... de San Pedro de Alcántara (1499-1562)
PRÓLOGO
Tratado de la oración y meditación compuesto por el padre Fray Pedro de Alcántara, fraile
menor de la Orden del Bienaventurado San Francisco, dirigido al muy magnífico y muy devoto señor Rodrigo de Chaves vecino de Ciudad Rodrigo. Muy magnífico y muy devoto señor: Nunca yo me moviera a recopilar este breve tratado, ni a consentir que se imprimiese, si no fuese por las muchas veces que vuestra merced me mandó que escribiese alguna cosa de oración, breve y compendiosa, y con claridad, cuyo provecho fuese más común; pues siendo de pequeño volumen y precio, aprovecharía a los pobres, que no tienen tanta posibilidad para libros más costosos, y escribiéndose con más claridad, aprovechara a los simples, que no tienen tanto caudal de entendimiento. Y pareciéndome, que no es de menor mérito obedecer en este caso a quien pide cosa tan piadosa y santa, que el fruto que se pueda sacar de ella, quise poner en ejercicio tan santo mandamiento, bien certificado, que para mí no puede este pequeño trabajo dejar de ser de provecho, si la mucha afición y voluntad que tengo al servicio de V. M. y de la señora Doña Francisca vuestra compañera, no menos ligada con vuestra merced con el vínculo de la caridad y amor en Jesucristo nuestro Bien, que con el del matrimonio, no me lleva alguna parte del merecimiento. Aunque sí es verdad (como lo es) que todo el bien que hacen nuestros hermanos, de que nos gozamos los cristianos, resulta en mérito particular del que se huelga, bien podré yo decir Quod particeps sum devotionis vestrae, y de todas vuestras buenas obras, pues como hijos muy queridos en el Señor (que así quiero llamar a vuestras mercedes), pues me tenéis por Padre, nunca ha faltado la pobreza de mi doctrina e industria de ayudar a la riqueza de vuestros santos propósitos y altos pensamientos. Y habiendo leído muchos libros acerca de esta materia, de ellos en breve he sacado y recopilado lo que mejor y más provechoso me ha parecido. Plegue al Señor que así aproveche a todos los que le buscan, pues no es para los demás, y que consiga vuestra merced el interés espiritual de su buen deseo, y yo el de su buena voluntad; toda a honra y gloria de Jesucristo nuestro Bien, cuyo es todo lo que es bueno.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
DEL FRUTO QUE SE SACA DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN
Porque este tratado breve habla de oración y meditación, será bien decir en pocas palabras el fruto que de este santo ejercicio se puede sacar, porque con más alegre corazón se ofrezcan los hombres a él. Notoria cosa es que uno de los mayores impedimentos que el hombre tiene para alcanzar su última felicidad y bienaventuranza, es la mala inclinación de su corazón, y la dificultad y pesadumbre que tiene para bien obrar; porque a no estar ésta de por medio, facilísima cosa le sería correr por el camino de las virtudes y alcanzar el fin para que fue criado. Por lo cual dijo el Apóstol (Rom.7,23): Huélgome con la ley de Dios, según el hombre interior; pero siento otra ley e inclinación en mis miembros, que contradice a la ley de mi espíritu. Y me lleva tras sí cautivo a la ley del pecado. Ésta es, pues, la causa más universal que hay de todo nuestro mal. Pues para quitar esta pesadumbre y dificultad y facilitar este negocio, una de las cosas que más aprovechan es la devoción. Porque (como dice Santo Tomás) no es otra cosa devoción sino una prontitud y ligereza para bien obrar, la cual despide de nuestra ánima toda esa dificultad y pesadumbre y nos hace prontos y ligeros para todo bien. Porque es una refección espiritual, un refresco y rocío del cielo, un soplo y aliento del Espíritu Santo y un afecto sobrenatural; el cual, de tal manera regla, esfuerza y transforma el corazón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales, y nuevo disgusto y aborrecimiento de las sensuales. Lo cual nos muestra la experiencia de cada día, porque al tiempo que una persona espiritual sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos; allí son los favores y determinaciones de bien obrar; allí el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y dulce como allí se le ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aun derramar sangre por Él; y, finalmente, reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma.
