en la situación del fray Cristóforo de Manzoni que, al ser objeto de ironías y mofas, se mantenía sereno diciéndose: "¡Hermano, recuerda que no estás aquí por ti mismo!"
El mismo fray Cristóforo, en otro contexto, "dando dos pasos atrás, poniendo la mano derecha sobre la cadera, levanta la izquierda con el dedo índice apuntando a don Rodrigo". Y lo mira fijamente con ojos inflamados. Este gesto agrada mucho a los cristianos de hoy, que reclaman "profecías", denuncias clamorosas, "ojos inflamados", "rayos fulminantes" a lo Napoleón.
A mí me gusta más cómo escribís vos, rey David: "mis ojos no se han alterado". Me gustaría poder sentir como Francisco de Sales cuando escribía: "Si un enemigo me sacara el ojo derecho, le sonreiría con el izquierdo; si me saltase los dos ojos, todavía me quedaría el corazón para amarlo".
Vos continuáis vuestro salmo: "No corro en busca de cosas grandes ni de cosas demasiado elevadas para mí". Postura muy noble si se compara con lo que decía don Abbondio: "Los hombres son así: siempre desean subir, siempre subir". Desgraciadamente, temo que don Abbondio tenía razón: tendemos a alcanzar a los que están más arriba que nosotros, a empujar hacia abajo a nuestros iguales, y a hundir todavía más a quienes están por debajo.
¿Y nosotros? Nosotros tendemos a sobresalir, a encumbrarnos mediante distinciones, ascensos y nombramientos. No es malo mientras se trate de sana emulación, de deseos moderados y razonables, que estimulan el trabajo y la búsqueda.
Pero ¿si se convierte en una especie de enfermedad? ¿Qué pasa si para avanzar, pisoteamos a los demás a golpe de injusticias y difamación? ¿Si, siempre por progresar, se nos reúne en "rebaños", con los pretextos más sutiles, pero en realidad para cerrar el paso a otros "rebaños", dotados incluso de "apetitos" más "avanzados"?
Y luego, ¿para cuáles satisfacciones? Una es la impresión que causan a distancia los cargos, antes de ser conseguidos, y otra es la que producen de cerca, después de haberlos conseguido. Lo ha dicho muy bien uno que era más loco que vos, pero también poeta como vos: Jacopone de Todi. Cuando oyó que el hermano Pier di Morone había sido elegido Papa, escribió:

¿Qué harás Pier di Morone?...
¡Si no sabes defenderte bien
cantarás mala canción!


Yo me lo digo con frecuencia en medio de las preocupaciones del ministerio episcopal: "¡Ahora, querido, estás cantando la mala canción de Jacopone!" También vos lo dijisteis en el salmo 51 "contra las malas lenguas". Estas, según vuestro parecer, son "como navajas afiladas" que, en lugar de la barba, acuchillan el buen nombre.
Bien. Pero, pasada la navaja, poco tiempo después, la barba vuelve a crecer espontánea y florida. También el honor vejado y la fama despedazada crecen de nuevo. Por eso puede que a veces sea prudente callar, tener paciencia: ¡a su tiempo todo vuelve espontáneamente a su sitio!

***

Ser optimistas, a pesar de todo. Es esto lo que queréis decir al escribir: "Como niño de pecho en brazos de su madre..., así en mí está mi alma". La confianza en Dios debe ser el eje de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. Si bien lo miramos, en realidad, los principales personajes de nuestra vida son dos: Dios y nosotros.
Mirando a estos dos, veremos siempre bondad en Dios y miseria en nosotros. Veremos la bondad divina bien dispuesta hacia nuestra miseria, y a nuestra miseria como objeto de la bondad divina. Los juicios de los hombres se quedan un poco fuera de juego: no pueden curar una conciencia culpable ni herir una conciencia recta.
Vuestro optimismo, al final del pequeño salmo, estalla en un grito de gozo: Me abandono en el Señor, desde ahora y para siempre. Al leeros no me parecéis ciertamente un amedrentado, sino un valiente, un hombre fuerte, que se vacía el alma de confianza en sí mismo para llenarla de la confianza y de la fuerza de Dios.
La humildad, en otras palabras, corre pareja con la magnanimidad. Ser buenos es algo grande y hermoso, pero difícil y arduo. Para que el ánimo no aspire a cosas grandes de forma desmesurada, he ahí la humildad. Para que no se acobarde ante las dificultades, he ahí la magnanimidad.
Pienso en San Pablo: desprecios, azotes, presiones, no deprimen a este magnánimo; éxtasis, revelaciones, aplausos no exaltan a este humilde. Humilde cuando escribe: "Soy el más pequeño de los apóstoles". Magnánimo y dispuesto a enfrentarse con cualquier riesgo cuando afirma: "Todo lo puedo en aquel que me conforta". Humilde, pero en su momento y lugar sabe luchar: "¿Son judíos? También yo... ¿Son ministros de Cristo? Digo locuras, más lo soy yo". Se pone por debajo de todos, pero en sus obligaciones no se deja doblegar por nada ni por nadie.
Las olas arrojan contra los escollos la nave en que viaja; las serpientes lo muerden; paganos, judíos, falsos cristianos lo expulsan y persiguen; es azotado con varas y arrojado a la cárcel, se lo hace morir cada día, creen que lo han atemorizado, aniquilado, y él vuelve a aparecer fresco y lleno de vigor para asegurarnos: "Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida..., ni lo presente ni lo futuro, ni la altura ni la profundidad, ni ninguna otra criatura, podrán separarme del amor de Dios que está en Cristo Jesús".
Es la puerta de salida de la humildad cristiana. ¡Esta no desemboca en la pusilanimidad, sino en el valor, en el trabajo emprendedor y en el abandono en Dios!

Febrero 1972

viernes, 27 de enero de 2012

Bunbury, grande

Hubo concierto en la Fonteta de s. Luis el dia 25
y fue total la adrenalina del publico incondicional.
Este vivo en Zaragoza va dedicado para disfrute de Jose,
de los 3 que tengo aquí aprendiendo qué es eso de guitarrear
de una niña y su papi en complicidad y de los fans y su total lealtad.





