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viernes, 22 de septiembre de 2023

LA ASCENSIÓN Y LAS ASCENSIONES

Siempre ha creído el hombre que Dios habita en un lugar que está sobre los cielos. Por lo mismo, si alguna vez se ha pensado en la posibilidad de que un ser humano se eleve hasta el trono del Altísimo, su elevación ha debido concebirse necesariamente como una ascensión a través de los cielos. El vehículo empleado para su vida hasta allí podrá variar a impulsos de la fantasía o impuesto por la realidad histórica, pero el acto fundamental será siempre el mismo: subir al cielo.

 A nadie puede extrañar que la fantasía humana, para la que nada imposible, haya fingido viajes de un alma o de un hombre a través de los espacios y en dirección a la morada divina. Pero la existencia de tales descripciones imaginarias nada dice en contra de la posibilidad y aún de el hecho de que en determinado ocasión haya subido un hombre de la tierra al cielo, como si vio Jesucristo el día de la Ascensión. Lo que distingue a lo irreal es la ausencia de testigos oculares de cuanto se afirma y el colorido fuertemente fantástico de sus detalles.

 como ejemplo de narración legendaria que ha de ser tenida por tal porque no invoca ni puede invocar testigos oculares como podemos citar el mito babilónico de Etana: Etana tenía sumo interés en subir a los cielos, y un águila, que le había que le debía su corazón su cura su curación, se prestó a subirle. Le mandó poner las espaldas sobre su pecho, y las manos sobre las plumas de sus alas, y comenzó a elevarse. Etana se agarraba con fuerza porque su cuerpo pesaba mucho. Cuando llevaban dos horas subiendo, le dijo el águila:

- Mira a la tierra, amigo mío. ¿Cómo está? Mira el mar.

Yetana le contestó:

- La Tierra va a achicando las montañas y el mar está como un patio.

Continuaron subiendo otras dos horas, y preguntó de nuevo el águila:

- Mira, amigo mío, a la tierra. ¿Cómo está?

- La tierra se ha convertido en un jardín, y el mar está como en una banasta. 

Después de otras dos horas de vuelo volvió a hacer la misma pregunta; Etana contestó:

- El mar es como un regate de jardinero.

En aquel momento le entró el vértigo y comenzó a caer. Dos horas estuvo cayendo, y el águila caía con el. Continuó cayendo tras dos horas y el águila caía con el. Siguió cayendo tras dos horas, y el águila caía con el. Hasta que al fin se mató.


Como ejemplo de narración fantástica puede presentarse la que la leyenda atribuye a Mahoma. Mahoma estaba una noche más alentado que nunca y tendiéndose en la cama se quedó con los ojos abiertos clavados en la noche y en sus pensamientos. De repente vio entrar en su habitación un personaje vestido con ropas cuajadas de oro. Era Gabriel, que llevaba en la mano al corcel celeste llamado Al Barak (relámpago). este animal tenía la cabeza de hombre, el cuerpo de caballo, una cola de pavo y alas blancas puntos sobre el monto Mahoma por indicación del Arcángel, y en el mismo momento se vio trasladado por encima de los montes y de los Valles hasta el santuario de Jerusalén. En su interior vio de pronto un rayo de luz venido del cielo. Se acercó a él y observó que en el centro se abría una escalera a. Por ella subió con Gabriel hasta el primer cielo.

 Las puertas del cielo, que eran de plata, las abrió Adán, y entre una otras maravillas pudieron ver un caballo cuya cresta llevaba hasta las puertas del segundo cielo; y eso que la distancia de un cielo a otro exige un viaje de quinientos años.

 Salieron de allí rezando, ya la puerta del segundo cielo, que es de acero resplandeciente, les esperaba Noe. En el Tercer Cielo todo el de piedras preciosas, vieron un ángel, cuyos ojos se hallaban tan separados el uno de otro que el recorrido de su distancia exigía setenta mil días. En el cuarto cielo había un ángel tan largo como un camino de quinientas jornadas. El cuarto cielo era de oro, y allí estaba a Aarón y un ángel con la cara de cobre rojizo, que era el ángel de LA VENGANZA; llevaba una lanza inflamada, lanzada relámpagos por los ojos y estaban sentados en un trono rodeado de fuego delante de una montaña de cadenas al rojo vivo.

 En el sexto cielo estaba Moisés y un ángel cuyo cuerpo era a la vez fuego y hielo. Por último, en el séptimo cielo, a cuya puerta estaba Abraham, vio un ángel con setenta mil cabezas. Cada cabeza tenía setenta mil bocas, a cada boca tenía mil lenguas, y cada lengua hablaba a setenta mil idiomas, que cantaban alabanzas del Todopoderoso. Junto a este arcángel había un árbol, cuyo ramaje era mayor que la distancia que hay del cielo a la tierra. Al pie del árbol estaban sentados unos ángeles, tan numerosos como las arenas del desierto. Miles de pájaros se posaban en las ramas, y en cada hoja había un hurí. En medio del cielo había una casa de oración como la de La Meca, y por encima de todos los cielos se levantaba el trono del Todopoderoso, quien con el rostro cubierto por setenta velos habló con Mahoma, dirigiéndole 79.000 palabras llenas de benevolencia.

 Todavía le fue dado ver los castigos del infierno, y finalmente emprendió el camino de vuelta, llegando de nuevo sobre Al Barak a la ciudad de La Meca. El viaje parecía haber sido muy largo. Sin embargo goma levantarse de la cama para mostrar para montar sobre Al Barak había tirado sin darse cuenta una copa llena de agua junto cuando volvió del viaje, el borde de la copa no había llegado todavía al suelo.



Tan fantástica es esta descripción que nadie podrá tomarla nunca en serio. La ausencia de testigos oculares y la obra evidente de la fantasía son los dos defectos de que adolecen todas estas narraciones. Ambos defectos se hallan totalmente ausentes de la descripción que San Lucas hace de la Ascensión del Señor. El escribe a menos de treinta años de distancia de los hechos y después de haber consultado a los testigos oculares cuando todavía vivían estos y podían desmentirle. Esto es ya una garantía de veracidad.

 Por otra parte, nada nos dice de lo que dio Jesús o de lo que ocurrió a su llegada a los cielos. Solo nos habla de lo que los apóstoles pudieron ver y oír. En las dos narraciones como a la de su Evangelio y la de los Hechos de los apóstoles son sumamente sobrias, en evidente contraste con las que acabamos de leer. Para que mejor puedan apreciarlo el lector, las transcribimos a continuación:

«Los llevó hasta cerca de Betania, y levantando sus manos los bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos, y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante él, y se volvieron a Jerusalén con grande gozo, y estaban de continuo bendiciendo a Dios»(Lc 24, 50-53).

«Diciendo esto, y volviendo y viéndolo ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. Y estando mirando al cielo, fija la vista en él, que se iba, he aquí que dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante y les dijeron: varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así, al modo, al modo que le habéis visto ir al cielo. Entonces se volvieron del monte llamado Olivete a Jerusalén, que dista de allí el camino de un sábado»(Hch 1,9-12)

jueves, 15 de diciembre de 2022

La infancia de Jesús en los Evangelios Apócrifos

 El niño, fruto primero de un hogar recién creado, es siempre fuente de alegrías y de ilusiones. Los primeros días son los progresos fisiológicos, lo que el niño gana, lo que el niño gana peso, el objeto todas las preocupaciones y satisfacciones. Más tarde, son los progresos psicológicos de los que se imponen en la conversación.

Cuando el Verbo se hizo carne, quiso pasar por esta edad encantadora, pero los Evangelios canónicos apenas nos dicen nada de todo ello. Son escenas que quedaron reservadas a la intimidad de María y José para consuelo y premio de su gran santidad, y a los demás solamente se nos ha transmitido un par de frases profundas y llenas de contenido: “estaba sujeto a sus padres”, y “crecía en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres”.

