domingo, 30 de abril de 2017

FÁBULA DEL PASTOR, DEL LOBO Y DE LOS PERROS GUARDIANES

El equívoco —el terrible equívoco— en la actitud de la Iglesia frente a lo que se llamó “Nacionalismo” es muy simple de entender. Se lo encuentra explicado en una fábula: la del Pastor que mató al perro guardián, creyendo matar al lobo. Si lo creyó sinceramente o no, no lo cuenta la fábula, que se limita a relatar el hecho objetivo: el Pastor actuó en el supuesto de que el perro guardián era el lobo, y lo mató. Mejor dicho, contribuyó a matarlo (porque el Pastor no usa armas de violencia). Contribuyó a que el lobo, el verdadero lobo, lo matara. El perro guardián se llamaba genéricamente “Fascismo”: genéricamente, porque en realidad eran varios. Algunos más cercanos y conocidos del Pastor, por eso el Pastor no es enteramente disculpable del equívoco. El equívoco, en estos últimos casos, fue lisa y llanamente traición. Pero otros perros guardianes eran más reacios, más huraños a la voz del Pastor. ¿Desconfiaban quizás de él? En todo caso, el Pastor no los llamaba, no los acogía, ni intentaba atraerlos a la Casa. Y se habían hecho semi-salvajes. Uno de ellos, el más huraño, vagaba por los bosques del Este, enardecido en la lucha. Era carnicero, pero sólo buscaba lobos para matar, y decía alimentarse de ellos. No podía haber equívocos, tampoco, a su respecto. Propalaba su odio al lobo, y sólo mataba lobos. ¿Por qué el Pastor no se acogió tras su defensa, si de todos modos mantenía alejado al lobo del rebaño? Muy simple, no confiaba en su triunfo, preveía el triunfo de los lobos. Y entonces empezó a negociar con los lobos, les dio una “media palabra”. Y claro, como el perro guardián se había hecho cerril, desconfiando de la palabra del Pastor, éste pudo decir sin falsedad manifiesta: “ése no es de los nuestros”. El perro guardián cerril, el que peleaba en la frontera del Este, cayó. Cayó y fue despedazado. Pero no fue enterrado. Se mostraron sus despojos, sus fauces de luchador, su pelo hirsuto. Y los lobos comenzaron a avanzar sobre el rebaño, vestidos ahora con piel de oveja, y llevando en alto los despojos del guardián cerril. Todavía había perros guardianes que vigilaban fuera de los límites del redil. Pero a cada gruñido de cualquiera de los perros guardianes que quedaban con vida, y que guardaban aún el olfato para distinguir al lobo bajo la piel de oveja, agitando los despojos del perro cerril, propalaban los lobos: “éste es el lobo, y todo aquel que se parezca a él es lobo”. Y el Pastor —como todo aquel que, habiendo traicionado una vez, sigue traicionando— hacía coro a las voces de los lobos. Y añadía: “todo el que parezca oveja, es oveja”. Y uno a uno, en una sucesión que coincidía con su parecido decreciente al guardián cerril, fueron cayendo los guardianes. Y simultáneamente con la caída progresiva de los guardianes, cada vez menos parecidos al primer traicionado —y por eso también, menos carniceros, menos aptos para la lucha— los lobos iban descubriéndose de la piel embaucadora. Cada vez parecían menos verdaderas ovejas, cada vez se manifestaba mejor su naturaleza de lobos. Pero el Pastor —como aquel que, habiendo traicionado una vez, ya sigue traicionando— gritaba con más fuerza: “¡Todo aquél que se parezca a aquel primero, por poco que sea, es lobo; y todo aquel que parezca oveja, por poco que sea, es oveja”. Y debilitando así las defensas de los guardianes, ayudó al Pastor a eliminar a los que eran defensas del rebaño. Y el rebaño está hoy amontonado en una esquina del redil, adonde ya ha entrado el Lobo, y se arremolina desorientado, acoquinado, espantado ante la mirada del Lobo, que ahora se muestra impúdicamente. Y se prepara para el asalto y la carnicería, para el destrozo de las almas. ¡Ay del rebaño! ¡Ay, Pastor, a quien se pidió amor a las ovejas! ¿Volverás a apacentar? Oye, al menos hoy, a tu Maestro, y “una vez convertido, confirma a tus hermanos”: denuncia al Enemigo. Agustín Eck

sábado, 29 de abril de 2017

MENSAJE DE PÍO XII A ESPAÑA CON MOTIVO DE LA VICTORIA

Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probadas en tantos y tan generosos sufrimientos. Anhelante y confiado esperaba nuestro predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que, en los albores mismos de la contienda, enviaba “a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión”. Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma que Él mismo entonces auguraba, “anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad”. Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu. La propaganda tenaz y los esfuerzos constantes de los enemigos de Jesucristo parece que han querido hacer de España un experimento supremo de las fuerzas disolventes que tienen a su disposición repartidas por todo el mundo. Y aunque es verdad que el Omnipotente no ha permitido, por ahora, que lograran su intento, pero ha tolerado al menos algunos de sus terribles efectos, para que el mundo viera cómo la persecución religiosa, minando las bases mismas de la justicia y de la caridad, que son el amor de Dios y el respeto a su santa ley, puede arrastrar a la sociedad moderna a los abismos no sospechados de inicua destrucción y apasionada discordia. Persuadido de esta verdad, el sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España, y ayudado de Dios, “que no abandona a los que esperan de Él”, supo resistir el empuje de los que, engañados con los que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo. Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España pro el seguro camino de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte que oriente a todos los españoles amantes de su religión y de su Patria en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católica. Por esto exhortamos a los gobernantes y a los pastores de la católica España que iluminen la mente de los engañados mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo, de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente. Proponedles los principios de justicia individual y social, sin los cuales la paz y prosperidad de las naciones, por poderosas que sean, no pueden subsistir. Y son los que se contienen en el Santo Evangelio y en la doctrina de la Iglesia. No dudamos que así habrá de ser, y la garantía de nuestra firme esperanza son los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el Jefe del Estado y tantos caballeros, sus fieles colaboradores, con la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñanzas de la Sede Apostólica. La misma esperanza se funda, además, en el celo iluminado y abnegación de vuestros Obispos y sacerdotes, acrisolados por el dolor, y también en la fe, piedad y espíritu de sacrificio de que en horas terribles han dado heroica prueba las clases todas de la sociedad española. Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos, ante todo, nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas edades y condiciones que, en tan elevado número, han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. Maiorem hac dilectionem nemo habet. No hay mayor prueba de amor. Reconocemos también nuestro deber de gratitud hacia todos aquellos que han sabido sacrificarse hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión, ya sea en los campos de batalla, ya también consagrados a los sublimes oficios de caridad cristiana en cárceles y hospitales… ¡Ea, pues, queridísimos hijos! Ya que el arco iris de la paz ha vuelto a resplandecer en el cielo de España, unámonos todos de corazón en un himno ferviente de acción de gracias al Dios de la paz y en una plegaria de perdón y misericordia para todos los que murieron, y a fin de que esta paz sea fecunda y duradera, con todo el fervor de nuestro corazón os exhortamos a “mantener la unión del espíritu en el vínculo de la paz”. Así, unidos y obedientes a vuestro venerable Episcopado, dedicaos con gozo y sin demora a la obra urgente de reconstrucción que Dios y la Patria esperan de vosotros. En prenda de las copiosas gracias que os obtendrán la Virgen Inmaculada y el Apóstol Santiago, Patronos de España, y de todas las que os merecieron los grandes santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el Jefe del Estado y su ilustre Gobierno, sobre el celante Episcopado y su abnegado clero, sobre los heroicos combatientes y sobre todos los fieles, nuestra bendición apostólica. Abril de 1939