Y si me preguntas por qué medios se alcanza ese poderoso y tan notable afecto de devoción, a esto responde el mismo santo doctor diciendo: que por la meditación y contemplación de las cosas divinas; porque de la profunda meditación y consideración de ellas redunda este afecto y sentimiento acá en la voluntad, que llamamos devoción, el cual nos incita y mueve a todo bien. Y por eso es tan alabado y encomendado este santo y religioso ejercicio de todos los santos; porque es medio para alcanzar la devoción, la cual, aunque no es más que una sola virtud, nos habilita y mueve a todas las otras virtudes, y es como un estímulo general para todas ellas. Y si quieres ver cómo esto es verdad, mira cuán abiertamente lo dice San Buenaventura (en De vita Christi) por estas palabras:
Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración. Si quieres conocer las astucias de Satanás, y defenderte de sus engaños, seas hombres de oración. Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. Si quieres ojear de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración. Si la quieres sustentar con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración. Si quieres fortalecer y confirmar tu corazón en el camino de Dios, seas hombre de oración. Finalmente, si quieres desarraigar de tu ánima todos los vicios y plantar en su lugar las virtudes, seas hombre de oración; porque en ella se recibe la unción y gracia del Espíritu Santo, la cual enseña todas las cosas. Y demás de esto, si quieres subir a la alteza de la contemplación y gozar de los dulces abrazos del Esposo, ejercítate en la oración, porque éste es el camino por donde sube el ánima a la contemplación y gusto de las cosas celestiales. Ves, pues, de cuánta virtud y poder sea la oración? Y para prueba de todo lo dicho (dejado aparte el testimonio de las Escrituras Divinas), esto basta agora por suficiente probanza que habemos oído y visto, y vemos cada día muchas personas simples, las cuales han alcanzado todas estas cosas susodichas y otras mayores mediante el ejercicio de la oración. Hasta aquí son palabras de San Buenaventura. Pues ¿qué tesoro, qué tienda se puede hallar más rica, ni más llena que ésta? Oye también lo que dice a este propósito otro muy religioso y santo Doctor', hablando de esta misma virtud: En la oración (dice él), se limpia el ánima de los pecados, apaciéntase la caridad, certifícase la fe, fortalécese la esperanza, alégrase el espíritu, derrítense las entrañas, purifícase el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, renuévanse los sentidos, repárase la virtud enflaquecida, despídese la tibieza, consúmese el orín de los vicios, y en ella no faltan centellas vivas de deseos del cielo, entre los cuales arde la llama del divino amor. ¡Grandes son las excelencias de la oración! ¡Grandes son sus privilegios! A ella están abiertos los Cielos. A ella se descubren los secretos, y a ella están siempre atentos los oídos de Dios. Esto basta ahora para que en alguna manera se vea el
fruto de este santo ejercicio.
CAPÍTULO II. DE LA MATERIA DE LA MEDITACIÓN
Visto de cuánto fruto sea la oración y meditación, veamos ahora cuáles sean las cosas que debemos meditar. A lo cual se responde, que por cuanto este santo ejercicio se ordena a criar en nuestros corazones amor y temor de Dios, y guarda de sus mandamientos, aquélla será más conveniente materia de este ejercicio que más hiciere a este propósito. Y aunque sea verdad que todas las cosas criadas y todas las espirituales sagradas nos muevan a esto; pero, generalmente hablando, los misterios de nuestra fe, que se contienen en el Símbolo, que es el Credo, son los más eficaces y provechosos para esto. Porque en él se trata de los beneficios divinos, del juicio final, de las penas del Infierno y de la gloria del Paraíso, que son grandísimos estímulos para mover nuestro corazón al amor y temor de Dios, y en él también se trata la Vida y Pasión de Cristo nuestro Salvador, en la cual consiste todo nuestro bien. Estas dos cosas señaladamente se tratan en el Símbolo, y éstas son las que más ordinariamente rumiamos en la meditación, por lo cual con mucha razón se dice que el Símbolo es la materia propia de este santo ejercicio, aunque también lo será para cada uno lo que más moviere su corazón al amor y temor de Dios.
