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viernes, 5 de diciembre de 2025

martes, 14 de mayo de 2024

¿Reducen el riesgo de suicidio los tratamientos de reasignación de género?

 El abordaje de los casos de disforia o incongruencia de género, en los que el individuo no se identifica con su sexo biológico, ha promovido diversas estrategias de tratamiento, predominando las que recurren a terapias farmacológicas -bloqueo y transición hormonal- y quirúrgicas -mutilación y reconstrucción- que están siendo fuertemente cuestionadas recientemente por la alarmante carencia de evidencias científicas que demuestren su eficacia, por un lado, y por la acumulación de complicaciones y efectos secundarios asociados que empeoran alarmantemente la calidad de vida de las personas en las que se aplican.

Este tipo de intervenciones se han basado mayoritariamente en lo establecido en la recomendación de la World Professional Association for Transgender Health (WPATH), inspirada en el denominado Protocolo Holandés publicado en 1996.

Una de las razones que han impulsado a sus defensores a promover las estrategias que plantea este protocolo es la prevención del suicidio asociado a los casos de disforia, orientando hacia una modificación del aspecto físico de la persona afectada para asimilarlo a su percepción, que resulta incongruente con su sexo biológico.

Muchos artículos basados en estudios con limitaciones relacionadas con lo reducido de las muestras estudiadas o los seguimientos incompletos o no suficientemente prolongados en el tiempo, se esfuerzan en exponer el factor protector que este tipo de intervenciones de transición de género tiene sobre las tasas de suicidio y tendencia suicida.

Hacia un nuevo paradigma

Pero estas conclusiones están siendo puestas en entredicho por cada vez más investigadores y clínicos, que constatan los pobres resultados de la aplicación de estos protocolos para resolver la disforia de género inicial y los problemas psicológicos asociados, que no solo se mantienen en el tiempo sino que empeoran en muchos casos.

La multiplicación de las solicitudes de detransición, es decir afectados que solicitan revertir las intervenciones de transición de género a las que han sido sometidos, es uno de los indicadores, aunque no el único, de que algo no se está haciendo bien.

Como hemos informado previamente, son muchos los países y sociedades científicas que alarman sobre las nefastas consecuencias de la aplicación de estos protocolos, solicitando que sean relegados exclusivamente al ámbito de la investigación o, directamente, prohibidos en adolescentes, solicitando la implementación de tratamientos psicológicos o psiquiátricos que aborden las causas iniciales de la disforia, que obedece con frecuencia a un conjunto de factores o trastornos cuyo diagnóstico y tratamiento resulta imprescindible para que los pacientes afectados puedan superar estos procesos.

Un reciente artículo publicado en la revista Cuadernos de Bioética matiza que la incongruencia de género se da en un cuerpo sano, coherente con el sexo genético y muestra las modificaciones cerebrales que en muchos casos predisponen a una percepción contraria del propio género. Los autores matizan que, sin embargo, se administran tratamientos médicos, a menudo exclusivos, orientados a la afirmación del género percibido, mediante la administración de hormonas cruzadas y en ocasiones con cirugía, cuyo objetivo es adaptar la apariencia fenotípica, el cuerpo, al cerebro, con consecuencias negativas de las que se debería informar exhaustivamente al paciente, o a sus padres o tutores cuando este no tenga la madurez suficiente para comprenderlo.

En su lugar, dada la complejidad de las causas de tipo psíquico-psicológico que suelen estar detrás de la disforia de género, resulta imprescindible implementar un serio diagnóstico y tratamiento psicológicos en lugar de emprender tratamientos de reasignación o afirmación de género.

Disforia de género y suicidio

Recientemente, un nuevo trabajo publicado en la revista BMJ Mental Health, cuestiona la eficacia de las intervenciones de transición de género como método para prevenir la tendencia suicida en las personas afectadas de disforia de género.

El estudio, realizado en Finlandia, incluyó una muestra de más de 2.000 personas, con antecedentes de disforia de género en el periodo comprendido entre los años 1996 y 2019.

El seguimiento de los individuos se prolongó una media de seis años, lo cual supone una gran ventaja frente a otros estudios similares, con periodos de seguimiento más cortos y su discontinuación en muchos de los individuos reclutados, extremos que suponen sesgos importantes en las conclusiones de estos estudios.