jueves, 26 de enero de 2012

Tres Juanes en un solo Juan

Querido Mark Twain:
Tú fuiste uno de los autores preferidos de mi adolescencia. Todavía recuerdo las divertidas Aventuras de Tom Sawyer, que son, por lo demás, tus propias aventuras de infancia, mi querido Twain. He contado cientos de veces algunas de tus ocu­rrencias, por ejemplo, aquella sobre el valor de los libros. Es un valor inestimable—le respondiste tú a una pequeña que te había preguntado—, pero en formas distintas. Un libro encuadernado en piel es excelente para afilar la navaja de afeitar; un libro pequeño, conciso como saben escribirlo los fran­ceses--sirve estupendamente para sostener la pata más corta de una mesita; un libro grueso como un diccionario, es un magnífico proyectil para lanzár­selo a los gatos; y, finalmente, un atlas de hojas grandes tiene el papel más adecuado para ajustar las ventanas.
Mis alumnos se entusiasmaban cuando yo les de­cía: Ahora os voy a contar otra de Mark Twain. Temo, en cambio, que mis diocesanos se escanda­licen: « ¡Un obispo que cita a Mark Twain! » Quizá fuera necesario explicarles primero que, así como hay muchas clases de libros, hay también muchas clases de obispos. Algunos, en efecto, parecen águi­las que planean con documentos magistrales de alto nivel; otros son como ruiseñores que cantan mara­villosamente las alabanzas del Señor; otros, por el contrario, son pobres gorriones que, en la última rama del árbol eclesial, no hacen más que piar, tratando de decir algún que otro pensamiento sobre temas vastísimos.
Yo, querido Twain, pertenezco a esta última ca­tegoría. Por esto me armo de valor y cuento que una vez tú observaste: «El hombre es más com­plejo de lo que parece; todo hombre adulto encie­rra en sí no uno, sino tres hombres distintos». ¿Cómo es eso?», te preguntaron. Y tú contestas­te: «Mirad a un Juan cualquiera. En él se da el primer Juan, es decir, el hombre que él cree ser; hay también un segundo Juan, lo que de él piensan los otros; y, finalmente, existe un tercer Juan, lo que él es en realidad».
¡Cuánta verdad, Twain, se encierra en tu humo­rada! He aquí, por ejemplo, el primer Juan. Cuando nos traen la fotografía del grupo en que hemos posado, ¿cuál es la cara simpática y atractiva que vamos a buscar? Duele decirlo, pero es la nuestra. Porque nosotros nos queremos desmesuradamente y nos preferimos a los demás. Por querernos tanto sucede que nos sentimos inclinados a exagerar nues­tros méritos, a suavizar nuestras culpas, a usar con el prójimo medidas distintas de las que nos aplica­mos a nosotros mismos. ¿Méritos exagerados? Los describe tu colega Trilussa:

La babosa de la Vanagloria
que se arrastraba sobre un obelisco,
miró la baba y dijo: ahora sé
que dejaré mi impronta en la historia.


Así somos, querido Twain. ¡Incluso un poco de baba, si es nuestra y por ser nuestra, nos hace ga­llear y alzar la cabeza!
¿Defectos atenuados? «Bebo un vaso alguna que otra vez», dice él. Los otros, en cambio, afirman que es una especie de esponja, una garganta siem­pre seca, un auténtico devoto de Santa Bibiana, con el codo siempre empinado. Ella dice: «Soy un poco nerviosilla, y a veces me impresiono». ¡Menuda im­presión! La gente comenta que es gruñona, agre­siva y vengativa, un carácter imposible, una arpía.
En Homero, los dioses se pasean por el mundo envueltos en una nubecilla que les oculta a los ojos de todos; nosotros tenemos una nube que nos ocul­ta a nuestros propios ojos.
Francisco de Sales, obispo como yo y humorista como tú, escribía: «Acusamos al prójimo por cosas leves, y nos excusamos a nosotros mismos en cosas importantes. Queremos vender a precios elevadísi­mos y comprar, en cambio, en magníficas condicio­nes. Queremos que se haga justicia en la casa de los demás, pero que se use misericordia en la nuestra. Queremos que se interpreten bien nuestras pala­bras, y somos quisquillosos con las de los demás. Si alguno de nuestros subordinados no usa con nos­otros de buenas maneras, interpretamos mal cual­quier cosa que haga; por el contrario, si alguno nos resulta simpático, lo excusamos, haga lo que haga. Exigimos nuestros derechos con rigor, y, en cambio, pretendemos que los otros sean discretos al exigir los suyos... Lo que hacemos por los demás nos pa­rece siempre demasiado, y lo que los otros hacen por nosotros nos parece cosa de nada».
Sobre el primer Juan es ya suficiente. Vayamos al segundo Juan. Aquí, querido Twain, me parece que las situaciones son dos: Juan desea que la gen­te le estime y se aflige si la gente le ignora o des­precia. No hay nada de malo en esto; procure tan sólo no exagerar en uno u otro sentido. « ¡Ay de vosotros—ha dicho el Señor—que ambicionáis los primeros puestos en las sinagogas y los saludos en las plazas..., que realizáis todas vuestras obras para ser vistos». Hoy diríamos... que escaláis los pues­tos y los títulos a fuerza de codazos, de concesio­nes, de abdicaciones, que perdéis la cabeza por apa­recer en los periódicos. Pero ¿por qué e ¡Ay de vosotros! ?» Cuando en 1938 Hitler pasó por Florencia, la ciudad fue cu­bierta de cruces gamadas y de inscripciones encomiásticas. Bargellini dijo a Dalla Costa: «¿Ve esto; eminencia? ¿Ve esto?» «No tenga miedo, respon­dió el cardenal, la suerte está ya predicha en el sal­mo 37: 'Vi al inicuo enorgullecerse y crecer como árbol frondoso. Pasé de nuevo, y ya no estaba; lo busqué, y no se le pudo encontrar'».
A veces el « ¡ay! » no significa castigo divino, sino solamente ridículo humano. Puede que a al­guien le ocurra lo que al asno que se cubrió con la piel de un león y todos decían: « ¡Qué león! » Hombres y bestias huían. Pero sopló el viento, la piel se levantó, y todo el mundo pudo ver que se trataba de un asno. Y entonces corrieron furiosos y molieron a la bestia a bastonazos.
Ya lo decía Shaw: « ¡Qué cómica resulta la ver­dad! » Y en verdad es para reír cuando se sabe qué poca cosa hay bajo ciertos títulos y ciertas celebri­dades.
¿Y si sucede lo contrario? ¿Si la gente piensa mal de lo que en realidad está bien? Aquí vienen en nuestra ayuda otras palabras de Cristo: «Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: Tiene el de­monio dentro. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Este es un comilón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores». Ni si­quiera Cristo logró contentar a todos. No nos deses­peremos si tampoco lo conseguimos nosotros.
El tercer Juan era cocinero. Esto no lo cuentas tú, Twain, sino Tolstoi. A la entrada de la cocina estaban echados los perros. Juan mató un ternero y echó las vísceras al patio. Los perros las cogieron, se las comieron y dijeron: «Es un buen coci­nero, guisa muy bien». Poco tiempo después Juan pelaba los guisantes y las cebollas, y arrojó las mon­daduras al patio. Los perros se arrojaron sobre ellas, pero torciendo el hocico hacia el otro lado dijeron: «El cocinero se ha echado a perder, ya no vale nada». Sin embargo, Juan no se conmovió lo más mínimo por este juicio y dijo: «Es el amo quien tiene que comer y apreciar mis comidas, no los perros. Me basta con ser apreciado por mi amo».
¡Bravo también por Tolstoi! Pero yo me pre­gunto: ¿Qué gustos tiene el Señor? ¿Qué es lo que le agrada de nosotros? Un día, mientras predicaba, alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera, y quieren hablar contigo». El extendió la mano hacia sus discípulos y respondió: «He aquí a mi madre y a mis hermanos. En verdad que todo aquel que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre».
He aquí quien le agrada: el que hace la volun­tad del Señor. Le agrada la oración, pero le des­agrada mucho que las oraciones sean un pretexto para rehuir las fatigas de las buenas obras. «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?» ¡Hacer lo que él dice!
Esto puede dar lugar a una conclusión morali­zante. Tú—humorista—no la habrías sacado. He de sacarla yo, que soy obispo y que aconsejo a mis fieles: si alguna vez pensáis en los tres Juanes, los tres Jaimes, o las tres Franciscas que están en cada uno de nosotros, mirad sobre todo al tercero: ¡aquello que agrada a Dios!