Pues, según esto, para introducir a los nuevos y principiantes en este camino (a los cuales conviene dar el manjar como digesto y masticado), señalaré aquí brevemente dos maneras de meditaciones para todos los días de la semana, unas para la noche, y otras para la mañana, sacadas por la mayor parte de los misterios de nuestra fe, para que así como damos a nuestro cuerpo dos refecciones cada día, así también las demos al ánima, cuyo pasto es la meditación y consideración de las cosas divinas. De estas meditaciones, las unas son de los Misterios de la Sagrada Pasión y Resurrección de Cristo, y las otras de los otros Misterios que ya dijimos. Y quien no tuviere tiempo para recogerse dos veces al día, a lo menos podrá una semana meditar unos Misterios y otra los otros, o quedarse con solos los de la Pasión y Vida de Jesucristo (que son los más principales), aunque los otros no conviene que se dejen a principio de la conversión, porque son irás convenientes para este tiempo, donde principalmente se requiere temor de Dios, dolor y detestación de los pecados. Síguense las primeras siete meditaciones para los días de la semana.
CAPÍTULO II.1. EL LUNES
Este día podrás entender en la memoria de los pecados, y en el conocimiento de ti mismo, para que en lo uno veas cuántos males tienes, y en lo otro cómo ningún bien tienes que no sea de Dios, que es el medio por donde se alcanza la humildad, madre de todas las virtudes. Para esto debes primero pensar en la muchedumbre de los pecados de la vida pasada, especialmente en aquellos que hiciste en el tiempo que menos conocías a Dios. Porque si lo sabes bien mirar, hallarás que se han multiplicado sobre los cabellos de tu cabeza, y que viviste en aquel tiempo como un gentil, que no sabe qué cosa es Dios. Discurre, pues, brevemente por todos los diez mandamientos y por los siete pecados mortales, y verás que ninguno de ellos hay en que no hayas caído muchas veces, por obra o por palabra o pensamiento.
Lo segundo, discurre por todos los beneficios divinos, y por los tiempos de la vida pasada, y mira en qué los has empleado; pues de todos ellos has de dar cuenta a Dios. Pues dime ahora, ¿en qué gastaste la niñez? ¿En qué la mocedad? ¿En qué la juventud? ¿En qué, finalmente, todos los días de la vida pasada? ¿En qué ocupaste los sentidos corporales y las potencias del ánima que Dios te dio para que lo conocieses y sirvieses? ¿En qué se emplearon tus ojos, sino en ver la vanidad? ¿En qué tus oídos, sino en oír la mentira, y en qué tu lengua, sino en mil maneras de juramentos y murmuraciones, y en qué tu gusto, y tu oler, y tu tocar, sino en regalos y blanduras sensuales? ¿Cómo te aprovechaste de los Santos Sacramentos, que Dios ordenó para tu remedio? ¿Cómo le diste gracias por sus beneficios? ¿Cómo respondiste a sus inspiraciones? ¿En qué empleaste la salud y las fuerzas, y las habilidades de la naturaleza, y los bienes que dicen de fortuna, y los aparejos y oportunidades para bien vivir? ¿Qué cuidado tuviste de tu prójimo, que Dios te encomendó, y de aquellas obras de misericordia que te señaló para con él? ¿Pues qué responderás en aquel día de la cuenta, cuando Dios te diga (Lc.16,2): Dame cuenta de tu mayordomía, y de la cuenta que te entregué; porque ya no quiero que trates más en ella? ¡Oh árbol seco y aparejado para los tormentos eternos! ¿Qué responderás en aquel día, cuanto te pidan cuenta de todo el tiempo de tu vida y de todos los puntos y momentos de ella?