viernes, 28 de abril de 2017

LA LIMOSNA


¿Qué podremos imaginarnos más consolador para un cristiano que tuvo la desgracia de pecar, que el hallar un medio tan fácil de satisfacer a la justicia de Dios por sus pecados? Jesucristo, nuestro Divino Salvador, sólo piensa en nuestra felicidad, y no ha despreciado ningún medio para proporcionárnosla. Por la limosna podemos fácilmente rescatarnos de la esclavitud de los pecados y atraer sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas las más abundantes bendiciones del cielo; mejor dicho, por la limosna podemos librarnos de caer en las penas eternas. ¡Cuán bueno es un Dios que con tan poca cosa se contenta!
De haberlo querido Dios, todos seríamos iguales. Mas no fue así, pues previó que, por nuestra soberbia, nos habríamos resistido a someternos unos a otros. Por esto puso en el mundo ricos y pobres, para que unos a otros nos ayudáramos a salvar nuestras almas. Los pobres se salvarán sufriendo con paciencia su pobreza y pidiendo con resignación el auxilio de los ricos. Los ricos, por su parte, hallarán modo de satisfacer por sus pecados, teniendo compasión de los pobres y aliviándolos en lo posible.

Ya ven, pues, cómo de esta manera todos nos podemos salvar. Si es un deber de los pobres sufrir pacientemente la indigencia e implorar con humildad el socorro de los ricos, es también un deber indispensable de los ricos dar limosna a los pobres, sus hermanos, en la medida de sus posibilidades, ya que de tal cumplimiento depende su salvación. Pero será muy aborrecible a los ojos de Dios aquel que ve sufrir a su hermano, y, pudiendo aliviarlo, no lo hiciera.

Para animarlos a dar limosna, siempre que sus posibilidades lo permitan, y a darla con pura intención solamente por Dios, voy ahora a mostrarles cuán poderosa es la limosna ante Dios para alcanzar cuanto deseamos, cómo la limosna libra, a los que la hacen, del temor del juicio final, y cuán ingratos somos al mostrarnos ásperos para con los pobres, ya que, al despreciarlos, es al mismo Jesucristo a quien menospreciamos.


Bajo cualquier aspecto que consideremos la limosna, ella es de un valor tan grande que resulta imposible que comprendamos todo su mérito; solamente el día del Juicio Final llegaremos a conocer todo su valor. Si quieren saber la razón de esto, aquí la tienen: podemos decir que la limosna sobrepuja a todas las demás buenas acciones, porque una persona caritativa posee ordinariamente todas las demás virtudes.
Leemos en la Sagrada Escritura que el Señor dijo al profeta Isaías: “Vete a decir a mi pueblo que me han irritado tanto sus crímenes que no estoy dispuesto a soportarlos por más tiempo: voy a castigarlos perdiéndolos para siempre jamás”. Se presentó el profeta en medio de aquel pueblo reunido en asamblea, y dijo: “Escucha, pueblo ingrato y rebelde, he aquí lo que dice el Señor tu Dios: Tus crímenes han excitado de tal manera mi furor contra tus hijos, que mis manos están llenas de rayos para aplastarlos y perderlos para siempre. Ya ven, les dice Isaías, que se hallan sin saber a dónde recurrir; en vano elevarán al Señor vuestras oraciones, pues Él se tapará los oídos para no escucharlas; en vano llorarán, en vano ayunarán, en vano cubrirán de ceniza vuestras cabezas, pues Él no volverá a vosotros sus ojos; si los mira, será en todo caso para destruirlos. Sin embargo, en medio de tantos males como los afligen, oigan de mis labios un consejo: seguirlo, será de gran eficacia para ablandar el corazón del Señor, de tal suerte que podrán en alguna manera forzarlo a ser misericordioso con ustedes. Vean lo que deben hacer: den una parte de sus bienes a sus hermanos indigentes; den pan al que tiene hambre, vestido al que está desnudo, y verán cómo súbitamente va a cambiarse la sentencia pronunciada contra ustedes”.
En efecto, en cuanto hubieron comenzado a poner en práctica lo que el profeta les aconsejara, el Señor llamó a Isaías, y le dijo: “Profeta, ve a decir a los de mi pueblo, que me han vencido, que la caridad ejercida con sus hermanos ha sido más potente que mi cólera. Diles que los perdono y que les prometo mi amistad”.