Los autores concluyen que “la disforia clínica de género no parece predecir la mortalidad por todas las causas ni por suicidio cuando se tienen en cuenta los antecedentes de tratamiento psiquiátrico”. Es decir, en los casos de disforia en los que no se realizó un abordaje psicoterapéutico o psiquiátrico, sí parece incrementarse la tasa de suicidios.

Lo más importante es que cuando se tuvieron en cuenta las necesidades de tratamiento psiquiátrico, el sexo, el año de nacimiento y las diferencias en los tiempos de seguimiento, la mortalidad por suicidio no difirió estadísticamente de manera significativa respecto al grupo control tanto de los pacientes que se practicaron terapias de reasignación de género como los que no lo hicieron.

Ello implica, según el mencionado estudio, que es el tratamiento psiquiátrico el que puede relacionarse con la prevención de las conductas suicidas en los casos de disforia de género, y que, si se lleva a cabo este abordaje terapéutico, implementar terapias de transición de género de tipo hormonal o quirúrgico no aporta ninguna ventaja en la reducción de los suicidios y sí numerosos inconvenientes asociados a los efectos secundarios y complicaciones asociados a estas terapias, que ya hemos analizado previamente.

Conclusión

En conclusión, los estudios recientes acumulan evidencias sobre lo contraproducentes que pueden resultar las intervenciones farmacológicas y quirúrgicas de transición de género en pacientes con disforia, reforzando la necesidad de facilitar tratamientos psicológicos o psiquiátricos a los afectados, en contra de lo que establecen muchas de las recientes leyes de transexualidad como la española, que proponen exactamente lo contrario de lo que muestran los estudios más recientes.

El abordaje psicológico o psiquiátrico de los casos de disforia de género es el que se muestra eficaz, según este reciente estudio, en la prevención de suicidios relacionados con la disforia, mostrando que las intervenciones de transición de género, farmacológicas o quirúrgicas no se muestran eficaces en la reducción de las tasas de suicidio si se han aplicado previamente las intervenciones psicológicas o psiquiátricas adecuadas. Sin embargo, la administración de tratamientos tanto hormonales, de bloqueo o transición, como quirúrgicos, presenta numerosos efectos secundarios y complicaciones, en muchos casos irreversibles, que contribuyen a empeorar la calidad de vida de estos pacientes, por lo que insistir en este tipo de intervenciones obviando el diagnóstico y la asistencia psicológicos implica proceder en la dirección contraria a la que muestran las más recientes evidencias científico-clínicas.

 Julio Tudela Cuenca. Observatorio de Bioética. Instituto Ciencias de la Vida. Universidad Católica de Valencia

viernes, 5 de abril de 2024

SUICIDIO, Atención y prevención

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lunes, 15 de enero de 2024

¿Existe un derecho al suicidio?

Grégor Puppinck, director del Centro Europeo para la Ley y la Justicia, con sede en Estrasburgo y acreditado ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), ha afirmado recientemente que “el Tribunal Europeo de Derechos Humanos está construyendo paso a paso un derecho a la muerte voluntaria a través de una ingeniosa construcción jurisprudencial que, mediante citas ambiguas, deja en el vacío un derecho no sólo ausente del Convenio Europeo de Derechos Humanos, sino también contrario a su letra y a la intención de sus redactores”.

El pasado 28 de noviembre, Puppinck publicó en la revista Genethique un informe acerca de la evolución sobre la legislación en cuanto al suicidio asistido tratado en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

El informe comienza explicando la causa de motivación de su estudio. “Un ex abogado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos me mostró una hoja de papel que presentaba las etapas pasadas de la jurisprudencia del Tribunal sobre la eutanasia. Esta hoja, además, incluía los pasos futuros que conducen al reconocimiento progresivo, sentencia tras sentencia, de un derecho humano a la muerte voluntaria”.

Tras el estudio de estas afirmaciones por parte de Puppinck, éste confirma la existencia de una “ingeniosa construcción” hacia la legalización de la muerte asistida.

