Compraventa de Cristos
A mi Cristo roto lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.
Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro.
Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.
- Ehhmm ¿Quiere algo padre?
- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.
De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un
Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.
Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…
- Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla, qué buena factura…
- ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!
- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.
Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.
Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de guerra.
Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle. Al fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a preguntarle:
- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? …¿Se arrepintió?
– ¡CÁLLATE!— me cortó una voz tajante.
- ¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?!
¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.
- ¡CÁLLATE! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos.
Yo contesté: “No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller.
¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?”
- ¡NO, NO ME GUSTA!— Contestó el Cristo, seca y duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso:
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
- Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
- ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?
- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.
Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso
¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
- Si Señor, te lo prometo— contesté. Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa. Desde hoy… viviré con un Cristo roto.
Dios tiene mano izquierda
La misma tarde que compré mi Cristo, le pregunté al anticuario dónde estaría el brazo derecho.
- ¡Oh, imposible encontrarlo! –me contestó— Y no crea usted que no revolvimos ya todo el pajar en donde estaba tirada la imagen mutilada. Encontramos, eso sí, la pierna izquierda y se la pegamos pero de la mano derecha ¡Ni rastro!
El anticuario no sabía Señor por dónde andaba tu mano derecha, pero Tú, Tú sí que lo sabes, la estás desclavando continuamente y se te escapa siempre. No, no me extraña que no la tengas, anda por ahí, invisible pero eficaz.
¡¿Quién no siente de vez en cuando, el suave roce de la mano llagada de Cristo?! Esa mano invisible que, sin llamar a la puerta, se mete en todas partes; en el hospital, en el lecho de muerte, en la oficina, en el despacho, en la fábrica, en el cine, en el teatro. Se cuela de puntillas como una ráfaga luminosa y musical. No podemos dar un paso por la vida sin tropezar con la mano de Dios. Pero tú, Cristo mío roto, sólo tienes mano izquierda.
Y me imaginé que decía, después de sentir que mi Cristo sonreía silencioso: “Qué poco y mal me conocéis, ¿Qué sería de vosotros los hombres si yo no tuviera mano izquierda?, La tengo, pero no para evitar que me crucifiquen, sino para conseguir que mi padre no os condene, Yo no uso mi mano izquierda para salvarme de la cruz, sino para salvaros del infierno, ¿Lo comprendes ahora?”
Toda la aventura trágica y divina de nuestra vida, está en dejarnos guiar por las manos de Dios. Pero hay en nosotros un elemento difícil, esquivo, peligroso: la libertad. Y Dios la respeta misteriosamente, infinitamente.
Para conquistarnos dispone Dios de dos manos, la derecha y la izquierda que representan dos técnicas y dos tácticas. La mano derecha es clara, abierta, transparente, luminosa. La mano izquierda busca atajos, da rodeos, es cálculo, diplomacia, no tiene prisa, si es necesario actúa a distancia y finge la voz, pero aunque izquierda no es maquiavélica ni traidora, porque la mueve el amor.
Para cada alma Dios tiene dos manos, pero las emplea de modo distinto porque todas las almas son diferentes. Con la derecha, como a palomas blancas o a ovejas dóciles,
Dios guiaba a Juan Evangelista, a Francisco de Asís, a Juan de la Cruz, a Francisco Javier, a las dos Teresas...
Para conquistar a Pedro, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, a Ignacio de Loyola, Dios tuvo que emplear la izquierda. Ante la mano derecha, se rebelan, entonces entra en juego la izquierda, busca un disfraz y se trueca en rayo, en bala, trata de ser freno que nos detenga, quiere alzarnos del barro en que caímos, se nos mete en el pecho para ver si logra ablandar nuestros corazones. Sus recursos son infinitos, hoy la disimula con modernos y actuales disfraces, es el ser más actual...
¡Se rompe una presa que arrastra mis fincas! Tengo un descuido inexplicable en el trabajo, y la máquina me siega un brazo. Íbamos en coche a 100 por hora, nos salió inesperadamente un camión, murieron en el acto mi mujer y un hijo, y quedé solo en la vida. Jamás he tenido una enfermedad, pero me dice el médico que tengo algo incurable...
Ante la mano izquierda de Dios, la primera reacción es un grito de rebeldía y desesperación, olvidamos la presa, el coche, el traidor, la muerte, porque adivinamos que ellos no tienen en definitiva la culpa, presentimos a Dios como responsable de ese dolor, que por ser tan terriblemente profundo, no puede venir de las criaturas y lógicamente nos encaramos a Dios. ¡Le gritamos, le emplazamos, le protestamos, le exigimos, le desafiamos, le condenamos! “¡PADRE…! ¡SI FUERAS PADRE, NO ME TRATARÍAS ASÍ!” Gritamos, protestamos, nos rebelamos y luego… nos quedamos solos.
Y vienen las primeras lágrimas nerviosas y quemantes, y sin darnos cuenta, la primera oración. Volvemos a protestar contra Dios, contra nuestra primera oración... Sucede el cansancio, las lágrimas ya son más serenas, ya rezamos sin protestar, tenemos ganas de besar algo, ¿Qué? Oh sí, eso, ya lo encontramos, un crucifijo, y con un beso le decimos a Dios, que está bien lo que Él disponga...
Terible, violenta, dura, implacable, pero bendita mano izquierda de Dios. Se formulan absurdas expresiones: “Bendita presa que se rompió, arrasó mi fábrica, pero me acercó a Dios, yo andaba muy lejos de Él”.
Cristo mío roto, te lo digo en nombre mío y de todos, porque todos somos valientes para pedírtelo desde ahora: Señor, si no basta para salvarnos la ternura de tu mano derecha, desclava tu izquierda, disfrázala de lo que quieras: fracaso, calumnia, ruina, accidente, muerte. Cristo, que seamos hijos de tu mano, de tu derecha o de tu izquierda.
A la cabecera de tu cama, amigo, o en tu mesita de noche, tienes un Cristo clavado en la cruz, ¿Por qué esta noche, antes de acostarte, no le besas la mano izquierda? Dios sabrá compensarte ese gesto de valor y resignación cristiana.
Se ha perdido una Cruz
¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de mi Cristo roto. ¿Alguno de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño? No es muy grande, pero es una cruz y no hay cruz pequeña, además es una cruz para Cristo y entonces no hay modo de medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las cruces son iguales.
Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? Mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre, todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea, aunque sonriamos.
A veces por oculta, es más pesada. Esta noche al acostarnos, no podremos dejarla colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será necesario vestírnosla, saltaremos de la cama con ella ya puesta.
¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos, santos y criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.
Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva una pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que se apoya recostándose en la esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos y el que se acerca a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle adelante, con prisa y con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten defraudados que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella, asco y envilecimiento, en él, desolación.
Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena de cruces, ¿Y sabes amigo por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz sola, sin Cristo, solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.
Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene sentido, por eso, se me ocurre una idea: Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los dos están incompletos. Mi Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al Cristo? Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te comprendo, sufrir así es irracional y no me explico ¿Cómo has podido tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio en tus manos… anda, dame esa cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin reposo y sin cruz. Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos, abrázalos y todo habrá cambiado.
Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi Cristo en ella. Hemos encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser la de Cristo...
¡¿Quién te partió la cara?!
Cristo, yo había oído muchas veces esta amenaza en labios trémulos por el odio:
“¡MIRA QUE TE PARTO LA CARA!” Y siempre pensé que todo suele quedar en un puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla. Sólo en Ti se ha cumplido literalmente la brutal amenaza, te han partido la cara de un solo tajo.
Y se la hubiera restaurado, pero Él me lo prohibió. Por eso me dedico en un juego de fantasía y cariño, a restaurársela idealmente, colocando sobre su cabeza sin facciones, las caras que para mi Cristo, ha soñado el arte universal. Consumo en este juego, museos, colecciones, galerías, catedrales, pinacotecas. Todo va pasando por el tajo de su cara en un desfile lento, y me siento Velázquez o Juan de Meza, con un patetismo barroco, o Montañés con olímpica belleza, o Leonardo, de infinita tristeza.
Pero desde hace unos días, he tenido que renunciar también al consuelo de este juego, ¡el Cristo roto es terrible en su exigencia!, no concibe treguas, y me lo ha prohibido también. Yo creí al principio que le gustaba, al menos lo toleraba silencioso, hasta que un día me interrumpió severamente:
- ¡BASTA! No me pongas ya más caras, he tolerado tu juego demasiado tiempo. ¿No acabas de comprenderlo? No me pongas más esas caras que pides de limosna, al arte de los hombres. ¡Quiero estar así, sin cara! Prometiste que jamás me restaurarías… a no ser, que quieras ensayar otro juego, ponerme otras caras. Esas… sí las aceptaré.
- ¿Cuáles Señor? Te las pondré enseguida. Dime qué caras y te las pongo.
- Temo que no lo entiendas, incluso que te escandalices como los fariseos... Me refiero a otros rostros, pero reales, no fingidos como los que inventabas, y que son también míos, como el que me cortaron de un tajo.
- Ahh, ya creo adivinar Señor, te refieres a las caras de los santos, de los apóstoles, de los mártires…
- Esas caras en verdad, son mías. Nadie me las niega ni me las regatea. Pero yo quiero otras, las reclamo, muy pocos se atreverían a ponérselas, Yo sí.
Hzo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Yo estaba asustado, tenía miedo, pero no había remedio. Entonces me dijo:
- Oye, ¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ese que te tiene envidia y que no te deja vivir; del que interpreta mal por sistema todas tus cosas, del que siempre va hablando mal de ti, del que te arruinó, del que dio malos y decisivos informes sobre ti, del traidor que te puso una zancadilla, del que logró echarte del puesto que tenías, del que te denunció, del que te metió en la cárcel...
- Cristo, ¡no sigas!
- Es demasiado, ¿Verdad?
- Es inhumano, es absurdo…
- ¿Te has fijado bien en la cara de los leprosos, de los anormales, de los idiotizados, de los mendigos sucios, de los imbéciles, de los locos...?
- ¿Y...? ¿Y me vas a decir Cristo, que esas caras son tuyas y… y que te las ponga? No, no, imposible.
- ¡Espera! no acabo aún... Toma bien nota de esta última lista y no olvides ningún rostro: Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del suicida, del degenerado, del ladrón, del borracho, del asesino, del criminal, del traidor, del vicioso. ¿No has oído?
¡Necesito que pongas todos esos rostros sobre el mío!
- …No, no Señor… -contesté— ¡No entiendo nada! ¿Todos esos rostros miserables y corruptos sobre el tuyo, sagrado y divino?
- ¡Sí, así lo quiero! ¿No ves que todos ellos pertenecen a esta pobre humanidad doliente creada por mi padre? ¿No te das cuenta que yo he dado la vida por todos?
Quizá ahora comprendas lo que fue la Redención.
Escucha: Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras tanto Yo le decía:
“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi Padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...
Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y perdonó sus pecados”.
Mi Cristo calló, qué pobre y ridículo me pareció el arte de los hombres y qué profundo e insondable el amor de Dios. Y desde entonces, enmudeció. No volvió a hablarme más.
No olvidemos nunca esta suprema y difícil lección. No olvidemos nunca la superficie lisa del rostro de mi Cristo, tajado verticalmente. Podríamos compararlo con un portarretrato vacío. En él se nos ofrece la oportunidad de colocar la cara de aquél o aquellos que nos han hecho daño o que odiamos profundamente, haciéndonos más daño a nosotros mismos que a quien es objeto de nuestro rencor.
¡Sí…, sí, seamos valientes! Recordemos el rostro que mayor odio y antipatía nos produzca, acerquémoslo a Cristo, aunque sintamos temblar nuestro pulso. Coloquémoslo sobre el suyo e imaginemos que nuestro enemigo, ese ser que odiamos, ocupa su lugar en la cruz. Cerremos los ojos, acerquémonos al crucificado y besemos reverentes y humildes su figura.