Oh, hermosa virtud de la caridad, ¿eres poderosa hasta para doblegar la justicia de Dios? Mas ¡ay! ¡cuán desconocida eres por la mayor parte de los cristianos de nuestros días! Y ello, ¿a qué se debe? Proviene de que estamos demasiado aferrados a la tierra, solamente pensamos en la tierra, como si sólo viviésemos para este mundo y hubiésemos perdido de vista, y no los apreciásemos en lo que valen, los bienes del cielo.
 Vemos también que los Santos la estimaron hasta tal punto la caridad para con los demás, que tuvieron por imposible salvarse sin ella.
En primer término les diré que Jesucristo, que en todo quiso servirnos de modelo, la practicó hasta lo sumo. Si abandonó la diestra de su Padre para bajar a la tierra, si nació en la más humilde pobreza, si vivió en medio del sufrimiento y murió en el colmo del dolor, fue porque a ello lo llevó la caridad para con nosotros. Viéndonos totalmente perdidos, su caridad le condujo a realizar todo cuanto realizó, a fin de salvarnos del abismo de males eternos en que nos precipitara el pecado. Durante el tiempo que moró en la tierra, vemos su corazón tan abrasado de caridad, que, al hallarse en presencia de enfermos, muertos, débiles o necesitados, no podía pasar sin aliviarlos o socorrerlos.

Y aún iba más lejos: movido por su inclinación hacia los desgraciados, llegaba hasta el punto de realizar en su provecho grandes milagros. Un día, al ver que los que lo seguían para oír sus predicaciones estaban sin alimentos, con cinco panes y algunos peces alimentó, hasta saciarlos, a cuatro mil hombres sin contar a los niños y a las mujeres; otro día alimentó cinco mil. No se detuvo aún allí. Para mostrarles cuánto se interesaba por sus necesidades, se dirigió a sus apóstoles, diciendo con el mayor afecto y ternura: “Tengo compasión de ese pueblo que tantas muestras de adhesión me manifiesta; no puedo resistir más: voy a obrar un milagro para socorrerlos. Temo que, si los despido sin darles de comer, van a morir de hambre por el camino. Hagan que se sienten; distribuyan estas pocas provisiones; mi poder suplirá a su insuficiencia” (San Mateo, XVI, 32-38). Quedó tan contento con poderlos aliviar, que llegó a olvidarse de sí mismo (…)
Leemos en la Sagrada Escritura que Tobías, santo varón que había sido desterrado de su tierra por causa de la cautividad de Siria, ponía el colmo de su gozo en practicar la caridad para con los desgraciados. Cuando creyó llegado el fin de su vida, llamó a su hijo junto al lecho de muerte: “Hijo mío, le dijo, creo que dentro de poco el Señor va a llevarme de este mundo. Antes de morir tengo que recomendarte una cosa de gran importancia. Prométeme, hijo mío, que la observarás. Da limosna todos los días de tu vida; no desvíes jamás tu vista de los pobres. Haz limosna según la medida de tus posibilidades. Si tienes mucho, da mucho, si tienes poco, da poco, pero pon siempre el corazón en tus dádivas y da además con alegría. Con ello acumularás grandes tesoros para el día del Señor. No olvides jamás que la limosna borra nuestros pecados y preserva de caer en otros muchos. El Señor ha prometido que un alma caritativa no caerá en las tinieblas del infierno, donde no hay ya lugar para la misericordia. No, hijo mío, no desprecies jamás a los pobres, ni tengas tratos con los que los menosprecian, pues el Señor te perdería. La casa, le dijo, del que da limosna, pone sus cimientos sobre la dura piedra que no se derrumbará nunca, mientras que la del que se resiste a dar limosnas será una casa que caerá por la debilidad de sus cimientos”; con lo cual nos quiere manifestar que una casa caritativa jamás será pobre: por el contrario, que aquellos que son duros para con los indigentes, perecerán junto con sus bienes.

