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viernes, 22 de noviembre de 2019
martes, 3 de octubre de 2017
viernes, 6 de mayo de 2016
domingo, 4 de octubre de 2015
Nuestra Titular
Madre del Redentor, ruega por nosotros, onspiranos, consigue que con la ayuda de la Gracia seamos y vivamos tu SÍ al Buen Dios
viernes, 15 de mayo de 2015
sábado, 8 de junio de 2013
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Más sobre la Guadalupana
primero una película: el andar de la Guadalupana...
Y ahora... Guadalupe en el origen y en la vocación de América.
Conferencia dictada en el FORO
INTERNACIONAL FE Y CIENCIA - “Virgen Santísima de Guadalupe: Vida, Dulzura y
Esperanza Nuestra”. 11
de Diciembre de 2012, Universidad Autónoma de Guadalajara, México.
lunes, 3 de octubre de 2011
SANTO ROSARIO
Sabemos que todo el valor y eficacia del Santísimo Rosario radica en la excelencia de sus Oraciones y la meditación de sus Misterios.
Las Oraciones del Santo Rosario tienen aquella concisión, aquella fuerza y aquella simplicidad sin rodeos, tan propias del lenguaje divino.
Cada palabra nos hiere en un punto determinado, del cual brota el sentimiento que Dios pretende. Agradecimiento, esperanza, humildad, confianza en la infinita misericordia, van subiendo poco a poco del fondo de nuestra alma y se derraman por la superficie.
Y estas oraciones, repetidas con calma, forman un ritmo, una melodía en la cual descansa y se expansiona el corazón; en la cual se mecen y se suavizan nuestras tristezas.
Es la oración de la suavidad, la oración de las horas en que uno tiene necesidad de mirar al Cielo, la oración que tiene alas para elevar sin esfuerzo.
El Santo Rosario es la santificación de nuestros labios por las Oraciones divinas que nos hace repetir: la oración enseñada por Jesucristo: Padre Nuestro que estás en los cielos…; la oración del Ángel: Dios te salve, María…; la eterna oración del Cielo, la exaltación de la Santísima Trinidad: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
El Padre Nuestro
De entre todas las fórmulas de oración, el Santo Rosario pone primero en nuestros labios la más divina y, por lo tanto, como hace notar Santo Tomás, la más humilde, la más confiada, la más ordenada y la más devota: el Padre Nuestro.
Admirable Oración Dominical, toda penetrada de humildad; de esta humildad verdadera, que no presume nada en las fuerzas humanas, que lo pide y lo espera todo de la virtud divina.
Sublime expresión de los más nobles y de los más justos deseos; norma de lo mejor que podemos desear.
Grito de fe y de inquebrantable confianza en la bondad del Padre celestial y en la mediación del Hijo que el Padre nos ha dado.
Gradación perfecta, que coloca el Cielo por encima de la tierra, que prefiere lo que ha de durar eternamente a lo que pasa con el tiempo, que nos hace desear ante todo el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas por añadidura.
Soberana devoción, mezcla de amor fiel a Dios y de amor paternal y lleno de misericordia para con el prójimo.
Oración divina que va directamente al Corazón de Dios, lo hiere, lo enternece y lo obliga a escuchar nuestros ruegos.
El Ave María
Para más asegurar su triunfo, he aquí que a la Oración Dominical, quince veces repetida, añada el Santo Rosario ciento cincuenta veces la Salutación Angélica, el Ave María.
En la economía de la gracia redentora, María Santísima es la Mediadora entre el género humano y su Salvador, el Canal de la Gracia, el Celeste Acueducto de las divinas misericordias.
Así pues, una vez conmovido y conquistado el Corazón de la Virgen María, el Corazón de Jesús se enternece, perdona y derrama sobre nosotros los tesoros de su amor.
Así como ninguna oración es más apta que el Padre Nuestro para tocar el Corazón de Dios, de la misma manera, ninguna es más apropiada que el Ave María para conmover el Corazón maternal y virginal de Nuestra Señora.
Cuando la Virgen la oyó por primera vez de labios del Arcángel San Gabriel, concibió en seguida, en sus purísimas entrañas el Verbo Divino, por la virtud del Espíritu Santo; y ahora, cada vez que una boca humana le repite estas palabras, su Corazón se conmueve al recordar aquel momento, que no ha tenido igual en el Cielo ni en la tierra.
“A cada Ave María que rezan los fieles, escribe Santa Gertrudis, tres arroyos procedentes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, penetran con fuerza y suavidad en el Corazón de María; y, volviendo a su fuente, de tal manera deleitan a la Virgen, que este gozo se difunde sobre todos los Santos, sobre todos los Ángeles y cuantos le recuerdan esta salutación”.
Este derramamiento es para nosotros la efusión de los dones divinos obtenidos por las Ave Marías del Rosario.
Esta efusión es tanto más abundante y segura cuanto que el alma se impregna del espíritu de la Inmaculada Madre de Dios, penetra en la intimidad de Jesús, y acaba por vivir en una comunidad de pensamientos y de voluntades con sus divinos modelos.