Al besar un Cristo, con el rostro de nuestro enemigo, nos envolverá una voz cálida y musical, paternal y bondadosa. Aquélla que hace muchos siglos nos dejara la más grande y maravillosa herencia que hombre alguno pueda tener, encerrada en sólo seis sencillas palabras: “Amaos los unos a los otros”.
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jueves, 5 de abril de 2012
martes, 17 de mayo de 2011
eucaristía vivida
y ya puestos... un ejemplo: Romero
Romero
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domingo, 8 de mayo de 2011
la muerte... ¿donde está la muerte?
Por su interés humano y pascual, una película intensa, dura a veces, consoladora...
WIT… AMAR LA VIDA… tomatela con calma pues va de la vida, la muerte, el alma, la fe
aunque esté subtitulada -si tienes tiempo- vale la pena
WIT… AMAR LA VIDA… tomatela con calma pues va de la vida, la muerte, el alma, la fe
aunque esté subtitulada -si tienes tiempo- vale la pena
sábado, 7 de mayo de 2011
experiencia, experiencias...
una gram pelicula, laureada y que dedicado a los monitores
y a todos los que quieran echar una mirada al ser humano...
y esto, a modo de conclusión: ERES RICO, FEDERICO!!!
Y de regalo "Soy David", adaptación al cine de la aclamada novela de Ann Holm.
Es la historia de un niño búlgaro de 12 años que, en tiempos de Stalin, logra
escapar de un campo de prisioneros del este de Europa. UN BUEN EJEMPLO DE VIDA
...Y DE VALORES CRISTIANOS.
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viernes, 6 de mayo de 2011
abecedario cristiano
¿Como se reconoce a un cristiano? Hay dos signos. la cruz y el amor...
Y el amor se dice de muchas formas. Pero siempre con el Espíritu Santo
Alaba a Dios en cada circunstancia de la vida.
Busca la excelencia, no la perfección.
Cuenta tus bendiciones en vez de sumar tus penas.
Devuelve todo lo que tomes prestado.
Encomienda a tres personas cada día.
Fíate de Dios de todo corazón y no confíes en tu propia inteligencia.
Gózate con los que se gozan y llora con los que lloran.
Haz nuevos amigos, pero aprecia a los que ya tienes.
Invita a Cristo a ser tu Señor y salvador.
Jamás pierdas una oportunidad de expresar amor.
Lee el evangelio y ora cada día.
Mantente alerta a las necesidades de tu prójimo.
No culpes a los demás por tus infortunios.
Olvida las ofensas y perdona así como Dios te perdona.
Promete todo lo que quieras, pero cumple todo lo que prometes.
Que se te conozca como una persona en quien se puede confiar.
Reconoce que no eres infalible y discúlpate por tus errores.
Sé la persona más amable y entusiasta que conoces.
Trata a todos como quieras que te traten.
Únete al ejército de agradecidos.
Vístete de misericordia, humildad y paciencia.
Y no te olvides de soportar a los demás como a ti te soportan.
Záfate de las garras seductoras de Satanás.
Eso es lo que hacia El... El hombre que hacía milagros
Dedicada a los niños que en otras partes harán la 1ª comunión y también a los míos
los que tenía en la Parroquia y que "espanté" con el tema de los 3 años de cate...
Y el amor se dice de muchas formas. Pero siempre con el Espíritu Santo
Alaba a Dios en cada circunstancia de la vida.
Busca la excelencia, no la perfección.
Cuenta tus bendiciones en vez de sumar tus penas.
Devuelve todo lo que tomes prestado.
Encomienda a tres personas cada día.
Fíate de Dios de todo corazón y no confíes en tu propia inteligencia.
Gózate con los que se gozan y llora con los que lloran.
Haz nuevos amigos, pero aprecia a los que ya tienes.
Invita a Cristo a ser tu Señor y salvador.
Jamás pierdas una oportunidad de expresar amor.
Lee el evangelio y ora cada día.
Mantente alerta a las necesidades de tu prójimo.
No culpes a los demás por tus infortunios.
Olvida las ofensas y perdona así como Dios te perdona.
Promete todo lo que quieras, pero cumple todo lo que prometes.
Que se te conozca como una persona en quien se puede confiar.
Reconoce que no eres infalible y discúlpate por tus errores.
Sé la persona más amable y entusiasta que conoces.
Trata a todos como quieras que te traten.
Únete al ejército de agradecidos.
Vístete de misericordia, humildad y paciencia.
Y no te olvides de soportar a los demás como a ti te soportan.
Záfate de las garras seductoras de Satanás.
Eso es lo que hacia El... El hombre que hacía milagros
Dedicada a los niños que en otras partes harán la 1ª comunión y también a los míos
los que tenía en la Parroquia y que "espanté" con el tema de los 3 años de cate...
jueves, 5 de mayo de 2011
jueves sacerdotal y eucaristico
En el Jueves Santo el Salvador nos regaló el Santo Sacrificio de la Misa, el Santísimo Sacramento y el Sacerdocio católico. Gracias a estos tres regalos podemos vivir y tener esperanzas de salvarnos, amparados en la Madre del Amor Hermoso.
¡BENDITO SEA DIOS!
Padre Leonardo Castellani, S.J. Jueves Santo de 1927
Las palabras que inmutan el vino
las palabras que cambian el pan
¡oh, millones de angélicos coros,
sobrepujan vuestro himno triunfal!
Ni la voz que los vientos de un golpe
domeñados, tumbó sobre mar;
ni el clamor que animó bruscamente
la de Lázaro pútrida faz;
ni la dulce oración compasiva
que de un pan hizo mil; ni el fatal
retumbar de trompetas del juicio
que a los muertos del polvo alzará;
ni siquiera el tremendo, inmutable
veredicto del que ha de bajar
a poner en su quicio las cosas
y dejarlas por siempre jamás…
tienen más milagrosa potencia
más creadora virtud y sin par
dulcedumbre, más fuerza y más gracia
que ese leve rumor del altar,
ese trueno de empuje infinito
y ese arrullo de amor eternal,
ese anillo de amores perpetuos
y semilla de inmortalidad;
ese fiat más grande que el otro
puesto en labios de un pobre mortal
el tesoro del hombre, la herencia
del que es vida, camino y verdad
para todos los pobres del mundo
y a los hombres que quieren la paz;
ese santo conjuro que todas
nuestras llagas podría curar,
esa firme palabra de bodas
que la Iglesia y el Cristo se dan,
esos brazos a todos abiertos
y clavados para revelar
los misterios sin playa y sin fondo
de un amor que no puede hacer más…
esos éxtasis, esas palabras
que consagran el vino y el pan.
¡BENDITO SEA DIOS!
Padre Leonardo Castellani, S.J. Jueves Santo de 1927
Las palabras que inmutan el vino
las palabras que cambian el pan
¡oh, millones de angélicos coros,
sobrepujan vuestro himno triunfal!
Ni la voz que los vientos de un golpe
domeñados, tumbó sobre mar;
ni el clamor que animó bruscamente
la de Lázaro pútrida faz;
ni la dulce oración compasiva
que de un pan hizo mil; ni el fatal
retumbar de trompetas del juicio
que a los muertos del polvo alzará;
ni siquiera el tremendo, inmutable
veredicto del que ha de bajar
a poner en su quicio las cosas
y dejarlas por siempre jamás…
tienen más milagrosa potencia
más creadora virtud y sin par
dulcedumbre, más fuerza y más gracia
que ese leve rumor del altar,
ese trueno de empuje infinito
y ese arrullo de amor eternal,
ese anillo de amores perpetuos
y semilla de inmortalidad;
ese fiat más grande que el otro
puesto en labios de un pobre mortal
el tesoro del hombre, la herencia
del que es vida, camino y verdad
para todos los pobres del mundo
y a los hombres que quieren la paz;
ese santo conjuro que todas
nuestras llagas podría curar,
esa firme palabra de bodas
que la Iglesia y el Cristo se dan,
esos brazos a todos abiertos
y clavados para revelar
los misterios sin playa y sin fondo
de un amor que no puede hacer más…
esos éxtasis, esas palabras
que consagran el vino y el pan.
miércoles, 4 de mayo de 2011
jueves, 28 de abril de 2011
ALEGRÍA ESPIRITUAL
La práctica de este santo tiempo pascual se resume en la alegría espiritual que debe producir en las almas resucitadas con Jesucristo, alegría que es un anticipo de la bienaventuranza eterna, y que el cristiano debe ya desde ahora mantener en sí, buscando cada vez con más ardor la Vida que alienta a nuestro divino Jefe, y huyendo constantemente de la muerte, hija del pecado. Durante el período que ha precedido, debimos afligirnos, llorar nuestras faltas, entregarnos a la expiación, seguir a Jesucristo hasta el Calvario. La Iglesia nos incita ahora a la alegría. Ella misma ha desechado todas sus tristezas; ya no gime como la paloma; canta como la Esposa que ha hallado de nuevo al Esposo.
A fin de hacer este sentimiento de alegría pascual más universal, ella se acomoda a la flaqueza de sus hijos. Después de haberles recordado la necesidad de la expiación, concentró toda la rigidez de la penitencia cristiana en los cuarenta días que acaban de transcurrir; y después, dando libertad a nuestros cuerpos al mismo tiempo que a los sentimientos de nuestras almas, nos ha hecho llegar a una región donde todo es alegría, luz y vida, donde todo es gozo, calma, dulzura y esperanza de la inmortalidad. De este modo ha producido en las almas, aun las menos elevadas, un sentimiento análogo al que experimentan las mas perfectas; de suerte, que en el concierto de las alabanzas que suben de la tierra a nuestro adorable triunfador, no hay disonancias, y, todos, fervorosos y tibios, unen sus voces con júbilo universal.
Ruperto, Abad de Deutz, el más profundo liturgista del siglo XII, expresa así esta feliz estratagema de la Santa Iglesia:
“Hay hombres carnales que no saben abrir sus ojos para contemplar los bienes espirituales, a no ser a impulso de ciertos incentivos corporales que los estimulan. La Iglesia supo encontrar un medio proporcionado a su flaqueza para moverlos. Con este fin estableció el ayuno cuaresmal, que es el diezmo del año ofrendado a Dios; este espacio de tiempo no termina sino con la solemnidad de la Pascua, a la que luego siguen cincuenta días consecutivos sin un solo ayuno. Así los hombres mortifican sus cuerpos, sostenidos por la esperanza de que la fiesta de Pascua vendrá a librarnos de este yugo de penitencia; por sus anhelos se anticipan a la solemnidad; cada uno de los días de Cuaresma es para ellos como la parada del caminante; los enumeran con cuidado, convencidos de que el numero decrece progresivamente, y por eso esta fiesta, deseada de todos, es amada por todos, como lo es la luz para los que caminan en las tinieblas, la fuente copiosa para los que tienen sed y la tienda levantada por el Señor mismo para el viajero fatigado”.
¡Dichosos tiempos en que todo el ejercito de los cristianos, como expone San Bernardo, nadie claudicaba en el deber, en que justos y pecadores caminaban unidos en la practica de las observancias cristianas!
Ahora la Pascua no produce la misma sensación en nuestra sociedad. Ciertamente la causa radica en la molicie y en la falsa conciencia, que arrastra a tantos hombres a preterir la ley de la Cuaresma, como si no existiese para ellos.
De aquí proviene que tantos fieles vean llegar la Pascua como una gran fiesta, es verdad, pero apenas, se dejan impresionar por el anhelo de alegría intensa que lleva impresa la Iglesia durante estos días en toda su actitud.
Pero todavía están mucho menos dispuestos para conservar y fomentar, durante un periodo de cincuenta días, la alegría de que participan en corta medida, el día tan deseado por los verdaderos cristianos. No ayunaron, no guardaron la abstinencia durante la santa Cuaresma; ni siquiera la misma condescendencia de la Iglesia para con su flaqueza fue suficiente; pidieron otras dispensas; y demos gracias si no se eximieron por si mismos y sin remordimientos de estos últimos restos del deber cristiano. ¿Qué sensación puede producir en ellos el retorno del Aleluya? No fueron purificadas sus almas por la penitencia; ¡como van a tener sus almas ágiles para seguir a Cristo resucitado, cuya vida es ya más del cielo que de la tierra!