Sermón del Santo Cura de Ars

jueves, 27 de abril de 2017

EL PADRE PÍO, HIJO DE SAN FRANCISCO

Se ha escrito mucho sobre el Santo Padre Pío, y sobre todo sobre el carácter extraordinario de su ministerio sacerdotal, ya sea en el confesionario, en el altar, o en su apostolado con las almas. Pero pocos, al parecer, han tratado más especialmente sobre su vida religiosa y franciscana. Sin embargo, ella es su vocación esencial, y como el fundamento de su eminente santidad: en efecto, el religioso, por su profesión debe tender a una vida más perfecta, según el camino de los consejos evangélicos. Por eso, aunque el estado religioso hoy en día está poco valorizado, tratemos de conocer mejor al Santo Padre Pío como hijo de San Francisco, según varios datos extraídos de sus diversas biografías. La vocación franciscana del Padre se dibujó desde antes de su nacimiento, cuando su madre, que era terciaria franciscana, lo encomendó durante su embarazo al Santo de Asís. En su época era una costumbre muy difundida en Italia que una madre joven, que deseara un parto feliz, se confiara a la protección del Seráfico Patriarca. Para eso, llevaba su medalla al cuello, rezaba cada día un Padrenuestro, un Avemaría con invocación al Santo, y le prometía darle al niño para la primera o la segunda orden, con el nombre de Francisco o Francisca. Nuestro futuro Santo, entonces, fue bautizado con el nombre de Francisco y —azar o providencia— en una iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, como la capilla de la Porciúncula, la “cuna” de la orden franciscana. Desde la edad de cinco años —según el testimonio del Padre Agostino, su confesor— mientras apenas se estaba despertando su razón, se consagró totalmente y para siempre a Dios, más de diez años antes de su ingreso en religión. Enseguida se distinguió de los demás niños de su edad por su gran piedad, llevando aún a su abuela a la iglesia desde el primer sonido de las campanas. Habría de ser un monaguillo ejemplar, ayudando desde temprano la Misa de cada día, y haciéndose notar entre otros niños por su devoción y su porte. También desde temprano, ofrecía numerosos sacrificios a Jesús, y practicó una severa ascesis: su madre testimoniaría más tarde que “prefería dormir sobre la tierra, con una piedra por almohada”. Ella también lo sorprendió flagelándose duramente con una cadena de hierro, “acto que repetía a menudo”. Tenía más o menos ocho años cuando le preguntó por qué se golpeaba así; Francisco le contestó: “Debo golpearme como los judíos han golpeado a Jesús y han hecho sangrar su espalda”. Estos hechos confirman bien lo que el Padre Pío confesaría años más tarde: que había “sentido fuertemente desde la más tierna infancia la vocación al estado religioso”. Su madre sintió la primera intuición acerca de esta vocación, cuando un día le confió a “Razzio”, su esposo: “Yo seré feliz si llega a ser sacerdote o solamente hermano”. El día del 55º aniversario de su profesión religiosa, el Padre Pío lo contaría en el comedor: “En estos días, hace mucho tiempo, mi madre me dijo: «He soñado con San Francisco; me dijo que debo llevarte al convento de los monjes, porque debo hacerte franciscano»”. En 1898 Francisco tenía once años, y en una aparición, Jesús le reveló su futuro religioso: santificarse y santificar a los demás. En la misma época, mientras que en los campos se realizaba la cosecha, un hermano lego capuchino, Fray Camilo se presentó en la casa para mendigar víveres en provecho del convento de Morcone. Esta visita providencial impresionó fuertemente al joven Francisco, que declaró, cuando regresó su padre: “Quiero ser monje”. Éste le preguntó si quería irse con los franciscanos de Paduli, el pueblo vecino. “No, contestó el chico, quiero hacerme monje con barba”. La gracia no suprime la naturaleza… Luego de recabar informaciones, Francisco no pudo entrar en el convento enseguida, no porque le faltase barba, sino porque había que tener por lo menos quince años, y conocimientos escolares suficientes si se aspiraba al sacerdocio. Grazio Forgione iba entonces a tener que emigrar a América para poder pagarle a su hijo los cursos particulares dispensados por un preceptor de pueblo, conocedor del idioma latino. Cuando Francisco alcanzó la edad y el nivel escolar requeridos para la admisión al noviciado, el demonio, sintiendo en él un terrible adversario, se desencadenó para impedir la realización de su proyecto. No solamente por unos terribles combates interiores, que el Padre Pío más tarde calificaría como “martirio” al terrible recuerdo, sino también por medio de calumnias escandalosas de su profesor, que provocarían hasta una encuesta por parte de los capuchinos. En este ambiente tenebroso que marcó sus últimos días en el siglo, fue sin embargo reconfortado por tres revelaciones divinas que lo esclarecieron también sobre su futuro estado de vida: primero la visión de un inmenso campo de batalla donde, entre dos campos adversos, un hombre de una encandiladora belleza lo comprometía a ir a combatir contra un gigante cuya frente tocaba las nubes, asegurándole la victoria. Luego, dos días antes de su partida, una segunda visión, esta vez intelectual, le hizo comprender que iba a entrar en la milicia de Cristo para combatir a Satanás. No tenía nada que temer, mostrándose valiente y confiado en Jesús. Finalmente, durante la última noche bajo el techo familiar, una aparición de la Santísima Virgen y de Nuestro Señor, que le impuso la mano sobre la cabeza para fortalecerlo. Aquellas dos primeras visiones hicieron pensar enseguida en la revelación que tuvo San Francisco antes de su conversión, donde el Señor lo invitaba a combatir como caballero. Lo que Tomás de Celano, su primer biógrafo, había afirmado del Santo fundador, se le aplicaba perfectamente a nuestro beato: “Esta visión de las armas al comienzo de su carrera es verdaderamente admirable: una toma de armas era perfectamente indicada para el caballero que, como un nuevo David, debía atacar al hombre fuertemente y bien armado”. Varios años más tarde, el Padre Pío habría de recordar esta escena ante sus compañeros: “La vida religiosa es una lucha, un combate sin tregua. Nosotros, que estamos en primera línea, contra un enemigo armado hasta los dientes, debemos enfrentarlo con todas nuestras fuerzas”. El 6 de enero de 1903, en pleno invierno, Francisco se fue a tomar el tren para entrar al convento de Morcone, distante a más o menos treinta kilómetros de Pietralcina. En la estación, la separación con su madre fue patética. Después de haberle entregado un rosario y dado su bendición, le tomó las manos, diciendo: “¡Hijo mío, se me desgarra el corazón, pero no pienses en el dolor de tu madre. San Francisco te llama; bueno, sigue tu vocación y que el Señor haga de ti un santo!” Más tarde, el Padre Pío dejaría escapar esta confidencia: “Para decir la verdad, nunca he sido tentado contra la vocación durante mi vida religiosa, pero o a veces, cuando los ataques del demonio se hacían demasiado vivos, la escena emocionante del adiós a la Mamma me volvían al espíritu y retomaba el ánimo”. Un año más tarde, después de la ceremonia de profesión, ella lo abrazó nuevamente, diciéndole: “Hijo mío, ahora sí, eres enteramente hijo de San Francisco; que él te bendiga”. Ese adolescente no tenía todavía los dieciséis años cuando tocó a las puertas del convento del noviciado. Por arriba de la puerta de la clausura, vio un cartel: “O la penitencia, o el infierno”. Más lejos, sobre una bóveda del corredor: “Silencio”. Y por fin, en el umbral de su celda: “Ha muerto y su vida está escondida con Dios en Jesucristo” (Colosenses, III, 3). Enseguida pasó su examen sobre las materias generales, y también el de latín. Habiendo rendido todo satisfactoriamente, entró en el retiro para prepararse para recibir el hábito capuchino, el 22 de enero. Con el hábito, llevó un nuevo nombre: Fray Pío. ¿Lo había elegido él, o se lo habrán impuesto? Los biógrafos divergen, pero la segunda solución es la más probable, según la costumbre de la Orden. En todo caso, si abandonaba el nombre de Francisco, no es sino para imitar mejor a su Santo Patrono. En efecto, como lo afirmará más tarde Pío XI a los capuchinos: “Lo que es el carácter de su orden, es una imitación estrictísima de su Padre San Francisco”. Contentémonos entonces con relatar, entre los hechos más sobresalientes de su vida religiosa, aquellos que denotan en forma más particular a un verdadero y perfecto