El informe explica cómo, a través de sucesivas interpretaciones, la Corte ha hecho uso del artículo 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos -que protege la vida privada y familiar- para apoyar el suicidio asistido, interpretando dicho artículo en sentido amplio para afirmar nuevos derechos o impedir la expulsión de extranjeros, dejando indiferente el artículo 2, que explica cómo la muerte no puede ser infligida intencionalmente a nadie.

Grégor Puppinck explica que “el método es sencillo: basta con que el Tribunal de Justicia enmarque una situación o práctica en el ámbito de la vida privada o familiar para obligar a los Estados a justificar su legislación y sus decisiones restrictivas en este ámbito”.

Entre 2002 y 2013, el TEDH se pronunció sobre una serie de casos acerca de varias personas que solicitaban la eutanasia a través de los cuales se hizo uso del artículo 8 declarando que “los Estados debían justificar caso por caso su negativa a suministrar venenos a los solicitantes”. Con la única limitación del artículo 2, dónde se debe evitar que una persona «ponga fin a su vida si su decisión no se toma libremente y con pleno conocimiento de causa». Por ende, el Tribunal, acogiendo una cita de un tribunal suizo, reconoció “el derecho de una persona a decidir de qué manera y cuándo debe terminar su vida, siempre que pueda formar libremente su voluntad a este respecto y actuar en consecuencia«.

Tal y como explica Grégor Puppinck, “esta concepción, individual y relativa, sustituye a la de dignidad humana «inherente» y, por tanto, universal y absoluta, en la que se fundaban los derechos humanos de la posguerra”, afirmando que, de este modo, la voluntad del individuo se coloca por delante de las prohibiciones morales, incluyendo la de matar.

El segundo paso, una vez extendida la práctica de la eutanasia por Europa, era esclarecer si el acto voluntario de matar a un tercero es o no contrario al artículo 2, en cuanto a que “la muerte no puede ser infligida intencionalmente a nadie”. Para ello, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos aprovechó el caso Mortier contra Bélgica en 2022. Extrapoló la jurisprudencia anterior, reafirmando el derecho de una persona a decidir cómo y cuándo debe terminar su vida, pero de manera truncada, sin citar el resto de la frase que especifica las condiciones previstas para ese derecho: «siempre que [la persona] pueda formar libremente su voluntad a este respecto y actuar en consecuencia«, explica Grégor. Asimismo, el TEDH hizo uso de la aceptación del aborto como apoyo para la aceptación a la eutanasia.

Por último, Grégor afirma que existen ya 34 casos listos y pendientes como método para influir en el proceso legislativo nacional, de manera que se obligue a avanzar en el reconocimiento de la eutanasia.

Valoración bioética

El que un individuo pueda formar y expresar libremente su voluntad en cualquier asunto, no es condición suficiente para legitimar esa decisión y, menos aún, su ejecución. El criterio utilizado en la consideración del aborto como un derecho y que ahora parece querer extenderse al caso de la eutanasia, parte de una concepción errónea del principio de autonomía principialista, que resulta hipertrofiado hasta constituirse en el único criterio para la aceptabilidad ética de una opción individual. La libertad de elección necesita requisitos para que pueda considerarse como tal y también deben aplicársele restricciones, en función del bien de los otros individuos.

Una elección libre debe ser consciente, bien informada, es decir, con acceso suficiente a la verdad de aquello sobre lo que se elige, incluyendo el conocimiento de las alternativas disponibles y las consecuencias de cada opción posible, tanto sobre el propio individuo como sobre sus semejantes.

Las condiciones en que se tomas las decisiones autolíticas (suicidio) están frecuentemente condicionadas por trastornos psicológicos o psiquiátricos que impiden la adopción de criterios responsables y bien informados. Pero, además, aunque esta capacidad de decisión libre y responsable permaneciera intacta, la posibilidad de que el resultado de esta decisión resultara maleficente para el propio individuo o para otros, constituye una clara limitación al ejercicio de su autonomía. Es por eso por lo que, tras un intento de suicidio, se aplican todos los medios disponibles para tratar de salvar la vida al suicida y evitar que reincida en su intento.