Lo tercero, piensa en los pecados que has hecho y haces cada día, después que abriste más los ojos al conocimiento de Dios, y hallarás que todavía vive en ti Adán con muchas de las raíces y costumbres antiguas. Mira cuán desacatado eres para con Dios, cuán ingrato a sus beneficios, cuán rebelde a sus inspiraciones, cuán perezoso para las cosas de su servicio, las cuales nunca haces ni con aquella presteza y diligencia, ni con aquella pureza de intención que debías, sino por otros respetos e intereses del mundo.
Considera cuán duro eres para con el prójimo, y cuán piadoso para contigo, cuán amigo de tu propia voluntad, y de tu carne, y de tu honra, y de todos tus intereses. Mira cómo todavía eres soberbio, ambicioso, airado, súbito, vanaglorioso, envidioso, malicioso, regalado, mudable, liviano, sensual, amigo de tus recreaciones y conversaciones y risas y parlerías. Mira cuán inconstante eres en los buenos propósitos, cuán inconsiderado en tus palabras, cuán desproveído en tus obras, y cuán cobarde y pusilánime para cualesquier graves negocios.
Lo cuarto, considera ya por este orden la muchedumbre de tus pecados, considera luego la gravedad de ellos, para que veas cómo por todas partes es crecida tu miseria. Para lo cual debes primeramente considerar estas tres circunstancias en los pecados de la vida pasada, conviene a saber: Contra quién pecaste, por qué pecaste y en qué manera pecaste. Si miras contra quién pecaste, hallarás que pecaste contra Dios, cuya bondad y majestad es infinita, y cuyos beneficios y misericordias para con el hombre sobrepujan las arenas del mar; mas, ¿por qué causa pecaste? Por un punto de honra, por un deleite de bestias, por un cabello de interés y muchas veces sin interés; por sola costumbre y desprecio de Dios. Mas ¿en qué manera pecaste? Con tanta facilidad, con tanto atrevimiento, tan sin escrúpulo, tan sin temor y a veces con tanta facilidad y contentamiento, como si pecaras contra un Dios de palo, que ni sabe ni ve lo que pasa en el mundo. ¿Pues ésta era la honra que se debía a tan alta majestad? ¿Éste es el agradecimiento de tantos beneficios? ¿Así se paga aquella sangre preciosa que se derramó en la Cruz, y aquellos azotes y bofetadas que se recibieron por ti?
¡Oh miserable de ti por lo que perdiste, y mucho más por lo que hiciste, y muy mucho más si con todo esto no sientes tu perdición! Después de esto, es cosa de grandísimo provecho detener un poco los ojos de la consideración en pensar tu nada; esto es, cómo de tu parte no tienes otra cosa más que nada y pecado, y cómo todo lo demás es de Dios; porque claro está que así los bienes de naturaleza como los de gracia (que son los mayores), son todos suyos; porque suya es la gracia de la predestinación (que es la fuente de todas las otras gracias), y suya la de la vocación, y suya la gracia concomitante, y suya la gracia de la perseverancia, y suya la gracia de la vida eterna. Pues ¿qué tienes, de qué te puedes gloriar, sino de nada, y pecado? Reposa, pues, un poco en la consideración de esa nada, y pon esto sólo a tu cuenta, y todo lo demás a la de Dios, para que clara, y palpablemente veas quién eres tú y quién es El; cuán pobre tú y cuán rico El, y, por consiguiente, cuán poco debes confiar en ti y estimar a ti, y cuánto confiar en El, amar a Él y gloriarte en Él.