Santo Domingo conoció admirablemente este poder del Corazón de María sobre el Corazón de Jesús, así como el ascendiente del corazón del simple cristiano sobre el Corazón de la Reina de los Cielos, por el Rosario.
Omnipotente el Santo Rosario sobre el Corazón de María y, por éste, sobre el Corazón de Jesús, también lo es sobre el corazón de quien lo reza y lo medita cual conviene.
El Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Es la principal y más antiquísima fórmula que utiliza la Iglesia para honrar a la Santísima Trinidad. Con ella se rinde a las tres Personas Divinas un homenaje de adoración, de honor, de reconocimiento y de amor a su Infinita grandeza.
No debemos olvidar que la glorificación de la Santísima Trinidad es el fin último y absoluto de toda oración y devoción.
El Santo Rosario es la santificación de nuestros pensamientos por la consideración de los divinos misterios: alabamos a Jesús honrando a María, y recordamos en nuestro interior todo el dogma revelado.
El Santo Rosario es, además, la sublime lección que nos da fuerza para todos los trances de la vida: misterios gozosos, misterios dolorosos, misterios gloriosos; pensamientos de amor, de fortaleza, de esperanza; todo lo que necesitamos en el decurso de nuestra existencia.
Omitir la consideración de los misterios, es no rezar el Rosario, pues esta meditación es de todo punto esencial; es su alma, su encanto y su hermosura, y lo que hace del Rosario una oración agradable a todos. Si el Santo Rosario nos aburre o fatiga es porque no meditamos sus arcanos.
Sin duda que su fondo, insondable a los mismos Ángeles, siempre permanecerá oculto; pero, si se aporta a la meditación un alma recta y sincera, cada día Dios le descubrirá bellezas hasta entonces no advertidas, maravillas insospechadas en el simple relato de los grandes acontecimientos que constituyen las fases principales de la vida del Verbo Encarnado y de nuestra Redención.
En esto estriba la verdadera riqueza del Rosario y la verdadera explicación de su extraordinaria eficacia.
Ya se halle nuestro corazón agitado o turbado, conmovido o arrebatado, alentado o abatido, entusiasmado u oprimido, siempre encontrará, en una u otra de las tres partes del Rosario, un sentido que estará en armonía con el momento actual de su espíritu.
El dolor más profundo y el goce más vivo, los lamentos más desgarradores y los transportes de júbilo más ruidosos, el agradecimiento más expresivo, las angustias del temor y las dulzuras de la esperanza, la sequedad espiritual más árida y los movimientos más elevados del alma, el sentimiento más aplastante del abandono de Dios y las delicias anticipadas del Cielo, todo, en una palabra, tiene su eco en el Santo Rosario; todos los latidos de nuestro corazón hallan en Él adecuada respuesta.
Jamás, cuando lo hemos rezado bien, lo dejamos sin gustar una satisfacción muy íntima; pues, gracias a Él, encontramos en la vida de Jesús y de María algunos rasgos semejantes de lo que pasa dentro de nosotros.
De manera que después de haberlo rezado nos levantamos, ya confundidos, ya consolados; ya más tranquilos, más exaltados, más alentados o más fortalecidos.
Estos son los efectos que produce la simple consideración de los misterios del Rosario; los cuales encierran, para quien cree, ama y espera, todo cuanto puede hacerlo feliz en el tiempo y en la eternidad.
Sean cuales fueren nuestras necesidades, nuestras penas, nuestras disposiciones, siempre que recurrimos al Santo Rosario, encontramos en Él lo que necesitamos.
Mientras recorremos las cuentas del Rosario, repitiendo el Ave María, pidamos a la Virgen la gracia de conocer mejor a Jesucristo.
Ella, el testigo más clarividente de toda su vida, de su muerte y de sus triunfos; Ella, que sin cesar meditaba en su Corazón los grandes misterios que se cumplían ante sus propios ojos; Ella, que penetraba hasta lo más íntimo del Corazón y del Alma de Cristo; no se negará, pues, a dárnoslo a conocer y a hacérnoslo amar.
Esta es su misión, el darnos a conocer a Jesús y el conducirnos a Él.
Las Letanías
Después de contemplar los misterios de la vida de Jesús y de Nuestra Señora con el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria Patri, terminamos el Santo Rosario con la Letanía Lauretana.
Letanía es una palabra griega que significa oración, especialmente oración hecha en común. Significa también procesión, porque esta manera de orar se usa en las procesiones.
El origen de las letanías se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Eran oraciones breves, dialogadas entre los miembros del clero y el pueblo fiel, y tenían un especial carácter de invocación a la misericordia divina.
Al principio se dirigían al Señor, pero muy pronto surgieron también las invocaciones a la Virgen Santísima y a los Santos.
Las primicias de las Letanías Marianas son los elogios llenos de amor de los cristianos a su Madre del Cielo y las expresiones de admiración de los Santos Padres, especialmente en Oriente.