Mark Twain (pseudónimo de Samuel Langhorne Clemens), escritor estadounidense (1853-1910). Tipógrafo, piloto mercante en el Misisipí, periodista, se hizo intér­prete con sus libros del mito de la nueva frontera. Sus obras principales son: Las Aventuras de Tom Sawyer y Las Aventuras de Huckleberry Finn, ricos en ritmo y hu­morismo.
Juan Pablo I, antes el Patriarca de Venecia Alberto Luciani, en Ilustrísimos señores, año Mayo 1971

martes, 10 de enero de 2012

Carta a Pinocho

Carta escrita por el papa Juan Pablo I en Junio 1972, cuando era Patriarca de Venecia, donde da consejos a Pinocho en sus primeros pasos en el amor. Una buena lectura espiritual adecuada para adolescentes y preadolescentes... Otras muchas a personajes famosos en el libro "Ilustrísimos señores"

Querido Pinocho:
Tenía siete años cuando leí por primera vez tus Aventuras. No podría decirte cuánto me gustaron ni cuántas veces he vuelto a leerlas desde entonces. La verdad es que en ti, niño, me reconocía a mí mismo; en tu ambiente, mi ambiente.
¡Cuántas veces corrías por el bosque, a través de los campos, por la playa, por las calles! Y contigo corrían la Zorra y el Gato, el perro Medoro, los niños de la batalla de los libros. Parecían mis carreras, mis compañeros, las calles y los campos de mi aldea.
Corrías a ver los carromatos que llegaban a la plaza; también yo. Te quejabas, retorcías la boca, metías la cabeza bajo las sábanas antes de beber la amarga medicina; también yo. La rebanada de pan con mantequilla por los dos lados, el pastel de canela, el terrón de azúcar y, en algunos casos, hasta un huevo, una pera, o incluso sus mondaduras, representaban un manjar delicioso para ti, glotón y hambriento como estabas; lo mismo me pasaba a mí.
También yo, al ir y venir de la escuela, me veía enzarzado en "batallas": con bolas de nieve en invierno; a puñetazos y patadas en todas las estaciones del año; unas veces "encajaba"; otras, daba, tratando siempre de equilibrar el "haber" con el "debe" y de no lloriquear en casa, donde, si me hubiera quejado, me habrían quizá dado "el resto".
Y ahora has vuelto. Ya no hablas desde las páginas del libro, sino desde la pantalla de TV. Pero sigues siendo el mismo niño de otro tiempo.
Yo, en cambio, he envejecido. Me encuentro ya, si se puede hablar así, al otro lado de la barricada. Ya no me reconozco en ti, sino en tus consejeros: el maestro Gepeto, Pepe Grillo, el Mirlo, el Papagayo, la Luciérnaga, el Cangrejo, la Marmota.
Ellos intentaron - ¡ay!, sin éxito, excepto en el caso del Atún - darte consejos para tu vida de niño.
Yo intento dártelos para tu futuro de muchacho y de joven. ¡Mucho cuidado! ¡Ni se te ocurra tirarme a mí también el martillo, porque no estoy dispuesto a acabar como el pobre Pepe Grillo!

***

¿Te has dado cuenta de que no he nombrado al Hada entre tus "consejeros"? No me gusta su sistema. Cuando te persiguen los asesinos, llamas desesperado a su puerta; ella se asoma a la ventana con su rostro blanco, como una figura de cera, se niega a abrirte y deja que te cuelguen de un árbol.
Te libra, sí, más tarde, de la encina, pero luego te gasta la pesada broma de meter en tu cuarto de enfermo a aquellos cuatro conejos, negros como el betún, con un pequeño ataúd a sus espaldas. Aún más. Escapado por milagro de la sartén del Pescador verde, vuelves a casa aterido de frío cuando la noche está ya entrada y el agua cae a cántaros sobre tus espaldas. El Hada hace que te encuentres con la puerta cerrada y, tras muchas llamadas desesperadas, te envía al Caracol, que tarda nueve horas en bajar desde el cuarto piso y en llevarte - medio muerto como estás de hambre - un pan de yeso, un pollo de cartón y cuatro melocotones de alabastro pintados al natural.
Bueno, no se trata así a los niños que se equivocan, sobre todo si están entrando, o han entrado ya, en la edad llamada preciosa o, también, difícil, que va de los 13 a los 16 años, y que de ahora en adelante será la tuya, Pinocho.
La probarás: edad difícil, tanto para ti como para tus educadores. Ya no eres un niño, y rechazarás la compañía, las lecturas, los juegos de los pequeños; pero tampoco eres un hombre, y te sentirás incomprendido y casi rechazado por los adultos.
Y mientras pasas por la extraña experiencia de un rápido crecimiento físico, tendrás la impresión de encontrarte de improviso con unas piernas kilométricas, unos brazos de Briareo y una voz extrañamente cambiada, insólita, irreconocible.
Sentirás una fuerte necesidad de afirmar tu yo: por una parte, entrarás en conflicto con el ambiente de la familia y del colegio; por otra, entrarás a velas desplegadas en la solidaridad de las "pandillas". Por un lado, exiges independencia de la familia; por otro, tienes hambre y sed de ser aceptado por tus compañeros y de depender de ellos.
¡Cuánto miedo a ser distinto de los demás! Adonde va la pandilla, allí quieres ir también tú. Los chistes, el lenguaje y los pasatiempos de los demás los haces tuyos. Vistes como ellos visten: un mes, todos en sweater y vaqueros; al siguiente, todos con cazadoras de cuero, pantalones de color, cordones blancos sobre botas negras. En unas cosas, anticonformistas; en otras, sin daros siquiera cuenta, conformistas al cien por ciento.
¡Y de humor mudable! Hoy, tranquilo y dócil, como cuando tenías 10 años; mañana, arisco como un ulceroso de 70. Hoy quieres ser aviador, mañana estás decidido a ser actor de teatro. Hoy, audaz y despreocupado; mañana, tímido y casi ansioso. ¡Cuánta paciencia, cuánta indulgencia, cuánto amor y comprensión deberá tener contigo el maestro Gepeto!
Hay más: te volverás introspectivo, es decir, comenzarás a mirar dentro de ti y descubrirás cosas nuevas. Aflorará en ti la melancolía, la necesidad de soñar con los ojos abiertos, el sentimiento e incluso el sentimentalismo. Y hasta podrá ocurrir que, en séptimo u octavo de EGB, te "enamores", como el joven David Copperfield, que decía: "Adoro a miss Shepherd.
Es una chica de chaquetilla corta, cara redonda y cabellos rizados. Cuando estoy en la iglesia, no puedo leer el misal porque tengo que mirar a miss Shepherd. Pongo a miss Shepherd entre los miembros de la familia real..., en mi cuarto a veces me siento impulsado a exclamar: '¡Oh, miss Shepherd!'...
Me gustaría saber por qué he regalado secretamente a miss Shepherd doce nueces. No son un símbolo de afecto... y, sin embargo, siento que es un regalo que le va bien. También doy a miss Shepherd insípidas galletas e innumerables naranjas... Miss Shepherd es la única visión que invade mi alma".
"¿Cómo es posible que, en el espacio de unas pocas semanas, rompa con ella? Se dice por ahí que prefiere al señorito Jones... Un día miss Shepherd hace un gesto al pasar a mi lado y se ríe con su amiga. Todo ha terminado. La devoción de toda una vida ha desaparecido. Miss Shepherd sale de la función religiosa de la mañana dominical, y la familia real ya no la reconoce".
Le pasó a Copperfield. Les pasa a todos. ¡Te pasará también a ti, Pinocho!