Pues consideradas todas estas cosas arriba dichas, siente de ti lo más bajamente que te sea posible. Piensa que no eres más que una cañavera, que se muda a todos vientos, sin peso, sin virtud, sin firmeza, sin estabilidad y sin ninguna manera de ser. Piensa que eres un Lázaro de cuatro días muerto, y un cuerpo hediondo y abominable, lleno de gusanos, que todos cuantos pasan se tapan las narices y los ojos para no verlo. Parézcate que de esta manera hiedes delante de Dios y de sus ángeles, y tente por indigno de alzar los ojos al cielo, y de que te sustente la tierra, y de que te sirvan las criaturas, y del mismo pan que comes y del aire que recibes. Derríbate con aquella pública pecadora a los pies del Salvador, y cubierta tu cara de confusión con aquella vergüenza que padecería una mujer delante de su marido cuando le hubiese hecho traición, y con mucho dolor y arrepentimiento de tu corazón pídele perdón de tus yerros, y que por su infinita piedad y misericordia haya por bien volverte a recibir en su casa.
CAPÍTULO II.2. EL MARTES
Este día pensarás en las miserias de la vida humana para que por ella veas cuán vana sea la gloria del mundo y cuán digna de ser menospreciada, pues se funda sobre tan flaco cimiento como esta tan miserable vida; y aunque los defectos y miserias de esta vida sean casi innumerables, tú puedes ahora señaladamente considerar estas siete. Primeramente, considera cuán breve sea esta vida, pues el más largo tiempo de ella es de setenta u ochenta años, porque todo lo demás, si algo queda, como dice el Profeta (Ps.89,10), es trabajo y dolor, y si de aquí se saca el tiempo de la niñez, que más es vida de bestias que de hombres, el que se gasta durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón (que nos hace hombres), hallaremos ser aún más breve de lo que parece. Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad de la vida venidera, apenas te parecerá un punto. Por donde verás cuán desvariados son los que por gozar de este soplo de vida tan breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar. Lo segundo, considera cuán incierta sea esta vida (que es otra miseria sobre la pasada), porque no basta ser de suyo tan breve como es, sino que ese poco que hay de vida no está seguro, sino dudoso.¡ Porque ¿cuántos llegan a esos setenta u ochenta años que dijimos? ¿A cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿Cuántos se van en flor, como dicen, o en agraz? No sabéis, dice el Salvador (Mc.13,35) cuándo vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si al canto del gallo. Aprovecharte ha, para mejor sentir esto, acordarte de la muerte de muchas personas que habrás conocido -en este mundo, especialmente de tus amigos y familiares, y de algunas personas ilustres y señaladas, a las cuales salteó la muerte en diversas edades, y dejó burlados todos sus propósitos y esperanzas. Lo tercero, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso de vidrio tan delicado como ella es, pues un aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo, basta para despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas personas, a las cuales en lo más florido de su edad basta para derribar cualquier
ocasión de las sobredichas.
Lo cuarto, considera cuán mudable es y cómo nunca permanece en un mismo ser. Para lo cual debes considerar cuánta sea la mudanza de nuestros cuerpos, los cuales nunca permanecen en una misma salud y disposición, y cuánto mayor la de los ánimos, que siempre andan como la mar alterados con diversos vientos y olas de pasiones y apetitos y cuidados que a cada hora nos perturban y, finalmente, cuántas sean las mudanzas que dicen de la fortuna, que nunca consiente mucho permanecer, ni en un mismo estado, ni en una misma prosperidad y alegría las cosas de la vida humana, sino siempre rueda de un lugar a otro. Y, sobre todo esto, considera cuán continuo sea el movimiento de nuestra vida, pues día y noche nunca para, sino siempre va perdiendo de su derecho. Según esto, ¿qué es nuestra vida sino una candela, que siempre se está gastando, y mientras más arde y resplandece, más se gasta? (Iob.14,2): ¿ Qué es nuestra vida, sino una flor que abre a la mañana y al medio día se marchita, y a la tarde se seca? Pues por razón de esta continua mudanza, dice Dios por Isaías (Is.40,6): Toda carne es heno, y toda la gloria de ella es como la flor del campo. Sobre las cuales palabras dice San Jerónimo: Verdaderamente, quien considerare la fragilidad de nuestra carne, y cómo en todos los puntos y momentos de tiempo crecemos y decrecemos, sin jamás permanecer en un mismo estado, y cómo esto que ahora estamos hablando, trazando y escudriñando, se está quitando de nuestra vida, no dudará llamar a nuestra carne heno, y toda su gloria como la flor del campo. El que ahora es niño de teta, súbitamente se hace muchacho, y el muchacho, mozo, y el mozo muy pronto llega a la vejez, y primero se halla viejo que se maraville de ver cómo ya no es mozo. Y la mujer hermosa, que llevaba tras sí las manadas de los mozuelos locos, muy presto descubre la frente arada con arrugas, y la que antes era amable, de ahí a poco viene a ser aborrecible.