Las que actualmente se rezan en el Santo Rosario comenzaron a cantarse solemnemente en el Santuario de Loreto hacia el año 1500; de donde procede el nombre de Letanía Lauretana; pero recogen una tradición antiquísima, y desde allí se extendieron a toda la Iglesia.
La Letanía Lauretana se compone de una serie de invocaciones a María Santísima; son títulos de honor que los Santos Padres le dieron, designaciones que se fundan principalmente en la única e incomunicable dignidad de la Maternidad Divina de María Santísima.
Con ellos honramos su persona e invocamos su poderosa intercesión.
Recitar la Letanía es ante todo dar gloria a Dios que tanto ensalzó a su Madre Santísima; es darle gracias a Ella y por Ella. Es alabarla, admirarla y pedirle su protección; es reconocer y meditar sus virtudes; movernos a imitarla, en cuanto es posible a nuestra humana debilidad; es pedir a Dios y a Ella gracia y protección para llevar a cabo lo que es imposible a nuestras propias fuerzas.
La letanía es una oración corta y muy fácil para quien la medita; es una oración rica de santos pensamientos y de afectos sobrenaturales.
Cada título es una jaculatoria llena de amor que dirigimos a la Virgen Santísima y nos muestra un aspecto de la riqueza del alma de Nuestra Madre.
Estas invocaciones se agrupan según las principales verdades marianas, y se distinguen seis categorías:
1ª) Las tres primeras abarcan, en resumen, todas sus grandezas.
2ª) Siguen sus atributos como Madre de Dios.
3ª) Se saluda luego la Virginidad perpetua de María.
4ª) Su Ejemplaridad y sus Prerrogativas son representadas por hermosas imágenes o símbolos bien apropiados.
5ª) A continuación se exalta su Mediación Universal y sus relaciones con la Iglesia Militante.
6ª) Finalmente, se celebra su Realeza Universal y su gloria en la Iglesia triunfante.
Cada una de estas verdades, títulos o advocaciones principales viene expresada en la primera aclamación de cada categoría, y es desarrollada a continuación.
Al detenernos lentamente en cada una de estas advocaciones podemos maravillarnos de la riqueza espiritual, casi infinita, con que Dios ha adornado a su Madre Virginal.
Nos produce una inmensa alegría tener una Madre así, y se lo decimos muchas veces, porque el amor nunca se cansa de expresarse y de manifestarse.
Cada una de las advocaciones de las letanías nos puede servir como una jaculatoria en la que le decimos lo mucho que la amamos, lo mucho que la admiramos, lo mucho que la necesitamos.
Detengámonos hoy sobre cuatro de estas Letanías, las que resumen su Mediación y a las cuales acudimos en nuestra condición de pobres miserables: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos y Auxilio de los cristianos.
Salud de los enfermos
El pecado original introdujo en el mundo la enfermedad y la muerte.
Tenemos a la Santísima Virgen María, Salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta en esos momentos difíciles.
Ella intercede por nosotros ante todo para alcanzar, mantener o recuperar la salud del alma.
Pero también estamos sujetos a enfermedades que nos hacen sufrir y, finalmente, conducen a la muerte.
Si en cada circunstancia de la vida necesitamos la ayuda de Dios y el socorro y protección de María, la asistencia es mayor y urgente en la enfermedad.
El amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad, hará más llevadera la pena y nos ayudará a sobrenaturalizarla, convirtiéndola en meritoria.
Son innumerables los testimonios de curaciones milagrosas que se encuentran en casi todos los Santuarios Marianos de la tierra. Esos ex votos son muestras de la gratitud a Quien llamamos Salud de los enfermos.
Pero incluso, si la gracia solicitada no fuese concedida, ¡cuánta resignación y conformidad cristiana ha hecho nacer es las almas! ¡Cuánta fortaleza y confianza! ¡Cuánta luz para hacer comprender la función providencial y benéfica del dolor! ¡Qué ejemplo de identificación con su Divino Hijo crucificado!
Muchas veces, no es la salud del cuerpo, sino la del alma la que el enfermo recupera, empleando bien luego el tiempo para su salvación.
Los ejemplos de las conversiones obtenidas también en el lecho de muerte, manifiestan la bondad inagotable y la poderosa intercesión de María.
Pidamos a Nuestra Señora, Salud de los enfermos, nos asista en todas las enfermedades que padecemos y padeceremos, pero especialmente en la postrera, para que nos alcance la perseverancia final y la gracia de una buena muerte.
Refugio de los pecadores
Por el pecado ha entrado la enfermedad y la muerte en este mundo. Es, pues, el pecado el más temible y principal enemigo del alma.
María Santísima es Refugio de los pecadores, no para que escapen fácil e impunemente de la justicia Divina, sino que por Ella y en Ella ejerza su infinita misericordia divina, que desea ante todo la conversión de los pecadores.
Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura bienaventuranza: la conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien.
Ambas gracias nos alcanzará la Santísima Virgen María, Refugio de los pecadores, si se lo pedimos continuamente y si cumplimos con todo lo que Ella nos pida.