discípulo de San Francisco en el Padre Pío. Y en primer lugar, su profunda devoción a la pasión de nuestro buen Salvador. En efecto, al testimonio de San Buenaventura, “el camino seguido por San Francisco no es otro que un ardiente amor de Jesús crucificado”. Fue meditando ante un crucifijo que el Poverello recibió su misión del Señor, y fue así que el Padre Pío recibió sus estigmas. Aquellos que se han codeado con el Padre Pío en el noviciado, y luego en el escolasticado, recuerdan que debían extender un pañuelo en tierra ante él, para esponjar las lágrimas que le venían durante la meditación consagrada a la pasión. Fue un digno imitador del Seráfico Padre, quien lloraba tanto sobre Jesús crucificado, que terminó casi ciego y fue dispensado de leer el Breviario. Lo mismo le ocurrió también al Padre Pío en el año 1912, de manera que tuvo que conmutársele la recitación del Breviario por la del rosario hasta su curación. Para San Francisco, Jesús humillado no era menos adorable bajo las Sagradas Especies que sobre la cruz. Todas sus biografías subrayan su devoción excepcional al Santísimo Sacramento. Aún ciertos protestantes, como Sabatier o Boehmer, lo confiesan: “la Eucaristía era el alma de su piedad” y en sus exhortaciones era “el tema favorito del Santo”. Aquí el beato Padre Pío de Pietralcina de nuevo se revelaba como un ardiente émulo del Serafín de Asís: “Lo que me inspira el mayor amor es el pensamiento de Jesús en el Santísimo, y mi corazón se siente atraído por una fuerza superior antes de unirse a él, por la mañana, en la comunión. Siento un hambre y una sed tales antes de recibirla, que falta poco para que no muera de inanición”. No se puede tildar de exagerada a esta última frase: cuando era estudiante en Venefro, estuvo tan enfermo que permaneció veintiún días sin poder tragar nada, salvo la Sagrada Hostia. Y sus dirigidos recuerdan cómo los exhortaba a recibir frecuentemente la comunión. San Francisco profesaba una gran veneración por la regla de la Orden que afirmaba haber recibido del Señor mismo, junto con la misión de hacerla observar al pie de la letra, sin glosas. Para él, “la regla es el libro de la vida, el seguro de la salvación, la médula del Evangelio, el camino de la perfección, la llave del cielo…” Por lo tanto, comprometía “a todos los hermanos, en nombre del Señor, a aprender el texto y el sentido de todo lo que está escrito en esta regla para la salvación de nuestra alma, y a ponérselo frecuentemente en la memoria”. Fray Pío, siempre dócil a la voz del Santo fundador, no leyó casi ninguna otra cosa durante todo su año de noviciado, más que la regla y las Constituciones de la Orden, de las cuales San Pío V había formulado este elogio: “He aquí Constituciones inspiradas evidentemente por el Espíritu Santo. Quien las observe fielmente puede ser puesto en el número de los Santos”. El Padre Tommaso, maestro de novicios, confesaría no haber encontrado nunca en Fray Pío un defecto sobre esta observancia, y hasta el fin de su vida, no solamente no pidió jamás dispensa alguna, sino que también permaneció fidelísimo hasta a las menores prácticas, como la de inclinar la cabeza al oír pronunciar los nombres de Jesús, María y San Francisco. La virtud de obediencia es maestra de toda la vida religiosa. San Francisco la consideraba con espíritu de fe: “un sujeto no debe considerar el hombre que hay en su superior, sino a Aquel por el amor de quien eligió obedecer”. Los capuchinos se encuentran invitados a cumplir esta virtud por sus Constituciones, las cuales los exhortan a tener hacia sus superiores la obediencia y el respeto “que merece su calidad de representantes de San Francisco o más bien de Cristo nuestro Dios”. El Padre Pío observaba a sus superiores con esa mirada de fe: “su voz, para mí, es la de Dios, a quien quiero tenerle confianza hasta mi muerte”. Y esto era lo que le inculcaba a los demás: “Obedezcan prontamente. No miren ni la edad, ni el mérito de la persona. Para lograrlo, imagínense que obedecen a Nuestro Señor”. Tal era el puro espíritu de San Francisco, quien había declarado: “Estoy listo para obedecer con la misma prisa a un novicio de una hora que se me diera por guardián, que al fraile más anciano y más experimentado”. ¿Qué decir con respecto al Poverello y a su Dama Pobreza? Para él, lo superfluo era sinónimo de robo: “Nunca quise recibir todo de lo cual tenía necesidad, por temor de que los demás pobres fuesen privados de su parte”. El Padre Pío había retenido perfectamente esta lección. Había fundado la “Casa”, la casa para el alivio del sufrimiento, para que en ella se cuide de los pobres; y la había querido grande, hermosa, construida con materiales de último modelo y además con mármol… Sin embargo, un año antes de morir, mientras se veía impotente y estaba agobiado por las enfermedades, uno de sus hijos espirituales —en connivencia con el Padre guardián— hizo instalar en su celda un aire acondicionado para aliviarlo de los ardores de la canícula. Cuando vio el aparato, la primera pregunta del Padre fue: “¿Cuánto costó?” Se le contestó: “Quinientas mil liras”. Entonces perdió la paz del alma, protestando ante todos aquellos que lo visitaban: “¿Qué diría San Francisco? ¿Qué diría San Francisco?” Jamás consintió en utilizar el aparato, sino como mesa para apoyar objetos. Como el Poverello, quería esa pobreza no solamente para sí mismo, sino también para su Orden, quejándose en ocasión de un gasto hecho por la Provincia, por ser “sin duda contrario a nuestra sencillez y a nuestra pobreza seráfica”. Tampoco le gustaba la nueva iglesia conventual, no conforme al espíritu del Santo fundador y a las Constituciones capuchinas, que prescriben “que no se busque hacerlas grandes y espaciosas”. “Bienaventurados los pobres…” (San Lucas, VI, 20). La pobreza amada, es ya la beatitud. La paz de aquel que no tiene nada que lo retenga aquí abajo, y que está contento con todo. El Seráfico Padre llamaba a la tristeza “el mal babiloniano”, y su alegría pasó a ser legendaria. Hizo de ello un precepto para sus primeros discípulos: “que los hermanos tengan cuidado de no adoptar un aire sombrío, una tristeza hipócrita, sino que se muestren alegres en el Señor, amables, de buena gana, como conviene”. En el plano humano, la alegría del futuro Santo Padre Pío es desconcertante, visto el gran sufrimiento que sentía a cada instante. Su sufrimiento físico eran los estigmas, las sucesivas enfermedades, fiebres de más de 40º. Su sufrimiento moral eran las noches del espíritu, las tentaciones obsesivas, los temores lancinantes, la preocupación por las almas, las persecuciones, etc… Los sufrimientos fueron adicionándose y multiplicándose entre sí, sin tregua. Tratemos de tener espiritualmente presente todo esto, escuchando ahora a sus compañeros: — “El Padre Pío era siempre alegre y chistoso”. — “Siempre era alegre, y cuando contaba una historia, era tan jovial que uno no se cansaba nunca de escucharlo”. — “Siempre afable, en conversación con sus hermanos sobre todo. Era vivo, y a veces animador, contando muchos chistes”, llegando aún hasta la broma. Que se lea la lección Fray Francisco y Fray León sobre “la alegría perfecta” y se juzgará si, allí de nuevo, el Padre Pío no fue su digno hijo. Otra nota franciscana que brilló particularmente en el Padre, aún cuando no se manifestaba ante los ojos de todos, fue su gran frugalidad, en la escuela del Poverello. Este último se abstenía de los alimentos cocidos y acumulaba las cuaresmas en el año. Al final de una de esas cuaresmas, no había comido nada, y rompió el ayuno por humildad, para no igualar al Divino Maestro. Un día de Pascua, mientras los frailes habían preparado una mesa mejor servida, salió a mendigar y volvió a comer sentándose en el suelo… En cuanto al Padre Pío, hacía cuaresma todo el año, “aún en la Navidad y en la Pascua”. Para todo el mundo era fiesta, pero para él siempre había ayuno y oración. Solamente comía al mediodía, tomando apenas un vaso de agua por la mañana y por la tarde. Sus médicos nos han contado su régimen habitual: un plato de verdura, un pedazo de fruta. Jamás carne ni pan. Más o menos 250 calorías cotidianas, incapaces de compensar la sangre que perdía cada día por los estigmas, sin hablar de su labor extenuante en el confesionario. Todavía se podrían revelar numerosos otros rasgos de conformidad entre el Padre Pío y su Seráfico modelo, y si se dice del sacerdote que es un “alter Christus” —lo que es tanto más verdadero para el Padre Pío— se puede decir también que en cuanto religioso y capuchino, fue un “alter Franciscus”. Su apego al ideal religioso franciscano se manifiesta desde el comienzo hasta el fin de su vida, y, por contraste, más particularmente durante sus primeros años de vida sacerdotal que tuvo que pasar fuera del convento, “en exilio” en su país nativo. En diciembre del año 1911, después de un corto ensayo de vuelta a la vida de comunidad en el convento de Venafro, el Padre —sufriendo— tuvo una aparición de San Francisco, anunciándole que debía volver nuevamente a Pietralcina, la cual le arrancó dolorosas quejas: “Oh, seráfico Padre mío, ¿me expulsas de tu Orden?