Pero no desarmonicemos las intenciones de la Santa Madre Iglesia, entristeciéndonos con pensamientos descorazonadores; pidamos más bien al Divino Resucitado que con su bondad omnipotente ilumine esas almas con los fulgores de su victoria sobre el mundo y la carne y que las levante hasta Sí. Nada debe distraernos de nuestra felicidad en estos días. El mismo Rey de la gloria nos dice: “¿Acaso los hijos del Esposo pueden entristecerse mientras el Esposo está con ellos?” (San Mateo, 9, 15).
Jesús permanece aún durante cuarenta días con nosotros; ya no padecerá más, ya no morirá: estén, pues, nuestros sentimientos en armonía con su estado de gloria y de felicidad que debe perdurar siempre. Es cierto que nos dejará para ascender a la diestra de su Padre; pero desde allí nos enviará el Divino Consolador que permanecerá en nosotros, para que no quedemos huérfanos (San Juan, 14). Sean, pues, estas palabras nuestra comida y nuestra bebida durante estos días: “Los hijos del Esposo no deben entristecerse mientras el Esposo esté con ellos”.
Son la clave de toda la liturgia en esta estación; no las olvidemos ni un solo instante, y experimentaremos que, si la compunción y la penitencia de la Cuaresma nos fueron saludables, la alegría espiritual no lo será menos. Jesús en la cruz y Jesús resucitado es siempre el mismo Jesús, pero en este momento nos quiere en torno suyo, con su Santísima Madre, con sus discípulos, con Magdalena, todos deslumbrados y extasiados por su gloria, olvidando en esas horas demasiado fugaces, las angustias de la Pasión.
Que estas hermosísimas reflexiones, acrisoladas por la unción del gran abad benedictino Dom Guéranger extraídas de su obra titulada “El año litúrgico”, nos permitan encontrar un nuevo motivo sobrenatural para anclarnos en esta santa, pacificante y profunda alegría espiritual que el Divino Resucitado nos granjeó “al tercer día de su muerte”.
PARCIALMENTE NUBLADO (de Pixar) para alegrar a la familia, de parte de Chon que me lo envió.
A fin de hacer este sentimiento de alegría pascual más universal, ella se acomoda a la flaqueza de sus hijos. Después de haberles recordado la necesidad de la expiación, concentró toda la rigidez de la penitencia cristiana en los cuarenta días que acaban de transcurrir; y después, dando libertad a nuestros cuerpos al mismo tiempo que a los sentimientos de nuestras almas, nos ha hecho llegar a una región donde todo es alegría, luz y vida, donde todo es gozo, calma, dulzura y esperanza de la inmortalidad. De este modo ha producido en las almas, aun las menos elevadas, un sentimiento análogo al que experimentan las mas perfectas; de suerte, que en el concierto de las alabanzas que suben de la tierra a nuestro adorable triunfador, no hay disonancias, y, todos, fervorosos y tibios, unen sus voces con júbilo universal.
Ruperto, Abad de Deutz, el más profundo liturgista del siglo XII, expresa así esta feliz estratagema de la Santa Iglesia:
“Hay hombres carnales que no saben abrir sus ojos para contemplar los bienes espirituales, a no ser a impulso de ciertos incentivos corporales que los estimulan. La Iglesia supo encontrar un medio proporcionado a su flaqueza para moverlos. Con este fin estableció el ayuno cuaresmal, que es el diezmo del año ofrendado a Dios; este espacio de tiempo no termina sino con la solemnidad de la Pascua, a la que luego siguen cincuenta días consecutivos sin un solo ayuno. Así los hombres mortifican sus cuerpos, sostenidos por la esperanza de que la fiesta de Pascua vendrá a librarnos de este yugo de penitencia; por sus anhelos se anticipan a la solemnidad; cada uno de los días de Cuaresma es para ellos como la parada del caminante; los enumeran con cuidado, convencidos de que el numero decrece progresivamente, y por eso esta fiesta, deseada de todos, es amada por todos, como lo es la luz para los que caminan en las tinieblas, la fuente copiosa para los que tienen sed y la tienda levantada por el Señor mismo para el viajero fatigado”.
¡Dichosos tiempos en que todo el ejercito de los cristianos, como expone San Bernardo, nadie claudicaba en el deber, en que justos y pecadores caminaban unidos en la practica de las observancias cristianas!
Ahora la Pascua no produce la misma sensación en nuestra sociedad. Ciertamente la causa radica en la molicie y en la falsa conciencia, que arrastra a tantos hombres a preterir la ley de la Cuaresma, como si no existiese para ellos.
De aquí proviene que tantos fieles vean llegar la Pascua como una gran fiesta, es verdad, pero apenas, se dejan impresionar por el anhelo de alegría intensa que lleva impresa la Iglesia durante estos días en toda su actitud.
Pero todavía están mucho menos dispuestos para conservar y fomentar, durante un periodo de cincuenta días, la alegría de que participan en corta medida, el día tan deseado por los verdaderos cristianos. No ayunaron, no guardaron la abstinencia durante la santa Cuaresma; ni siquiera la misma condescendencia de la Iglesia para con su flaqueza fue suficiente; pidieron otras dispensas; y demos gracias si no se eximieron por si mismos y sin remordimientos de estos últimos restos del deber cristiano. ¿Qué sensación puede producir en ellos el retorno del Aleluya? No fueron purificadas sus almas por la penitencia; ¡como van a tener sus almas ágiles para seguir a Cristo resucitado, cuya vida es ya más del cielo que de la tierra!
Pero no desarmonicemos las intenciones de la Santa Madre Iglesia, entristeciéndonos con pensamientos descorazonadores; pidamos más bien al Divino Resucitado que con su bondad omnipotente ilumine esas almas con los fulgores de su victoria sobre el mundo y la carne y que las levante hasta Sí. Nada debe distraernos de nuestra felicidad en estos días. El mismo Rey de la gloria nos dice: “¿Acaso los hijos del Esposo pueden entristecerse mientras el Esposo está con ellos?” (San Mateo, 9, 15).
Jesús permanece aún durante cuarenta días con nosotros; ya no padecerá más, ya no morirá: estén, pues, nuestros sentimientos en armonía con su estado de gloria y de felicidad que debe perdurar siempre. Es cierto que nos dejará para ascender a la diestra de su Padre; pero desde allí nos enviará el Divino Consolador que permanecerá en nosotros, para que no quedemos huérfanos (San Juan, 14). Sean, pues, estas palabras nuestra comida y nuestra bebida durante estos días: “Los hijos del Esposo no deben entristecerse mientras el Esposo esté con ellos”.
Son la clave de toda la liturgia en esta estación; no las olvidemos ni un solo instante, y experimentaremos que, si la compunción y la penitencia de la Cuaresma nos fueron saludables, la alegría espiritual no lo será menos. Jesús en la cruz y Jesús resucitado es siempre el mismo Jesús, pero en este momento nos quiere en torno suyo, con su Santísima Madre, con sus discípulos, con Magdalena, todos deslumbrados y extasiados por su gloria, olvidando en esas horas demasiado fugaces, las angustias de la Pasión.
Que estas hermosísimas reflexiones, acrisoladas por la unción del gran abad benedictino Dom Guéranger extraídas de su obra titulada “El año litúrgico”, nos permitan encontrar un nuevo motivo sobrenatural para anclarnos en esta santa, pacificante y profunda alegría espiritual que el Divino Resucitado nos granjeó “al tercer día de su muerte”.
PARCIALMENTE NUBLADO (de Pixar) para alegrar a la familia, de parte de Chon que me lo envió.
miércoles, 27 de abril de 2011
SINDONE
Este video es una integración de los varios documentales de variadas fuentes, debidamente atribuidos, sobre los estudios científicos de la sábana santa realizados en los últimos 30 años. Es la versión abreviada del video de 90 minutos sobre la sábana realizado por SUSURROS AL ALMA en el 2009, se concentra en los rasgos de la Pasión del Señor que en ella evidenciados.
Esta santa reliquia es un regalo de Dios para ayudarnos a creer en la fidelidad de los relatos de los Evangelios.
martes, 26 de abril de 2011
GRU...
supervillanos tambien se convierten...
el amor hace nuevas todas las cosas...
Y como estamos en pascua: EL CENTURIÓN
El modo de sufrir no era el de todos,
tampoco la mirada compasiva,
ni el perdón dado al mundo que se iba
mancillado de afrentas y de lodos.
¿Qué notó en esos ojos postrimeros
lavados por el llanto y la plegaria,
a quién solo en la cumbre solitaria
llamó Padre con labios pregoneros?
¿Por qué su sed tenía otros clamores
ajenos al rencor del condenado,
por qué su cuerpo allí, crucificado,
semejaba un altar pleno de honores?
Creyó saber de antigua profecía
sobre huesos que nunca han de quebrarse,
tembló al ver a su madre arrodillarse,
augusta entre la cruenta judería.
Acaso por llamados presentidos
o por quebrar agorerías densas,
tomó su lanza entre las manos tensas
y la hundió en ese pecho sin latidos.
Esa lanza castigo del ilirio
escarmiento imperial para Judea,
bruñida de rigor en la pelea
era ahora testigo del Martirio.
Lo estremeció aquel cielo recubierto,
cayó agua y sangre sobre su cabeza,
rezó en voz alta su mejor certeza:
Era el Hijo de Dios este hombre muerto.
Danos, Señor, la Fe de las legiones
cuando son de la Cruz sus herederos,
alista nuestros cuerpos , prisioneros.
Somos tuyos, Señor, tus centuriones.
Antonio Caponnetto
el amor hace nuevas todas las cosas...
Y como estamos en pascua: EL CENTURIÓN
El modo de sufrir no era el de todos,
tampoco la mirada compasiva,
ni el perdón dado al mundo que se iba
mancillado de afrentas y de lodos.
¿Qué notó en esos ojos postrimeros
lavados por el llanto y la plegaria,
a quién solo en la cumbre solitaria
llamó Padre con labios pregoneros?
¿Por qué su sed tenía otros clamores
ajenos al rencor del condenado,
por qué su cuerpo allí, crucificado,
semejaba un altar pleno de honores?
Creyó saber de antigua profecía
sobre huesos que nunca han de quebrarse,
tembló al ver a su madre arrodillarse,
augusta entre la cruenta judería.
Acaso por llamados presentidos
o por quebrar agorerías densas,
tomó su lanza entre las manos tensas
y la hundió en ese pecho sin latidos.
Esa lanza castigo del ilirio
escarmiento imperial para Judea,
bruñida de rigor en la pelea
era ahora testigo del Martirio.
Lo estremeció aquel cielo recubierto,
cayó agua y sangre sobre su cabeza,
rezó en voz alta su mejor certeza:
Era el Hijo de Dios este hombre muerto.
Danos, Señor, la Fe de las legiones
cuando son de la Cruz sus herederos,
alista nuestros cuerpos , prisioneros.
Somos tuyos, Señor, tus centuriones.
Antonio Caponnetto
lunes, 25 de abril de 2011
lunes de Pascua
Geldolf cantaba aquello de I dont like mondays.
parece que ahora todo es mas facil: ahi van 3x1
parece que ahora todo es mas facil: ahi van 3x1
domingo, 24 de abril de 2011
DIOS ES AMOR
HIMNO DE LAUDES.Francisco Luis Bernárdez
Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
En tanto que la noche retrocede
Y el día sobre el mundo se levanta.
Junto con este favorable tiempo
Danos ríos de lágrimas copiosas
Para lavar el corazón que (ardiendo
En jubilosa caridad) se inmola.
La fuente que hasta ayer manó delitos
Ha de manar desde hoy perenne llanto
Si con la vara de la penitencia
El pecho empedernido es castigado.
Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
Y vuelve a florecer el universo,
Compartamos su gozo los que fuimos
Devueltos por tu mano a tus senderos.
Oh Trinidad clemente: que te adoren
Tierra y cielo a tus pies arrodillados,
Y que nosotros, por tu gracia nuevos,
Cantemos en tu honor un nuevo canto.
meditación que predicó el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana.Ciudad del Vaticano, viernes, 1 abril 2007.
El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevara al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.
La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del “deber” de amar a Dios (De diligendo Deo).
Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor “de” Dios, no al amor “por” Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que le ama “primero”: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluída nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).
1. El amor de Dios en la eternidad
Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María, él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor. “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).
De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!
El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.
No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, como – dice el filósofo Husserl – no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quien ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.
He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama de un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que les une.
2. El amor de Dios en la creación
Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.
Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la 'alianza', el 'sí' del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.
¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:
“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.
Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.
3. El amor de Dios en la revelación
La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).
Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).
En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.
En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.
El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).
El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!
Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.
4. El amor de Dios en la encarnación
Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extra de la Trinidad.
Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.
Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.
Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].
San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.
5. El amor de Dios infundido en los corazones
La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).
Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.
6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!
Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).
La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.
El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.
En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.
Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.
El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno...”.
Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.
San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada... (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.
Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.
Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.
Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.
Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.
[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.
[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.
[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.
[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.
[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.
[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.
[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3
[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).
[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.
[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998
Homilia de la Vigilia Pascual 2011...
Oh sol de salvación, oh Jesucristo:
Alumbra lo más hondo de las almas,
En tanto que la noche retrocede
Y el día sobre el mundo se levanta.
Junto con este favorable tiempo
Danos ríos de lágrimas copiosas
Para lavar el corazón que (ardiendo
En jubilosa caridad) se inmola.
La fuente que hasta ayer manó delitos
Ha de manar desde hoy perenne llanto
Si con la vara de la penitencia
El pecho empedernido es castigado.
Ya que ha llegado el día, el día tuyo,
Y vuelve a florecer el universo,
Compartamos su gozo los que fuimos
Devueltos por tu mano a tus senderos.
Oh Trinidad clemente: que te adoren
Tierra y cielo a tus pies arrodillados,
Y que nosotros, por tu gracia nuevos,
Cantemos en tu honor un nuevo canto.
meditación que predicó el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana.Ciudad del Vaticano, viernes, 1 abril 2007.
El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevara al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.
La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del “deber” de amar a Dios (De diligendo Deo).
Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor “de” Dios, no al amor “por” Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que le ama “primero”: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluída nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).
1. El amor de Dios en la eternidad
Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María, él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor. “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).
De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!
El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.
No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, como – dice el filósofo Husserl – no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quien ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.
He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama de un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que les une.
2. El amor de Dios en la creación
Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.
Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la 'alianza', el 'sí' del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.
¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:
“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.
Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.
3. El amor de Dios en la revelación
La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).
Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).
En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.
En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.
El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).
El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!
Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.
4. El amor de Dios en la encarnación
Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extra de la Trinidad.
Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.
Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.
Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].
San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.
5. El amor de Dios infundido en los corazones
La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).
Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.
6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!
Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).
La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.
El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.
En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.
Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.
El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno...”.
Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.
San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada... (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.
Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.
Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.
Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.
Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.
[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.
[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.
[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.
[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.
[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.
[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.
[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3
[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).
[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.
[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998
Homilia de la Vigilia Pascual 2011...
sábado, 23 de abril de 2011
sermón del polvo (o del ciego de nacimiento)
He aquí las dos grandes mentiras del mundo. Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.
Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).
El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.
A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.
Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.
Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.
Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”. Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.
“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).
Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.
Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza. “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.
Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo? No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba. “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba. No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba. Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.
La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.
El mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente —contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”—, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre”. El mundo miente, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande. El siglo de la filosofía del superhombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.
Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo nuestros doctores y nuestras universidades… ¿Y qué veo?
“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes. Tú eres rey; no obedezcas. Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo. Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo. Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda. Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes. Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo. Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma. ¡A luchar! ¡A arrebatar tu parte! ¡A triunfar! ¡A echar fuera a los otros! ¡Si eres pobre: asalto a los ricos! ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.
Señores, ¿y el gusano y la polilla? El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla. Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!
Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.
“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria. Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido. Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido. Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota. No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino. Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo? Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia. La vida no vale la pena de ser vivida”.
He aquí las dos grandes mentiras del mundo. Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.
“Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un viento de vida”, dice el Libro del Génesis. Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo. Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo. Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma. “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la ira de Dios y se escondieron entre las hojas”. Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.
Éste se llama el estado de la caída, el segundo que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre. El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano. Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos. Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable, pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor nuestro.
Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte. ¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente? ¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo? ¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente! Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama. Llamaré en mi auxilio a la muerte. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”. ¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad! ¡Polvo!
En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres. ¡Qué gran predicador la Muerte! Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma. La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante.
No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo… tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques. Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte. Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua. En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental. Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter. ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!
Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos. La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto. Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente. Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas. En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan. ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!
Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento. La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma. La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones. Pero la gloria —me decís—, la gloria queda. Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda. No —me decís—: la gloria terrena, también la gloria terrena queda. ¡Ah, señores! ¿Qué es la gloria terrena?… Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma. Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria. Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático. Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano. Esta es la gloria de la tierra, señores. Un nombre en la historia: un pedazo de hu
Señores, mirad qué es el Mundo. Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas. Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo.
El Mundo Universo contra la Muerte. La Muerte lo toca, ¿y qué sucede? Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles. El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos; y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.
Señores, es menester decirlo: en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más” y dormitaron y durmieron.
Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin. No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes. No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.
Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre. Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación? Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida.
El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación.
Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza. “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”. “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.
Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre. El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”. No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”. Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.
Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva. No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas. ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón? Mandándolas a la caja de seguridad. Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen.
¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo? Hay que sembrarlo. Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.
Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.
Autor: Leonardo Castellani, sacerdote. "Cristo, ¿vuelve o no vuelve?"
Mensaje del papa tras el viacrucis en el Colosseo...
Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).
El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.
A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.
Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.
Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.
Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”. Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.
“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).
Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.
Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza. “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.
Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo? No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba. “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba. No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba. Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.
La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.
El mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente —contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”—, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre”. El mundo miente, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande. El siglo de la filosofía del superhombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.
Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo nuestros doctores y nuestras universidades… ¿Y qué veo?
“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes. Tú eres rey; no obedezcas. Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo. Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo. Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda. Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes. Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo. Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma. ¡A luchar! ¡A arrebatar tu parte! ¡A triunfar! ¡A echar fuera a los otros! ¡Si eres pobre: asalto a los ricos! ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.
Señores, ¿y el gusano y la polilla? El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla. Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!
Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.
“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria. Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido. Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido. Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota. No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino. Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo? Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia. La vida no vale la pena de ser vivida”.
He aquí las dos grandes mentiras del mundo. Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.
“Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un viento de vida”, dice el Libro del Génesis. Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo. Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo. Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma. “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la ira de Dios y se escondieron entre las hojas”. Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.
Éste se llama el estado de la caída, el segundo que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre. El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano. Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos. Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable, pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor nuestro.
Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte. ¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente? ¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo? ¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente! Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama. Llamaré en mi auxilio a la muerte. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”. ¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad! ¡Polvo!
En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres. ¡Qué gran predicador la Muerte! Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma. La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante.
No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo… tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques. Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte. Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua. En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental. Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter. ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!
Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos. La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto. Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente. Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas. En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan. ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!
Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento. La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma. La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones. Pero la gloria —me decís—, la gloria queda. Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda. No —me decís—: la gloria terrena, también la gloria terrena queda. ¡Ah, señores! ¿Qué es la gloria terrena?… Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma. Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria. Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático. Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano. Esta es la gloria de la tierra, señores. Un nombre en la historia: un pedazo de hu
Señores, mirad qué es el Mundo. Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas. Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo.
El Mundo Universo contra la Muerte. La Muerte lo toca, ¿y qué sucede? Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles. El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos; y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.
Señores, es menester decirlo: en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más” y dormitaron y durmieron.
Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin. No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes. No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.
Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre. Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación? Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida.
El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación.
Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza. “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”. “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.
Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre. El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”. No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”. Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.
Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva. No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas. ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón? Mandándolas a la caja de seguridad. Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen.
¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo? Hay que sembrarlo. Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.
Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.
Autor: Leonardo Castellani, sacerdote. "Cristo, ¿vuelve o no vuelve?"
Mensaje del papa tras el viacrucis en el Colosseo...
domingo, 17 de abril de 2011
STROMATA (CENTÖN) DEL DRAMATIS PERSONAE
El amigo Monasterio -que es un genio- con el género del "diario" escribió estas CONFESIONES de los protagonistas de la Pasión. ¿Adivinas quiénes son?
María me ha pedido que la ayude a preparar la sala donde su hijo celebrará la Pascua dentro de dos días. Me lleva al lugar elegido y enseguida comenzamos a trabajar. Lo primero, limpiar el recinto, que es grande y agradable, pero necesitaba un buen repaso. Luego disponemos las jofainas para las purificaciones, las lámparas de aceite que darán luz a la estancia, los divanes, los manteles limpios y perfumados, las copas, las jarras para el vino y unos platos de colores recién salidos de las manos del alfarero que ha traído María.
Yo, como estoy muy contenta porque es la Pascua, no dejo de cantar ni un solo instante. En cambio Ella…
—¿Qué te ocurre, Señora?
—No me llames así. Sabes que somos amigas.
—Amigas, sí; y además tengo tu mismo nombre; pero a la Madre de mi Señor no puedo llamarla de otra forma.
María entonces toma mis manos entre las suyas y las besa.
—¿Por qué haces eso?
—Hoy estas manos han trabajado en algo muy grande. Los manteles, los platos…, todo esto será sagrado. Pronto lo entenderás. Ahora vamos a hacer el pan. ¿Me ayudas?
Con la harina blanca recién molida, las manos de mi Señora han comenzado a amasar la primera hogaza. Sin levadura, como establece la ley de Moisés, el pan se elabora deprisa y se comerá deprisa porque es la Pascua. Es el paso del Señor.
Antes de meterlo en el horno, María vuelve a sorprenderme en un gesto insólito: con sus manos blancas de harina, levanta el pan en alto y lo besa muy despacio. con ternura de madre. Luego me ha dicho:
—Bésalo tú también.
Sin preguntar nada, pongo mis labios en el pan.
—Jesús se encontrará estos besos cuando llegue.
—…Cuando llegue, ¿dónde?
María sonríe con ese gesto de niña traviesa que a veces le sale de dentro, pero no me explica el sentido de sus palabras.
—Lo entenderás muy pronto.
Cuando pasen los siglos, nadie hablará de mí como discípulo de Jesús de Nazaret. Dirán solamente que fui su amigo. Me llamo Lázaro, tengo veintisiete años y acabo de volver. Cristo me ordenó que regresara del Sheol y en un segundo quedé libre de las ataduras de la muerte.
No voy a hablar ahora de ese milagro, que yo mismo no sabría explicar. Prefiero escribir solo unas líneas sobre mi amistad con Jesús. Pertenezco a una familia rica e influyente. Mis padres nos dejaron como herencia una gran hacienda llamada Betania en las afueras de Jerusalén y aquí vivimos, aún sin familia propia, mis dos hermanas y yo, que soy el más joven.
Al evocar ahora mi vida, me recuerdo siempre enfermo, con fiebres intermitentes que me dejaban postrado durante días e incluso meses. Marta y María me han cuidado como a un hijo pequeño. Nunca he sido el hombre fuerte de la casa. La mayoría de los médicos decían que moriría pronto, y, ya veis, no se equivocaron del todo.
Cuando Jesús vino por primera vez a Betania, Marta, lo recibió con todos los honores. Aún no lo conocíamos más que por el testimonio de algunos campesinos. Tal vez por eso Marta parecía tan nerviosa preparando lo necesario para él y sus acompañantes. Al parecer mi hermana mayor se enfadó un poco con María cuando vio que la pequeña se había quedado embobada a los pies del Señor, pero Jesús arregló el problema pidiendo que se sentaran las dos juntas para escucharle. Aquello era más importante.