No es extraño que a la segunda generación cristiana apareciese en estas palabras demasiado lacónicas. ¿Cómo se habría manifestado aquel crecimiento en saldría y gracia?… La imaginación oriental se echó a volar y, como todas las obras de la fantasía, y a la suya resultó a veces ingenua, otras veces te proporcionada y en ocasiones irreverente.

Entre las escenas ingenuas todos conocen la del Niño haciendo con barro unos pajaritos y dando después una palmada al mismo tiempo que les decía: “id y volar por el mundo y por todo el universo y vivid”.

En otro apócrifo más reciente ya no eran sólo pajaritos los que hacía, sino también asnos, caballos, bueyes y otros animales. Y como El los hacían también los niños se con El jugaban. Todos porfiaban porque sus figuras eran las mejores y Jesús les dijo: “mis figuras andarán si Yo se lo ordeno”. Y les mando que anduviesen, y se pusieron a dar saltos; y las llamó, y volvieron. Y a los pajaritos les mandó volar, y volaron; y posarse, y se posaron en sus manos. Y ante unos jumentos que hiciera, puso paja, cebada y agua; y ellos comieron y bebieron, y los niños fueron a contar a sus padres lo que había hecho Jesús.

Otro día, cuando tenía seis años, le mandó su madre a la fuente con un cantarillo. Con él fueron otros niños, y uno de ellos le empujó cuando tenía cantarillo en el caño, y se le rompió. Entonces Jesús se extendió el manto que llevaba y cogió en el tanta agua como en la vasija hubiera cabido y se la llevo a su madre. María le vio venir y se quedó admirada y pensativa.

El Evangelio armenio de la Infancia cree saber algo de los juegos de Jesús. Un día estando jugando con otros niños al pie de un árbol muy alto, mando al árbol que bajarse una de sus ramas y se sentó en ella; luego le mandó que de nuevo se alzase y la rama recobró su posición natural quedando Jesús en lo alto de la copa del árbol con la consiguiente estupefacción de sus amiguitos. Todos sintieron envidia y quisieron subir a donde Él estaba, y Jesús mandó de nuevo a la rama doblegarse para recoger aquella banda de jilgueros, que gozaron lo indecible viéndose elevados aquella altura junto al niño.

Entretanto, los milagros se le escapaban a borbotones por entre los dedos de las manos.

Ya en su viaje Egipto, varios posesos y leprosos se vieron curados por el efluvio que despedía su tierno cuerpecito, o al  contacto de sus pañales o por la ablución del agua que en que había sido bañado. Uno de los más pintorescos es el que es el del muslo. A la entrada de una aldea la Sagrada Familia se encontró con unas mujeres que volvían del cementerio deshechas en llanto. Tras de las primeras palabras de saludo, las mujeres les invitaron a pasar la noche en su casa, y cuál no sería la sorpresa de todos al ver que seguían llorando junto con el mulo cubierto de brocado.

Una mujer que se había curado de la lepra con el agua del niño, y que desde entonces le seguía a todas partes, preguntó el misterio que se encerraba, y se enteró de que el mulo había sido un apuesto joven, hermano de aquellas mujeres, a las que las malas artes de unas hechiceras habían convertido en mulo. Ella las consoló, y les dijo que recurriese la María.

María, al saber el caso, puso al niño sobre el lomo del animal y le dijo: “Jesús como Hijo mío, haz que la poderosa virtud oculta en ti pobre sobre este mulo y lo devuelva la naturaleza humana que antes tenía”. Y en el mismo instante el mulo se transformó y apareció de nuevo el apuesto joven. La alegría fue inmensa y termino en boda, porque la joven leprosa se casó con el joven y fueron felices.

 Al mismo tiempo se van cruzando en la vida del Niño algunas figuras que más adelante habían de aparecer junto a él en su vida pública.

Caminando una noche por el país despoblado, se encontraron con dos ladrones apostados junto al camino, mientras sus compañeros de fechorías dormían algo más allá. Tito, que así se llamaba uno de ellos, dijo su compañero Dumaco: “déjales que pasen sin que lo noten nuestros compañeros. Pero Dumaco se resistió. Solamente calló ante la promesa de una gran de una cantidad de dinero que le hizo Tito.

Entonces María, viendo la noble conducta de aquel bandido, le dijo: “el Señor Dios te protegerá con su diestra y te concederá el perdón de tus pecados”. Más Jesús tomó la palabra y dijo a María: “oh Madre mía, dentro de 30 años los judíos me crucificaran en la ciudad de Jerusalén, y conmigo crucificaran a estos dos bandidos: Tito a mi derecha y Dumaco a mí izquierda. Y en aquel día Tito me acompañara en el Paraíso”.

En otra ocasión, una madre que había tenido dos hijos gemelos, llorando pidiendo a Dios que le conservase el único de ellos que le quedaba vivo, pero que estaba a punto de morir. María le dijo que pusiese al niño en el lecho de Jesús y le cubriese con los vestidos de éste. Y al instante el niño mejoró y pidió el pecho. Con el tiempo se llamaría Tomás Dídimo y sería Apóstol de Jesús.

También Judas, siendo niño, se encontró con Jesús. Estaba poseído del demonio, y su madre, noticiosa de los milagros que Jesús realizaba, lo llevó a donde esté se encontraba jugando con otros niños. Judas fue a sentarse a la derecha del Señor y, presa de su arrebato, quiso morderle; pero no pudo hacer más que darle un golpe en el costado derecho. Jesús se echó a llorar y el demonio abandonó a Judas en forma de un perro rabioso. Este había de ser discípulo traidor, y en aquel costado derecho había de recibir Jesús la herida de la Lanza.

Si los apócrifos creen que Jesús debió de manifestar así su poder desde la infancia, también le hacen reivindicar su dignidad con no pocas intemperancias, que nunca tuvo el Maestro y que harían de él un niño terrible.

Cuando tenía cuatro años, estaba un día en la orilla del Jordán jugando con los niños, y con una azada hizo siete pequeñas lagunas, a las que  venía el agua del río por unos surcos y salía por otros. Uno de los niños, lleno de envidia, obstruyó la salida y deshizo las lagunas. Jesús, irritado, le dijo: “sea la desgracia sobre ti, hijo de la muerte, hijo de Satán. ¿Cómo te atreves a destruir las obras que yo hago?”.

Y el que aquello había hecho murió, y sus padres alzaron la voz contra José y María. Estos se quedaron consternados y José dijo a su mujer: “yo no me atrevo a hablarle, pero tú adviértele y dile porque has provocado contra nosotros el odio del pueblo y nos has abrumado con la cólera de los hombres”.

María buscó a Jesús y le dijo: “Señor, ¿qué ha hecho este niño para morir?”. Y Jesús respondió: “merecía la muerte porque ha destruido las obras que yo hice”.

Mas su madre le insistía: “no permitas, Señor, que todos se levanten contra nosotros”. Y El, no queriendo afligir a su madre, tocó con el pie derecho la pierna del muerto y dijo: “levántate, hijo de la iniquidad, que no eres digno de entrar en el reposo de mi padre, porque has destruido las obras que yo he hecho”. Y el que estaba muerto se levantó y se fue.

Con la misma facilidad y por motivos aún menores habría hecho morir a otros niños y aún a personas mayores. Su mismo maestro, a quien no quiso contestar cuando le preguntaba la lección, y que por ese motivo le pegó con una vara, cayó muerto delante de El.

Indudablemente, esta figura de Jesús está muy lejos de la del Niño manso y humilde, que vive sometido a sus padres, creciendo en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. Entre la narración de los apócrifos y la de los evangelios canónicos media un abismo. Es el abismo que separa la verdad inefable ideada por Dios de la ficción inventada por los hombres.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

La estrella de Jesús

“Nacido pues Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron de Oriente a Jerusalén unos Magos diciendo: ¿dónde está el Rey de los judíos se acaba de nacer?. Porque hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarle”. (Mt 2,1s.) Así refiere San Mateo la llegada de los Magos.