*** Pero ¿cómo te ayudarán tus "consejeros"?

Durante el "fenómeno de crecimiento", tu nuevo Pepe Grillo debería ser el viejo Vittorino de Feltre, un pedagogo que quiso mucho a los niños de tu edad y que dio una gran importancia en la educación a los ejercicios al aire libre.
La equitación, el salto, la natación, la esgrima, la caza, la pesca, el tiro al arco, el canto. Pretendía, con estos medios, crear un ambiente sereno en su "Casa alegre" y dar una salida útil a la exuberancia física de sus jóvenes alumnos. De muy buen grado habría hecho suyo lo que más tarde diría Parini:
"¿Qué no podrá hacer un alma audaz si tiene vida en miembros fuertes?"
Luego, tu amigo Atún, que te llevó sano y salvo a la orilla cuando saliste del vientre del tiburón podrá ayudarte, con su calma y fuerza persuasiva, en la próxima crisis de la autoafirmación de que te he hablado.
Hoy, el sueño de vosotros jóvenes no es sólo el automóvil. Vosotros soñáis con todo un garaje de autos morales: autoelección, autodecisión, autogobierno, autonomía. Hace muy poco, unos muchachos de Bolzano comenzaron una autoescuela dirigida por ellos mismos.
"Justo, diría con su típica calma el sabio Atún, llegar a la autodecisión. Pero poco a poco, paso a paso. No se puede pasar de repente de la total obediencia de niño a la plena autonomía de adulto". Ni se puede usar hoy, para todo, el método duro de un tiempo. A medida que vayas creciendo en edad, Pinocho, crecerá en ti el deseo de autonomía. Pues, bien, haz que crezca también - con la ayuda externa de buenos educadores - la recta conciencia de tus derechos y deberes; haz que crezca el sentido de la responsabilidad, para usar bien de la tan deseada autonomía.
Escucha cómo eran educados, hace más de un siglo, los hermanos Visconti - Venosta. Uno de ellos, Giovanni, era escritor; el otro, Emilio, un político de nuestro Risorgimento: "Uno de los métodos de educación de mi padre consistía en estar con sus hijos el mayor tiempo posible, en exigirnos una confianza ilimitada, devolviéndonos mucha por su parte, y en considerarnos como personas un poco superiores a nuestra edad. Así inculcaba en nosotros el sentido de la responsabilidad y del deber. Nos trataba como a hombres pequeños, cosa que nos halagaba bastante. Por ello nos esforzábamos también por estar a la altura".

***

En tu viaje hacia la autonomía, chocarás quizá, querido Pinocho, como casi todos los jóvenes entre los 17 y los 20 años, con un difícil escollo: el problema de la fe.
Respirarás, en efecto, objeciones antirreligiosas como se respira el aire, en el colegio, en la fábrica, en el cine, etc. Si tu fe es un montón de buen trigo, vendrá todo un ejército de ratones a tomarlo por asalto. Si es un traje, cien manos tratarán de desgarrártelo. Si es una casa, el pico querrá derribarla piedra a piedra. Tendrás que defenderte: hoy, de la fe sólo se conserva lo que se defiende.
Y ten presente dos cosas:
- Primera: toda certeza merece estima, aunque no comparta la evidencia de la matemática. La existencia de Napoleón, César o Carlomagno no goza de la certeza del 2 + 2 = 4, pero no por ello deja de ser cierta con una certeza humana, histórica. Del mismo modo es también cierto que existió Cristo, que los apóstoles lo vieron muerto y luego resucitado.
- Segunda cosa: al hombre le es necesario el sentido del misterio. De nada sabemos todo, decía Pascal. Sé muchas cosas de mí mismo, pero no todo. No sé exactamente qué es mi vida, mi inteligencia, el grado de mi salud, etc. ¿Cómo puedo entonces pretender comprender y saber todo de Dios?
Las objeciones más frecuentes que oirás irán dirigidas contra la Iglesia. Podrá quizá ayudarte una anécdota contada por Pitigrilli. En Londres, en Hyde Park, un predicador está hablando al aire libre. De cuando en cuando lo interrumpe un individuo despeinado y sucio. "La Iglesia existe desde hace ya dos mil años - salta de repente el individuo - y el mundo está todavía lleno de ladrones, de adúlteros, de asesinos". "Tiene usted razón - responde el predicador -. Pero hace también dos millones de siglos que existe el agua en el mundo y mire cómo tiene usted el cuello".
En otras palabras: ha habido malos Papas, malos sacerdotes, malos católicos. Pero ¿qué significa eso? ¿Que se ha aplicado el Evangelio? No, todo lo contrario. En esos casos no se ha aplicado el Evangelio.
Pinocho mío, sobre los jóvenes hay dos frases famosas. Te recomiendo la primera, de Lacordaire: "Ten una opinión y hazla valer". La segunda es de Clemenceau, y no te la recomiendo en absoluto: "No tiene ideas, pero las defiende con ardor".

***

¿Puedo volver a David Copperfield? El recuerdo de miss Shepherd se ha alejado de él, desde hace algún tiempo, y David, ahora con 17 años, se vuelve a enamorar. Esta vez adora a la señorita Larkins. Se siente feliz con tal de poder hacerle una reverencia cada día. Sólo encuentra alivio si se pone los mejores trajes y se limpia continuamente los zapatos. Sueña: «¡Ay!, si mañana viniera Larkins padre y me dijera: 'Mi hija me ha contado todo. Toma 20 mil libras esterlinas. Sed felices'». Sueña con su tía, que se emociona y bendice su matrimonio. Pero, mientras él sueña, la chica se casa con un cultivador de lúpulo.
David pasa dos semanas hundido: se quita el anillo, se pone los peores trajes, deja de darse brillantina, no se limpia ya los zapatos.
Más tarde llegó el flechazo de Dora: "Era un ser sobrehumano para mí. Era un hada, una sílfide... no sé qué era... todo lo que nadie ha visto jamás... Quedé engullido por un abismo de amor en un instante... precipitado, de cabeza, antes de haberle dicho una sola palabra".
Son citas transparentes: a través de ellas se vislumbran los problemas del amor y del noviazgo, para el que deberás también prepararte, querido Pinocho.
Sobre este punto, algunos defienden hoy una moral muy permisiva. Pero, aún admitiendo que en el pasado se ha sido un poco demasiado rígidos en este tema, los jóvenes no deben aceptar esa permisividad. Su amor debe ser con A mayúscula, hermoso como una flor, precioso como una joya, y no vulgar como un fondo de vaso.
Conviene que acepten imponerse algún sacrificio y mantenerse alejados de personas, lugares y diversiones que les sirvan de ocasión de mal. "No tenéis confianza en mí", dices, "Sí, la tenemos, pero no es desconfianza recordar que todos estamos expuestos a tentaciones. Y sí es, en cambio, amor quitar del camino, al menos, las tentaciones innecesarias".
Mira a los automovilistas: encuentran policías de tránsito, semáforos, pasos peatonales, sentidos únicos, prohibiciones de estacionamiento, cosas todas que, a primera vista, parecen fastidios y límites contra el conductor, cuando en realidad están ahí en su favor, porque lo ayudan a conducir con mayor seguridad.
Y si un día tienes novia - Shepherd o Larkins o Dora -, respétala. Defiéndela de ti mismo. ¿Quieres que se conserve intacta para ti? Muy bien, pero tú consérvate del mismo modo para ella y no hagas caso de ciertos amigos que cuentan sus "hazañas", alardeando y creyéndose "unos machotes" por sus aventuras con mujeres. El verdadero "machote", el hombre fuerte, es el que sabe conquistarse a sí mismo y toma su puesto en las filas de los jóvenes, que son la aristocracia de las almas. Mientras se es novio, el amor debe procurar no tanto el placer sensual cuanto la alegría espiritual y sensible; ha de manifestarse de manera afectuosa, sí, pero correcta y digna.
Consejos parecidos han de impartirse también a la otra parte, con tal que sepa aguantar los "sermones".
"Querida Dora (o señorita Larkins o Shepherd) - le dice su madre -, déjame que te recuerde una ley biológica. La chica, por lo general, tiene mayor dominio de sí que el chico en el aspecto sexual. Si el hombre es más fuerte físicamente, la mujer lo es espiritualmente. Podría casi decirse que Dios decidió hacer depender la bondad de los hombres de la de la mujer.
Mañana dependerán un poco de ti el alma de tu marido y las de tus hijos. Hoy, la de tus amigos y la de tu novio. Debes, pues, tener sentido común por dos y saber decir que no en ciertas cosas, incluso cuando todo parecería invitar a decir que sí.
El novio mismo, si es bueno, te lo agradecerá en sus mejores momentos y se dirá: 'Mi Dora tiene razón. Tiene una conciencia y la obedece. Mañana me será fiel'. La novia demasiado fácil, en cambio, no ofrece las mismas garantías y corre el riesgo de sembrar desde ahora, con su condescendencia demasiado despreocupada, semillas peligrosas, de las que brotarán en un futuro. celos y sospechas por parte del marido".
Aquí paro, Pinocho, pero no me salgas ahora con que no venía a cuento hablar de Dora. Cuando eras niño, tenías al Hada, primero como hermana y luego como madre. Ahora eres adolescente y joven; la única hada que puede hacerte compañía es una novia o una esposa. ¡A no ser que quieras meterte a cura!
¡Pero no te veo la vocación!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Medios de Perseverancia