Consuelo de los afligidos
El pecado nos arrojó del Paraíso y nos precipitó en este valle de lágrimas, en el cual padecemos la enfermedad del alma, el pecado, y la enfermedad del cuerpo, el sufrimiento físico y la muerte.
Además, nuestra vida se compone de un sin fin de tribulaciones y aflicciones, que turban nuestro corazón y nos sumergen en la tristeza.
La Santísima Virgen María, si recurrimos a Ella con confianza, nos consuela en nuestras pesadumbres y tribulaciones. Ella es Consuelo de los afligidos.
Ella quiere y puede consolarnos en nuestras penas y dolores, porque hace suyas nuestras congojas, se apropia nuestro dolor, y nos enseña el valor del sufrimiento y la manera meritoria de sufrir, para nuestra propia salvación y la salvación de muchas almas.
Auxilio de los cristianos
El Corazón de la Virgen María cobija a enfermos, pecadores y afligidos que recurren a Ella con confianza.
Pero Ella es particularmente poderosa defensora de la Iglesia contra todos los enemigos de todos los tiempos, tanto los externos, como los internos.
Los enemigos externos son los que, no perteneciendo a la Iglesia, la atacan y pretenden destruir la fe y el culto que Ella enseña y practica.
Los enemigos internos son aquellos que, cual cizaña sembrada en el campo del padre de familia, sofocan la verdad, introducen el error, desnaturalizan la liturgia… llevan a cabo la autodemolición de la Iglesia…
El nombre de Auxiliadora se le daba ya a la Virgen María en el año 1030, en Ucrania, por haber liberado aquella región de la invasión de las tribus paganas.
Hacia el año 1558 ya figuraba este título en las letanías que se acostumbran recitar en el Santuario de Loreto.
Esta advocación se impuso con ímpetu y fervor ante la invasión de los turcos, en 1571, cuando el gran San Pío V la invocó como María Auxiliadora de los Cristianos.
La Cristiandad siguió invocándola de este modo, ya los Príncipes católicos de Alemania fieles al catolicismo frente a las tesis protestantes; ya frente a las invasiones turcas sobre Viena en el siglo XVII; ya ante los caprichos de Napoleón Bonaparte, que desterró al Papa Pío VII, quien con motivo de su liberación quiso en 1814 instituir en el 24 de mayo su fiesta litúrgica.
Sin duda, fue con San Juan Bosco, el Santo de María Auxiliadora, que esta advocación mariana encontró el mejor exponente para su desarrollo y popularidad.
En 1862, de Don Bosco declara: “La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora. Los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana”.
Esos tiempos no han cambiado, sino que son cada día más aciagos. Por lo tanto, debemos recurrir a Nuestra Señora e invocarla: ¡Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!
Al finalizar estas consideraciones, que sea nuestro propósito santificar bien este mes de octubre, rezando diariamente el Santísimo Rosario para honrar a Nuestra Señora y para alcanzar de Ella todas las gracias que necesitamos.
Las Oraciones del Santo Rosario tienen aquella concisión, aquella fuerza y aquella simplicidad sin rodeos, tan propias del lenguaje divino.
Cada palabra nos hiere en un punto determinado, del cual brota el sentimiento que Dios pretende. Agradecimiento, esperanza, humildad, confianza en la infinita misericordia, van subiendo poco a poco del fondo de nuestra alma y se derraman por la superficie.
Y estas oraciones, repetidas con calma, forman un ritmo, una melodía en la cual descansa y se expansiona el corazón; en la cual se mecen y se suavizan nuestras tristezas.
Es la oración de la suavidad, la oración de las horas en que uno tiene necesidad de mirar al Cielo, la oración que tiene alas para elevar sin esfuerzo.
El Santo Rosario es la santificación de nuestros labios por las Oraciones divinas que nos hace repetir: la oración enseñada por Jesucristo: Padre Nuestro que estás en los cielos…; la oración del Ángel: Dios te salve, María…; la eterna oración del Cielo, la exaltación de la Santísima Trinidad: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…
El Padre Nuestro
De entre todas las fórmulas de oración, el Santo Rosario pone primero en nuestros labios la más divina y, por lo tanto, como hace notar Santo Tomás, la más humilde, la más confiada, la más ordenada y la más devota: el Padre Nuestro.
Admirable Oración Dominical, toda penetrada de humildad; de esta humildad verdadera, que no presume nada en las fuerzas humanas, que lo pide y lo espera todo de la virtud divina.
Sublime expresión de los más nobles y de los más justos deseos; norma de lo mejor que podemos desear.
Grito de fe y de inquebrantable confianza en la bondad del Padre celestial y en la mediación del Hijo que el Padre nos ha dado.
Gradación perfecta, que coloca el Cielo por encima de la tierra, que prefiere lo que ha de durar eternamente a lo que pasa con el tiempo, que nos hace desear ante todo el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas por añadidura.
Soberana devoción, mezcla de amor fiel a Dios y de amor paternal y lleno de misericordia para con el prójimo.
