Mostrando entradas con la etiqueta sacerdocio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sacerdocio. Mostrar todas las entradas
domingo, 21 de junio de 2026
viernes, 27 de febrero de 2026
"SACERDOTES - Detrás de la sotana"
Programa TV emitido el 13-9-2025 Entrevista al P. Marcelo De Benedectis y al P. Horacio Day diocesanos de Mendoza - Argentina comparten sus historias de vida
sábado, 7 de septiembre de 2024
sábado, 17 de septiembre de 2022
martes, 13 de septiembre de 2022
miércoles, 4 de agosto de 2021
martes, 3 de agosto de 2021
BALARRASA
<div style="position:relative;width:100%;height:0;padding-bottom:75.0%;"><iframe src="https://gloria.tv/post/BcF3YGbgJuQy6YsUKimiNuU4R/embed" width="512" height="384" frameborder="0" scrolling="no" allow="accelerometer;autoplay;encrypted-media;gyroscope;picture-in-picture" allowfullscreen style="position:absolute;top:0;right:0;bottom:0;left:0;height:100%;width:100%;"></iframe></div>
José Antonio Nieves CondE y el ciene en blanco y negro. Una historia sorprendente y muy entretenida pero que no deja de interpelar. Recomendadaviernes, 14 de mayo de 2021
domingo, 2 de agosto de 2020
viernes, 19 de junio de 2020
martes, 7 de abril de 2020
QUIZÁ, TÚ...
Seis niños de Roma están en el secreto. Solo seis niños de Roma poseen el
pez.
-Madre, ¿cómo se llaman? -Tarsicio uno, Publio, Marcelo, Flavio…
El pez de cobre cuelga de una cadeneta. Parece un amuleto, uno de los infinitos amuletos traídos a Roma por los soldados que combaten en los bosques de Germania o en los arenales junto al Nilo. Cornelio ya sabe qué ha de responder si le preguntan.
-Sí, madre: es un pez de cobre, un recuerdo del peregrino que vino de Oriente, un amuleto, nada más.
Solo seis niños de Roma están en el secreto.
Cornelio cumple hoy diez años. El pez no es de verdad, es un amuleto. Este secreto excita la fantasía del niño. Cornelio olvida las alegrías de la mañana, los regalos, la túnica –no cosida en pliegues al costado como la llevan los niños, sino sujeta con cinturón de piel de cabra, túnica de persona mayor, de soldado-, los dados, la jabalina. La madre ha explicado todo, y Cornelio ha entendido que ahora vivirá como rodeado de misterios, y que este secreto quizá le cueste la vida, no le importa; la madre ha explicado todo mientras el padre, vestido de gala como si fuera de visita al palacio del César, estaba en pie, serio; y parecía conmovido.
Hasta hoy Cornelio participaba en los ágapes de la Villa Claudia, y podía traer a casa el pan consagrado y cantar los salmos, y besar la mano del Apóstol. Pero nunca entró en las catacumbas.
-Las catacumbas, hijo, son el lugar secreto que guarda los cuerpos de quienes sufrieron martirio.
El apóstol preside los cánticos, bendice el pan y lo reparte. Los niños no pueden entrar porque no tienen el pez de cobre. Ahora Cornelio aprieta el pez en su puño, tiene miedo de que se escurra como los pececillos brillantes de la costa de Ancio. Este pez de cobre es oscuro, chiquitín, casi negro. Un amuleto. Del peregrino que vino del Oriente.
-¿Por qué un pez, madre?
- Los cristianos utilizan el pez como contraseña. Lo dibujan en la arena, lo pintan en las paredes.
-¿Por qué un pez?
La madre sonríe.
- Pez, en griego, Cornelio, dime la palabra griega. Pez, Ichthys, y, con un acróstico, los cristianos hacen una frase que significa “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. Al oscurecer, Cornelio.
- Sí, madre, al oscurecer.