Del relato evangélico no parece deducirse que extraña mucho la noticia. Herodes se turbó porque temió tener un rival cuyos planes eran preciso atajar y frustrar. Y con Herodes se turbó toda la ciudad porque sabía que la menor sospecha de atentado contra el trono de aquel tirano era ocasión de detenciones y penas capitales de las que nadie podía considerarse libre con demasiada seguridad. Pero que el nacimiento del Rey de los Judíos estuviese relacionado con la aparición de una estrella, no parece haber sorprendido a nadie. El lector queda con la impresión de que los judíos o pensaban que todo hombre tiene una estrella que acompaña a su nacimiento, o por lo menos, creían saber que Dios tenía una estrella destinada a aparecer en los cielos cuándo naciese el rey de los judíos.

Sabido es que los judíos esperaban un Mesías ungido, un rey que sería el rey por antonomasia. Los profetas lo había anunciado en todos los tronos y habían cantado las excelencias de su reinado. Y precisamente en él. De arranque de estas que podríamos llamar profecía regias, se halla una que habla de un rey y de una estrella. La pronuncio Balaam, un adivino de venido “de las montañas de Oriente”, que bien podría tener algo de astrólogo.

Era la época en que el pueblo de Israel salido de Egipto terminaba de peregrinar por el desierto llamando a las puertas de Canaan por Transjordania. El rey de Moab trató de conjurar su fuerza con una maldición eficaz, y para que la pronunciase hizo venir a Balaán de los montes de Oriente. El adivino llegó montando en su borrica, pero algo había en su espíritu que se resistía enormemente a la maldición. ¿Cómo podía él maldecir a un pueblo que Dios había bendecido? “No es Dios un hombre para que mienta, ni hijo de hombre para arrepentirse. ¿Lo ha dicho El y no lo hará? ¿Lo ha prometido no lo mantendrá?. De bendecir he recibido yo la orden; bendición ha dado El, yo no puedo revocarla (Núm 23,19). Y en lugar de maldecir pronunció cuatro bendiciones. En la última de ellas se encuentra la profecía de la estrella.

Al leer que no puede él maldecir al pueblo de Dios que había bendecido, ocurre preguntar cómo se sabría Balam que Dios había bendecido a Israel. Pudo saberlo porque Dios se lo había revelado en un momento antes, cuando levantó siete altares y ofreció en cada uno de ellos un novillo y un carnero. Sin embargo, cuando se leen con detenimiento las cuatro bendiciones es imposible no recordar la bendición que cuatro siglos antes había pronunciado en Egipto el anciano Jacob estando en trance de muerte.

No hay que olvidar que Jacob había pasado los mejores años de su vida en la tierra de los hijos de Oriente. Allí, en Arán -alta Mesopotamia- pudo muy bien familiarizarse con el lenguaje de los augurios que corrientemente hacían alusión al mundo astral. Y, por lo mismo, no es extraño que si existía un género literario augural, Jacob lo conociese y lo emplease al hacer el augurio de sus hijos. La visión del futuro de las doce tribus fue comunicada al Jacob por revelación divina pero esta revelación revistió figuras astrológicas o por lo menos de ellas se sirvió el patriarca para comunicarla sus hijos. 

El hecho es que la bendición de Jacob va refiriéndose a las doce tribus y en lo que a propósito de cada uno dice, no es difícil hallar alusiones a algunas constelaciones zodiacales o próximas al zodiaco, si bien en aquel tiempo los signos del zodiaco no se habían reducido aún a 12 sino que eran más numerosos. La bendición de Rubén está relacionada con Aquarius y la de Simeón y Levi con Géminis.

En la de Judá hay alusiones a Leo y Virgo; en la de Zabulón, a Piscis; en la de Isacar, a Aries y Cetus; en la de Dan, a Escorpio, y en la de Gat, a Sagittarius. La de Aser hace pensar en el Cáncer y la de Neftalí en Capricornio. En la de José se habla expresamente de Taurus y las Pléyades y en la de Benjamín de Lupus, al sur de Libra.

 En la sinagoga de Beth Alfa hay un mosaico que representa el zodiaco, y en él el signo de Acuario lleva el nombre “Deli”. Un midrash judío sobre la bendición de Jacob hace decir al patriarca refiriéndose a Rubén: “tú eres un deli”.

Existía, por tanto, una tradición judía que relacionaba el augurio de Rubén con Aquarius. El augurio era este: “Rubén, tú eres mi primogénito, mi fuerza y el fruto de mi primer vigor cumbre de dignidad y cumbre de fuerza. Herviste como el agua. No tendrás la primacía, porque subiste al lecho de tu padre. Cometiste entonces una profanación. Subió a mi lecho. (Gn 49,3s).

Hay en esta maldición del primogénito, que en su incontinencia había profanado el lecho paterno, una insistencia en la fortaleza de aquel, que se dice haber hervido como el agua. Y esto viene a dar a Rubén una figura parecida a la de Aquarius cuyo nombre babilónico era “gu-la” algo así como “gigante”, y que llevaba una vasija de la que salía en dos grandes chorros la modo de surtidores de agua fecundante. El sentido del augurio vendría a ser de has portado como Aquarius. Por eso perderás los derechos de primogénito.

Muy distinto es el augurio de Judá: “cachorro de león, Judá, de la presa subes, hijo mío. Posando te agachas como un león y como leona. ¿Quién le hostigará para que se levante? No faltará de Judár el cetro, ni de entre sus pies el báculo, hasta que venga Aquel cuyo es, y a él darán obediencia los pueblos. Atará a la vid su pollino, a la vid generosa el hijo de la asna; lavará en vino sus vestidos y en la sangre de las uvas su ropa.

Son más negros que el vino sus ojos, y más que la leche blanquean sus dientes” (Gn 49 9- 12). No cabe la menor duda de que en estas palabras se promete a la descendencia de Judá la dignidad real. Para ello se le describe bajo la figura de la constelación de Leo. La uranografía Asiria conoce este signo con el nombre de “Úr-gu-la” qué significa “leona”; y al norte de ella hay otro signo que se ha llamado Leo Minor, y que en el sitio se le llamaba “Ur- mah”, o sea “león”. La postura en qué el animal aparece en la constelación ha inspirado la frase “posando te agachas como un león y como “leona”. Y acaso la posición más alta de Leo Minor ha dado lugar al pensamiento “cachorro de león, Judá, de la presa subes, hijo mío”. En el pecho de Leo hay una estrella, Regulus, que ya los antiguos llamaron el rey. A esta puede hacer alusión el centro o báculo regio que Judá, sentado, tendría entre sus piernas.

Al norte de la constelación Virgo, que inmediatamente si a Leo, está la hermosa estrella Arturo, que aparece al mismo tiempo que Virgo y preside el mes de la vendimia. Junto a ella, un pequeño grupo de estrellas recibía en la lengua babilónica el nombre de “yugo de asno”. Todo esto recuerda el lenguaje de la última parte del augurio, en qué se habla de la abundancia que habría en el reino futuro. También es venturoso el augurio de José: “José es un novillo hacia la fuente, a la fuente se encamina. Los arqueros le hostigan, los tiradores de saetas le atacan. Pero su arco permanece estable y la fuerza de su brazo se consolida; por el poderío del Fuerte de Jacob, por el nombre del pastor de Israel. En el Dios de tu padre hallarás tu socorro, en El-Shaddai que te bendecirá con bendiciones del cielo arriba, bendiciones del abismo abajo… Que caigan sobre la cabeza de José, sobre la frente del príncipe de sus hermanos” (Gn 49, 22-26)

No hace falta explicación alguna para ver en estas palabras un augurio de bienestar en favor de José, a quien habían perseguido sus hermanos. Sólo el lenguaje astal necesita alguna aclaración. José está representado por el signo de Tauro. Las Pléyades se llamaban en la lengua babilónica los “siete grandes dioses” y como los siete eran siete hermanos, hijos de Enmesharra, y a Enmesharra lo identificaban con Perseo, que está junto a las Pléyades, éstas estrellas representaban a las mil maravillas a los hermanos que habían perseguido a José; tanto más cuanto un texto de Asaradón describe a “los siete” como portadores de arcos y flechas. 