Oración divina que va directamente al Corazón de Dios, lo hiere, lo enternece y lo obliga a escuchar nuestros ruegos.
El Ave María
Para más asegurar su triunfo, he aquí que a la Oración Dominical, quince veces repetida, añada el Santo Rosario ciento cincuenta veces la Salutación Angélica, el Ave María.
En la economía de la gracia redentora, María Santísima es la Mediadora entre el género humano y su Salvador, el Canal de la Gracia, el Celeste Acueducto de las divinas misericordias.
Así pues, una vez conmovido y conquistado el Corazón de la Virgen María, el Corazón de Jesús se enternece, perdona y derrama sobre nosotros los tesoros de su amor.
Así como ninguna oración es más apta que el Padre Nuestro para tocar el Corazón de Dios, de la misma manera, ninguna es más apropiada que el Ave María para conmover el Corazón maternal y virginal de Nuestra Señora.
Cuando la Virgen la oyó por primera vez de labios del Arcángel San Gabriel, concibió en seguida, en sus purísimas entrañas el Verbo Divino, por la virtud del Espíritu Santo; y ahora, cada vez que una boca humana le repite estas palabras, su Corazón se conmueve al recordar aquel momento, que no ha tenido igual en el Cielo ni en la tierra.
“A cada Ave María que rezan los fieles, escribe Santa Gertrudis, tres arroyos procedentes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, penetran con fuerza y suavidad en el Corazón de María; y, volviendo a su fuente, de tal manera deleitan a la Virgen, que este gozo se difunde sobre todos los Santos, sobre todos los Ángeles y cuantos le recuerdan esta salutación”.
Este derramamiento es para nosotros la efusión de los dones divinos obtenidos por las Ave Marías del Rosario.
Esta efusión es tanto más abundante y segura cuanto que el alma se impregna del espíritu de la Inmaculada Madre de Dios, penetra en la intimidad de Jesús, y acaba por vivir en una comunidad de pensamientos y de voluntades con sus divinos modelos.
Santo Domingo conoció admirablemente este poder del Corazón de María sobre el Corazón de Jesús, así como el ascendiente del corazón del simple cristiano sobre el Corazón de la Reina de los Cielos, por el Rosario.
Omnipotente el Santo Rosario sobre el Corazón de María y, por éste, sobre el Corazón de Jesús, también lo es sobre el corazón de quien lo reza y lo medita cual conviene.
El Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Es la principal y más antiquísima fórmula que utiliza la Iglesia para honrar a la Santísima Trinidad. Con ella se rinde a las tres Personas Divinas un homenaje de adoración, de honor, de reconocimiento y de amor a su Infinita grandeza.
No debemos olvidar que la glorificación de la Santísima Trinidad es el fin último y absoluto de toda oración y devoción.
El Santo Rosario es la santificación de nuestros pensamientos por la consideración de los divinos misterios: alabamos a Jesús honrando a María, y recordamos en nuestro interior todo el dogma revelado.
El Santo Rosario es, además, la sublime lección que nos da fuerza para todos los trances de la vida: misterios gozosos, misterios dolorosos, misterios gloriosos; pensamientos de amor, de fortaleza, de esperanza; todo lo que necesitamos en el decurso de nuestra existencia.
Omitir la consideración de los misterios, es no rezar el Rosario, pues esta meditación es de todo punto esencial; es su alma, su encanto y su hermosura, y lo que hace del Rosario una oración agradable a todos. Si el Santo Rosario nos aburre o fatiga es porque no meditamos sus arcanos.
Sin duda que su fondo, insondable a los mismos Ángeles, siempre permanecerá oculto; pero, si se aporta a la meditación un alma recta y sincera, cada día Dios le descubrirá bellezas hasta entonces no advertidas, maravillas insospechadas en el simple relato de los grandes acontecimientos que constituyen las fases principales de la vida del Verbo Encarnado y de nuestra Redención.
En esto estriba la verdadera riqueza del Rosario y la verdadera explicación de su extraordinaria eficacia.
Ya se halle nuestro corazón agitado o turbado, conmovido o arrebatado, alentado o abatido, entusiasmado u oprimido, siempre encontrará, en una u otra de las tres partes del Rosario, un sentido que estará en armonía con el momento actual de su espíritu.
El dolor más profundo y el goce más vivo, los lamentos más desgarradores y los transportes de júbilo más ruidosos, el agradecimiento más expresivo, las angustias del temor y las dulzuras de la esperanza, la sequedad espiritual más árida y los movimientos más elevados del alma, el sentimiento más aplastante del abandono de Dios y las delicias anticipadas del Cielo, todo, en una palabra, tiene su eco en el Santo Rosario; todos los latidos de nuestro corazón hallan en Él adecuada respuesta.
Jamás, cuando lo hemos rezado bien, lo dejamos sin gustar una satisfacción muy íntima; pues, gracias a Él, encontramos en la vida de Jesús y de María algunos rasgos semejantes de lo que pasa dentro de nosotros.
De manera que después de haberlo rezado nos levantamos, ya confundidos, ya consolados; ya más tranquilos, más exaltados, más alentados o más fortalecidos.