Yo estaba en una habitación contigua, tumbado sobre un lecho especialmente construido para mí. Jesús vino a verme, me impuso las manos y me hizo una extraña pregunta:
—¿Quieres curarte?
—Llevo así muchos años —le respondí—. Sé que voy a morir.
—Esta enfermedad no es de muerte, sino de vida —me dijo entonces—. Aún la sufrirás algún tiempo, pero un día sanarás definitivamente.
Al atardecer, como me encontraba mejor, salimos a pasear entre los olivos y Jesús me habló de su muerte que tendría lugar en Jerusalén.
—Para entonces —me dijo— tú habrás recuperado del todo la salud, pero esa curación acelerará mi partida de este mundo.
Yo, que no entendía casi nada, le dejé hablar y desahogar su tristeza. Me habló de su Madre, María:
—Aún debe padecer mucho antes de recuperarme del todo.
De José, ya fallecido en Nazaret, que le enseñó el oficio de artesano.
—Fue siempre mi padre y señor, y lo seguirá siendo cuando nos volvamos a encontrar en la morada definitiva.
Era ya noche cerrada cuando me atreví a hacerle una pregunta:
—¿Por qué me cuentas todo esto?
Se le habían llenado los ojos de lágrimas mirando las luces de Jerusalén.
—El Hijo del hombre también necesita un amigo y un confidente en la tierra.
Hoy sé que Jesús está a punto de padecer en Jerusalén. Mi hermana, María, también lo sabe y ha preparado un perfume de nardo para derramarlo a sus pies cuando venga esta tarde a almorzar en mi casa. Tendremos muchos invitados; la mayoría sólo quieren ver si es cierto que Lázaro está vivo, que he recuperado el color y la fuerza que nunca tuve.
Desde que soy amigo del Señor, y sobre todo desde que salí del sepulcro, ya no necesito estar a su lado para conversar con él. Me habla siempre y yo le escucho. Por eso, mi alma, como la de Jesús, ahora está triste hasta la muerte. Deseo morir por segunda vez para acompañar a mi amigo hasta la casa del Padre.
Estaba yo tan contento en el establo. A mi madre le sorprendió que no protestara, como suelo hacerlo, cuando el amo llegó de madrugada para desatar a los demás borricos y sacarlos al campo.
—Aún eres muy joven, Canelo —solía decirme mientras me acariciaba el lomo con sus manazas ásperas y agrietadas—.
Pero aquella mañana no. Como digo, estaba feliz y me quedé inmóvil con los ojos cerrados para hacerme el dormido. Yo sabía ya que estaba a punto de estrenarme como borrico de carga, y sabía también que tendría otro dueño.
¿Que cómo lo sabía? Por el Ángel, naturalmente. Me lo había contado todo la noche anterior:
—Duerme bien, borrico, que mañana serás el trono de Jesús en Jerusalén.
Si el Ángel hubiese sabido algo de psicología asnal no me habría dado la noticia así. No pegué ojo en toda la noche. Ni siquiera los lametones de mi madre consiguieron hacerme conciliar el sueño. Sin embargo no me importó gran cosa: cuando se marcharon todos, me puse en pie, estiré las patas para desperezarme y aguardé a que llegaran los visitantes.
Eran dos. El más alto lucía una barba rojiza, recia como las crines de un caballo alazán. El otro, moreno como yo mismo, fue el que comenzó a desatarme sin decir palabra.
—¿Por qué desatáis al borrico?
Me sobresalté al oír la voz de mi amo.
—El Señor lo necesita —respondió uno de ellos—.
El sol estaba ya en lo alto cuando salimos hacia Betania. Jesús me recibió sonriente, y cuando empezaron a vestirme con mantas de colores como si fuéramos de boda, me agarró suavemente de las orejas y me dijo al oído:
—Tienes dos buenas antenas, borrico. Mantenlas bien erguidas para que escuchen sólo mi voz.
Mientras subíamos hacia Jerusalén, el sendero se llenó de canciones y de flores blancas, rojas y violetas. Los niños gritaban de entusiasmo y las mujeres alfombraron el camino para recibir al Rey. Los apóstoles estaban felices. Algunos también cantaban y yo me puse tan contento que rebuzné un poco a destiempo, levanté la cabeza demasiado, dejé de mirar por dónde pisaba y tropecé en la rama de un árbol caído.
Yo creo que fue un milagro, aunque nadie se diera cuenta. Por un momento troté como volando, sin tocar el suelo y el Señor evitó la catástrofe. Jesús entonces me habló de nuevo al oído:
—No te entusiasmes tanto, que la música y las flores no son por ti. Confórmate con ser mi trono un día. Los que hoy me vitorean mañana pedirán mi muerte. Tú sé fiel y también estarás conmigo en el Paraíso.
No sé de qué os extrañáis; el Salmo 35 dice que Dios salvará a los hombres y a los borricos.
Esta mañana por un momento pensé que el Maestro estaba dispuesto a dar la batalla definitiva para hacerse coronar rey.
No se hablaba de otra cosa en Jerusalén: Lázaro había resucitado al grito de Jesús. El relato de lo acontecido en Betania iba de boca en boca y ya nadie tenía la menor duda de que el Mesías estaba a punto de entrar en la Ciudad santa.
Sólo Caifás, el muy cobarde, tenía miedo. Pensaba que si las autoridades religiosas reconocían al Cristo, los romanos tomarían represalias, acabarían con la revuelta y destruirían el Templo. Por eso quería acabar con Jesús. "Es mejor que muera un hombre en lugar de todo el pueblo", había dicho en el Sanedrín; pero lo cierto es que tenía horror a la lucha, a perder sus privilegios. ¡Pobre Caifás!
Y, en medio de todo, cuando el ambiente estaba más caldeado, Jesús nos dijo que quería entrar en la Ciudad no a pie, como en otras ocasiones; tampoco a caballo, que sería una arrogancia innecesaria, sino sobre un borrico, como rey de paz.
—Maestro —le dije—, me parece una medida brillante y muy adecuada. Así nadie podrá acusarte de provocador. El pueblo estará con nosotros. Yo mismo me encargaré de mover a la plebe.
Jesús me miró en silencio. No sé lo que había en su mirada. ¿Tristeza? Nunca le entenderé del todo.
El sol estaba en lo alto cuando entramos en Jerusalén. ¡Qué alboroto! Fue aún mejor de lo que yo preveía. Cantaban los niños y las mujeres. Los hombres gritaban de entusiasmo y apretaban los puños a la espera de una orden, al menos de un gesto del nuevo rey de Israel.
Los sacerdotes se refugiaron, temerosos, en el Templo sin atreverse a abrir la boca. Todo estaba a punto para dar el paso definitivo. Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Ocurrió..., que no ocurrió nada. El Maestro predicó un buen rato y, al caer la tarde, decidió que regresábamos a Betania.
¿Qué pretende Jesús? ¿Acaso quiere que lo maten? No lo entenderé nunca.
Acabo de recibir a un mensajero de Caifás. Quiere negociar conmigo... Hablaremos mañana.
*** *** ***
Fui débil con Caifás. El Sumo Pontífice me habría pagado mucho más que estas 30 miserables monedas. Habría vaciado las arcas del Templo con tal de detener discretamente al Maestro sin provocar altercados. Pero yo no soy avaricioso, tengo mi dignidad: soy un buen judío y cumplo escrupulosamente la ley de Moisés.
Juan ha insinuado hace días que retiro de la bolsa algunos denarios para mi propio beneficio. Más le valdría al niño ése meterse en sus asuntos. ¿Qué quiere, que vivamos como las aves del cielo y nos dejemos vestir por Yahvé como los lirios? Esas alegorías del Maestro conmueven a sus seguidores, pero a mí me irritan porque demuestran hasta qué punto se mueve al margen de la realidad.
Si no fuese por Judas, el grupo de los 12 viviría así, como los gorriones. ¡Qué fácil les resulta a todos poner los ojos en blanco, abandonarse a la providencia de Dios, y dejar que yo administre las pocas monedas que nos dan. Para colmo, pretenden que dé parte del dinero a los pobres. Pues bien, eso es lo que hago: nadie más pobre que el pobre Judas.
Con Caifás fui generoso. Naturalmente que exigí una retribución económica. Alguien tiene que compensarme estos tres años perdidos, corriendo detrás de una quimera, de un falso mesías que cuenta parábolas a la plebe, cura enfermos a escondidas y se niega a tomar el poder cuando lo tiene al alcance de la mano.
30 monedas. ¿Para qué necesito 30 monedas? ¿Para comprar un camello? ¿Para hacerme una casa en Cafarnaum? Las quiero sólo para recuperar mi dignidad, para librar a Jesús de su propia locura. Dentro de poco, cuando comparezca ante el Sanedrín, lo despojarán de todos sus trucos; le hablarán en nombre de Yahvé y tendrá que decir la verdad.
30 monedas es muy poco para el enorme favor que he hecho al pueblo de Israel. Muy pronto Jesús habrá desaparecido de la memoria de los hombres y Judas será considerado un benefactor de la humanidad.
30 monedas. ¡Cómo pesan! Es terrible llevarlas encima. Fui generoso, fui débil, pero estas monedas me aplastan como si fueran todo el oro de Satanás.
Ha llegado el momento de acabar con el Galileo. Ayer vino a verme uno de sus discípulos, un tal Judas, que al parecer está dispuesto a entregárnoslo. Me dijo que durante un tiempo estuvo convencido de que Jesús era el Cristo, pero que había perdido la fe en él. Ahora piensa que el nazareno es sólo un charlatán.
Siempre me ha repugnado negociar con traidores, y Judas hiede, apesta a traición y a mentira. Soy el Sumo Sacerdote de Israel y no sé cómo pude aguantar tanta mezquindad. Le escuché un largo rato y contuve mis deseos de arrestarle a él por falsario antes incluso que a su maestro.
No, Jesús no es un charlatán; quizá es algo peor. Llegan noticias de todo Israel que hablan de ciegos que recobran la vista, de leprosos curados, de espíritus malignos que se le someten. Dijeron incluso que en Naim un joven volvió a la vida por su palabra. No quise creérmelo, pero ahora la locura ha llegado a las puertas de Jerusalén. Ya sabéis: Lázaro. Todo el mundo habla de ese Lázaro de Betania, del poderoso Lázaro, del amigo de los pobres y de los ricos, del que murió y fue enterrado con gran solemnidad. Yo mismo vi su cadáver embalsamado en lo más hondo del sepulcro.
Cuando me hablaron de resurrección, he hecho lo único razonable: negarla. Lázaro está en la tumba. Tiene que estar allí, porque si de verdad hubiese vuelto a la vida, todos estaríamos perdidos y no quiero plantearme esa posibilidad.
Incluso Nicodemo parece contagiado por la locura de ese hombre. Ayer mismo me dijo que estuvo con él una noche y que nadie había hablado como Jesús. Propone que le escuchemos sin hacer juicios precipitados.
—Puede ser el Mesías —añadió—, el heredero del trono de David. Al fin y al cabo, un día tendrá que llegar. ¿Por qué no ahora?
Me irritó la estupidez del anciano. Creo que le grité:
—¡Porque no! Porque en Galilea no hay profetas; porque no cumple la ley; porque desprecia el sábado; porque subleva a la plebe contra sus autoridades; porque si lo reconociéramos como rey, los romanos nos aplastarían y destruirían el Templo, el culto, todo. Quizá es eso lo que pretende el galileo.
—¿Y si a pesar de todo es el que esperamos?