— Astucias de que se vale el demonio para engańar a la juventud

El primer lazo que suele tender el demonio a vuestra alma para perderla es la falsa idea que os sugiere de que no podréis continuar mucho tiempo por la difícil senda de la virtud y alejados de todos los placeres durante cuarenta, cincuenta, se­senta o más ańos que os promete de vida.
A esta sugestión del enemigo infernal contestad: “żQuién me asegura que llegaré a esa edad? Mi vida está en manos de Dios, y puede ser que hoy mismo sea el último día de mi existencia. ˇCuántos de la misma edad que yo estaban ayer sanos, alegres y contentos, y hoy los llevan al sepulcro!”.
Y aun cuando debiésemos trabajar aquí algunos ańos en el servicio del Seńor, żno se nos recompensará centuplicadamente con una eternidad de dicha y de gloria en el paraíso?
Por otra parte, vemos que los que viven en gracia de Dios están siempre alegres y conservan hasta en sus aflicciones la paz y la serenidad del corazón; sucediendo lodo lo contrario a los que se abandonan a los placeres, pues viven sin sosiego y se esfuerzan por encontrar la paz en sus pasatiempos, sin conseguirla nunca, siendo cada día más desgraciados: Non est pax impiis, dice el Seńor: “No hay paz para los malos”.
Quizá alguno de vosotros alegue: “Somos jóvenes; si pen­samos en la eternidad y en el infierno, nos entristeceremos, concluyendo por trastornársenos la cabeza”. No niego que el pensamiento de una eternidad dichosa o desgraciada y de un suplicio que no concluirá jamás es un pensamiento capaz de poner miedo y espanto a cualquiera; pero decidme: si os tras­torna la cabeza sólo pensar en el infierno, żqué será caer en él? Mejor es pensarlo ahora para no caer más tarde; porque es evidente que si lo meditamos a menudo, pondremos por obra los medios para evitarlo. Observad, además, que si el pensa­miento del infierno es aterrador, también nos colma de con­suelo la esperanza del paraíso, en donde se gozan todos los bienes. Por eso, los santos, pensando seriamente en la eter­nidad de las penas, vivían muy alegres y con la firme confianza de que Dios les ayudaría a evitarlas, dándoles la recom­pensa eterna que tiene preparada a sus fieles servidores.
Valor, pues, queridos míos; haced la prueba de servir al Seńor, y ya veréis qué dulce y qué suave es su servicio y cuan dichoso se encontrará vuestro corazón en esta vida y en la eternidad.
San Juan Bosco, El Joven Cristiano Instruido

UNA HISTORIA VERDADERA. Alvin Straight viudo, 73 años, con enfisema, mal una cadera y lleno de achaques. En 1994 vivía en Laurens (Iowa) con su hija Rose, aquejada de problemas de lenguaje… Tras un tiempo en el hospital, recibe la noticia de que su hermano Lyle había sufrido un derrame y podía quedarle poco tiempo de vida. Alvin y Lyle llevaban diez años sin hablarse: un silencio que Alvin atribuía al orgullo y a la bebida. El anciano quería hacer las paces con su hermano antes de que fuera demasiado tarde. Pero Lyle vivía en Wisconsin, a cientos de kilómetros y Alvin no tenía mucho dinero, ni carnet de conducir. Pero poseía un tractorcito cortacésped, con el que puso rumbo a Wisconsin. Por el camino conoció a mucha gente diferente y se empeñó en seguir adelante, a pesar de tener que enfrentarse a numerosos problemas médicos y mecánicos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Boca sucia

Al Oso de San Romedio
Querido Oso de San Romedio,
"Todo buen ladrón tiene su devoción". Es este el motivo por el cual hace un mes, pasando por San Zeno en Val di Non, me dije: "A dos kilómetros de aquí, al fondo de un valle pequeño, encastrada entre las rocas altísimas que hacen pensar en el Cañon del Colorado, está el santuario de San Romedio: han ido, haciendo a pie decenas de kilómetros, tus abuelos; ¡ve también tú, que estás con auto!". Y fui.
Sugestivo el santuario con seis iglesias superpuestas y desde la terraza que domina el impresionante precipicio. Interesantes la figura y los recuerdos del santo ermitaño. ¡Pero simpático también tú, querido Oso!
La estatua de Perathoner te representa sostenido con la correa, todo manso y domesticado, por el Santo.