En contraposición a estos perseguidores de Taurus y de José, habla el patriarca de otro arco que Dios hizo fuerte, haciendo pensar en la constelación del Arco, llamado hoy Canis Major, cuya flecha es la brillante Sirio, tan apreciada en Egipto, donde tuvo lugar el encumbramiento de José. Debajo de Taurus está Orión, que los textos babilónicos llaman “el pastor fiel del cielo” o también “il-abrat”, y que sirvió al patriarca para simbolizar al pastor de Israel y al fuerte (abir) de Jacob. Finalmente, las bendiciones de fertilidad en las que tanto insiste el profeta, enlazan perfectamente con el signo de Taurus y las Pléyades que son tradicionalmente signos de primavera.

Algo de todo esto debía conocer Balaam cuando cuatro siglos antes aseguraba que no podía el maldecir al pueblo que Dios había bendecido. Las bendiciones de Jacob debían constituir una  pieza literaria muy apreciada del pueblo israelita que, por otra parte, no estaría sin relacionarse con la que había sido la patria de sus antepasados. Así puedo llegar al conocimiento de un astrólogo profesional cómo Balaán.

El hecho es que el rey de Moab llevó a Balaám a un monte desde el cual había de maldecir a Israel. Balaam solo veía una parte de que el pueblo, y, a pesar de ello, se deshizo en alabanzas de él. Sucesivamente fue trasladado a otras tres alturas desde dónde lo viera mejor, y desde cada una de ellas pronuncio una nueva bendición.

En la primera emplea la figura del rey, el toro, la leona y el león. “Yahveh, su Dios, está con él; rey aclamado es el medio de él. El Dios que, de Egipto le ha sacado, es para él como los cuernos del toro salvaje … He aquí un pueblo que se alza como leona y que se llegue como león; no se acostará sin haber devorado su presa sin haber bebido la sangre de sus víctimas”. Son las bendiciones combinadas de Judá y de José, que ahora se aplican al pueblo entero.

En la segunda se alude a Acuario, el toro, las flechas, la leona y el león. A las bendiciones de Judá y José se ha añadido la de Rubén, convertida de malo en bueno augurio: desbórdanse de sus cubos las aguas; sus ramas crecen como en aguas abundantes.

Álzate rugiente. Su rey, exaltaráse su reino. El Dios que de Egipto le has sacado, es para él como los cuernos del toro salvaje. Devorará las naciones enemigas, triturará sus huesos; Lastras pasará con su saetas. Se agacha se posa como un león y como una leona. ¿Quién lo concitará? el que te bendiga, será bendecido; el que te maldiga, maldito será. (Núm 24, 7-9).

¿Quién puede negar que hay en todo esto mucho más que un recuerdo de las bendiciones de Jacob?. En la que pronunció sobre Judá se hablaba de un centro, que hemos dicho coincide con la estrella Leonis o Regulus.

La cuarta bendición de Balaam está consagrada por completo a desarrollar la idea representada por estos símbolos regios: “la veo, pero no es ahora; la contemplo, pero no de cerca. Alzase de Jacob como una estrella, surge de Israel un centro que quebranta las dos sienes de Moab …” (Núm 24,17). Y el vaticinio continúa desarrollando el tema del dominio universal de aquel rey. El cetro y la estrella son un mismo signo sideral de la constelación Leo, en la que dos profetas muy distanciados por el tiempo - Jacob y Balaam- vieron prefigurado un extraordinario monarca dominador del mundo entero que había de salir de la tribu de Judá.

Balaán no precisó tanto esto último. Pero la estrella pertenecía al signo del León, que en la bendición de Jacob correspondía Judá. ¿Por qué de todas las bendiciones de Jacob no utilizó Balaán más que las de Rubén, Judá y José? Hay que tener en cuenta que los israelitas estaban acampados al pie del monte, y si observaban lo que está mandado en Núm 2, sus campamentos estaban agrupados en torno a cuatro tribus: la de Dan al norte; la de Judá al este; la de Rubén al mediodía, y la de Efraín, hijo de José, al occidente. Balaán usó del augurio de las cuatro caras de los cuatro tribus cardinales excluyendo la de Dan, acaso porque está tribu estaría demasiado lejana para que pudiese de divisarla.

Balaán no sabía bien todo lo que anunciaba cuando decía: “Yahvé su Dios está con él”. Al cumplirse su profecía del advenimiento del rey, este gran rey se llamó Enmanuel, “Dios con nosotros”, como había anunciado más tarde otro profeta, y lo fue por la realización del misterio más insospechado, el de la Encarnación. 

Diversos profetas enunciaron que esté rey nacería de la tribu de Judá y más en concreto de David. Cuando ya Jesús estaba en la gloria, el último de los profetas, San Juan Bautista, escribía de el en él en su Apocalipsis: “venció el león de Judá, la raíz de David.( Ap 5,5).

Cuando esté león nació en Belén, pudo decirse con toda verdad que había descendido la realeza del cielo a la tierra. De Jacob había surgido un centro, una estrella. En el mundo de los astrólogos, que lo habían anunciado con tantos siglos de anticipación, quiso Dios que surgiese una estrella nueva, nunca conocida. Era la estrella de Jesús: “hemos visto su estrella en Oriente”(Mt 2,2). Para ellos y para toda la humanidad había aparecido la estrella de Jesús era llegado el tiempo de la vendimia espiritual.

Un cetro y una estrella habían descendido a la tierra con el Hijo de Dios. Un cetro y una estrella estaba está prometido desde entonces a los que vencieren en la lucha contra el mal: “al que venciere y al que conservare mis obras, Yo le daré poder sobre las naciones, y las apacentará con vara de hierro y serán quebradas como vasos de barro, como Yo le recibía de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana” (Ap 2,26 28). Son el cetro y la estrella de Jesús, que el Hijo de Dios comunica a aquellos a quienes dio potestad para hacerse hijos de Dios (Jn 1,12).

lunes, 12 de diciembre de 2022

Nacimientos literarios

Al aproximarse la fiesta de Navidad, todos los años florece en los escaparates y los puestos callejeros un mundo de fantasía y de ilusión que en pocos días se infiltra en los hogares provocando sueños encantadores en los dormitorios infantiles y queda al fin plasmado en un Nacimiento ideal. Podrá éste no ser muy verídico en sus detalles, pero tiene el acierto de presentar el gran misterio envuelto en una poesía ingenua que, por lo menos, resulta un homenaje de la sencillez infantil al Dios hecho Niño.

Todos los años los Nacimientos me hacen pensar en los evangelios apócrifos. ¿No son también éstos, por lo que a las escenas de Belén se refiere, unos Nacimientos literarios? El mismo misterio central, profundo, trascendente, enternecedor. La misma poesía ingenua con sus ribetes inverosímiles, con su cristiano candor de homenaje al Niño Dios.. 

Hasta aquella mula y el buey que rodean la cuna del Niño han saltado al musgo del Nacimiento desde las páginas de los apócrifos. Los pobres animalillos bajo la pluma del pseudo-Mateo creían estar cumpliendo unas palabras de Isaías y otras de Habacuc que ellos, en su falta de inteligencia, interpretaban torcidamente. Pero al entrar en nuestro portal de Belén han dejado sus pujos intelectuales y, aunque siguen postrados en actitud de adorar a su Señor, ya no se preocupan de interpretar profecías sino de calentar con su aliento aquel Niño que en el pesebre tirita de frío. Sin embargo, por encima de ellos todavía permanecen parecen resonar aquellas palabras de Habacuc: “en medio de dos animales te manifestarás”. Y aquellas otras de Isaías: “el buey ha conocido a su dueño y el asno el pesebre de su señor”. Si con el tiempo el asno se ha convertido en mula, debe ser por la diferencia del ambiente que se respira en Occidente.

