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domingo, 14 de enero de 2018
viernes, 17 de abril de 2015
himno
La muerte ha madurado de ternura
Contemplar el rostro de Jesús en una imagen que llega a nuestros ojos en un icono es un acto teologal. Así sucede cuando la contemplación, más allá de un deleite estético, que no lo excluimos sino lo integramos, es apasionada vivencia de fe. La contemplación reposada del icono de Jesús, por su poderosa fuerza simbólica, se parece a un sacramento. El rostro que vemos es signo del encuentro de corazón a corazón que se está operando.
¿Qué dice, pues, el rostro de Jesús? El rostro de Jesús nos dice que la muerte lo ha madurado con infinita ternura. Entiéndase: es nuestra manera de hablar para apuntar al misterio inefable. En la muerte se desentraña exhaustivamente el amor del Padre, y esto queda reflejado en el rostro de su Hijo. Los pintores artistas de oriente y de occidente con su pincel místico quieren dar un reverbero transcendente al semblante humano de Jesús. Cuando miramos a Jesús tenemos que adivinar toda la estremecedora y dramática ternura de la Trinidad, porque la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu está en esos ojos dulcísimos, en esos labios de amor, en ese pecho donde alentamos todos los peregrinos de esta tierra.
Recordemos aquella palabra de S. Ignacio a los Romanos: "Jesucristo nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando más se manifiesta" (III, 3).
Para cantar, pues, el acto de contemplación del icono de Jesús este himno.
La muerte ha madurado de ternura
tu rostro, luz de Dios, semblante humano;
el paso por la Cruz ha embellecido
tus ojos, tus mejillas y tus labios.
Y ahí estás, Jesús, para mirarte,
del Padre y del Amor icono exacto;
mirarte es comunión y paraíso,
perdidos en tu faz, por ti mirados.
Tu imagen es presencia y sacramento,
el don total de Dios en ti donado:
tu frente es el reflejo del Espíritu,
tus ojos son el Padre remansado.
Con cuerpo de una Virgen tú naciste
y en ese cuerpo Dios está entrañado,
mas luego de tu muerte eres más cuerpo,
de Dios perdón purísimo retrato.
Tus ojos y los nuestros se han fundido,
oh Dios a quien miramos y adoramos,
oh dulce rostro, pasto del amor,
en esa tu mirada, Amado, báñanos.
¡Exhausto manantial, manante siempre,
oh rostro del secreto revelado,
deleite de pupilas, oh Jesús,
a ti el amor hermoso en nuestro canto! Amén.
Contemplar el rostro de Jesús en una imagen que llega a nuestros ojos en un icono es un acto teologal. Así sucede cuando la contemplación, más allá de un deleite estético, que no lo excluimos sino lo integramos, es apasionada vivencia de fe. La contemplación reposada del icono de Jesús, por su poderosa fuerza simbólica, se parece a un sacramento. El rostro que vemos es signo del encuentro de corazón a corazón que se está operando.
¿Qué dice, pues, el rostro de Jesús? El rostro de Jesús nos dice que la muerte lo ha madurado con infinita ternura. Entiéndase: es nuestra manera de hablar para apuntar al misterio inefable. En la muerte se desentraña exhaustivamente el amor del Padre, y esto queda reflejado en el rostro de su Hijo. Los pintores artistas de oriente y de occidente con su pincel místico quieren dar un reverbero transcendente al semblante humano de Jesús. Cuando miramos a Jesús tenemos que adivinar toda la estremecedora y dramática ternura de la Trinidad, porque la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu está en esos ojos dulcísimos, en esos labios de amor, en ese pecho donde alentamos todos los peregrinos de esta tierra.
Recordemos aquella palabra de S. Ignacio a los Romanos: "Jesucristo nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando más se manifiesta" (III, 3).
Para cantar, pues, el acto de contemplación del icono de Jesús este himno.
La muerte ha madurado de ternura
tu rostro, luz de Dios, semblante humano;
el paso por la Cruz ha embellecido
tus ojos, tus mejillas y tus labios.
Y ahí estás, Jesús, para mirarte,
del Padre y del Amor icono exacto;
mirarte es comunión y paraíso,
perdidos en tu faz, por ti mirados.