Me explicaron: según la leyenda, regresando de la peregrinación a Roma, Romedio se había detenido, con sus dos fieles compañeros Abraham y David, para descansar. A un cierto momento, dice a David. "Es tiempo de retomar el camino; ve a buscar nuestros caballos, que pastan en el prado vecino". El compañero vuelve aterrorizado: un oso está justo devorando el caballo de Romedio. Este corre, ve y, sin turbarse, te dice a ti, Oso: "Tenías hambre, se ve, me comes el caballo y está bien, pero tienes que saber que yo no puedo regresar a casa a pie; ¡me harás tú de caballo!". Dicho y hecho: te coloca la silla, las terminaciones y los arneses de la bestia devorada; se sube a tus grupas como si tú fueras la más pacífica de todas las mulas de este mundo y, ¡adelante hacia Trento! Volviendo del santuario,¿lo crees?. Mi oración fue: "¡Oh, Señor, domestícame también a mí, hazme más servicial y menos oso!".
No te la tomes a mal por esta última expresión: para nosotros hombres, vosotros, osos pardos y negros, de largo cuerpo, patas cortas, gruesas y pelaje tupidísimo, sois seres incapaces y poco elegantes. Nosotros, comparándonos, nos consideramos infinitamente gentiles, delgados y agraciados. Si te pones a bailar, haces sólo desastres, allí donde nuestras danzas son un milagro de gracia, de música y las sílfides de nuestro "ballet" son tan ligeras y ágiles como para poder bailar sobre las flores de los prados sin doblarlas.
¿Y sin embargo? Sin embargo, ayer estuve tentado de dar vuelta la oración de hace un mes en esta otra: "¡Señor, haz que nos convirtamos todos en osos!". Me ha sucedido, en efecto, de oír feas blasfemias. "Y entonces, me dije, ¿para qué sirve vestir tan elegantes, calzar zapatitos finísimos, llevar corbatas de última moda, peinarse con tanto refinamiento, si de nuestra boca salen luego palabras tan vulgares? ¡Es mejor ser desgarbados como osos, pero no tener la boca tan sucia!".
Tanto más que se trata de un fenómeno extendidísimo; en Italia, de una verdadera epidemia: 15 millones de blasfemos italianos habituales con alrededor de mil millones de blasfemias al día.
Parte de estos se asemejan psicológicamente al "descortés y pérfido" Capanéo de Dante, que lanza a Dios frases crueles de desafío y descortesía. Otros diluyen un poco sus expresiones blasfemas. "¿Existe todavía un Dios?, dicen. "¡Basta de hablarme de un Dios bueno y justo!". "¡La religión es sólo un gran negocio!". "¡El diablo sabe más que Dios!".
Es una suerte que, a veces, el corazón de quien pronuncia no esté de acuerdo con la boca y que circunstancias varias excluyan una verdadera profunda intención de ofender a Dios.
A veces la gravedad de la expresión está atenuada por la desconsideración, la preocupación, la ignorancia; como en el caso de Irene Papovna, que se había presentado en Moscú para un examen de concurso magistral. El tema a desarrollar era: "Analizad la inscripción esculpida sobre la tumba de Lenin". La maestrita no recuerda bien; le parece y no le parece que la inscripción leniniana suene "La religión es el opio del pueblo". ¿Cómo salir del paso? Se arriesga, hace el análisis que puede y, entregado el deber, corre a la Plaza Roja, delante del Mausoleo leniniano, para verificar. Descubierto que había acertado, exclama entusiasmadamente: "¡Querido buen Dios! ¡Y vos Virgen Santa de Kazán! ¡Gracias por haberme hecho recordar la inscripción!".

***

¡Querido Oso! Tú no lo sabes, pero sobre blasfemia y turpiloquio hay ahora un vocabulario concordado y aceptado, realístico y concreto, aunque si no siempre adivinado.
Por ejemplo, llaman candelas (n.d. a.: moccoli en italiano, lo que queda de la candela antes de consumirse totalmente) las blasfemias. Pero las candelas dan un poco de luz; la blasfemia es palabra negra, "morta gora", agua estancada, gas asfixiante.
"Lenguaje de lavanderas" es llamado el turpiloquio femenino. Pero la frase es verdadera sólo si el término "lavandera" es tomado como parte del todo; si, o sea, en gracia de aquella figura retórica que se llama "sinecdoque", ella significa también profesoras, estudiantes, obreras, empleadas, dactilógrafas, etc. De todas estas personas, una vez se decía: "Se ponen rojas porque se avergüenzan". De algunas de ellas hoy se debe decir: "Se avergüenzan porque se ponen rojas".
Se dice también: "Blasfema como un turco", pero es una calumnia: los turcos no blasfeman. En Francia, en Suiza, en Alemania, en cambio, se usa decir, por desgracia con fundamento: "Blasfema como un italiano".
Se trata, por lo tanto, de una enfermedad difundida. ¿Cuál diagnóstico?
Primer síntoma, la gran superficialidad. Quien razona no blasfema y quien blasfema no razona. O hay, en efecto, este Dios blasfemado o no hay. Si no hay, el blasfemarlo es en vano; si hay, blasfemarlo es insano, porque "¡Rebuzno de asno no llega al Cielo!". Se pueden entender (no disculpar) otros pecados: el ladrón, al fin de cuentas, mete las manos en una billetera llena de dinero; el borrachín, en una botella de buen vino; pero el blasfemador, ¿dónde mete la mano?
Segundo síntoma, el escaso sentido de responsabilidad. Además de Dios, en efecto, está el prójimo. Tú, querido Oso, famoso por la ternura hacia tus nacidos, deberías decir a los jefes de familia: blasfemando, tú haces doler a la esposa y a la hijita, escandalizas al hijo, que es empujado a copiar el ejemplo del padre. ¿Qué ganas?
"Gano, sentí decir, porque, blasfemando, protesto contra las cosas que van mal, doy fuerza al discurso, dejo explotar la ira".
¿Las protestas? Se hacen cuando son útiles y razonables. Pero el motor del auto, que antes non andaba, ¿se pone en movimiento apenas comienzas a tomártela con Dios?
¿Subrayar el discurso? De acuerdo, siempre que se haga con frases no irrespetuosas. "¡Perro puerco! !¡Puerca oca!" y mulas otras frases similares son juntas inocentes y dinámicas. Lo demostró a ciertos campesinos un buen párroco australiano que, un buen día, se presentó en los campos, tomó con la mano el arado y, haciendo sonar la fusta, gritó a los bueyes con voz estentórea: "¡Sí, arcágeles dulcísimos! Sean buenos, mis sublimes querubines! ¡A vosotros, fulgurantes serafines!". A estas órdenes místico-celestes los bueyes lentamente se levantaron y, aunque perplejos, ¡comenzaron a tirar!
En cuanto a la ira, hay que reprimirla y no hacerla explotar, si es verdad que debemos ser no los siervos sino los dominadores de nuestras pasiones.

***

A cada diagnóstico debe seguir una terapia. En nuestro caso, pequeño, útil "emplasto" o cataplasma puede ser la moderada o adecuada reacción de los "bien pensantes"...
Aquel frailecito, tan smilar a tu San Romedio, estaba en el compartimiento de un tren oyendo, impotente y dolorido, las blasfemias pronunciadas a competencia por dos jóvenes no educados, cuando uno de ellos, bromeando, dijo: "Padre, tengo que darle una mala noticia: ¡Ha muerto el diablo!". "¡Lo lamento tanto y os doy mi más sentido pésame!", respondió el frailecito. "¡Pésame! y,¿por qué?", dijeron juntos los dos jóvenes. "¡Porque tengo tanta compasión por vosotros que os habéis quedado huérfanos!".
El frailecito se había dejado ir un poco por la ironía. Lo que debemos sentir por los blasfemos, especialmente jóvenes, no es ironía, sino interés, comprensión, deseo y ofrecimiento de ayuda. Cuantos somos compañeros de ellos, amigos, superiores, parientes, con tacto, delicadeza y respeto a su personalidad, les debemos, según los casos, el consejo amigable, amable desaprobación, el reproche, tal vez también el castigo.
Pero el verdadero remedio es que ellos mismos se empeñen en sacarse de encima la mala costumbre con decisión firme y perseverante, obrando al revés del Hortelano de Trilussa.
Este hortelano,
"se j’annava un pelo a l’incontrario...
cominciava appunto a biastimà:
Corpo de...! sangue de...! managgia la...!".