Estos son los efectos que produce la simple consideración de los misterios del Rosario; los cuales encierran, para quien cree, ama y espera, todo cuanto puede hacerlo feliz en el tiempo y en la eternidad.
Sean cuales fueren nuestras necesidades, nuestras penas, nuestras disposiciones, siempre que recurrimos al Santo Rosario, encontramos en Él lo que necesitamos.
Mientras recorremos las cuentas del Rosario, repitiendo el Ave María, pidamos a la Virgen la gracia de conocer mejor a Jesucristo.
Ella, el testigo más clarividente de toda su vida, de su muerte y de sus triunfos; Ella, que sin cesar meditaba en su Corazón los grandes misterios que se cumplían ante sus propios ojos; Ella, que penetraba hasta lo más íntimo del Corazón y del Alma de Cristo; no se negará, pues, a dárnoslo a conocer y a hacérnoslo amar.
Esta es su misión, el darnos a conocer a Jesús y el conducirnos a Él.
Las Letanías
Después de contemplar los misterios de la vida de Jesús y de Nuestra Señora con el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria Patri, terminamos el Santo Rosario con la Letanía Lauretana.
Letanía es una palabra griega que significa oración, especialmente oración hecha en común. Significa también procesión, porque esta manera de orar se usa en las procesiones.
El origen de las letanías se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Eran oraciones breves, dialogadas entre los miembros del clero y el pueblo fiel, y tenían un especial carácter de invocación a la misericordia divina.
Al principio se dirigían al Señor, pero muy pronto surgieron también las invocaciones a la Virgen Santísima y a los Santos.
Las primicias de las Letanías Marianas son los elogios llenos de amor de los cristianos a su Madre del Cielo y las expresiones de admiración de los Santos Padres, especialmente en Oriente.
Las que actualmente se rezan en el Santo Rosario comenzaron a cantarse solemnemente en el Santuario de Loreto hacia el año 1500; de donde procede el nombre de Letanía Lauretana; pero recogen una tradición antiquísima, y desde allí se extendieron a toda la Iglesia.
La Letanía Lauretana se compone de una serie de invocaciones a María Santísima; son títulos de honor que los Santos Padres le dieron, designaciones que se fundan principalmente en la única e incomunicable dignidad de la Maternidad Divina de María Santísima.
Con ellos honramos su persona e invocamos su poderosa intercesión.
Recitar la Letanía es ante todo dar gloria a Dios que tanto ensalzó a su Madre Santísima; es darle gracias a Ella y por Ella. Es alabarla, admirarla y pedirle su protección; es reconocer y meditar sus virtudes; movernos a imitarla, en cuanto es posible a nuestra humana debilidad; es pedir a Dios y a Ella gracia y protección para llevar a cabo lo que es imposible a nuestras propias fuerzas.
La letanía es una oración corta y muy fácil para quien la medita; es una oración rica de santos pensamientos y de afectos sobrenaturales.
Cada título es una jaculatoria llena de amor que dirigimos a la Virgen Santísima y nos muestra un aspecto de la riqueza del alma de Nuestra Madre.
Estas invocaciones se agrupan según las principales verdades marianas, y se distinguen seis categorías:
1ª) Las tres primeras abarcan, en resumen, todas sus grandezas.
2ª) Siguen sus atributos como Madre de Dios.
3ª) Se saluda luego la Virginidad perpetua de María.
4ª) Su Ejemplaridad y sus Prerrogativas son representadas por hermosas imágenes o símbolos bien apropiados.
5ª) A continuación se exalta su Mediación Universal y sus relaciones con la Iglesia Militante.
6ª) Finalmente, se celebra su Realeza Universal y su gloria en la Iglesia triunfante.
Cada una de estas verdades, títulos o advocaciones principales viene expresada en la primera aclamación de cada categoría, y es desarrollada a continuación.
Al detenernos lentamente en cada una de estas advocaciones podemos maravillarnos de la riqueza espiritual, casi infinita, con que Dios ha adornado a su Madre Virginal.
Nos produce una inmensa alegría tener una Madre así, y se lo decimos muchas veces, porque el amor nunca se cansa de expresarse y de manifestarse.
Cada una de las advocaciones de las letanías nos puede servir como una jaculatoria en la que le decimos lo mucho que la amamos, lo mucho que la admiramos, lo mucho que la necesitamos.
Detengámonos hoy sobre cuatro de estas Letanías, las que resumen su Mediación y a las cuales acudimos en nuestra condición de pobres miserables: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos y Auxilio de los cristianos.
Salud de los enfermos
El pecado original introdujo en el mundo la enfermedad y la muerte.
Tenemos a la Santísima Virgen María, Salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta en esos momentos difíciles.
Ella intercede por nosotros ante todo para alcanzar, mantener o recuperar la salud del alma.
Pero también estamos sujetos a enfermedades que nos hacen sufrir y, finalmente, conducen a la muerte.