La entrada del subterráneo está silenciosa. Oscuro todo. La madre envuelta en su manto parece una sombra que roza con otras sombras. Aprieta la mano a Cornelio.
- Tu pez.
Hay un hombre en el primer recodo. Ni una palabra, ha extendido la mano. Apenas se adivinan sus facciones sobre el fondo negro del muro. La madre y Cornelio siguen por la ruta.
- ¿Adónde sale?
- No sale. Espera. Mejor no hablemos.
Al doblar otro recodo hay lejos un resplandor vacilante. Y de repente, pocos pasos más, luz de antorchas, diez, veinte, muchas antorchas.
- No, madre, no tengo miedo.
La primera noche de Cornelio en las catacumbas.
- Bienvenido, Cornelio.
El apóstol acaricia la cabeza del niño. Tarsicio, Publio, Marcelo, Flavio, Clemente y Cornelio hacen rueda en torno a la tumba del mártir Antonio, destrozado por las fieras en el Circo Máximo la semana pasada. Apenas pudieron los hermanos rescatar un puñado de ropas ensangrentadas. Luego de los salmos, habla el apóstol. La cara del Señor era noble y su mirada bondadosa, cuando dijo: «Haced esto en memoria mía, hasta que vuelva, y no temáis, estaré con vosotros».
Cornelio ve también bondadosos los ojos del apóstol que bendice el pan y pronuncia las palabras y lo parte. Sobre las manos tendidas de los niños, los diáconos ponen un paño blanco y luego el pan consagrado. Por parejas, cada diácono y cada niño, reparten a los fieles el Cuerpo y la Sangre; los niños portan el pan sobre las manos tendidas, los diáconos el vino en un cáliz. Los cánticos tiemblan como la luz de las antorchas.
A la salida le dieron el pez. Era distinto, claro. La luz rompiente de la madrugada permitió a Cornelio adivinar los peces en el cesto del hombre, que vigilaba el primer recodo.
- Madre, ya sé, lo colgaré en mi cadena, lo traeré cada vez. Un amuleto, si me preguntan, diré que es un amuleto del Oriente.
Nadie supo, la noche trágica, dónde encontró el traidor un pez de cobre. Quizá varias noches vino a estudiar el plano de las grutas, quizá tenía el pez mucho tiempo atrás, y cantaba el traidor los salmos, y oyó la palabra del apóstol. Tras él vinieron los soldados. Era el momento de la comunión. Pareció que lo presentía el apóstol cuando hablaba después de los salmos:
- Aurelio será vuestro obispo. Tengo el presentimiento de que mi hora está cercana, el Señor me llamará por la espada de los soldados, porque soy vuestro hermano mayor y está bien que mi sangre sea mezclada con la vuestra. He consagrado obispo a Aurelio para que cuide él de que haya siempre sacerdotes en la Iglesia de Dios. Aurelio escogerá hombres jóvenes a quienes sea entregada la potestad de repetir las palabras del Señor, hombres que santifiquen, que consagren. Quizá tú, Tarsicio, aunque no sé qué extraña aureola se me antoja siempre en torno a tu cabeza; quizá tú, Marcelo, o quién sabe, tú Cornelio, tan niño, tan pequeño, quizá serás 14 tú el instrumento, el eslabón que nos una a los tiempos en que otros muchos sacerdotes pronunciarán las palabras sagradas, sin amenaza del martirio. Aurelio será vuestro obispo…
Era el momento de la comunión. Cien espadas enloquecieron el fulgor de las antorchas. El centurión traspasó de un golpe certero el pecho del apóstol, que cayó de bruces sobre la tumba del mártir y la llenó de sangre. Los soldados fueron eficaces, en tres minutos habían acordonado a los cristianos y los empujaban hacia la salida.