(Si le andaba un pelo al contrario...
comenzaba justo a blasfemar:
¡Cuerpo de...! ¡Sangre de...! ¡La pu...!")

pero un día, mientras justo blasfemaba,

"... scappò fora er Diavolo
che l’agguantò da dove l’impiegati
ci hanno il pantalon più logorati".


("... salió afuera el Diablo
que lo levantó por donde los empleados
tienen los pantalones más gastados".)

Sintiéndose transportado por el aire, lleno de miedo,

"l’Ortolano diceva l’orazione...
Dio! Cristo santo! Vergine Maria!
M’arricomanno a voi! Madonna mia!".
"Er diavolo, a sti nomi, è naturale
che aprì la mano e lo lasciò de botto:
l’Ortolano cascò, come un fagotto
sopra un pajone senza fasse male.
L’ho avuta bòna! disse ner cascà;
Corpo de...! sangue de...! managgia la. . . !"


("el Hortolano decía la oración...
¡Dios!¡Cristo santo!¡Virgen María!
¡Me encomiendo a vos! ¡Madonna mía!".
"El diablo, ante estos nombres, es natural
que abrió la mano y lo dejó de golpe:
el Hortolano cayó, como un fajo
sobre un pajar sin hacerse daño.
¡La tuve buena! dijo al caer;
¡Cuerpo de...! ¡Sangre de...! ¡La pu...!")

***

¡Querido Oso de San Romedio! Trilussa bromeaba y quería decir que hay que hacer lo contrario: prometer no blasfemar y luego mantener en serio.
¡Abre tus fauces y, desde el santuario, diselo lo más fuerte que puedas a todos los italianos!

Diciembre de 1972. Albino Luciani, también conocido como Juan Pablo I


* EL LEGENDARIO OSO, que devoró el caballo de S. Romedio, se convirtió, amaestrado y con riendas, en el compañero inseparable del ermitaño, ex conde de Thaur, Innsbruck, hecho anacoreta en Val di Non en las cercanías de San Zeno alrededor del siglo IV.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

RASTRO DE DIOS

Dedicado con muuuucho cariño a los niños de la cate de comunión y a los que vienen a misa de 11:30; a los pais y mamis y a los monitores y educadores que han preparado el festival del día 17 con todo el amor del mundo para toda la parroquia; a los que no sólo se comieron las chocolatinas del calendario sino que hicieron un santo adviento lleno de detalles con todos y a los que suspiran contando los días que faltan para recibir en casa al Diosito Niño Jesús; a los que son de otras latitudes y longitudes y están con nosotros llenos de morriña por no estar en su teirra y a los que son de aquí de toda la vida pero están enfermitos de arresto domiciliario y hospital y van a tener unas fiestas tan distintas este año... ah, dedicado muy especialmente a David (?) que va a tener una intervención (cateterismo) mañana y necesita mucho de nuestras oraciones; sigo: dedicado a los que pusieron las ovejas con tres patas en el portal y la estrella y el rio de papel de plata y ya sólo les queda poner la Figura del Rey de Reyes en la cunita del pesebre; dedicado por supuesto a todos los que creeis en los cuentos (el del principe y el mendigo; el del pastorcito pobre; el del posadero bueno de Belen; el del cuarto rey mago; el de la estrella y su aterrizaje forzoso; el de la Bruja Malandra; el de la arañita que salvó a la Sagrada Familia; el del mal pastor y la Divina Pastora; el del...) etc. y a tod@s l@s que tenéis buenos sentimientos y mejor voluntad y cantáis en estos días villancicos sin parar... a todos esta lectura que es Premio Lazarillo, para que no olvidéis que todo encaja y Dios os quiere...




















lunes, 5 de diciembre de 2011

los menores y sus pollos

El juez Calatuayud habla... clarito-clarito



domingo, 4 de diciembre de 2011

La revolución por la revolución

Al Fígaro barbero. del Libro Ilustrísimos señores (BAC Minor) Un libro que recomiendo. Del Patriarca de Venecia Luciani, que fue luego el Papa Juan Pablo I

Querido Figaro,
¡Has vuelto! En la pequeña pantalla he visto tus Bodas. Eras el hijo del pueblo, que trataba de igual a igual y con el sombrero puesto a los privilegiados de antaño. Junto a tu Susana, representabas la juventud que lucha para que le sea reconocido el derecho a la vida, al amor, a la familia, a una justa libertad.
Ante tu dinámico "aire de artista", ante tus bríos agresiva y juvenilmente endiablados, la nobleza representaba el triste papel de una clase frívola, decrépita en vías de extinción.
He vuelto a oír tu célebre monólogo. Desde el escenario, decías poco más o menos: "Pues bien, ¿quién y qué cosa soy yo, Fígaro, ante todos estos nobles de alcurnia, de estos burgueses togados, que lo son todo y lo hacen todo, mientras que, en realidad, no son ni mejores ni peores que yo? Barbero, casamentero, consejero de seudo-diplomáticos, sí, señores, ¡todo lo que quieran! Pero además yo soy, siento que soy, ante todos ellos, algo nuevo, algo fuerte. Creen ellos que sólo soy honesto en un mundo de tahúres y rufianes. No lo acepto: me rebelo; ¡soy un ciudadano!"
Aquella noche, en París, se formó un verdadero tumulto en el teatro. La platea aplaudió, pero la nobleza, escandalizada, se tapó los oídos. A su vez, el rey te tapó la boca metiéndote en prisión. Todo en vano. Desde las tablas y desde la cárcel has saltado a la plaza gritando: "¡Señores!, la comedia ha terminado. ¡La revolución se pone en marcha!"
Y estalló, en efecto, la Revolución francesa.

***

Al retornar ahora, descubrirás que millones de jóvenes hacen por todas partes lo que tú hiciste hace ya dos siglos: se comparan con la sociedad y, encontrándola decrépita, se rebelan y se echan a la calle.
Allá en Liverpool, en los muros de un sótano, se hallan escritas estas palabras: "Aquí nacieron los Beatles. ¡Aquí comenzó todo!". Por si no lo sabes, se trata de cuatro desmelenados jóvenes cantantes, con tu mismo "aire de artista", a los que la reina de Inglaterra no sólo no ha cerrado la boca, sino che ha conferido un alto título nobiliario.
Han vendido millones de discos y hecho un montón de dinero. Se han hecho aplaudir de salas mucho más amplias que la tuya; han provocado en todo el mundo la aparición de "conjuntos", en los cuales, acompañados de baterías y guitarras eléctricas, jóvenes cantantes se agitan bajo la luz violenta de potentes lámparas, enloquecen a los espectadores, enardeciéndolos psicológicamente y llevándolos a posturas colectivas de frenética participación.