Si en cada circunstancia de la vida necesitamos la ayuda de Dios y el socorro y protección de María, la asistencia es mayor y urgente en la enfermedad.
El amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad, hará más llevadera la pena y nos ayudará a sobrenaturalizarla, convirtiéndola en meritoria.
Son innumerables los testimonios de curaciones milagrosas que se encuentran en casi todos los Santuarios Marianos de la tierra. Esos ex votos son muestras de la gratitud a Quien llamamos Salud de los enfermos.
Pero incluso, si la gracia solicitada no fuese concedida, ¡cuánta resignación y conformidad cristiana ha hecho nacer es las almas! ¡Cuánta fortaleza y confianza! ¡Cuánta luz para hacer comprender la función providencial y benéfica del dolor! ¡Qué ejemplo de identificación con su Divino Hijo crucificado!
Muchas veces, no es la salud del cuerpo, sino la del alma la que el enfermo recupera, empleando bien luego el tiempo para su salvación.
Los ejemplos de las conversiones obtenidas también en el lecho de muerte, manifiestan la bondad inagotable y la poderosa intercesión de María.
Pidamos a Nuestra Señora, Salud de los enfermos, nos asista en todas las enfermedades que padecemos y padeceremos, pero especialmente en la postrera, para que nos alcance la perseverancia final y la gracia de una buena muerte.
Refugio de los pecadores
Por el pecado ha entrado la enfermedad y la muerte en este mundo. Es, pues, el pecado el más temible y principal enemigo del alma.
María Santísima es Refugio de los pecadores, no para que escapen fácil e impunemente de la justicia Divina, sino que por Ella y en Ella ejerza su infinita misericordia divina, que desea ante todo la conversión de los pecadores.
Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura bienaventuranza: la conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien.
Ambas gracias nos alcanzará la Santísima Virgen María, Refugio de los pecadores, si se lo pedimos continuamente y si cumplimos con todo lo que Ella nos pida.
Consuelo de los afligidos
El pecado nos arrojó del Paraíso y nos precipitó en este valle de lágrimas, en el cual padecemos la enfermedad del alma, el pecado, y la enfermedad del cuerpo, el sufrimiento físico y la muerte.
Además, nuestra vida se compone de un sin fin de tribulaciones y aflicciones, que turban nuestro corazón y nos sumergen en la tristeza.
La Santísima Virgen María, si recurrimos a Ella con confianza, nos consuela en nuestras pesadumbres y tribulaciones. Ella es Consuelo de los afligidos.
Ella quiere y puede consolarnos en nuestras penas y dolores, porque hace suyas nuestras congojas, se apropia nuestro dolor, y nos enseña el valor del sufrimiento y la manera meritoria de sufrir, para nuestra propia salvación y la salvación de muchas almas.
Auxilio de los cristianos
El Corazón de la Virgen María cobija a enfermos, pecadores y afligidos que recurren a Ella con confianza.
Pero Ella es particularmente poderosa defensora de la Iglesia contra todos los enemigos de todos los tiempos, tanto los externos, como los internos.
Los enemigos externos son los que, no perteneciendo a la Iglesia, la atacan y pretenden destruir la fe y el culto que Ella enseña y practica.
Los enemigos internos son aquellos que, cual cizaña sembrada en el campo del padre de familia, sofocan la verdad, introducen el error, desnaturalizan la liturgia… llevan a cabo la autodemolición de la Iglesia…
El nombre de Auxiliadora se le daba ya a la Virgen María en el año 1030, en Ucrania, por haber liberado aquella región de la invasión de las tribus paganas.
Hacia el año 1558 ya figuraba este título en las letanías que se acostumbran recitar en el Santuario de Loreto.
Esta advocación se impuso con ímpetu y fervor ante la invasión de los turcos, en 1571, cuando el gran San Pío V la invocó como María Auxiliadora de los Cristianos.
La Cristiandad siguió invocándola de este modo, ya los Príncipes católicos de Alemania fieles al catolicismo frente a las tesis protestantes; ya frente a las invasiones turcas sobre Viena en el siglo XVII; ya ante los caprichos de Napoleón Bonaparte, que desterró al Papa Pío VII, quien con motivo de su liberación quiso en 1814 instituir en el 24 de mayo su fiesta litúrgica.
Sin duda, fue con San Juan Bosco, el Santo de María Auxiliadora, que esta advocación mariana encontró el mejor exponente para su desarrollo y popularidad.
En 1862, de Don Bosco declara: “La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora. Los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana”.
Esos tiempos no han cambiado, sino que son cada día más aciagos. Por lo tanto, debemos recurrir a Nuestra Señora e invocarla: ¡Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!
Al finalizar estas consideraciones, que sea nuestro propósito santificar bien este mes de octubre, rezando diariamente el Santísimo Rosario para honrar a Nuestra Señora y para alcanzar de Ella todas las gracias que necesitamos.