Otros muchos rasgos, teñidos de ingenuidad y salpicados de anacronismos, rodean en los Apócrifos la cuna de Jesús. Cuando San José y la Virgen venían de Belén, José miraba de cuando en cuando a su mujer y la encontraba con cara triste. Otras veces, en cambio, la veía con cara alegre. Aquellas alternativas no dejaron de intrigar al santo Patriarca, que terminó por preguntar su causa a María.

-  Veo –le dijo Ella- ante mí dos pueblos, uno que llora y otro que se regocija.

Mas José le respondió:

-  Estate sentada y sostente sobre tu montura, y no digas palabras inútiles.

Entonces un hermoso Niño, vestido con un traje magnífico, apareció ante ellos y dijo a José:

-  ¿Por qué has llamado inútiles las palabras que María ha dicho de estos dos pueblos? Ella ha visto al pueblo de los gentiles alegrarse por haberse aproximado al Señor, según la promesa hecha a nuestros padres, puesto que ha llegado el tiempo en que todas las naciones deben ser benditas en la posteridad de Abrahán.

Con esto hizo el ángel parar la bestia, porque se acercaba el momento del alumbramiento, y dijo a María que se apease y que entrase en una gruta subterránea, en la que no había luz alguna, porque la claridad del día  no penetraba nunca en ella. Al entrar María, toda la gruta se iluminó, como si le diera el sol del mediodía, e iluminada quedó día y noche todo el tiempo que en ella permaneció María.

Entonces José  marchó en busca de una mujer que asistiese a su esposa, y en el camino observó que toda la naturaleza se había paralizado.

“Yo, José -dice el llamado Protoevangelio de Santiago andaba y no avanzaba. Y lanzaba mis miradas al aire y veía el aire lleno de terror. Y las elevaba hacia el cielo y no veía y móvil y los pájaros detenidos. Y las bajé hacia la tierra y vi una artesa y obreros con las manos en ella y los que estaban amasando no amasaban, y los que llevaban la masa a su boca no se la llevaban sino que tenían los ojos puestos en la altura. Y unos carneros conducidos a pastar no avanzaban sino que permanecían quietos y el pastor levantaba la mano para pegarles con su vara y la mano quedaba suspensa en el vacío y contemplaba la corriente del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber”.

Si no supiésemos que este párrafo se escribió en el siglo segundo diríamos que su autor lo había compuesto mirando a uno de nuestros Nacimientos, con sus ovejitas siempre caminando y siempre quietas; y sus pastores con el brazo siempre tendido y su lavandera con el trapo que nunca acaba de escurrir.

Según otro apócrifo mucho más moderno, el Evangelio Armenio de la Infancia, no terminaron ahí los prodigios. Cuando la naturaleza volvió a ponerse en marcha, vio José a una mujer que bajaba de la montaña cubierta con un largo manto y acercándose a ella le contó lo que en la caverna estaba ocurriendo. Los dos se dirigieron hacia allí y cuando iban por el camino dijo José a la mujer:

- Te agradeceré que me des tu nombre.

Y la mujer respondió:

-  ¿Por qué quieres saber mi nombre? Yo soy Eva, la primera madre de todos los nacidos, y he venido a ver con mis propios ojos mi redención, y acaba de realizarse.

José estaba asombrado. En la bóveda del cielo ocurrió en fenómenos extraños y se oían los cánticos de los ángeles. De la caverna se desprendía una nube, que subía al cielo y en el pesebre del establo había una luz centelleante. El Niño tomó el pecho de su Madre y después volvió a su sitio y se sentó. Eva al verlo estaba en la gloria. Lo tomó en sus brazos y le acarició con ternura bendiciendo a Dios porque el Niño tenía un semblante resplandeciente, hermoso y de rasgos muy abiertos.

Ningún nacimiento qué precio de algo, puede prescindir de exhibir su fantasía en la presentación de los Magos y en la del castillo de Herodes, el enemigo del Niño Jesús. También los apócrifos se ocupan del tema. El primero en sufrir los efectos de la persecución es Juan. Su madre, Isabel, lo toma en sus brazos y escapa con él a la montaña. Pero no encuentra lugar donde esconderse. Entonces comienza a gemir:

-  Montaña de Dios, recibe una madre con su hijo.

Y la montaña se abrió y la recibió. Y había allí una gran luz que les alumbraba y un ángel del Señor que estaba con ellos y les guardaba.

Quién lo pagó fue el anciano Zacarías. Herodes intentó arrancar el secreto del paradero de su hijo; el anciano se negó a descubrirlo, y la espada del asesino le hizo caer en el vestíbulo del templo.

Entretanto, la Sagrada Familia caminaba en dirección Egipto. Tres muchachos acompañaban a José y una joven a María. Bueyes, asnos y otras bestias de carga completaban la caravana llevando los equipajes y a su lado caminaban los corderos y las ovejas reunidos en Judea que formaban un rebaño. Al llegar junto a la gruta, María quiso apearse y descansar. Apenas se había sentado, poniendo a Jesús sobre sus rodillas, cuando los gritos de los muchachos les hicieron reparar en una multitud de dragones que habían salido de la cueva. Jesús se bajó de las rodillas de su madre y fue a ponerse delante de los dragones. Éstos le adoraron en cumplimiento de las palabras de David: “alabad al Señor sobre la tierra los dragones y todos los abismos”, y el Niño les ordenó que no hiciesen mal a los hombres.

Otro día volvió a estremecerse María, al ver venir hacia Ella a unos leones, leopardos y otras fieras pero el Niño Jesús le tranquilizó asegurándole que venían para su servicio. Efectivamente, las fieras fueron abriéndose camino a través del desierto y acompañando a sus rebaños y animales. Es que Isaías había preconizado está familiaridad de los animales mansos y fieros.

Al tercer día de camino, María quiso descansar al pie de una palmera, y una vez allí deseó probar los frutos del árbol. A José pareció esto un despropósito, dada la altura a que el fruto se encontraba, y a su vez suspiraba por encontrar agua. Entonces Jesús mandó a la palmera que bajarse su copa para que María cogiese el fruto y que con sus raíces descubriese el manantial subterráneo que por allí pasaba. Y se inclinó el árbol y brotó el agua y todos dieron gracias gracias a Dios.

Por último, al llegar Egipto entraron en un templo donde había 365 ídolos y los 365 cayeron a tierra hechos pedazos, cumpliendo otra profecía de Isaías. Los Apócrifos más recientes dan un desarrollo mucho mayor a algunos de estos sucesos.


sábado, 2 de abril de 2022

OCASO DE IMPERIOS

En 1920 se pusieron a la venta en Egipto unos papiros encontrados en Oxirinco y en la región de Fayum a unos 115 km de El Cairo que contenían textos de contratos particulares, cartas familiares, fórmulas mágicas, etc. Entre los que adquirió Jhon Rylands para su biblioteca de Manchester, iba como perdido un pequeño fragmento escrito en griego con siete líneas en el recto y otras tantas en el verso. Durante mucho tiempo pasó inadvertido, hasta que en 1935 lo estudió y lo publicó el doctor Roberts.

Este pequeño papiro, que encierra el mayor interés, fue examinado independientemente por Federico Kenyon, director del British Museum; por Idris Bell, del mismo Museo, y por W.Schubart, de la Universidad de Berlín, y todos llegaron a la conclusión de que el papiro ha sido escrito a principios del siglo II. Tal era también la convicción del mismo Roberts y del profesor Deissmann, y es de advertir que ninguno de estos especialistas es católico.