Debe insistirse, pues, en que el que un individuo pueda formar libremente su voluntad y actuar en consecuencia, tal como se afirma previamente, no consiste simplemente en optar por una u otra posibilidad, sino que este “formar libremente la voluntad” es mucho más complejo, como se ha detallado.

Pero ignorar estos límites que deben aplicarse a toda capacidad de decisión autónoma, supone traspasar la línea roja del “primum non nocere”, primero no hacer daño, que debe estar en la base de toda valoración bioética.

Si consideramos suficiente para que una opción sea aceptable éticamente el hecho de que es adoptada de modo consciente, ignorando sus consecuencias, habremos de cancelar la ética como guía de conducta de los seres humanos, que vivirán encerrados en sus propios criterios, que pueden ser arbitrarios, erróneos, inestables o lesivos.

Por último, no queremos obviar el lamentable hecho de que un organismo como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, defienda un derecho a la muerte voluntaria en vez de un derecho a la vida, el más humano de los derechos.


Julio Tudela y Paloma Aznar. Instituto Ciencias de la Vida

Observatorio de Bioética. Universidad Católica de Valencia

lunes, 4 de septiembre de 2023

aumenta el suicidio en España

Los suicidios entre adolescentes de 12 a 18 años han aumentado en España hasta un 32,35% entre 2019 y 2021, pasando de 34 a 45 fallecidos y convirtiéndose ésta en la primera causa de muerte en jóvenes y adolescentes entre 12 y 29 años.

Estas escalofriantes cifras se recogen en el informe “Evolución del suicidio en España en la población infantojuvenil (2000-2021)”, elaborado a partir los datos de mortalidad para del presente milenio del Instituto Nacional de Estadística (INE) por el investigador principal del Grupo de Investigación en Epidemiología Psiquiátrica y Salud Mental de la Universidad Complutense de Madrid, Alejandro de la Torre, junto a investigadores del CIBERSAM.

Una tendencia creciente

Los investigadores deducen que el incremento “no se justifica por la aparición de la pandemia”. Tras analizar los datos del INE, explican que se trata de una tendencia creciente de mortalidad por esta causa en España desde 2018.

Cada día se quitan la vida 11 personas en nuestro país, siendo la tasa de mortalidad por suicidio en edad adolescente en España (12-17 años) de 1,49 fallecimientos por cada 100.000 habitantes.

En cuanto a la distribución por edades, la mitad de los casos registrados se dieron en la franja de edad comprendida entre los 40 y los 64 años, el 31% tenían 65 años o más, el 13.8% entre 25 y 39 y un 5% entre 10 y 24.

En el grupo de 24 a 29 años, la tasa de mortalidad por esta causa en 2021 fue de 5,75 por cada 100.000 habitantes. Un 81.5% fueron hombres.

Diferencias por sexo

De manera general, existe un importante desequilibrio entre en el número de muertes por suicidio en relación con el sexo, de forma que 3 de cada 4 fallecimientos son en varones. Esta diferencia se refleja en todos los grupos de edad excepto en adolescentes, donde la proporción ha evolucionado desde los 3 varones por cada mujer a principios de siglo, a la misma proporción entre sexos en la situación actual, lo cual supone un significativo aumento de incidencia en mujeres adolescentes.

Causas de los suicidios

Según una reciente investigación, los problemas de salud mental parecen ser el factor de riesgo más asociado con la conducta suicida en adolescentes. Principalmente la depresión, aunque también existen otros como la ansiedad o los trastornos alimentarios. Cuando confluyen varios trastornos mentales, o cuando se combinan con abuso de alcohol o drogas, el riesgo se dispara.

“No obstante, es muy importante señalar que la mayoría de los adolescentes con trastorno mental no intentan suicidarse. Y, por supuesto, muchos adolescentes que cometen estos actos no presentan ningún trastorno mental”, se afirma en un artículo de la Universidad Francisco de Vitoria publicado en The Conversation.  “Los eventos vitales adversos se consideran factores precipitantes. Entre los eventos estresantes más comúnmente asociados a la conducta suicida destacan los conflictos familiares, haber sido víctima de violencia sexual, sufrir maltrato en la infancia o sufrir bullying. Sin embargo, en un adolescente vulnerable, las rupturas de pareja, los cambios de residencia, el fracaso escolar y otras situaciones también podrían actuar como detonantes”.