Era sólo una pregunta retórica. Nicodemo me miró con tristeza e hizo ademán de retirarse. Entonces yo añadí:
—Hace unos días tu amigo el nazareno contó una parábola de ésas que tanto le gustan. Hablaba de unos viñadores arrendatarios de una viña que matan al hijo del dueño para quedársela en propiedad. Había allí un buen grupo de escribas y doctores de la ley y, al terminar, les señaló con el dedo y les acusó de ser ellos como esos asesinos. Les amenazó con quitarles el Reino de Dios y entregarlo a otro pueblo que dé más fruto. ¡A otro pueblo! ¿Comprendes, Nicodemo? El supuesto Mesías de Israel pretende arrebatarnos nuestro patrimonio más valioso y regalarlo a los gentiles.
Acababa de salir Nicodemo cuando se presentaron algunos empleados del Templo para decirme que Lázaro vive y ha celebrado un banquete en Betania con la presencia del Galileo.
—Bien. Daremos treinta monedas al canalla de Judas para que nos entregue a su Mesías y poder juzgarlo según nuestra ley. De todas formas nadie debe saberlo. Negaré haber negociado con esa basura.
—¿Y Lázaro?
—Detenedlo también. Lo lapidaremos como a un ladrón vulgar. Así morirá dos veces y ya veréis como no se le ocurre resucitar sin permiso del Sumo Sacerdote.
Yo debería estar muerto; de hecho casi lo estuve en mi celda ayer por la noche cuando la sombra de la cruz me iba llenando el alma de tinieblas. Sin embargo, al llegar la mañana, la voz de un funcionario desconocido me volvió a la vida:
—Estás libre. Poncio Pilatos, Procurador de Judea, te concede el indulto en nombre del César a petición del pueblo de Jerusalén y del Sanedrín.
Corrí hacia el exterior de la cárcel como borracho. Me dijeron que se había congregado una multitud delante del Pretorio para pedir mi liberación, y por un momento sentí el orgullo de mi raza. Con un pueblo así, me dije, seremos capaces de grandes cosas. Venceremos al Imperio de los gentiles, expulsaremos a los usurpadores…
La decepción fue enorme. A nadie le importaba mi vida lo más mínimo. Es más, los sacerdotes y los sanedritas me odian tanto como los romanos. Ellos sólo querían la muerte de un galileo que se proclamaba Mesías, y yo fui una pieza de cambio.
Me llamo Barrabás. Soy bandolero y patriota. Participé en un motín por defender a nuestro pueblo de la tiranía romana y maté a un hombre. Los soldados lograron atraparme en la huida y fui acusado de asesinato. Nunca me he quejado de mi suerte. Sabía a lo que me exponía cuando elegí este camino. He aprendido a amar a Israel y a odiar a nuestros enemigos.
Hace dos días fui juzgado por ellos según la ley de Roma y me condenaron a morir en la Cruz. Ahora mi pueblo me dice que no me meta en líos, que hay que respetar el orden constituido. Los saduceos se ríen de mí; los fariseos me odian; los zelotes, mis compañeros de lucha, miran para otro lado porque no quieren ser cómplices de un asesino.
¿Por qué me has salvado, Galileo? Tu cruz era mía. Yo debería haber muerto allí, no sé si como héroe o como delincuente. A estas horas, las aves carroñeras ya estarían dando cuenta de mis despojos. Me dicen que estás muerto y sepultado, que tu sueño mesiánico terminó. Sólo tu madre parece esperar que vuelvas a la vida para instaurar tu reino.
Y yo, ¿quién soy? ¿Qué quieres de mí, Galileo? Oigo tu voz que me llega desde lo hondo del sepulcro, y sé que no me he vuelto loco. ¿Por qué me has salvado de la muerte? ¿Qué quieres que haga?
Soy Barrabás, un asesino, un ladrón, y voy a ver a tu Madre. Tal vez ella me responda.
Me llamo Claudia Prócula y estoy casada con Poncio Pilatos, Procurador de Judea.
Mi esposo es un hombre justo e inteligente. Si hubiera contado con el favor del César como otros funcionarios de la Urbe, hoy no estaríamos aquí, en esta lejana provincia del Imperio, rodeados de gentes incultas y fanáticas. Tiberio nos destinó a Jerusalén hace casi diez años y, desde entonces, sólo pensamos en volver a Roma.
Recuerdo cuando vi a mi marido por primera vez. Era un patricio alto y apuesto, de una de las familias más nobles de la Ciudad. Era elocuente e ingenioso, hablaba griego con fluidez y comprendía otras lenguas extranjeras como el árabe y el arameo. Todos le auguraban un gran porvenir como senador del Imperio, y cuando me tomó como esposa ante el altar de Júpiter, me prometió que viviríamos siempre en su gran casa, a la orilla al Tíber.
Yo amaba a mi marido y aún lo amo. Es cierto que con el paso de los años se le ha enrarecido el carácter, que a veces se deja llevar por la cólera. Quizá la culpa sea mía, ya que no he sido capaz de darle un hijo. En ocasiones se pone violento también conmigo y me amenaza con el divorcio. Le sería muy sencillo conseguirlo: basta con que me entregue en una carta las palabras de repudio que prescriben nuestras leyes; pero yo sé que él nunca ha querido hacerlo. Me siento segura a su lado, a pesar de las calumnias que propagan los hebreos. Dicen que es cruel, que maltrata a los esclavos y se burla de la religión de Israel. No, no lo creo. No es cierto.
El caso es que hoy ha tenido que levantarse de madrugada porque los Pontífices y los miembros del Sanedrín le han traído a un preso al que quieren ajusticiar en la cruz. Se llama Jesús y dicen que alborota a las gentes, que se considera hijo de un Dios, que habla de destruir el Templo; pero, cuando le he mirado a los ojos esta mañana…
Yo me había asomado a la ventana al oír el clamor de la muchedumbre. Allí, a pocos metros, maniatado, estaba él. Por un momento sólo he sentido compasión, la misma que me producen todos aquellos que van a ser castigados por sus crímenes. Iba a retirarme hacia el interior de la casa cuando Jesús ha levantado la cabeza, me ha mirado y le he reconocido.
Escribo estas líneas temblando. Los ojos del Galileo… Los he visto en sueños muchas veces y siempre supe que no eran un producto de mi fantasía. ¡Cuántas veces me he despertado a medianoche empapada en sudor y llorando por culpa de esa mirada penetrante, acusadora y amable al mismo tiempo! Yo sabía que esos ojos me buscaban y que tal vez me pedían una respuesta. Hoy los he vuelto a ver.
Pilatos está interrogando a Jesús ahora mismo. Oigo su voz cálida y persuasiva, a veces enérgica y llena de autoridad. Jesús responde en voz baja y no logro distinguir sus palabras. Fuera, frente al Pretorio continúan los gritos y el alboroto. He suplicado a mi marido que no haga daño a ese hombre. No me ha respondido, pero estoy segura de que también él ha notado ya la fuerza de su mirada, y comprende que nadie hay en el mundo más inocente.
Mi esposo es un hombre justo. Por eso, mientras Jesús permanezca bajo su poder, no corre ningún peligro. Estará a salvo de las fieras que lo acosan. Poncio Pilatos hará justicia, y yo podré volver a encontrarme con el Santo de mis sueños; le preguntaré tantas cosas. Y dejaré que me limpie el alma con su mirada de fuego.
Aquí, en el Cielo, todos me llaman Verónica. En la tierra tenía otro nombre que ya no recuerdo, y muchos historiadores dicen que no he existido, que soy sólo una piadosa leyenda. ¡Si supieran cuántas “leyendas piadosas” son más reales que las historias que ellos relatan!
Sí, es verdad que cuando me vine al Cielo dejé en la tierra un lienzo blanco con el rostro de Cristo impreso. Unos dicen que ahora está en la Basílica de San Pedro, otros que en el Monasterio de la Santa Faz, en Alicante, en la Catedral de Jaén o en la Basílica del Sacré Coeur, de París. Yo podría aclarar la cuestión, pero es mejor dejarlo así. El verdadero icono, el “vero icono” (de ahí procede el nombre de “Verónica” que me pusieron) está en el corazón de cada uno de los que creen en Él.
Pero vale la pena que os cuente mi historia.
Nunca había visto a Jesús de cerca hasta que entró en Jerusalén montado en un borrico. Mis primos me avisaron de que llegaba, y me dijeron que era el Cristo, el heredero del trono de David. Yo, que ya tenía catorce años y acababa de celebrar mi matrimonio dos días antes, salí corriendo a la calle con uno de los ramos de flores que todavía quedaban en casa, para entregárselo al Señor. Eran unas flores preciosas: rojas, blancas, amarillas, violetas…
Estuve muy cerca de Jesús, pero no pude darle el ramo. Para cuando llegué, ya los niños me habían arrancado una a una todas las flores y las habían arrojado al camino o sobre el borrico. Yo quería llorar porque había perdido mi regalo, pero entonces Jesús me miró, tomó con la mano derecha una flor que había caído sobre las crines del burro y, sin dejar de sonreírme, la besó.
Volví a casa corriendo y cantando. Le dije a mi esposo que teníamos que volver juntos para que el Mesías bendijese nuestro matrimonio y así lo hicimos, pero ya no pudimos encontrarlo. El Señor parecía haberse esfumado.
Volvimos a verlo unos días más tarde. Tenía el rostro desfigurado y todo su cuerpo era una llaga. Llevaba sobre los hombros el madero trasversal de una cruz enorme. Un soldado romano le azotaba en las piernas mientras le gritaba que caminase más deprisa. Mi esposo no pudo contenerse y agarró al soldado por el brazo. Éste lo rechazó de un empujón y yo aproveché ese momento para acercarme a Jesús.
Vi su cara malherida, empapada en sudor, lágrimas y sangre. Yo llevaba conmigo un lienzo blanco que me habían regalado el día de mi boda. ¿Qué iba a hacer? Con el mayor cuidado que pude, limpié el rostro del Señor. La caravana se había detenido. Jesús volvió a mirarme. Un segundo después, alguien me empujó para que me apartara y me encontré de nuevo llorando en los brazos de mi esposo.
Al caer la tarde supe que Jesús de Nazaret había muerto. Sólo entonces tomé de nuevo el lienzo. No tenía intención de lavarlo, pero tampoco sabía qué hacer con él. Lo desplegué y allí estaba, nítido y claro, el rostro bellísimo del Señor.
Se lo mostré a mi marido:
—Es el mejor regalo de boda que nos han hecho —me dijo—.
Desde aquel día fuimos discípulos del Maestro. Ahora, en el Cielo, también él me llama Verónica.
María me ha pedido que la ayude a preparar la sala donde su hijo celebrará la Pascua dentro de dos días. Me lleva al lugar elegido y enseguida comenzamos a trabajar. Lo primero, limpiar el recinto, que es grande y agradable, pero necesitaba un buen repaso. Luego disponemos las jofainas para las purificaciones, las lámparas de aceite que darán luz a la estancia, los divanes, los manteles limpios y perfumados, las copas, las jarras para el vino y unos platos de colores recién salidos de las manos del alfarero que ha traído María.
Yo, como estoy muy contenta porque es la Pascua, no dejo de cantar ni un solo instante. En cambio Ella…
—¿Qué te ocurre, Señora?
—No me llames así. Sabes que somos amigas.
—Amigas, sí; y además tengo tu mismo nombre; pero a la Madre de mi Señor no puedo llamarla de otra forma.
María entonces toma mis manos entre las suyas y las besa.
—¿Por qué haces eso?
—Hoy estas manos han trabajado en algo muy grande. Los manteles, los platos…, todo esto será sagrado. Pronto lo entenderás. Ahora vamos a hacer el pan. ¿Me ayudas?
Con la harina blanca recién molida, las manos de mi Señora han comenzado a amasar la primera hogaza. Sin levadura, como establece la ley de Moisés, el pan se elabora deprisa y se comerá deprisa porque es la Pascua. Es el paso del Señor.
Antes de meterlo en el horno, María vuelve a sorprenderme en un gesto insólito: con sus manos blancas de harina, levanta el pan en alto y lo besa muy despacio. con ternura de madre. Luego me ha dicho:
—Bésalo tú también.
Sin preguntar nada, pongo mis labios en el pan.