Solo Cornelio quedó olvidado en un ángulo oscuro, mudo de terror el pobre niño, que sabía que su padre y su madre estaban en el pelotón de los prisioneros. En las manos de Cornelio quedaban tres panecillos consagrados. Se acercó al cuerpo derribado del apóstol y, allí, de rodillas, dejando que sus lágrimas cayeran sobre el pan:
- Quizá tú, Cornelio, tan niño, tan pequeño, quizá serás tú el instrumento, el eslabón…
-Madre, ¿cómo se llaman? -Tarsicio uno, Publio, Marcelo, Flavio…
El pez de cobre cuelga de una cadeneta. Parece un amuleto, uno de los infinitos amuletos traídos a Roma por los soldados que combaten en los bosques de Germania o en los arenales junto al Nilo. Cornelio ya sabe qué ha de responder si le preguntan.
-Sí, madre: es un pez de cobre, un recuerdo del peregrino que vino de Oriente, un amuleto, nada más.
Solo seis niños de Roma están en el secreto.
Cornelio cumple hoy diez años. El pez no es de verdad, es un amuleto. Este secreto excita la fantasía del niño. Cornelio olvida las alegrías de la mañana, los regalos, la túnica –no cosida en pliegues al costado como la llevan los niños, sino sujeta con cinturón de piel de cabra, túnica de persona mayor, de soldado-, los dados, la jabalina. La madre ha explicado todo, y Cornelio ha entendido que ahora vivirá como rodeado de misterios, y que este secreto quizá le cueste la vida, no le importa; la madre ha explicado todo mientras el padre, vestido de gala como si fuera de visita al palacio del César, estaba en pie, serio; y parecía conmovido.
Hasta hoy Cornelio participaba en los ágapes de la Villa Claudia, y podía traer a casa el pan consagrado y cantar los salmos, y besar la mano del Apóstol. Pero nunca entró en las catacumbas.
-Las catacumbas, hijo, son el lugar secreto que guarda los cuerpos de quienes sufrieron martirio.
El apóstol preside los cánticos, bendice el pan y lo reparte. Los niños no pueden entrar porque no tienen el pez de cobre. Ahora Cornelio aprieta el pez en su puño, tiene miedo de que se escurra como los pececillos brillantes de la costa de Ancio. Este pez de cobre es oscuro, chiquitín, casi negro. Un amuleto. Del peregrino que vino del Oriente.
-¿Por qué un pez, madre?
- Los cristianos utilizan el pez como contraseña. Lo dibujan en la arena, lo pintan en las paredes.
-¿Por qué un pez?
La madre sonríe.
- Pez, en griego, Cornelio, dime la palabra griega. Pez, Ichthys, y, con un acróstico, los cristianos hacen una frase que significa “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”. Al oscurecer, Cornelio.
- Sí, madre, al oscurecer.
La entrada del subterráneo está silenciosa. Oscuro todo. La madre envuelta en su manto parece una sombra que roza con otras sombras. Aprieta la mano a Cornelio.
- Tu pez.
Hay un hombre en el primer recodo. Ni una palabra, ha extendido la mano. Apenas se adivinan sus facciones sobre el fondo negro del muro. La madre y Cornelio siguen por la ruta.
- ¿Adónde sale?
- No sale. Espera. Mejor no hablemos.
Al doblar otro recodo hay lejos un resplandor vacilante. Y de repente, pocos pasos más, luz de antorchas, diez, veinte, muchas antorchas.
- No, madre, no tengo miedo.
La primera noche de Cornelio en las catacumbas.
- Bienvenido, Cornelio.
El apóstol acaricia la cabeza del niño. Tarsicio, Publio, Marcelo, Flavio, Clemente y Cornelio hacen rueda en torno a la tumba del mártir Antonio, destrozado por las fieras en el Circo Máximo la semana pasada. Apenas pudieron los hermanos rescatar un puñado de ropas ensangrentadas. Luego de los salmos, habla el apóstol. La cara del Señor era noble y su mirada bondadosa, cuando dijo: «Haced esto en memoria mía, hasta que vuelva, y no temáis, estaré con vosotros».