La observación tiene su importancia, porque el contenido del papiro es un mensaje del Evangelio de San Juan, cuya composición atribuían los racionalistas al siglo IV y últimamente a la segunda mitad del siglo II. Si el Evangelio de San Juan se había divulgado tanto a principios del siglo II, que una comunidad, de carácter humilde a juzgar por la ortografía, lo transcribía en esa región de Egipto, tenía que hacer ya algún tiempo que se había escrito. Luego, la tradición católica, que dice que San Juan escribió este Evangelio en los últimos años y que murió a finales del siglo I, halla en este pequeño y deteriorado papiro una confirmación sorprendente, al mismo tiempo que la posición racionalista se ve claramente desmentida.

Este es el manuscrito más antiguo que se conoce del Nuevo Testamento, y los versículos que en él se conservan son aquellos en que Pilatos pregunta a Jesús: “¿Luego tú eres rey?”.

Parece como si la Providencia, al desenterrar este humildísimo e importante documento en esta fecha precisa, hubiera querido confundir, por una parte, la ciencia de algunos hombres, y al mismo tiempo llamar nuestra atención sobre una verdad expuesta solemnemente por Jesús ante el tribunal de Pilatos: la verdad del reinado de Cristo, que precisamente en el año 1925 recordaba el papa a todos los fieles instituyendo la fiesta de Cristo Rey.

La contestación dada por Jesús al juez romano: “Mi reino no es de este mundo”(Jn18,36), señala el ocaso de una esperanza imperialista judía y abre ante el mundo la perspectiva de un reino, que es el que únicamente merece ser llamado reino de Dios.



La esperanza judía estaba tejida de revelación y de interpretación humana, que como tal era muy distinta de la divina.

El trono de David revistió cierto esplendor, que a los ojos del pueblo hebreo, salido de la nada, debió parecer insuperable. Cierto que el monarca no abandonó nunca su vida sencilla ni ambicionó otra cosa; que al fin era un hombre educado entre rebaños. Pero sus dotes personales fueron extraordinarias, y ejerció sobre los hebreos de su generación una influencia avasalladora. Tras él vino Salomón, con pujos de grandeza y con magnificencia copiada de las cortes orientales. Sin embargo, cuando vinieron los días malos y el reino se empequeñeció y debilitó, Judá añoraba siempre los tiempos de David, y los enviados de Dios anunciaban la restauración del trono.

Tiempos de estrechez y de debilidad respecto al extranjero eran aquellos en que Isaías anunciaba que nacería un niño que habría de ostentar sobre su hombro la insignia de su soberanía, que tendría tales dotes de consejo de fuerza, de bondad, y de amor a la paz, que se le llamaría “admirable consejero, Dios fuerte, padre sempiterno, príncipe de la paz”. Subiría un día sobre el trono de David, y dilataría su poder, y lo consolidaría en el derecho y la justicia para siempre jamás (Is 9,5s).

Los hijos de Judá escuchaban la profecía y saboreaban con fruición su esperanza de que los imperios vecinos de Egipto y Mesopotamia volviesen a caer en su debilidad de antaño, mientras los ejércitos del nuevo David volvían victoriosos proclamando llegada la hora de la paz. A esto se reducía el horizonte. No pasaba más allí lo que ellos entendían de las palabras del profeta. Y entre tanto, el trono de David se hundía, y el último representante de su poder marchaba camino del destierro con los ojos horriblemente vaciados y el alma llena de amargura de haber visto asesinar a sus propios hijos. Tras de él no quedaban más que ruinas y llanto. Sobre las ruinas seguía anunciando jeremías la vuelta del destierro y la restauración del reino.

La misma esperanza acogió a los desterrados de Babilonia, temblando en los labios de Ezequiel, y los escritos de Isaías les hacían oír a lo lejos la voz del heraldo que anunciaban llegado el día del retorno. Sin embargo, la realidad no podía ser más desilusionadora. El poder de Nabucodonosor era indiscutible, y toda la tierra se doblegaba ante él.



Un día tuvo un sueño el soberano. Ante él se levantaba un coloso con la cabeza de oro, el pecho y brazos de plata, el vientre y las caderas de bronces, las piernas de hierro y los pies parte de hierro y parte de barro. Estando así vino una piedra, sin que mano alguna la lanzase, y dio en los pies de la estatua, que al momento de despedazó en fragmentos tan pequeños que no quedó traza de ellos; mientras, la piedra iba creciendo y se transformaba en un monte que llenaba la tierra.

La interpretación de la visión la dio el profeta Daniel. La cabeza de oro simbolizaba el reino de Nabucodonosor, al que habían de suceder tres reinos uno tras otro. Al final “el Dios de los cielos suscitará un reino, que no será destruído jamás, y que no pasará a poder de otro pueblo; destruirá y desmenuzará a todos esos reinos, más él permanecerá para siempre” (Dn 2,28-44). La vana grandeza de los imperios humanos quedaba tildada de efímera, a pesar de su aspecto imponente. Sólo merecía ser llamado reino aquel que Dios había de suscitar, y que sería universal y eterno. Para los judíos, poseedores de las profecías anteriores, no cabía duda. Aquel era el reino restaurado de David.

Cayó el primer imperio. Los persas conquistaron Babilonia. Poco después, en virtud del decreto de Ciro, una gran caravana hebrea emprendía el retorno a Jerusalén. Al frente de ella iba un descendiente de David llamado Zorobabel, y no pocos ponían en él sus ojos creyendo llegado el momento de la restauración definitiva. Allí estaba la piedra que debía crecer hasta convertirse en un gran monte que llenase la tierra, en el gran reino de Dios, universal y eterno.

La dura realidad se encargó, como tantas veces, de poner un freno a sus ilusiones. De hecho aun no había pasado más que un reino. Debían pasar otros tres. Entre tanto ellos llevaban una vida bien difícil, que estaba muy lejos de recordar los tiempos de David.

Un día llegó Alejandro de la parte de Occidente, y avanzó como un huracán arrasándolo todo. El segundo imperio, el medo-persa cayó deshecho. El que se erigió en su lugar no duró mucho. La muerte del general macedonio disolvió un imperio creado por la guerra relámpago, y de sus despojos se formaron los cuatro de los Diadocos.

Volvieron con esto los días malos para los judíos, sobre todo cuando Antíoco Epifanes subió al trono de los Seleúcidas, porque la persecución religiosa se abatió sobre el país como nunca se había conocido. Hubo héroes y mártires, pero también hubo muchos apóstatas y muchísimos acobardados. ¿Qué pensar de la promesa divina? El horizonte parecía cerrado a la restauración del reino.

Los judíos piadosos repasaban las profecías de Daniel. Una visión presentaba al imperio medo-persa bajo el símbolo del carnero con dos cuernos desiguales, que todo lo acorneaba; hasta que vino un macho cabrío, tan rápido que no pisaba el suelo, y que con un solo cuerno entre sus ojos, arremetió contra el carnero y lo derribó. Aquel cuerno grande era Alejandro. Pero se quebró el cuerno, y en su lugar nacieron otros cuatro. De uno de ellos nació aún otro que creció en todas las direcciones y llegó a derribar las estrellas del cielo. Era Antíoco Epifanes. Pero, terminaba el profeta: “será destruido sin que intervenga mano alguna” (Dn 8).

Este sucederse de los imperios era el espectáculo apasionante y trascendental de aquella hora. ¿Cuándo llegaría el reinado que nunca había de caer?