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sábado, 25 de septiembre de 2010
lunes, 5 de julio de 2010
corazón (2)
Oh Cristo, para poder servirte mejor dame un noble corazón. Un corazón fuerte para aspirar por los altos ideales y no por opciones mediocres. Un corazón generoso en el trabajo, viendo en él no una imposición sino una misión que me confías. Un corazón grande en el sufrimiento, siendo valiente soldado ante mi propia cruz y sensible cireneo para la cruz de los demás. Un corazón grande para con el mundo, siendo comprensivo con sus fragilidades pero inmune a sus máximas y seducciones. Un corazón grande con los hombres, leal y atento para con todos pero especialmente servicial y dedicado a los pequeños y humildes. Un corazón nunca centrado sobre mí, siempre apoyado en Tí, feliz de servirte y servir a mis hermanos, ¡oh mi Señor! todos los días de mi vida.
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lunes, 26 de abril de 2010
Te Deum (paráfrasis)

A Ti, Oh María, te alabamos como a Madre de Dios
y confesamos que eres Virgen.
Toda la tierra te venera como Hija del Eterno Padre.
Todos los ángeles y los arcángeles,
los tronos y principados te sirven con fidelidad.
Todas las potestades,
todas las virtudes más elevadas en los cielos
y todas las dominaciones te obedecen.
Todos los coros de aquellas celestiales inteligencias,
los querubines y los serafines están delante de tu trono
transportados de alegría.
Santa, Santa, Santa, María, Madre de Dios,
Madre y Virgen al mismo tiempo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad y la gloria
del fruto de vuestras entrañas.
El coro glorioso de los apóstoles
te alaba como a la Madre del Redentor.
El escuadrón resplandecientes de los mártires
te glorifica como la Madre de Jesucristo.
El ejército triunfante de los confesores
te llama templo augusto de la Trinidad.
La suave compañía de las vírgenes
canta que eres el modelo
de la virginidad y la humildad.
Toda la corte celestial
te reverencia como a su Reina.
La Iglesia santa te invoca
en toda la extensión de la tierra.
Canta con voz universal,
que eres Madre de la Majestad divina.
La verdadera, y augusta Madre
del soberano Rey de los cielos.
Publica que eres santa, llena de dulzura, y de bondad.
Eres la reina de los ángeles.
Eres la puerta del Paraíso.
Eres la escalera del reino celestial.
Eres el arca santa de la piedad, y de la gracia.
Eres la fuente de misericordia.
Eres juntamente esposa, y madre del Rey eterno.
Eres el santuario del Espíritu Santo.
Toda la Santísima Trinidad
descansa dulcemente en Ti,
como en el objeto de sus más tiernas complacencias.
Estás llena de amor por los hombres:
eres su mediadora ante Dios;
los ilustras de luces celestiales.
Eres la fortaleza de los que luchan,
la abogada de los pobres,
el refugio de los pecadores,
siempre llena de compasión por sus miserias.
Eres la distribuidora
de los dones y favores celestiales:
eres el terror de los demonios
y los apartas de nosotros.
Eres la señora del Mundo,
la soberana del cielo
y nuestra única esperanza para con Dios.
Eres la salud de los que te invocan,
el puerto de los que naufragan,
el consuelo de los miserables,
el remedio de los que perecen.
Eres la madre de todos los escogidos,
el motivo -después de Dios- de su mayor alegría,
las delicias de todos los bienaventurados ciudadanos del cielo.
Por ti se adelantan los justos:
por ti toman el buen camino los que andaban descarriados.
Eres el cumplimiento de las promesas
hechas a los patriarcas y de las predicciones de los profetas.
Eres la gloria y la luz de los apóstoles
y la Señora de los evangelistas.
Eres la fortaleza de los mártires,
el ejemplo de los confesores
y el honor de las vírgenes.
En vuestro casto seno encarnó el Hijo de Dios
para sacar a la humanidad de su destierro.
Por ti se abrió el reino de los cielos a los fieles,
habiendo sido vencido el enemigo del género humano.
Estás sentada con tu Hijo a la derecha del Padre.
Rogad por nosotros, oh Virgen María,
a este mismo Hijo, que creemos ha de venir a juzgar al mundo.
Socorre a tus siervos,
que han sido redimidos con su preciosa sangre.
Haz, oh Virgen llena de dulzura, que recibamos
con los santos la recompensa de la gloria eterna.
Salva a tu pueblo, oh gran Reina,
para que tengamos parte en la gloria de vuestro Hijo.
Vela sobre nosotros y guárdanos
hasta la bienaventuranza eterna.
Continuamente te renovaremos nuestros homenajes,
oh Virgen llena de bondad.
Y deseamos con amor alabarte de corazón
y con las palabras durante toda la eternidad.
Dígnate, oh María, digna de ser amada,
presérvanos de todo pecado ahora y siempre.
Ten piedad de nosotros, oh Madre de bondad.
Permite que conozcamos tu gran misericordia,
pues hemos puesto en ti nuestra confianza.
Oh María llena de caridad,
en ti esperamos; defiéndenos siempre.
A Ti, después de Dios se debe la alabanza,
la gloria, la fortaleza, el imperio
en todos los siglos de los siglos. Amén
San Buenaventura
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