Asimismo, la misma fuente asegura que determinados rasgos de personalidad como la impulsividad, el perfeccionismo o el uso de estrategias de afrontamiento centradas en la emoción o en la evitación aumentan el impacto negativo que tienen los eventos vitales adversos.

Factores ambientales y educativos promotores de conductas hedonistas que facilitan la baja tolerancia a la frustración, y que reducen la experiencia vital, en todas las franjas de edad pero, especialmente, en la etapa adolescente, al plano de la emotividad, la experiencia placentera y la evitación de todo sufrimiento, pueden estar detrás de un debilitamiento de la personalidad que la hace más vulnerable incrementando el riesgo de aparición de tendencias suicidas.

Resulta importante computar en el proceso la influencia que redes sociales e internet pueden ejercer en estas tendencias, cuyo abuso está detrás de muchas conductas adictivas, estados de dependencia, frustración e incremento de psicopatologías.

 

Julio Tudela y Cristina Castillo

Observatorio de Bioética. Instituto Ciencias de la Vida

jueves, 8 de junio de 2023

ESTADÍSTICA DEL SUICIDIO EN ESPAÑA

 

Más de 4.000 personas se suicidan cada año en España, 11 al día. Este escalofriante dato, ha sido facilitado por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en su último informe anual.

2021 fue el año en el que más personas decidieron acabar con su vida en nuestro país: 4003, cuando la cifra máxima de 2020 fue de 3.941. Se calcula que cada año en el mundo fallecen por esta causa alrededor de 800.000 personas. No hay que olvidar que las estadísticas solo reflejan los fallecimientos, no los intentos de suicidio que se calcula que son 20 veces más frecuentes, según afirma el Observatorio de Biopolítica. Es decir, por cada suicidio se producen 20 intentos que no se llegan a consumar. La misma fuente apunta que la muerte por suicidio supone el 57% de todas las muertes por causas no naturales, por encima de las debidas a accidentes de tráfico o a las que se producen en el ámbito familiar.

En torno a 3.000 personas se suicidan al día en el mundo, una cada 40 segundos, siendo ésta una de las primeras causas de muerte en adolescentes y personas en edad reproductiva.

Trastornos de ansiedad o depresión

Este tema ha sido tratado recurrentemente en nuestro Observatorio dada su importancia. Previamente, recogimos las interesantes conclusiones de un estudio en el que participaron cinco universidades españolas y que fue liderado por Jordi Alonso, especialista del Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas (IMIM) de Barcelona y profesor de la Universidad Pompeu Fabra. En él se aseguraba que el suicidio es la segunda causa de muerte en la población de 12 a 25 años. La elección de este colectivo como objetivo, se fundamentó en el hecho de que el 75% de los trastornos mentales ya han aparecido a esta edad y alrededor de un 33% de los universitarios presentan algún trastorno de ansiedad o depresión.

Como apunta British Medical Journal, aunque no hay datos científicos que avalen que los índices de suicidios son más elevados en la población estudiantil que entre la población general, existen evidencias de que el perfeccionismo y la ansiedad intensa entre los estudiantes, propician un mayor número de tentativas de suicidio entre ellos. En el artículo que aborda el problema, Faye Gishen, médico y consultora, afirma: “Nuestros colegas de psiquiatría aseguran que preguntarle a alguien si está deprimido o experimentando pensamientos suicidas, no es un catalizador para el suicidio y ésta puede ser una intervención simple y efectiva. Sugerimos que reconozcamos el problema, lo nombremos y lo abordemos cuando sea apropiado”.

lunes, 3 de enero de 2022

Raíles y lazos - 2007

Una madre desesperada decide quitarse la vida estacionando su coche en medio de la vía del tren. El ingeniero del ferrocarril que la atropella y su esposa acabarán estableciendo un estrecho lazo con el joven hijo de la suicida.