Daniel había tenido una visión paralela de la de Nabucodonosor, aunque más completa. Una noche vio el mar agitado por los cuatro vientos, y de entre las aguas vio levantarse una bestia como un león con alas de águila; pero perdió las alas, y en su lugar se alzó otra bestia como un oso, que tenía entre los dientes tres costillas. Una tercera bestia sustituyó a la anterior. Era como un leopardo con cuatro alas y cuatro cabezas. Finalmente surgió una cuarta bestia terrible y distinta de todas las conocidas. Tenía garras de bronce y dientes de hierro, y estaba coronada por diez cuernos. Mientras el profeta contemplaba todo esto, vio poner unos tronos, y reparó en un anciano cuyas vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana blanca. Su trono llameaba como llamas de fuego, y un río de fuego salía delante de él, mientras millares y millones le asistían. Se sentó a juzgar, y condenó a la bestia. Y entonces…

“Vi venir en las nubes del cielo a un como hijo del hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado a éste. Y le fue dado el señorío, la gloria, y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; y su dominio es dominio eterno, que no se acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá (Dn 7,13s).

Esta vez el gran Rey del Reino de Dios venía del cielo y recibía de manos del mismo Dios un reino universal y eterno. No cabía duda de que era el reino tantas veces prometido. Pero ¿cuándo llegaría?

Después de otros cuatro. El león con alas de águila había sido el imperio babilónico; pero había perdido sus alas y había desaparecido. El oso que llevaba entre sus dientes tres costillas era el imperio medo-persa, que se alzó cuando Ciro venció a los medos, lidios y babilonios. Pero también éste se había esfumado. Las alas del leopardo recordaban la rapidez de las conquistas de Alejandro Magno, y sus cuatro cabezas hablaban de los Diadocos. Pero ¿a que imperio representaba la cuarta bestia? ¿Era Antíoco Epifanes o era algún otro imperio que había de venir? Y en consecuencia, ¿estaba a las puertas el Reino de Dios, o había que esperar aún algún tiempo?

Este era el enigma. Cuando estalló el levantamiento de los Macabeos con carácter de cruzada, muchos creyeron ver llegar el Reino de Dios. Tanto más que los nuevos soberanos, a la vez que la corona real, se ciñeron la diadema del sumo sacerdote. ¿No era esto lo que había predicho David en el salmo 109?

Nuevo fracaso de la impaciencia. Aquel reino vino a acabar a manos de un extranjero ambicioso, el idumeo Herodes. En el mundo se había levantado el cuarto imperio, Roma. Un profeta clamaba en el desierto diciendo que se acercaba el Reino de Dios, y tras él otro profeta se llamaba a sí mismo el Hijo del Hombre.

Pero su vida era sencilla, no tenía ambiciones terrenas ni políticas. Mandaba dar al César lo que es del César. Los que soñaban con grandezas humanas, no supieron comprender la grandeza de Cristo. Por eso lo despreciaron, y cuando le llevaron a su propio tribunal y le oyeron decir: “Yo os digo que un día veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes del cielo”, le acusaron de blasfemo y lo llevaron al tribunal de Pilato para que lo juzgara el representante de la cuarta bestia.

Allí es donde Jesús, que sabía que también Roma estaba llamada a desaparecer al igual que los imperios precedente, confesó que era Rey, pero añadió que su reino no era de este mundo. Así se esfumaban las esperanzas vanas de los judíos. Así se revelaba al mundo el pensamiento de Dios. Así se proclamaba el único imperio que no tendrá fin, el imperio de la Verdad y del Bien, el Reino de Dios. “Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn18,37).

Ha pasado el tiempo, y el imperio que condenó a Cristo no es otra cosa que un recuerdo de la Historia. Se hundió en el mar agitado por los cuatro vientos lo mismo que sus antecesores, lo mismo que los que le van siguiendo. Asistimos hoy al ocaso de grandes imperios. Hace muy poco que sus arrogancias llenaban el mundo. Hoy sobre sus ruinas se levantan nuevas ambiciones y soberbias. Sólo hay un imperio que no tendrá fin, que es el imperio de la Verdad y del Bien: el Reino de Dios.

lunes, 1 de marzo de 2021

Los judíos y en proceso de Jesús

Ricciotti, en su Vida de Jesucristo, a cuenta que en 1930 constituyeron los judíos un tribunal oficioso en Jerusalén, compuesto de cinco israelitas, para que examinase la sentencia dada por el Sanedrín contra Jesús. El veredicto pronunciado por este tribunal, con cuatro votos a favor y uno en contra, fue que la antigua sentencia el Sanedrín debía ser retractada, ya que la inocencia del inculpado estaba demostrada, y su condena fue uno de los más terribles errores que los hombres hayan cometido jamás, error cuya reparación honraría a la raza hebraica”.

No tenemos a la vista la revista Jerusalén, el de la que el docto escriturista italiano ha tomado las palabras que preceden; pero es indudable que este hecho entra de lleno el actual corriente de pensamiento judío respecto a Jesús. Estamos ya muy lejos de aquellos días -principios del siglo pasado-el que el judío José Salvador, nacionalista entusiasta y precursor del sionismo, trataba de justificar en la vecina Francia la condenación de Jesús. En la actualidad, los sabios judíos, que tratan de exonerar a su pueblo de la acusación que sobre él pesa, suelen seguir uno de estos dos caminos: o bien atribuyen la condenación exclusivamente al Sanedrín saduceo, o bien, rechazando en parte la narración evangélica, hacen a Poncio Pilato único responsable de la muerte del Señor.

Klausner, uno de los hombres más eminentes del judaísmo actual y profesor de Historia de la literatura hebrea en la Universidad de Jerusalén, combina hábilmente ambas soluciones: “De numerosos papiros -dice-descubiertos en Egipto, que se remontan al periodo romano y contienen relaciones de procesos importantes juzgados en Egipto bajo el control del gobierno romano o por los representantes mismos de este gobierno, resulta que las autoridades romanas (que juzgaban todos los procesos importantes) tenían costumbre de confiar la instrucción previa de los mismos al gobierno local egipcio". De ahí deduce que en Palestina debieron seguir los romanos el mismo procedimiento, y que, por tanto, en el proceso de Jesus se debe distinguir el proceso propiamente dicho y su previa instrucción. El proceso corrió todo él a cargo de Pilato. El Sanedrín sólo sería responsable de la instrucción previa.

Pero, además, el Sanedrín, a cuya presencia fue llevado Jesús, sería un tribunal saduceo, en el que no figuraban los fariseos. Los Sinópticos no hablan más que de " los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos", y Klausner observa que también había escribas y ancianos saduceos. Los fariseos, según el mismo autor, no podían juzgar a Jesús por sus doctrinas, pues que lo tenían por uno de los suyos, que enseñaba como ellos la resurrección, el juicio y la proximidad de una era mesiánica. El proceso, por otra parte, llevaría la marca saducea y boetusiana. Los saduceos, a cuya secta pertenecía el Sumo Pontífice, presidente del Sanedrín, y una gran parte de los componentes de este tribunal, practicaban una política de realidades, y no podía soportar con tranquilidad el que un visionario Galileo se proclamará el Mesías, provocase disturbios en el templo, y hablase severamente a los jefes de la nación. Sabían muy bien con cuánta facilidad podía un profeta o taumaturgo suscitar en Jerusalén durante los días de la Pascua una rebelión contra Roma, y querían evitarlo a todo trance. A esto se debería la detención de Jesús.

Cuando los esbirros " enviados por los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos” detuvieron a Jesús, les dijo éste: "Como contra ladrón habéis salido con espadas y garrotes para prenderme" (Mc 14,48). Los garrotes y palos, observa Klausner, son citados son de expresión en el Talmud como procedimiento usado por los sumos sacerdotes infames de la casa de Boetus, entre los que se encuentra el Anás de los Evangelios. De ellos dice el Talmud:" Desgraciado en mí a causa de la casa de Boetus, desgraciado en mí la causa de su garrote. Desgraciado en mí a causa de la casa de alas, desgraciado en mí a causa de sus cuchicheos. Desgraciado de mí a causa de la casa de Katos, desgraciado de mí a causa de su pluma. Desgraciado de ni a causa de la casa de Ismael (ben Fiabi), desgraciado en mí a causa de su puño. Porque todos estos son sumos sacerdotes y sus hijos son sus tesoreros, sus yernos son oficiales del templo y sus criados apalean al pueblo”. Estos criado serían los que prendieron a Jesús.