Cornelio ve también bondadosos los ojos del apóstol que bendice el pan y pronuncia las palabras y lo parte. Sobre las manos tendidas de los niños, los diáconos ponen un paño blanco y luego el pan consagrado. Por parejas, cada diácono y cada niño, reparten a los fieles el Cuerpo y la Sangre; los niños portan el pan sobre las manos tendidas, los diáconos el vino en un cáliz. Los cánticos tiemblan como la luz de las antorchas.
A la salida le dieron el pez. Era distinto, claro. La luz rompiente de la madrugada permitió a Cornelio adivinar los peces en el cesto del hombre, que vigilaba el primer recodo.
- Madre, ya sé, lo colgaré en mi cadena, lo traeré cada vez. Un amuleto, si me preguntan, diré que es un amuleto del Oriente.
Nadie supo, la noche trágica, dónde encontró el traidor un pez de cobre. Quizá varias noches vino a estudiar el plano de las grutas, quizá tenía el pez mucho tiempo atrás, y cantaba el traidor los salmos, y oyó la palabra del apóstol. Tras él vinieron los soldados. Era el momento de la comunión. Pareció que lo presentía el apóstol cuando hablaba después de los salmos:
- Aurelio será vuestro obispo. Tengo el presentimiento de que mi hora está cercana, el Señor me llamará por la espada de los soldados, porque soy vuestro hermano mayor y está bien que mi sangre sea mezclada con la vuestra. He consagrado obispo a Aurelio para que cuide él de que haya siempre sacerdotes en la Iglesia de Dios. Aurelio escogerá hombres jóvenes a quienes sea entregada la potestad de repetir las palabras del Señor, hombres que santifiquen, que consagren. Quizá tú, Tarsicio, aunque no sé qué extraña aureola se me antoja siempre en torno a tu cabeza; quizá tú, Marcelo, o quién sabe, tú Cornelio, tan niño, tan pequeño, quizá serás 14 tú el instrumento, el eslabón que nos una a los tiempos en que otros muchos sacerdotes pronunciarán las palabras sagradas, sin amenaza del martirio. Aurelio será vuestro obispo…
Era el momento de la comunión. Cien espadas enloquecieron el fulgor de las antorchas. El centurión traspasó de un golpe certero el pecho del apóstol, que cayó de bruces sobre la tumba del mártir y la llenó de sangre. Los soldados fueron eficaces, en tres minutos habían acordonado a los cristianos y los empujaban hacia la salida.
Solo Cornelio quedó olvidado en un ángulo oscuro, mudo de terror el pobre niño, que sabía que su padre y su madre estaban en el pelotón de los prisioneros. En las manos de Cornelio quedaban tres panecillos consagrados. Se acercó al cuerpo derribado del apóstol y, allí, de rodillas, dejando que sus lágrimas cayeran sobre el pan:
- Quizá tú, Cornelio, tan niño, tan pequeño, quizá serás tú el instrumento, el eslabón…
Etiquetas:
CATEQUESIS,
Eucaristía,
FAMILIA,
Iglesia,
sacerdocio,
vocación
martes, 24 de marzo de 2020
jueves, 19 de septiembre de 2019
sábado, 10 de noviembre de 2018
domingo, 26 de agosto de 2018
A la luz del sol (2005). Roberto Faenza
El padre Giuseppe nació en Brancaccio el 15 de setiembre de 1937, hijo de un zapatero y de una modista, y fue asesinado por la mafia allí mismo el 15 de setiembre de 1993, en el día de su cumpleaños número 56. El padre Pino, como se lo llama cariñosamente, fue ordenado sacerdote en el año 1960 y en 1990 fue nombrado párroco en San Gaetano, en donde inició un arduo trabajo educativo entre los chicos, los jóvenes y las familias, suscitando la atención de la mafia. Por ese motivo fue asesinado en la puerta de su casa. En el año 2012 fue reconocido su martirio “in odium fidei”, y fue beatificado por el Papa Francisco el 25 de mayo de 2013.