Tu imagen es presencia y sacramento,
el don total de Dios en ti donado:
tu frente es el reflejo del Espíritu,
tus ojos son el Padre remansado.
Con cuerpo de una Virgen tú naciste
y en ese cuerpo Dios está entrañado,
mas luego de tu muerte eres más cuerpo,
de Dios perdón purísimo retrato.
Tus ojos y los nuestros se han fundido,
oh Dios a quien miramos y adoramos,
oh dulce rostro, pasto del amor,
en esa tu mirada, Amado, báñanos.
¡Exhausto manantial, manante siempre,
oh rostro del secreto revelado,
deleite de pupilas, oh Jesús,
a ti el amor hermoso en nuestro canto! Amén.
viernes, 13 de abril de 2012
comunicación y resurrección
En inglés y usando el medio más usual hoy para decirlo.
La integridad de la persona humana (cuerpo y alma en la vida presente y la futura) ha sido y sigue siendo uno de los aspectos de la revelación divina más difíciles de entender. Son todavía actuales las palabras de san Agustín: «Ninguna doctrina de la fe cristiana es negada con tanta pasión y obstinación como la resurrección de la carne» («Enarrationes in Psalmos», Ps. 88, ser. 2, § 5). Dicha doctrina, afirmada constantemente por la Escritura y la Tradición, se encuentra expresada de la manera más sublime en el capítulo 15 de la Primera carta de San Pablo a los Corintios. Y es declarada continuamente por los cristianos cuando pronuncian el Credo de Nicea: «Creo en la resurrección de la carne». Es una expresión de la fe en las promesas de Dios. A menudo, aun sin el auxilio de la gracia, la razón humana llega a vislumbrar la inmortalidad del alma, pero no alcanza a concebir la unidad esencial de la persona humana, creada según la \"imago Dei\". Por ello, a menudo, la razón no iluminada y el paganismo han visto «a través de un cristal, borrosamente» el reflejo de la vida eterna revelada por Cristo y confirmada por su misma resurrección corporal de los muertos, pero no pueden ver «la dispensación del misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo» (Ef 3,9). La noción equivocada de la metempsícosis (Platón y Pitágoras) y la reencarnación (hinduismo y budismo) afirma una transmigración natural de las almas humanas de un cuerpo a otro. La reencarnación, que es afirmada por muchas religiones orientales, la teosofía y el espiritismo, es muy distinta de la resurrección de la fe cristiana, según la cual la persona será reintegrada, cuerpo y alma, el último día para su salvación o su condena.
Antes de la parusía, el alma del individuo, entra inmediatamente, con el juicio particular, en la bienaventuranza eterna del cielo (quizá después de un período de purgatorio necesario para las delicias del cielo) o en el tormento eterno del infierno (Benedicto XII, «Benedictus Deus»). En el momento de la parusía, el cuerpo se reunirá con su alma en el juicio universal. Cada cuerpo resucitado será unido entonces con su alma, y todos experimentarán entonces la identidad, la integridad y la inmortalidad. Los justos seguirán gozando de la visión beatífica en sus cuerpos y almas unificados y también de la impasibilidad, la gloria, la agilidad y la sutileza. Los injustos, sin estas últimas características, seguirán en el castigo eterno como personas totales.
La resurrección del cuerpo niega cualquier idea de reencarnación porque el retorno de Cristo no fue una vuelta a la vida terrenal ni una migración de su alma a otro cuerpo. La resurrección del cuerpo es el cumplimiento de las promesas de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. La resurrección del cuerpo del Señor es la primicia de la resurrección. «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Cor 15,21–23). La reencarnación nos encierra en un círculo eterno de desarraigo corporal, sin otra certidumbre más que la renovación del alma. La fe cristiana promete una resurrección de la persona humana, cuerpo y alma, gracias a la intervención del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para la perpetuidad del paraíso.