lunes, 20 de mayo de 2019

suicidios femeninos

Las mujeres indias se están suicidando a un ritmo alarmante. Una investigación publicada en octubre en Lancet Public Health reveló que, en 2016, más del 36 por ciento de los suicidios femeninos ocurridos en todo el mundo tuvieron lugar en la India, a pesar de que este país posee menos del 18 por ciento de la población femenina mundial. El suicidio es la principal causa de mortalidad en mujeres indias de entre 15 y 29 años, siendo responsable de entre 26 y 33 muertes por cada 100.000 mujeres en esa franja de edad. Según Global Health Data Exchange, una base de datos sobre demografía y salud global, la India sufre la tasa más elevada de suicidios entre mujeres jóvenes y de mediana edad de todos los países con características sociodemográficas similares.
Según Rakhi Dandona, autora del estudio y profesora de salud global en la Fundación de Salud Pública de la India y en la Universidad de Washington, la situación podría estar relacionada con un conflicto entre las aspiraciones de las mujeres y la rigidez de su entorno social. A medida que la India se ha desarrollado, las mujeres han tenido acceso a una mejor educación, han ganado autonomía y ha disminuido el número de matrimonios concertados. Sin embargo, en muchos aspectos, aún tienen un estatus social más bajo y menos oportunidades. ­Dandona y otros expertos sospechan que ese desajuste podría hacer que algunas pierdan la esperanza. Las tasas de suicidio resultan especialmente elevadas en el sur del país, donde el desarrollo y los avances sociales han experimentado rápidas mejoras. En cambio, en los estados más rurales y tradicionales del norte, las cifras podrían ser menores debido a que, en ellos, tal vez las mujeres «no sean tan conscientes de que podrían vivir una vida mejor», añade la experta.
«El número de muertes por suicidio guarda también relación con el método usado [para suicidarse]», apunta Vikram Patel, profesor de salud global de Harvard que no participó en el estudio. En Occidente, las mujeres intentan quitarse la vida más a menudo que los hombres, pero estos suelen usar métodos más letales, lo que se traduce en más muertes. Pero en la India, según Patel, las mujeres tienden a usar métodos tan mortíferos como los de los varones.

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jueves, 9 de mayo de 2019

suicidio en el mundo

El suicidio es reconocido como un grave problema de salud pública por la Organización Mundial de la Salud en un documento específico dedicado a ello y publicado en 2013 (ver AQUÍ), que propone un plan para tratar de reducir un 10% los suicidios entre 2012 y 2020. En enero de 2018, 28 de los 194 países de la OMS manifiestan que tienen un plan nacional para la prevención de suicidios.

En 2016 se produjeron en el mundo 817.000 muertes por suicidio, lo que representa un 1,49% del total de muertes en ese año. El número de muertes por suicidio aumentó entre 1990 y 2016 un 6,7%, pero si se calcula por número de habitantes disminuyó un 32%, pues ha pasado de 16,6 muertes por 100.000 habitantes en 1990 a 11,2 muertes por 100.000 habitantes en 2016.

El suicidio se incluye entre las 10 principales causas de muerte en 21 países, pero ha sido la primera causa de pérdida de años de vida en diversos países desarrollados de Asia occidental.

El artículo aporta un pormenorizado número de datos sobre el suicidio en numerosos países, que no podemos, por su extensión recoger aquí, pero sí referir algún dato concreto. Por ejemplo, el número de muertes por suicidio entre 1990 y 2010, fue de 138.000 en Asia del Este. En Europa central de 19.000 y en Europa del Este de 68.000. De 53.000 en Europa occidental.

Con respecto a países con una población superior al millón de habitantes, las cifras más elevadas se dan en Lesoto, 39,0 muertes por 100.000 personas, Lituania 31,6, Rusia 30,6 y Zimbabue 27,8, y los que mostraron unos índices más bajos se dieron en el Líbano con 2,4 suicidios por 100.000 habitantes; Siria 2,5, Palestina 2,7, Kuwait 2,7 y Jamaica 2,9.

En todo el mundo el número de suicidios fue mayor en hombres que en mujeres, 15,6 muertes por 100.000 personas en hombres y 7.0 en mujeres.

Los autores concluyen que “aunque ha habido un progreso en reducir la mortalidad por suicidios en las últimas décadas, el suicidio sigue siendo una causa prevenible de muerte en el mundo”.