Etiquetas:
cine de curas y monjas,
sacerdocio,
santos en el cine
sábado, 25 de agosto de 2018
Pederastia, y otras (malas) hierbas. José Luis Aberasturi
José Luis Aberasturi, sacerdote, filólogo, filósofo y teólogo-moralista.
He trabajado practicamente siempre en la enseñanza, primero como profesor, y luego como sacerdote: actualmente soy el capelllán de Fomento-Funda ción. Publiqué, "Educar la conciencia", dirigido específicamente a padres, educadores y catequistas con niños pequeños, para ayudarles a que se implicasen en la educación moral de los mismos; está casi agotada la 3ª edición.
A estas alturas nadie puede “llamarse a andana", porque no es ningún secreto; más bien todo lo contrario: en la Iglesia Católica, no tanto ahora como desde hace bastantes años -en algunos sitios más de cincuenta, por ejemplo, aunque el asunto se esté destapando últimamente-, los casos de pederastia, de abusos de menores y mayores y de desmadre sexual -en general- de clero y religiosos -como “novedad” se anuncian ya casos con religiosas, tampoco actuales- se están conociendo en una cadencia repugnante y macabra. Son obra de una minoría -aunque pueda parecer un topico, es la verdad-, pero de una minoría que no debería ni haber existido.
Pero ha pasado. Y es algo gravísimo, especialmente por venir de quienes viene, y porque daña a todos: culpables e inocentes. Y a la misma Institución..Dejando por sentado que los primeros damnificados han sido y son las víctimas.
Lo que más luz aporta al tema -en mi opinión-, ha sido la declaración -valiente sin duda, además de realista y esclerecedora- de los Obispos chilenos: “hemos fallado a nuestro deber de pastores”..Totalmente. Irremisiblemente. Injustamente. Cruelmente.
¿De dónde ha podido surgir esta “plaga"? Aunque el número sea pequeño en proporción -es de justicia repetirlo; y es donde también se da el menor número de casos comparado con cualquier otro sector social, incluida la propia familia de tantas víctimas-, no deja de ser un auténtico horror, que no debería haberse dado. Nunca.
¿Qué ha fallado en el seno de la Iglesia?
Dan ganas de decir: TODO. Pero vamos a intentar poner algo de luz en medio de tanta tiniebla -eso ha de ser la Iglesia y los católicos: sicut lucem lucente in caliginoso loco ["como un farol encendido en un lugar tenebroso"]- y, un vez detectadas las causas, alumbrar remedios. El primero, ya se está poniendo, al menos en algunos sitios: “hemos fallado a nuestro deber de pastores" (perdón por la repetición, pero esta “confesión", pública y publicada, me parece importantísima. De lo más: para ver las causas y poner los remedios. No hay otro camino que sirva.
Sí, Cierto. Muy dolorosmaente cierto. Porque las causas estaban puestas, y “bien” puestas -ahí están los frutos, terroríficamente visibles y contables- ya en el mismo CV II, y no digamos en su “aplicación".
Se repite como un mantra al uso que el CV II fue un concilio “pastoralista". Y tuvo mucho de eso, pero no todo. EL CV II cambió el “modus operandi” multisecular de la misma Iglesia, de su doxa y de su praxis, porque la pastoral no se muda por arte de magia: hay que quitar mucha doctrina y poner unos fundamentos “pseudo"teológicos, pero que obran como si fueran perfectamente ortodoxos, no solo nuevos, sino nefastos. Como se está viendo también hoy..
Y, ¿qué pasó? Pues que al cambiar el por qué y el para qué de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y “Romana” (esto último es tan vital para Ella como las anteriores Notas de autenticidad: por eso fue una de las cosas que la progrez clericalla quiso cargarse en primer lugar, y a punto estuvo), necesariamente tuvo que arrumbar el modelo de sacerdote que “necesitaba” esta “nueva” iglesia. Y se lo cargaron. Como se cargaron a Cristo.