—Jesús se encontrará estos besos cuando llegue.
—…Cuando llegue, ¿dónde?
María sonríe con ese gesto de niña traviesa que a veces le sale de dentro, pero no me explica el sentido de sus palabras.
—Lo entenderás muy pronto.
Cuando pasen los siglos, nadie hablará de mí como discípulo de Jesús de Nazaret. Dirán solamente que fui su amigo. Me llamo Lázaro, tengo veintisiete años y acabo de volver. Cristo me ordenó que regresara del Sheol y en un segundo quedé libre de las ataduras de la muerte.
No voy a hablar ahora de ese milagro, que yo mismo no sabría explicar. Prefiero escribir solo unas líneas sobre mi amistad con Jesús. Pertenezco a una familia rica e influyente. Mis padres nos dejaron como herencia una gran hacienda llamada Betania en las afueras de Jerusalén y aquí vivimos, aún sin familia propia, mis dos hermanas y yo, que soy el más joven.
Al evocar ahora mi vida, me recuerdo siempre enfermo, con fiebres intermitentes que me dejaban postrado durante días e incluso meses. Marta y María me han cuidado como a un hijo pequeño. Nunca he sido el hombre fuerte de la casa. La mayoría de los médicos decían que moriría pronto, y, ya veis, no se equivocaron del todo.
Cuando Jesús vino por primera vez a Betania, Marta, lo recibió con todos los honores. Aún no lo conocíamos más que por el testimonio de algunos campesinos. Tal vez por eso Marta parecía tan nerviosa preparando lo necesario para él y sus acompañantes. Al parecer mi hermana mayor se enfadó un poco con María cuando vio que la pequeña se había quedado embobada a los pies del Señor, pero Jesús arregló el problema pidiendo que se sentaran las dos juntas para escucharle. Aquello era más importante.
Yo estaba en una habitación contigua, tumbado sobre un lecho especialmente construido para mí. Jesús vino a verme, me impuso las manos y me hizo una extraña pregunta:
—¿Quieres curarte?
—Llevo así muchos años —le respondí—. Sé que voy a morir.
—Esta enfermedad no es de muerte, sino de vida —me dijo entonces—. Aún la sufrirás algún tiempo, pero un día sanarás definitivamente.
Al atardecer, como me encontraba mejor, salimos a pasear entre los olivos y Jesús me habló de su muerte que tendría lugar en Jerusalén.
—Para entonces —me dijo— tú habrás recuperado del todo la salud, pero esa curación acelerará mi partida de este mundo.
Yo, que no entendía casi nada, le dejé hablar y desahogar su tristeza. Me habló de su Madre, María:
—Aún debe padecer mucho antes de recuperarme del todo.
De José, ya fallecido en Nazaret, que le enseñó el oficio de artesano.
—Fue siempre mi padre y señor, y lo seguirá siendo cuando nos volvamos a encontrar en la morada definitiva.
Era ya noche cerrada cuando me atreví a hacerle una pregunta:
—¿Por qué me cuentas todo esto?
Se le habían llenado los ojos de lágrimas mirando las luces de Jerusalén.
—El Hijo del hombre también necesita un amigo y un confidente en la tierra.
Hoy sé que Jesús está a punto de padecer en Jerusalén. Mi hermana, María, también lo sabe y ha preparado un perfume de nardo para derramarlo a sus pies cuando venga esta tarde a almorzar en mi casa. Tendremos muchos invitados; la mayoría sólo quieren ver si es cierto que Lázaro está vivo, que he recuperado el color y la fuerza que nunca tuve.
Desde que soy amigo del Señor, y sobre todo desde que salí del sepulcro, ya no necesito estar a su lado para conversar con él. Me habla siempre y yo le escucho. Por eso, mi alma, como la de Jesús, ahora está triste hasta la muerte. Deseo morir por segunda vez para acompañar a mi amigo hasta la casa del Padre.
Estaba yo tan contento en el establo. A mi madre le sorprendió que no protestara, como suelo hacerlo, cuando el amo llegó de madrugada para desatar a los demás borricos y sacarlos al campo.
—Aún eres muy joven, Canelo —solía decirme mientras me acariciaba el lomo con sus manazas ásperas y agrietadas—.
Pero aquella mañana no. Como digo, estaba feliz y me quedé inmóvil con los ojos cerrados para hacerme el dormido. Yo sabía ya que estaba a punto de estrenarme como borrico de carga, y sabía también que tendría otro dueño.
¿Que cómo lo sabía? Por el Ángel, naturalmente. Me lo había contado todo la noche anterior:
—Duerme bien, borrico, que mañana serás el trono de Jesús en Jerusalén.
Si el Ángel hubiese sabido algo de psicología asnal no me habría dado la noticia así. No pegué ojo en toda la noche. Ni siquiera los lametones de mi madre consiguieron hacerme conciliar el sueño. Sin embargo no me importó gran cosa: cuando se marcharon todos, me puse en pie, estiré las patas para desperezarme y aguardé a que llegaran los visitantes.
Eran dos. El más alto lucía una barba rojiza, recia como las crines de un caballo alazán. El otro, moreno como yo mismo, fue el que comenzó a desatarme sin decir palabra.
—¿Por qué desatáis al borrico?
Me sobresalté al oír la voz de mi amo.
—El Señor lo necesita —respondió uno de ellos—.
El sol estaba ya en lo alto cuando salimos hacia Betania. Jesús me recibió sonriente, y cuando empezaron a vestirme con mantas de colores como si fuéramos de boda, me agarró suavemente de las orejas y me dijo al oído:
—Tienes dos buenas antenas, borrico. Mantenlas bien erguidas para que escuchen sólo mi voz.
Mientras subíamos hacia Jerusalén, el sendero se llenó de canciones y de flores blancas, rojas y violetas. Los niños gritaban de entusiasmo y las mujeres alfombraron el camino para recibir al Rey. Los apóstoles estaban felices. Algunos también cantaban y yo me puse tan contento que rebuzné un poco a destiempo, levanté la cabeza demasiado, dejé de mirar por dónde pisaba y tropecé en la rama de un árbol caído.
Yo creo que fue un milagro, aunque nadie se diera cuenta. Por un momento troté como volando, sin tocar el suelo y el Señor evitó la catástrofe. Jesús entonces me habló de nuevo al oído:
—No te entusiasmes tanto, que la música y las flores no son por ti. Confórmate con ser mi trono un día. Los que hoy me vitorean mañana pedirán mi muerte. Tú sé fiel y también estarás conmigo en el Paraíso.
No sé de qué os extrañáis; el Salmo 35 dice que Dios salvará a los hombres y a los borricos.
Esta mañana por un momento pensé que el Maestro estaba dispuesto a dar la batalla definitiva para hacerse coronar rey.
No se hablaba de otra cosa en Jerusalén: Lázaro había resucitado al grito de Jesús. El relato de lo acontecido en Betania iba de boca en boca y ya nadie tenía la menor duda de que el Mesías estaba a punto de entrar en la Ciudad santa.
Sólo Caifás, el muy cobarde, tenía miedo. Pensaba que si las autoridades religiosas reconocían al Cristo, los romanos tomarían represalias, acabarían con la revuelta y destruirían el Templo. Por eso quería acabar con Jesús. "Es mejor que muera un hombre en lugar de todo el pueblo", había dicho en el Sanedrín; pero lo cierto es que tenía horror a la lucha, a perder sus privilegios. ¡Pobre Caifás!
Y, en medio de todo, cuando el ambiente estaba más caldeado, Jesús nos dijo que quería entrar en la Ciudad no a pie, como en otras ocasiones; tampoco a caballo, que sería una arrogancia innecesaria, sino sobre un borrico, como rey de paz.
—Maestro —le dije—, me parece una medida brillante y muy adecuada. Así nadie podrá acusarte de provocador. El pueblo estará con nosotros. Yo mismo me encargaré de mover a la plebe.
Jesús me miró en silencio. No sé lo que había en su mirada. ¿Tristeza? Nunca le entenderé del todo.
El sol estaba en lo alto cuando entramos en Jerusalén. ¡Qué alboroto! Fue aún mejor de lo que yo preveía. Cantaban los niños y las mujeres. Los hombres gritaban de entusiasmo y apretaban los puños a la espera de una orden, al menos de un gesto del nuevo rey de Israel.
Los sacerdotes se refugiaron, temerosos, en el Templo sin atreverse a abrir la boca. Todo estaba a punto para dar el paso definitivo. Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Ocurrió..., que no ocurrió nada. El Maestro predicó un buen rato y, al caer la tarde, decidió que regresábamos a Betania.
¿Qué pretende Jesús? ¿Acaso quiere que lo maten? No lo entenderé nunca.
Acabo de recibir a un mensajero de Caifás. Quiere negociar conmigo... Hablaremos mañana.
*** *** ***
Fui débil con Caifás. El Sumo Pontífice me habría pagado mucho más que estas 30 miserables monedas. Habría vaciado las arcas del Templo con tal de detener discretamente al Maestro sin provocar altercados. Pero yo no soy avaricioso, tengo mi dignidad: soy un buen judío y cumplo escrupulosamente la ley de Moisés.
Juan ha insinuado hace días que retiro de la bolsa algunos denarios para mi propio beneficio. Más le valdría al niño ése meterse en sus asuntos. ¿Qué quiere, que vivamos como las aves del cielo y nos dejemos vestir por Yahvé como los lirios? Esas alegorías del Maestro conmueven a sus seguidores, pero a mí me irritan porque demuestran hasta qué punto se mueve al margen de la realidad.
Si no fuese por Judas, el grupo de los 12 viviría así, como los gorriones. ¡Qué fácil les resulta a todos poner los ojos en blanco, abandonarse a la providencia de Dios, y dejar que yo administre las pocas monedas que nos dan. Para colmo, pretenden que dé parte del dinero a los pobres. Pues bien, eso es lo que hago: nadie más pobre que el pobre Judas.
Con Caifás fui generoso. Naturalmente que exigí una retribución económica. Alguien tiene que compensarme estos tres años perdidos, corriendo detrás de una quimera, de un falso mesías que cuenta parábolas a la plebe, cura enfermos a escondidas y se niega a tomar el poder cuando lo tiene al alcance de la mano.
30 monedas. ¿Para qué necesito 30 monedas? ¿Para comprar un camello? ¿Para hacerme una casa en Cafarnaum? Las quiero sólo para recuperar mi dignidad, para librar a Jesús de su propia locura. Dentro de poco, cuando comparezca ante el Sanedrín, lo despojarán de todos sus trucos; le hablarán en nombre de Yahvé y tendrá que decir la verdad.
30 monedas es muy poco para el enorme favor que he hecho al pueblo de Israel. Muy pronto Jesús habrá desaparecido de la memoria de los hombres y Judas será considerado un benefactor de la humanidad.
30 monedas. ¡Cómo pesan! Es terrible llevarlas encima. Fui generoso, fui débil, pero estas monedas me aplastan como si fueran todo el oro de Satanás.
Ha llegado el momento de acabar con el Galileo. Ayer vino a verme uno de sus discípulos, un tal Judas, que al parecer está dispuesto a entregárnoslo. Me dijo que durante un tiempo estuvo convencido de que Jesús era el Cristo, pero que había perdido la fe en él. Ahora piensa que el nazareno es sólo un charlatán.
Siempre me ha repugnado negociar con traidores, y Judas hiede, apesta a traición y a mentira. Soy el Sumo Sacerdote de Israel y no sé cómo pude aguantar tanta mezquindad. Le escuché un largo rato y contuve mis deseos de arrestarle a él por falsario antes incluso que a su maestro.
No, Jesús no es un charlatán; quizá es algo peor. Llegan noticias de todo Israel que hablan de ciegos que recobran la vista, de leprosos curados, de espíritus malignos que se le someten. Dijeron incluso que en Naim un joven volvió a la vida por su palabra. No quise creérmelo, pero ahora la locura ha llegado a las puertas de Jerusalén. Ya sabéis: Lázaro. Todo el mundo habla de ese Lázaro de Betania, del poderoso Lázaro, del amigo de los pobres y de los ricos, del que murió y fue enterrado con gran solemnidad. Yo mismo vi su cadáver embalsamado en lo más hondo del sepulcro.