… ¿No soy más tu hijo?… ¡Te me apareces ahora para decirme que vuelva a esta tierra de exilio!” Las quejas continuaban repitiéndose en las cartas dirigidas a sus superiores: “Mi posición fuera del claustro ensombrece toda mi vida (…) el más grande de los sacrificios que he hecho al Señor, ¿no es poder vivir en el convento?” En efecto, el convento para él era “el lugar seguro, el asilo de paz”. Por eso, cuando las autoridades superiores de la Orden estaban pensando en secularizarlo definitivamente, él rezaba con todas las fuerzas de su ser para que aquella prueba intolerable no le fuese impuesta. “¡Qué humillación es para mí, Padre mío, el verme separado de la Orden seráfica! Se trata de un inmenso dolor que me aplasta (…) todas las lágrimas que he derramado me han hecho también sufrir mucho, y he sido obligado a meterme en la cama, en donde me encuentro todavía”. Gracias a Dios, y también a sus superiores inmediatos, aquello no tuvo lugar, y sacó de todo eso un amor aún más grande por su vocación capuchina: “Y ¿dónde pudiera servirte mejor, oh Señor, sino en el claustro y bajo el estandarte del Poverello de Asís? (…) Que el Buen Jesús me otorgue la gracia de poder ser un hijo menos indigno de San Francisco; que pueda yo servir de ejemplo para mis compañeros, de manera que el celo aumente siempre más en mí para ser un perfecto capuchino”. El Padre Pío sufría mucho ante la evolución, o más bien, ante la revolución que veía que se estaba operando bajo sus ojos, tanto en el campo social como en el religioso. En octubre de 1967 le confió a su sobrina: “Dentro de dos años no estaré más, porque habré muerto. Muchas cosas cambiarán”. Cambios que reprobaba: “seamos los imitadores de nuestros padres, que nos han precedido en el buen camino y nos llevaremos bien”. Todo esto le hacía decir al Padre Clement: “Lo que entristecía al Padre Pío al final de su existencia era el abandono, por parte de varios capuchinos, de las tradiciones ancestrales, pero sobre todo la fuerte disminución de las vocaciones de la Orden”. Más que parafrasearla, dejemos aquí que el Padre Alberto Ghinato nos cuente una sabrosa anécdota: “El amor que tenía por el hábito —tanto, que le era pesado quitárselo, aunque fuese tan sólo por poco tiempo y por necesidad— era tan proverbial, que un compañero quiso hacerle una broma… posconciliar: se presentó durante la recreación con un metro de costurera en la mano. “— ¿Qué vas a hacer con ese metro? “— Debo tomar medidas. “— ¿A quién? “— A usted. “— ¿A mí? ¿Y por qué? ¿Quiere hacerme un hábito? “— No, no. Debo tomar medidas para un pantalón, porque nunca se sabe. ¿Está al tanto? El Capítulo General se está desarrollando en este momento, y es posible que nos obliguen a vestirnos de civil. Es mejor estar preparado… “— ¿Has perdido la cabeza? He vivido y moriré con este hábito bendito, ¿has entendido? “Quince días más tarde, moría enfundado en ese hábito”. Si hubo una evolución que encontró en él a un reaccionario encarnizado, tal fue el liberalismo de las costumbres: anticoncepción, aborto, concubinato… pecados con que lo torturaban en el confesionario. “Cuando te has casado, es Dios quien decide cuántos hijos debe darte”. Había bendecido el casamiento de una pareja, retomando la palabra de Dios a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos”. Y aquella pareja tuvo dieciséis hijos. Se mostraba sin piedad para las mundanas, y había hecho fijar un cartel en la puerta de la iglesia con un aviso prohibiendo el ingreso para las mujeres en pantalones, sin velo o con vestidos demasiado cortos. Antes de que la moda femenina hubiera llegado hasta la imposición de la minifalda, el Padre ya expulsaba del confesionario, con palabras encendidas, a las penitentes cuyas polleras no alcanzaban a taparles las rodillas: “Verás como arderá tu carne desnuda”. Más de una vez cerró la portezuela ante unos labios pintados. A sus hijas espirituales les exigía particularmente un porte decente: “El Señor condena estas modas impúdicas y escandalosas que llevan a la ruina a las almas… No deben seguirlas bajo ningún pretexto…” San Francisco de Asís había instituido la Tercera Orden para todos aquellos que querían santificarse en el mundo sin sacrificar al mundo. El Padre Pío hubiera querido que todos sus hijos espirituales adoptasen tal regla de vida: “Deseo tanto que entren en la Tercera Orden y que se hagan parte de la familia franciscana. Ahí podrán sacar el espíritu evangélico del Seráfico Padre San Francisco y vivirlo. El ardiente deseo de mi corazón es que todos mis hijos espirituales pertenezcan a una de nuestras fraternidades seculares; entonces me siento vuestro verdadero padre y vuestro verdadero hermano”. Allí sí que podrían imitar bien a Jesucristo, en pos de San Francisco: “Que jamás se aleje de vuestro espíritu la figura del Seráfico Padre San Francisco, que tan bien supo reproducir en él las virtudes de Dios hecho hombre”. Para él, el terciario también debía ser un apóstol: “No te canses de propagar la Tercera Orden y de procurar, por este medio, a todo el mundo, la verdadera vida. Haz conocer a todos a San Francisco y a su verdadero espíritu. Grande será entonces el mérito que les estará reservado Arriba”. Hasta su muerte, el Padre Pío no dejó de agregar así a la Orden franciscana a una élite de primer valor, que ejerció en el mundo una influencia insospechable (varios de los terciarios eran antiguos masones convertidos). Como epílogo, y lamentando no poder disertar sobre las demás virtudes religiosas del Padre Pío de Pietralcina —como por ejemplo, sobre su oración ininterrumpida, acerca de su profundo recogimiento o de su caridad fraterna— necesariamente debemos subrayar su extraordinario espíritu de sacrificio, que es como el alma de su vida religiosa y sacerdotal. En efecto, los Doctores de la Iglesia, desde San Agustín hasta San Alfonso María de Ligorio, se ponen de acuerdo para ver en el estado religioso un holocausto, a imagen de este sacrificio del Antiguo Testamento donde la víctima era totalmente consumida por Dios. Aquí, la persona consagrada a Dios Nuestro Señor no se reserva más nada de todos sus poderes temporales, corporales y espirituales, por los tres votos de religión, que la clavan definitivamente a la cruz con su Redentor, “acabando así en ella lo que falta a la Pasión de Cristo para su cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses, I, 24). El Padre Pío estaba plenamente consciente de eso: lo atestiguan las palabras que él mismo había escrito sobre su estampita del jubileo monástico: “Cincuenta años de vida religiosa, cincuenta años clavado sobre la cruz, cincuenta años de fuego devorador, por Ti, Señor, y por aquellos que has redimido”. Sin embargo, el Padre Pío estaba tanto más destinado a una vida de víctima, cuanto que se hallaba revestido del carácter sacerdotal, que lo asemejaba a Nuestro Señor Jesucristo, sacerdote y víctima de su propio sacrificio. Por eso, también había escrito, esta vez sobre su estampita de ordenación sacerdotal, una oración con la cual le pedía al Señor que hiciera de él no solamente un “sacerdote santo”, sino además una “víctima perfecta”. La Santísima Virgen María, Madre de la Divina Víctima y Corredentora, también habría de asistirlo en ese largo via crucis: “Jesús y su Madre bienamada me animan, sin dejar de repetirme que la víctima, para llamarse tal, debe derramar su sangre”. Este via crucis era, a la vez, doloroso y alegre: “No pido en absoluto tener una cruz más ligera, puesto que me es suave sufrir con Jesús; mirando la cruz sobre sus espaldas, me siento cada vez más fortalecido, y exulto con una santa alegría”. Y, por fin, ese grito proveniente de su corazón: “Oh, qué hermosa cosa es ser víctima de amor”. Fray Juan (del Convento San Francisco de Morgon, Francia)