En la carta apostólica Tertio millennio adveniente (14 de noviembre de 1994), escribe Juan Pablo II: «¿Cómo podemos imaginar la vida después de la muerte? Algunos han propuesto varias formas de reencarnación: según la vida anterior, cada uno recibirá una vida nueva bajo una forma superior o inferior, hasta alcanzar la purificación. Esta creencia, profundamente arraigada en algunas religiones orientales, indica de por sí que el hombre se rebela al carácter definitivo de la muerte, porque está convencido de que su naturaleza es esencialmente espiritual e inmortal. La revelación cristiana excluye la reencarnación y habla de una realización que el hombre está llamado a alcanzar durante una sola vida terrenal» (n° 9).
La integridad de la persona humana (cuerpo y alma en la vida presente y la futura) ha sido y sigue siendo uno de los aspectos de la revelación divina más difíciles de entender. Son todavía actuales las palabras de san Agustín: «Ninguna doctrina de la fe cristiana es negada con tanta pasión y obstinación como la resurrección de la carne» («Enarrationes in Psalmos», Ps. 88, ser. 2, § 5). Dicha doctrina, afirmada constantemente por la Escritura y la Tradición, se encuentra expresada de la manera más sublime en el capítulo 15 de la Primera carta de San Pablo a los Corintios. Y es declarada continuamente por los cristianos cuando pronuncian el Credo de Nicea: «Creo en la resurrección de la carne». Es una expresión de la fe en las promesas de Dios. A menudo, aun sin el auxilio de la gracia, la razón humana llega a vislumbrar la inmortalidad del alma, pero no alcanza a concebir la unidad esencial de la persona humana, creada según la \"imago Dei\". Por ello, a menudo, la razón no iluminada y el paganismo han visto «a través de un cristal, borrosamente» el reflejo de la vida eterna revelada por Cristo y confirmada por su misma resurrección corporal de los muertos, pero no pueden ver «la dispensación del misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo» (Ef 3,9). La noción equivocada de la metempsícosis (Platón y Pitágoras) y la reencarnación (hinduismo y budismo) afirma una transmigración natural de las almas humanas de un cuerpo a otro. La reencarnación, que es afirmada por muchas religiones orientales, la teosofía y el espiritismo, es muy distinta de la resurrección de la fe cristiana, según la cual la persona será reintegrada, cuerpo y alma, el último día para su salvación o su condena.
Antes de la parusía, el alma del individuo, entra inmediatamente, con el juicio particular, en la bienaventuranza eterna del cielo (quizá después de un período de purgatorio necesario para las delicias del cielo) o en el tormento eterno del infierno (Benedicto XII, «Benedictus Deus»). En el momento de la parusía, el cuerpo se reunirá con su alma en el juicio universal. Cada cuerpo resucitado será unido entonces con su alma, y todos experimentarán entonces la identidad, la integridad y la inmortalidad. Los justos seguirán gozando de la visión beatífica en sus cuerpos y almas unificados y también de la impasibilidad, la gloria, la agilidad y la sutileza. Los injustos, sin estas últimas características, seguirán en el castigo eterno como personas totales.
La resurrección del cuerpo niega cualquier idea de reencarnación porque el retorno de Cristo no fue una vuelta a la vida terrenal ni una migración de su alma a otro cuerpo. La resurrección del cuerpo es el cumplimiento de las promesas de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento. La resurrección del cuerpo del Señor es la primicia de la resurrección. «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Cor 15,21–23). La reencarnación nos encierra en un círculo eterno de desarraigo corporal, sin otra certidumbre más que la renovación del alma. La fe cristiana promete una resurrección de la persona humana, cuerpo y alma, gracias a la intervención del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para la perpetuidad del paraíso.
En la carta apostólica Tertio millennio adveniente (14 de noviembre de 1994), escribe Juan Pablo II: «¿Cómo podemos imaginar la vida después de la muerte? Algunos han propuesto varias formas de reencarnación: según la vida anterior, cada uno recibirá una vida nueva bajo una forma superior o inferior, hasta alcanzar la purificación. Esta creencia, profundamente arraigada en algunas religiones orientales, indica de por sí que el hombre se rebela al carácter definitivo de la muerte, porque está convencido de que su naturaleza es esencialmente espiritual e inmortal. La revelación cristiana excluye la reencarnación y habla de una realización que el hombre está llamado a alcanzar durante una sola vida terrenal» (n° 9).
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