Y así, a los sacerdotes se les quitaron sus señas de identidad “exteriores” -algo que saltó a la vista de todos los fieles inmediatamente::iban vestidos de cualquier manera-; pero mucho más dañino fue que le quitaran sus señas de identidad “interiores": su ser Cristo, de un modo inmediato, sacramental. Y se especuló cuasi criminalmente sobre la “identidad sacerdotal” hasta hacerles perder sus puntos de referencia: Cristo, la Iglesia, las almas.
Y todo ello, legislando en esa dirección. Fue muy llamativo que, lo primero que hicieron los obispos tras el CV en sus diócesis -no todos, pero fueron excepción: hablo de España pero es igual y/o peor en muchos otros sitios- fue desmontar los Seminarios tal como estaban concebidos.
Se les despojó de la piedad sacerdotal, quedando reducida a ridiculeces: las Misas fueron cualquier cosas menos lo que deberían ser; se les mudó la doctrina: se les quitó lo seguro -santo Tomás de Aquino, por ejemplo- dando entrada a todos los “manuales” cuyos autores habían mangoneado como “teólogos” o “peritos” los debates conciliares, especialmente desde fuera de su ámbito: cuanto más anticatólicos y rupturistas se hubiesen mostrado, mejor: más cancha en los seminarios y casas de ¿formación? -¡qué sarcasmo!-; se pretendió que los curas fuesen “psicólogos", “sociólogos", que se alejasen de cualquier cosa que oliese a “paternalismo” y, sobre todo, que fuesen auténticos “animadore sociales"; se les ordenaba sacerdotes sin vestir siquiera de clérigoss y sin saber -ni tenerlo, por supusto- rezar el Breviario… Todo así.
Para mayor indefensión, se quitaron los confesonarios, se movió a la promiscuidad con el personal: “naturalidad", decían, “ser uno más", quitándoles todas las medidas de prudencia: “entre santa y santo, pared de cal y canto", sin ir más lejos. Y pasó lo que estaba cantado.
Primero y lo más llamativo -un auténtcio bombazo. la deserción, en muy pocos años, de unos 140.000 sacerdotes y de unos 80.000 religiosos. Lo cortó de raíz san Juan Pablo II. Luego, en una segunda fase -por decirlo así-, vino todo el desarreglo personal, con los abusos y demás.
La pinza se cerraba con el ocultamiento de tales prácticas por parte de los Ordinarios y Superiores. En el mejor de los casos, y si el interesado estaba de acuerdo, se les llevaba al “psquiatra” -al que cayera, y si no era católico, mejor-, para que les dijera que adelante, que habían de ser ellos mismos; si no lo estaba, se le cambiaba de sitio o, al final, ya ni eso. También era el psiquiatra el que tenía la última palabra a la hora de ordenar a un sacerdote, o admitir en religión a un postulante. Y la pinza se hacía impotente. También porque los mismos obispos habían sido ¿formados? en ese mismo nicho ecológico.
De todo esto, ¿qué se deduce? En primer lugar, que las declaraciones de horror y de “nunca mais” y “tolerancia cero” por parte de la Jerarquía no sirven para nada. O solo sirven para los periódicos.
En segundo lugar: mientras no se reconozcan estas deficiencias que fueron legisladas e impuestas desde arriba -a pesar, por ejemplo, de los intentos de san Juan Pablo II por remediar el tema en profundidad, pero los obispos no le hicieron ni caso: era el triunfo del “conciliarismo", otro de los logros del CV II-, como han declarado casi todos los obispos chilenos -que fallaron ellos como pastores-, no se podrá poner ningún remedio. Porque los remedios no pueden ir hacia adelante, sino “hacia” atrás: porque es “detrás” donde está el tema.