miércoles, 26 de abril de 2017

SOMOS MUCHO Y NO SOMOS NADA: LA HUMILDAD DEL SANTO CURA DE ARS



“¿Qué quieren ustedes?, lo escuchó el Reverendo Raymond, yo no tuve estudios; mosén Balley (hablaba del párroco de Ecully, que lo preparó para entrar al seminario) se esforzó, durante cinco o seis años, en enseñarme algo. Pero perdió su latín y no pudo meterme nada en mi torpe cabeza”.

Siempre fue consciente de sus limitaciones, pero también fue siempre consciente de su misión: debía ser roca, apoyo sólido, sacerdote, párroco, instrumento de Dios para la conversión. La conclusión le resultaba evidente: yo no soy nada, son indigno; Dios quiere lo que quiere, me ha hecho sacerdote suyo; por lo tanto, tengo que unirme a Dios por la oración, en la Santa Misa, en la cruz y en los sufrimientos, para que sea Dios quien haga todo lo que quiere hacer a través de mí.

Esta humildad no la perdió nunca. Cuando los peregrinos llevaban dibujos con su retrato, con humor decía: “Efectivamente soy yo; fíjate qué aire de bruto tengo”. Cuando los peregrinos fueron muchos, hizo construir una capilla dedicada a Santa Filomena, y los envió a la Santa para que le pidiesen lo que quisieran, y a ella le atribuía los dones especiales que recibían: quería esconderse y se parapetaba en esta Santa.

Humanamente hablando, ser párroco de una aldea de 230 habitantes no parece ser gran cosa. Pero, ante la humilde mirada sobrenatural, aquello se trataba de una gran responsabilidad: ser sacerdote…, “tener que dar cuenta de una parroquia ante Dios…, es muy duro”, repetía con frecuencia.

Porque era humilde era osado, atrevido, soñador: “Dios lo hará todo si estoy unido a Él. Va en directo a hacer lo que es bueno hacer; no se conforma con lo lógico, con lo «posible»: Dios puede hacer lo imposible”. Así vivió.


LO QUE DIJO E HIZO

“La humildad es el gran medio para amar a Dios. Es nuestro orgullo lo que nos impide ser santos. No se concibe que una criaturita como nosotros se pueda enorgullecer de algo. Un puñado de tierra del tamaño de una nuez: en eso nos convertirmos tras la muerte. No hay motivos para estar orgullosos”. Por eso consideraba que cuando nos humillan nos hacen un favor: “Los que nos humillan son nuestros amigos, y no los que nos alaban”.