***

¡Mira a tu alrededor! Muchos de estos muchachos llevan coleta como tú, y cuidan la melena con preocupación casi femenina: "shampoo" de todas clases, "ondas", rizos, incluso "permanente" en peluquerías de señora. ¡Y cuántas barbas! ¡Cuántas patillas y patillazas!
¡Y variedad de vestidos! ¡Una verdadera mezcolanza de lo viejo y lo nuevo, de lo femenino y lo masculino, de oriente y de occidente! A veces, sólo un par de blue-jeans con una remera o sweater o con un chaquetón de piel. Otras, calcetas renacentistas, chaquetas parecidas a las que usaban los oficiales napoleónicos, con encajes dieciochescos y zapatos con hebillas eclesiásticas. A veces, pantalones y camisas de colorido chillón y fantasías florales, y, además, "gabanes" gitanos. En ocasiones, trajes voluntariamente rasgados, que hacen pensar en una mítica ciudad de Barbonia. Para las chicas, minifalda, shorts con maxi y midi abrigo y otros aderezos.
¿Qué piensas de este fenómeno? Yo me siento ante él incompetente y profano, y también algo divertido y curioso, sin dejar de ser crítico.
La llaman "música de jóvenes"; pero observo que el mercado discográfico proporciona montones de dinero a una serie de viejos avispados. Invocan la espontaneidad, el anticonformismo y la originalidad; de hecho, astutos "industriales del vestido" manipulan el sector, tranquilos y soberanos. Se declaran revolucionarios, pero los cuidados en exceso minuciosos dedicados a la melena y al vestido amenazan convertirlos únicamente en afeminados. Las jóvenes, al vestirse de manera tan sucinta, piensan en la elegancia y en la moda. No quiero ser ni maniqueo ni jansenista, pero pienso tristemente que con ello no favorecen en nada a la virtud de los jóvenes.
Naturalmente, estos jóvenes simpatizan con la "revolución", entendida como medio para terminar con la explotación del hombre por el hombre.
Algunos consideran inadecuadas y contraproducentes las reformas, y justifican la revolución como el único camino que conduce a la justicia social.
Otros, en cambio, desean reformas sociales rápidas y profundas. Sólo como medida extrema y en casos gravísimos y excepcionales, aceptan la violencia.
Hay otros que se despojan de todo escrúpulo. "La violencia - dicen - se justifica por sí misma y hay que hacer ¡la revolución por la revolución!"
Mao-Tse-Tung ha dicho a los chinos: "¡Plantemos la revolución cultural, haciendo tabla rasa de la ideología burguesa que todavía queda en el marxismo!"
El francés Regis Debray ha dicho a los sudamericanos: "Vuestra revolución no puede ser como la que se ha llevado a cabo en otros países, con un partido a la cabeza; la guerrilla de todo el pueblo, ¡ésta es la verdadera revolución!"
Desde Mao y Debray se ha pasado a Fidel Castro, a Giap y a los estudiantes del mayo francés: "El objetivo de la revolución estudiantil - decía Cohn-Bendit - no es transformar la sociedad, sino destruirla".
Evidentemente, querido Fígaro, han ido más lejos que tú; siguen a tus epígonos: Castro, Che Guevara, Ho-Chi-Min, Giap, y sueñan con ser guerrilleros y desesperados. Con buenas intenciones, entendámonos; pero, mientras tanto, son instrumentalizados por otros; no se dan cuenta de que es una utopía querer dividir, radicalmente y sin apelación, los buenos de los malos, la lealtad de la superchería, el "progreso" del "estancamiento"; no comprenden que el desorden trae consigo la "espiral de la violencia", retarda el progreso y siembra el descontento y el odio.

***

Y, sin embargo, tanto de ti como de ellos podemos aprender algo. Esto, por ejemplo: que padres, educadores, empleadores, autoridades, sacerdotes, debemos admitir que hemos cometido errores de método y que no hemos prestado suficiente atención a los jóvenes. Que hay que volver a comenzar con espíritu de humildad y de verdadero servicio, disponiéndonos a un trabajo minucioso, largo y sin brillo.
En cierta ocasión, un individuo medio loco rompió a golpes de bastón la vitrina y los objetos de una tienda. La calle se llenó enseguida de curiosos, que miraban y comentaban. Poco después llegó a la tienda un viejecito con una caja bajo el brazo: se quitó la chaqueta, sacó de la caja pegamento, cordel y herramientas, y con paciencia infinita se puso a componer tiestos y vidrios rotos. Terminó después de muchas horas. Pero esta vez nadie se detuvo a mirar, a ningún curioso le interesó este trabajo.
Algo parecido ocurre con los jóvenes. Arman griterío y manifestaciones; todos miran y hablan. Poco a poco, con fatiga y paciencia, padres y educadores los van preparando, llenan lagunas, rectifican ideas; nadie lo ve ni lo aplaude.

***

Será preciso mostrarnos muy abiertos y comprensivos hacia los jóvenes y hacia sus fallos. A los fallos, sin embargo, hay que llamarlos por su nombre y hay que presentar el Evangelio "sin glosas", sin recortarlo por deseo de popularidad. Ciertas aprobaciones no producen satisfacción: "¡Ay de vosotros! - dice el Señor - cuando todos los hombres os alaben, porque esto hicieron vuestros padres con los falsos profetas" (Lc 6, 26). Los jóvenes, por lo demás, desean que se les diga la verdad e intuyen el amor tras la palabra cordialmente franca y amonestadora.
Tendremos también que aceptar que los jóvenes son distintos de nosotros, los adultos, en el modo de juzgar, de comportarse, de amar y de orar. También ellos tienen - como la tenías tú, Fígaro - una palabra que decir al mundo, una palabra digna de ser oída con respeto.
Será preciso compartir con ellos la tarea de conducir a la sociedad por caminos de progreso. Con una advertencia: que ellos aprietan más el acelerador, y nosotros, en cambio, apretamos más el freno. Que, en todo caso, el problema de los jóvenes no puede separarse del problema de la sociedad; su crisis es, en parte, crisis de la sociedad.

***

¡Fígaro! Tu has sido agudísimo para atacar abusos y debilidades, pero no fuiste tan agudo al proponer soluciones. Hallo acertada - prescindiendo de exageraciones - tu crítica de la sociedad; pero falta la terapia.
Ahora bien, para los jóvenes de hoy y de todos los tiempos, la terapia existe: hacerles ver que la respuesta justa a los interrogantes que los asaltan la ha dado Cristo, más que Marcuse, o Debray, o Mao.
¿Quieren la fraternidad? Cristo dijo: todos vosotros sois hermanos. ¿Tienen sed de autenticidad? Cristo fustigó con fuerza toda hipocresía. ¿Están contra el autoritarismo y el despotismo? Cristo dijo que la autoridad es servicio. ¿Se oponen al formalismo? Cristo reprobó las oraciones recitadas mecánicamente, la limosna hecha para hacerse notar, la caridad interesada. ¿Quieren la libertad religiosa? Cristo, por una parte, quiso que "todos los hombres... lleguen al conocimiento de la verdad", y por otra, no impuso nada por la fuerza, no impidió la propaganda contraria, permitió el abandono de los apóstoles, las negaciones de Pedro, la duda de Tomás. Pidió y pide ser aceptado como hombre y como Dios, es verdad, pero no antes de que hayamos visto y comprobado que merece nuestra aceptación, no sin una elección libre.

***

¿Qué dices de todo esto? La protesta de Fígaro, más la propuesta de Cristo, ¿no podrán, unidas, ayudar tanto a los jóvenes como a la sociedad? Así lo creo lleno de esperanza.

Abril 1972

* FIGARO, personaje de las famosas comedias del escritor francés Beaumarchais (1732-1799): El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro. Símbolo de la juventud que lucha para que le sea reconocido el derecho a la vida, al amor, a la familia y a la libertad.