Hablando, después, del interrogatorio a que fue sometido el Señor, dice Klausner que la doctrina que había enseñado ante las turbas no caía bajo el peso de la ley. Creí que luego le pidieron cuentas por haber expulsado del templo los traficantes, y observa: “Desde un punto de vista estrictamente jurídico, los sacerdotes que estaban en su derecho; pero esto no basta para justificar una sentencia de muerte “. Finalmente, al recordar que el tribunal pregunto a Jesús solemnemente si era de él el Cristo, Klausner, que como judío de religión, no cree en la miseria vida de Jesús, dice: " Jesus estaba convencido de su mesianismo; de esta no cabe duda; si no fuera así, sería un vulgar impostor, y nos son tales hombres los que hacen la historia; Y lo funda en ellos o religiones que subsisten durante 2000 años y reinan en 500 millones de civilizados. Era imposible que ante la pregunta del sumo sacerdote el alma mística, soñadora y entusiasta de Jesus uno se sintiese removida en sus últimas profundidades, y no cabe duda de que respondió afirmativamente”.Que sus añadió que un día le veían venir sobre las nubes a la diestra del poder de Dios, y el tribunal le condenó como blasfemo. Pero el Profesor judío afirmar que, según la Mischna no merecía la muerte, porque el blasfemo no es culpable mientras no pronuncie el nombre Santo, y Jesús siguiendo la costumbre de los judíos piadosos, lo había sustituido por el término “poder de Dios".

Y termina Klausner diciendo: " por temor del tirano romano, los que eran entonces los jefes entre los judíos, entregaron a Jesús a este tirano. Los judíos no participaron en el proceso propiamente dicho ni en la crucifixión. En este momento es Pilato, el " hombre sanguinario" quien es responsable de todo”.


En época más reciente, Salomón Zeitlin,Profesor de literatura rabínica en el colegio Dropsie, de Filadelfia, ha publicado en la revista judía The JewishQuarterly Rewiew varios artículos, escalonado se entre los años 1941-1945.También él sostiene que la condenación de Jesús fue obra exclusiva de Pilato. El único delito imputable a los usuarios sería el haber entregado a Jesús al tribunal romano; pero esta mismo no lo habría hecho un Sanedrín religioso, sino un tribunal civil que obraban bajo la presión romana.

Según este autor, hay que distinguir en la palestina posterior al destierro dos tribunales distintos: Uno, religioso, llamado Bet Din en hebreo y Kriterion o Dikasterion en griego, y otro, civil, llamado Synedrion. Ahora sólo después de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era se llamó Sanedrín al tribunal religioso.

El Sinedrio era un tribunal que sólo se convocaba cuando hacía falta. Mientras Palestina estuvo gobernada por reyes, era el rey quien convocaba el tribunal. Después que Judea fue convertida en provincia romana, a pesar de la presencia en el país de un procurador romano, los asuntos internos de Palestina estaban en manos del sumo pontífice. El era, por lo mismo, quien convocada el tribunal civil.

El Bet Din Po tribunal religioso, constaba de dos magistraturas. Una, compuesta de 70 jueces, era un cuerpo legislativo, cuya función se limitaba a la interpretación de la ley bíblica. Fuera de eso, sólo actuaban cuando se trataba de juzgar al jefe del Estado o el sumo sacerdote o en juicios por ofensas contra Estado o del templo. A su reuniones se celebraron bajo la presidencia del Nasí en un departamento del templo, que se llamaba "la cámara de la piedra rota".

La otra magistratura se encontraba en todas las ciudades importantes de Judea, y formada tribunales de 23 miembros, encargados de juzgar los delitos que exigían pena capital. A la ejecución podría revestir una de estas cuatro formas: lapidación, incineración, decapitación y que estrangulación. El tribunal celebrar la sesión todos los días de la semana, excepto los sábados y días de fiesta y y la víspera de estos días. Podía una persona será juzgada y absuelta en un mismo día, pero no podía ser condenada en el mismo día en que había comenzado el oficio. Por esta razón, no se reunía el tribunal en víspera de fiesta.

Ninguna de estas reglas se observan en el tribunal civil. Mientras los miembros del tribunal religioso eran doctores que habían pertenecido previamente otros tribunales inferiores, los de el Synedrion eran elegidos a discreción del jefe del Estado, que sólo se preocupaba de buscar personas dispuestas a secundar sus deseos. No era necesario que estuviesen enterados de las leyes judías, y podían reunirse en cualquier lugar y al cualquier hora.

Se discute si el tribunal religioso tenía en tiempo de Pilato la facultad de imponer penas de muerte. Zeitlin opina que sí, y niega esta facultad únicamente al tribunal civil o Synedrion.

De la presencia de soldados de la corte romana entre los emprendieron hace somos deduce Zeitlin que no fue detenido por orden del tribunal religioso, sino del Synedrion. Por eso no se movieron en cuenta las reglas del Bet Din en cuanto al lugar, día y hora del interrogatorio.

Cuando el sumo sacerdote procedió contra Jesús y lo entregó a la autoridad romana, habría obrado movido por el temor de verse acusado por los ordenadores romanos como cómplice de la rebelión. Caifás, como sumo sacerdote, era responsable personalmente ante el procurador romano de la obediencia de los judíos a la autoridad del invasor. él y algunos príncipes de los sacerdotes que con el colaboraban eran los Quislings de aquellos días. El pueblo judío no puede ser moralmente responsable de la crucifixión de Jesús. El mismo San Lucas dice que cuando llevaban accesos camino del calvario, " le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres que lloraban y se lamentaban por el” (Lc 23,27).

La condenación y la ejecución de Jesus revisten la forma en netamente romana.



La argumentación de Klausner y de Zeitlin deja no pocos cabos sueltos. San Juan, que escribió su Evangelio completando en algunos detalles la narración de los Sinópticos, dice expresamente que los que prendieron a Jesús era enviados "de los pontífices y de los fariseos” . Si se admite el testimonio de San Juan cuando dice que entre ellos había soldados romanos, también debe admitirse cuando en el mismo versículo dice que había criados de los fariseos.

La misma distinción de tribunales establecida por Zeitlin no todos el admiten, al menos en todos sus detalles. Las reglas del tribunal religioso están tomadas de la Mischna, que refleja más bien una práctica posterior a la época de Jesucristo, y que no haya sido conservadas en la prueba que el tribunal judío que poco a Jesús no fuese el religioso.

Pero en medio de todo es simpática esta preocupación de los sabios judíos por declarar as un pueblo ajeno a la muerte de Jesús. Sería injusto -dice Zeitlin- atribuir a los noruegos las violencias realizadas por Quisling cuando gobernaba bajo la protección del soberano alemán. De la misma manera es injusto atribuir al pueblo judío una muerte causada por los que en aquellos días gobernaban bajo la protección de Roma.

Con un dejo de tristeza e indignación escribe Klausner: “En todo caso los odios, como nación, fueron muchos menos culpables de la muerte de Jesús, quiero fueran los griegos, como nación, de la muerte de Sócrates, Sin embargo, ¿quien pensaría hoy en hacer caer la sangre de Sócrates el griego sobre sus compatriotas? Pues los judíos han expiado ya, durante diecinueve siglos, y expían aún con torrentes de sangre, la muerte de Jesús el judío”.

No deja de haber un fondo de verdad en estas apreciaciones. No fue el pueblo judío quien llevó a Jesús a la muerte. Fueron sus dirigentes, fariseos y saduceos. Los dirigentes actuales del pueblo de Israel, considerando los hechos con la perspectiva quien está el tiempo pasado, comprender que fuera un crimen, y quisieran borrarlo de la historia. Esta actitud les honra. Pero la sangre de Cristo no se puede borrar.