El Santo Cura de Ars se creía muy ignorante: “¡Qué queréis que os diga, solía repetir, yo no tengo estudios!” Y, exagerando de lo lindo, añadía: “Cuando estoy con los demás sacerdotes, soy el Bardin (era éste un idiota de aquella comarca). En todas las familias, hay un hijo más torpe que sus hermanos y hermanas; pues bien, entre nosotros yo soy este hijo”. Esta desconfianza excesiva en sus propias luces lo hubiera paralizado y, quizás, anulado del todo. Pero él no se apoyaba en sus cualidades, ni hacía lo que hizo por afirmarse a sí mismo, para demostrar a los demás de lo que era capaz. Era el amor de Dios y del prójimo lo que lo llevaban a su acción, lo que lo obligaba a actuar.


¡Cuánto tiempo solemos dedicar todos a disimular nuestras limitaciones! El Cura de Ars se mostraba tal cual era. No quería que lo siguiesen a él, sino al Buen Dios, a Jesucristo. Por eso, ¿qué más le daba parecer torpe? Tampoco quería que se formasen un alto concepto de su persona. Así, algunas veces, cuando iban a escucharlo, buscaba la manera de mostrar su torpeza, temeroso de que no se tuviese de su persona una opinión demasiado favorable. “En el confesionario, decía la baronesa de Belvey, hablaba correctamente el francés (yo tuve ocasión de experimentarlo); mientras que en las explicaciones del Catecismo, dejaba escapar algunas faltas, sobre todo cuando entre el auditorio había personas de consideración”.

Le gustaba contar esta historia: “El diablo se apareció un día a San Mauricio y le dijo:
— Todo lo que tú haces, lo hago también yo. Tú ayunas, y yo no como nunca; tú velas, y yo jamás duermo.
— Una cosa hago yo que tú no puedes hacer, le contestó San Mauricio.
— ¿Y cuál es?
— ¡Humillarme!”
Y añadía: “La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen”.

“La humildad es como una balanza; cuanto más nos abajamos de un lado, más subimos del otro”.

“Una persona orgullosa piensa que todo lo que hace está bien hecho; quiere dominar sobre todos, siempre cree que tiene razón; ella cree que su opinión es mejor que la de los demás. Por el contrario, cuando a una persona humilde y santa se le pide su opinión, la da siempre con serenidad, después de haber escuchado la de los demás. Tenga razón o no, no replicará nada. San Luis Gonzaga, cuando era escolar y le reprochaban algo, no buscaba nunca excusa; decía lo que pensaba, y no se preocupaba de lo que pensaban los otros. Si se equivocaba, se equivocaba; si tenía razón, decía: «Otras muchas veces me he equivocado»”.

Muchos orgullos y vanidades tienen su raíz en fijarse mucho en el cuerpo, en lo que se tiene, en las apariencias… y olvidar el alma. Por eso a San Juan María Vianney le gustaba contraponer cuerpo y alma, lo poco que es el cuerpo en comparación con el alma: “Somos mucho y no somos nada. No hay nada más grande que el hombre, y nada más pequeño que él. No hay nada más grande que mirarse el alma, nada más pequeño que mirarse el cuerpo. Uno se ocupa de su cuerpo como si eso sólo fuera lo único a cuidar, cuando en realidad es algo que en ocasiones hemos de menospreciar”. El alma es para siempre; el cuerpo pasa enseguida: “Estamos en la tierra sólo para un instante. Parece que nos movemos y caminamos a grandes pasos hacia la eternidad, como el vapor”.

Empleaba la parábola de la cesta para hacer ver lo absurdo, inútil e infructuoso de la vida del que cree ser algo: “El orgulloso se parece a aquel hombre que pretendía sacar agua del pozo en una cesta”.

“Señor Cura, cuando se sabe tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesionario”. Estas palabras las leyó en una carta dirigida a él. El pobre Cura de Ars, tal vez para desahogar su preocupación, fue a confiar su pena a un feligrés que le era particularmente querido: el viejo señor Mandy, el antiguo alcalde de Ars.
— Esta carta —le contestó— viene sin duda de una persona grosera. No hay, pues, que darle importancia.
— ¡Ah, no, es de una persona instruida! Y acabó por confesar que la había escrito un sacerdote. Y añadió: Pero no me daría ninguna pena, si estuviese seguro de que Dios no ha sido ofendido por mi ignorancia.
Después se dirigió a su habitación, tomó su pluma, él que casi nunca escribía, y abrió su corazón al joven sacerdote con esta sencilla respuesta:
“Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amarlo! Sólo usted me ha conocido bien. Puesto que es tan bueno que se digna interesarse por mi pobre alma, ayúdeme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi cargo, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para llorar allí mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!”

José Pedro Manglano
(tomado de su libro “Orar con el cura de Ars”)

martes, 25 de abril de 2017

La Iglesia de Hechos

... es consciente de ser depositaria de las promesas hechas a Israel y que, por tanto, vive su condición de Pueblo de Dios en comunión con la religión de los padres. ... es igualmente fiel a Jesús y que, a imitación suya y en continuidad con él, frecuenta el Templo y celebra la fracción del pan, pero que al mismo tiempo comienza a distinguirse del judaísmo a través de unos valores nuevos y una práctica religiosa propia. ... es fiel al anuncio evangélico, a la enseñanza apostólica y a la catequesis. ... es fiel al amor fraterno solidario y activo a través de obras concretas de caridad en favor de los más pobres. ... es fiel a la celebración de la fracción del pan, a la Eucaristía, que es su centro y la fuente vital de su existencia. ... es fiel a la oración como espacio vital de alabanza y gratitud, de confianza y comunión. ... vive la pobreza como condición de solidaridad y caridad hacia los más pobres. ... vive en el gozo constante que brota de su fe en el Resucitado, disfrutando al mismo tiempo de la estima de todo el pueblo. ... vive abierta a Israel y al mundo entero, que fue punto de referencia para las iglesias del tiempo de Lucas y que lo será para la iglesia de todos los tiempos.

lunes, 24 de abril de 2017

PARA RECORDAR

“Cuando las disposiciones arbitrarias del poder legislativo o del poder ejecutivo promulgan u ordenan algo contrario a la ley divina o a la ley natural, la dignidad del cristianismo, las obligaciones de la profesión cristiana y el mandato del Apóstol enseñan que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. León XIII, “Quod apostolici muneris”, 1878