Cuando me hablaron de resurrección, he hecho lo único razonable: negarla. Lázaro está en la tumba. Tiene que estar allí, porque si de verdad hubiese vuelto a la vida, todos estaríamos perdidos y no quiero plantearme esa posibilidad.
Incluso Nicodemo parece contagiado por la locura de ese hombre. Ayer mismo me dijo que estuvo con él una noche y que nadie había hablado como Jesús. Propone que le escuchemos sin hacer juicios precipitados.
—Puede ser el Mesías —añadió—, el heredero del trono de David. Al fin y al cabo, un día tendrá que llegar. ¿Por qué no ahora?
Me irritó la estupidez del anciano. Creo que le grité:
—¡Porque no! Porque en Galilea no hay profetas; porque no cumple la ley; porque desprecia el sábado; porque subleva a la plebe contra sus autoridades; porque si lo reconociéramos como rey, los romanos nos aplastarían y destruirían el Templo, el culto, todo. Quizá es eso lo que pretende el galileo.
—¿Y si a pesar de todo es el que esperamos?
Era sólo una pregunta retórica. Nicodemo me miró con tristeza e hizo ademán de retirarse. Entonces yo añadí:
—Hace unos días tu amigo el nazareno contó una parábola de ésas que tanto le gustan. Hablaba de unos viñadores arrendatarios de una viña que matan al hijo del dueño para quedársela en propiedad. Había allí un buen grupo de escribas y doctores de la ley y, al terminar, les señaló con el dedo y les acusó de ser ellos como esos asesinos. Les amenazó con quitarles el Reino de Dios y entregarlo a otro pueblo que dé más fruto. ¡A otro pueblo! ¿Comprendes, Nicodemo? El supuesto Mesías de Israel pretende arrebatarnos nuestro patrimonio más valioso y regalarlo a los gentiles.
Acababa de salir Nicodemo cuando se presentaron algunos empleados del Templo para decirme que Lázaro vive y ha celebrado un banquete en Betania con la presencia del Galileo.
—Bien. Daremos treinta monedas al canalla de Judas para que nos entregue a su Mesías y poder juzgarlo según nuestra ley. De todas formas nadie debe saberlo. Negaré haber negociado con esa basura.
—¿Y Lázaro?
—Detenedlo también. Lo lapidaremos como a un ladrón vulgar. Así morirá dos veces y ya veréis como no se le ocurre resucitar sin permiso del Sumo Sacerdote.
Yo debería estar muerto; de hecho casi lo estuve en mi celda ayer por la noche cuando la sombra de la cruz me iba llenando el alma de tinieblas. Sin embargo, al llegar la mañana, la voz de un funcionario desconocido me volvió a la vida:
—Estás libre. Poncio Pilatos, Procurador de Judea, te concede el indulto en nombre del César a petición del pueblo de Jerusalén y del Sanedrín.
Corrí hacia el exterior de la cárcel como borracho. Me dijeron que se había congregado una multitud delante del Pretorio para pedir mi liberación, y por un momento sentí el orgullo de mi raza. Con un pueblo así, me dije, seremos capaces de grandes cosas. Venceremos al Imperio de los gentiles, expulsaremos a los usurpadores…
La decepción fue enorme. A nadie le importaba mi vida lo más mínimo. Es más, los sacerdotes y los sanedritas me odian tanto como los romanos. Ellos sólo querían la muerte de un galileo que se proclamaba Mesías, y yo fui una pieza de cambio.
Me llamo Barrabás. Soy bandolero y patriota. Participé en un motín por defender a nuestro pueblo de la tiranía romana y maté a un hombre. Los soldados lograron atraparme en la huida y fui acusado de asesinato. Nunca me he quejado de mi suerte. Sabía a lo que me exponía cuando elegí este camino. He aprendido a amar a Israel y a odiar a nuestros enemigos.
Hace dos días fui juzgado por ellos según la ley de Roma y me condenaron a morir en la Cruz. Ahora mi pueblo me dice que no me meta en líos, que hay que respetar el orden constituido. Los saduceos se ríen de mí; los fariseos me odian; los zelotes, mis compañeros de lucha, miran para otro lado porque no quieren ser cómplices de un asesino.
¿Por qué me has salvado, Galileo? Tu cruz era mía. Yo debería haber muerto allí, no sé si como héroe o como delincuente. A estas horas, las aves carroñeras ya estarían dando cuenta de mis despojos. Me dicen que estás muerto y sepultado, que tu sueño mesiánico terminó. Sólo tu madre parece esperar que vuelvas a la vida para instaurar tu reino.
Y yo, ¿quién soy? ¿Qué quieres de mí, Galileo? Oigo tu voz que me llega desde lo hondo del sepulcro, y sé que no me he vuelto loco. ¿Por qué me has salvado de la muerte? ¿Qué quieres que haga?
Soy Barrabás, un asesino, un ladrón, y voy a ver a tu Madre. Tal vez ella me responda.
Me llamo Claudia Prócula y estoy casada con Poncio Pilatos, Procurador de Judea.
Mi esposo es un hombre justo e inteligente. Si hubiera contado con el favor del César como otros funcionarios de la Urbe, hoy no estaríamos aquí, en esta lejana provincia del Imperio, rodeados de gentes incultas y fanáticas. Tiberio nos destinó a Jerusalén hace casi diez años y, desde entonces, sólo pensamos en volver a Roma.
Recuerdo cuando vi a mi marido por primera vez. Era un patricio alto y apuesto, de una de las familias más nobles de la Ciudad. Era elocuente e ingenioso, hablaba griego con fluidez y comprendía otras lenguas extranjeras como el árabe y el arameo. Todos le auguraban un gran porvenir como senador del Imperio, y cuando me tomó como esposa ante el altar de Júpiter, me prometió que viviríamos siempre en su gran casa, a la orilla al Tíber.
Yo amaba a mi marido y aún lo amo. Es cierto que con el paso de los años se le ha enrarecido el carácter, que a veces se deja llevar por la cólera. Quizá la culpa sea mía, ya que no he sido capaz de darle un hijo. En ocasiones se pone violento también conmigo y me amenaza con el divorcio. Le sería muy sencillo conseguirlo: basta con que me entregue en una carta las palabras de repudio que prescriben nuestras leyes; pero yo sé que él nunca ha querido hacerlo. Me siento segura a su lado, a pesar de las calumnias que propagan los hebreos. Dicen que es cruel, que maltrata a los esclavos y se burla de la religión de Israel. No, no lo creo. No es cierto.
El caso es que hoy ha tenido que levantarse de madrugada porque los Pontífices y los miembros del Sanedrín le han traído a un preso al que quieren ajusticiar en la cruz. Se llama Jesús y dicen que alborota a las gentes, que se considera hijo de un Dios, que habla de destruir el Templo; pero, cuando le he mirado a los ojos esta mañana…
Yo me había asomado a la ventana al oír el clamor de la muchedumbre. Allí, a pocos metros, maniatado, estaba él. Por un momento sólo he sentido compasión, la misma que me producen todos aquellos que van a ser castigados por sus crímenes. Iba a retirarme hacia el interior de la casa cuando Jesús ha levantado la cabeza, me ha mirado y le he reconocido.
Escribo estas líneas temblando. Los ojos del Galileo… Los he visto en sueños muchas veces y siempre supe que no eran un producto de mi fantasía. ¡Cuántas veces me he despertado a medianoche empapada en sudor y llorando por culpa de esa mirada penetrante, acusadora y amable al mismo tiempo! Yo sabía que esos ojos me buscaban y que tal vez me pedían una respuesta. Hoy los he vuelto a ver.
Pilatos está interrogando a Jesús ahora mismo. Oigo su voz cálida y persuasiva, a veces enérgica y llena de autoridad. Jesús responde en voz baja y no logro distinguir sus palabras. Fuera, frente al Pretorio continúan los gritos y el alboroto. He suplicado a mi marido que no haga daño a ese hombre. No me ha respondido, pero estoy segura de que también él ha notado ya la fuerza de su mirada, y comprende que nadie hay en el mundo más inocente.
Mi esposo es un hombre justo. Por eso, mientras Jesús permanezca bajo su poder, no corre ningún peligro. Estará a salvo de las fieras que lo acosan. Poncio Pilatos hará justicia, y yo podré volver a encontrarme con el Santo de mis sueños; le preguntaré tantas cosas. Y dejaré que me limpie el alma con su mirada de fuego.
Aquí, en el Cielo, todos me llaman Verónica. En la tierra tenía otro nombre que ya no recuerdo, y muchos historiadores dicen que no he existido, que soy sólo una piadosa leyenda. ¡Si supieran cuántas “leyendas piadosas” son más reales que las historias que ellos relatan!
Sí, es verdad que cuando me vine al Cielo dejé en la tierra un lienzo blanco con el rostro de Cristo impreso. Unos dicen que ahora está en la Basílica de San Pedro, otros que en el Monasterio de la Santa Faz, en Alicante, en la Catedral de Jaén o en la Basílica del Sacré Coeur, de París. Yo podría aclarar la cuestión, pero es mejor dejarlo así. El verdadero icono, el “vero icono” (de ahí procede el nombre de “Verónica” que me pusieron) está en el corazón de cada uno de los que creen en Él.
Pero vale la pena que os cuente mi historia.
Nunca había visto a Jesús de cerca hasta que entró en Jerusalén montado en un borrico. Mis primos me avisaron de que llegaba, y me dijeron que era el Cristo, el heredero del trono de David. Yo, que ya tenía catorce años y acababa de celebrar mi matrimonio dos días antes, salí corriendo a la calle con uno de los ramos de flores que todavía quedaban en casa, para entregárselo al Señor. Eran unas flores preciosas: rojas, blancas, amarillas, violetas…
Estuve muy cerca de Jesús, pero no pude darle el ramo. Para cuando llegué, ya los niños me habían arrancado una a una todas las flores y las habían arrojado al camino o sobre el borrico. Yo quería llorar porque había perdido mi regalo, pero entonces Jesús me miró, tomó con la mano derecha una flor que había caído sobre las crines del burro y, sin dejar de sonreírme, la besó.
Volví a casa corriendo y cantando. Le dije a mi esposo que teníamos que volver juntos para que el Mesías bendijese nuestro matrimonio y así lo hicimos, pero ya no pudimos encontrarlo. El Señor parecía haberse esfumado.
Volvimos a verlo unos días más tarde. Tenía el rostro desfigurado y todo su cuerpo era una llaga. Llevaba sobre los hombros el madero trasversal de una cruz enorme. Un soldado romano le azotaba en las piernas mientras le gritaba que caminase más deprisa. Mi esposo no pudo contenerse y agarró al soldado por el brazo. Éste lo rechazó de un empujón y yo aproveché ese momento para acercarme a Jesús.
Vi su cara malherida, empapada en sudor, lágrimas y sangre. Yo llevaba conmigo un lienzo blanco que me habían regalado el día de mi boda. ¿Qué iba a hacer? Con el mayor cuidado que pude, limpié el rostro del Señor. La caravana se había detenido. Jesús volvió a mirarme. Un segundo después, alguien me empujó para que me apartara y me encontré de nuevo llorando en los brazos de mi esposo.
Al caer la tarde supe que Jesús de Nazaret había muerto. Sólo entonces tomé de nuevo el lienzo. No tenía intención de lavarlo, pero tampoco sabía qué hacer con él. Lo desplegué y allí estaba, nítido y claro, el rostro bellísimo del Señor.
Se lo mostré a mi marido:
—Es el mejor regalo de boda que nos han hecho —me dijo—.
Desde aquel día fuimos discípulos del Maestro. Ahora, en el Cielo, también él me llama Verónica.
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