Un ejemplo ilustrativo, aunque sea en otro ámbito: cuando en EEUU empezaron con el trágico asunto de los tiroteos en institutos y demás, ¿qué “remedio” acordaron? Poner máquinas detectoras de metales. ¿Han conseguido algo? Nada, al contrario. Porque, con esa pretendida solución, el tema no estaba ni siquiera planteado: es un tema MORAL, de formar las conciencias precisamente para que no hay que poner detectores de armas: las armas LAS DISPARAN las personas; y lo hacen por lo que tienen -o no tienen- en la cabeza y el corazón.
Pues lo mismo en la Iglesia Católica con los abusos sexuales. Es un problema MORAL, es un problema de VIRTUD, es un problema de GRACIA, es un problema de PRUDENCIA, es un problema de FORMACION, es un problema de ESPÍRITU, es un problema de MODELO. En definitiva, es un problema de orden SOBRENATURAL.
Y hasta que no se entre ahí, todo lo demás es humo. Incluido el detector de metales.
Amén.
viernes, 24 de agosto de 2018
carta del Papa FrancIsco 20.08.2018
Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios
«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.
1. Si un miembro sufre
En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.
Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! [...] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).
2. Todos sufren con él
La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.
Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,1 que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.
Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida2. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».3 El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.
Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).
Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.
Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.
De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).
«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.
Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.
Vaticano, 20 de agosto de 2018
FRANCISCO
____________________________________
1 «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).
2 Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).
3 Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).
[01246-ES.01] [Texto original: Español]
domingo, 22 de abril de 2018
oración por los sacerdotes
El sacerdote: El misterio del sacrificio
D. Juan Miguel Prim explica que la principal tarea en la jornada de un sacerdote es la celebración de la Eucaristía, a la que está íntimamente unido. El encuentro con Cristo vivo tiene que llevar a todos los fieles a una vida eucarística, entregada por completo al Señor.
domingo, 25 de octubre de 2015
YO SOY MARTIN
Del 16 al 18 de octubre tuvieron lugar las III Jornadas Martiriales de Barbastro, durante las cuales se falló el II Concurso de Cortometrajes Martiriales, una iniciativa destinada a recordar los testimonios de entrega de la propia vida por Dios, prestados por miles de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos durante la Guerra Civil española (1936-1939).
La diócesis de Barbastro (Huesca) fue, porcentualmente, la más castigada por la persecución religiosa desatada en la zona bajo control del Frente Popular. El 88% del clero de la diócesis fue exterminado, salvando la vida los demás por encontrarse de vacaciones fuera de ella en julio de 1936 o porque pudieron huir a zona nacional o esconderse fuera del alcance de los milicianos socialistas, anarquistas o comunistas responsables de la inmensa mayoría de los asesinatos.
martes, 28 de julio de 2015
el nombramiento
Y me llamaron del Arzobispado. Este miercoles tras el rezo del Angelus. Don Esteban Escudero, obispo auxiliar, repartirá de modo oficial los documentos de enviuo a la nueva misión que nos toca...
Rezad por mi, por vosotros y los otros... Somos un Cuerpo y estaremos siemnpre en Comunión. Dios sabe más.
A los juniors ya se lo dije y os lo digo a todos: haced el bien, querer mucho al Señor y a los niños (a los pobres, enfermos, viudas, etc), sed MAS parroquia que nuncva y apoyad al cura... seguid siendo tan alegres, acogedores y serviciales como lo sois; quereros un montón.
Con Jesús (el nuevo cura) caminaréis un nuevo tramo y tendréis nuevas aventuras y todo para gloria del Señor. Le querréis seguro un montón, ysa lo veréis; mal no lo hará porque lo vais a hacer MAS bueno todavía. Acabo: esdto no lo digo yo -ya sabéi9s quien os lo dice- CUIDAOS UNOS A OTROS... en eso se ver'a que hay en el B.C. un solo corazon...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)