Lo quinto, considera cuán engañosa sea (que por ventura es lo' peor que tiene, pues a tantos engaña, y tantos y tan ciegos amadores lleva tras sí), pues siendo fea nos parece hermosa, siendo amarga nos parece dulce, siendo breve, a cada uno la suya, le parece larga, y siendo tan miserable, parece tan amable, que no hay peligro ni trabajo a que no se pongan los hombres por ella, aunque sea con detrimento de la vida perdurable, haciendo cosas por donde vengan a perder la vida perdurable.
Lo sexto, considera cómo además de ser tan breve, etc. (según está dicho), eso poco que hay de vida está sujeto a tantas miserias, así del ánima como del cuerpo, que todo ello no es otra cosa sino un valle de lágrimas y un piélago de infinitas miserias. Escribe San Jerónimo que Jerjes, aquel poderosísimo rey que derribaba los montes y allanaba los mares, como se subiese a un monte alto a ver desde allí un ejército que tenía juntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice que se paró a llorar. Y preguntado por qué lloraba, respondió: Lloro porque de aquí a cien años no estará vivo ninguno de cuantos allí veo presentes. ¡Oh si pudiésemos (dice San Jerónimo) subirnos a alguna atalaya, que dende allá pudiésemos ver toda la tierra debajo de nuestros pies! Dende ahí verías las caídas y miserias de todo el mundo, y gentes destruidas por gentes, y reinos por reinos. Verías cómo a unos atormentan, a otros matan; unos se ahogan en la mar, otros son llevados cautivos. Aquí verás bodas, allí llanto; aquí matar unos, allí morir otros; unos abundar en riquezas, otros mendigar. Y finalmente verías no solamente el ejército de jerjes, sino a todos los hombres del mundo que ahora son, los cuales de aquí a pocos días acabarán. Discurre por todas las enfermedades y trabajos de los cuerpos humanos y por todas las aflicciones y cuidados de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los estados como en todas las edades de los hombres, y verás aún más claro cuántas sean las miserias de esta vida, pues que viendo tan claramente cuán poco es todo lo que el mundo puede dar, más fácilmente menosprecies tanto lo que hay en él. A todas estas miserias sucede la última, que es morir, la cual, así para lo del cuerpo como para lo del ánima, es la última de todas las cosas terribles; pues el cuerpo será en un punto despojado de todas las cosas, y del ánima se ha de determinar entonces lo que para siempre ha de ser. Todo esto te dará a entender cuán breve y miserable sea la gloria del mundo (pues tal es la vida de los mundanos sobre que se funda) y, por consiguiente, cuán digna sea ella de ser hollada y menospreciada.
CAPÍTULO II.3. EL MIÉRCOLES
Este día pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría como para huir del pecado, como también para comenzar con tiempo a aparejarse para la hora de la cuenta. Piensa, pues, primeramente, cuán incierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué estado te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella. Lo segundo piensa en el apartamiento que allí habrá, no sólo entre todas las cosas que se aman en esta vida, sino también entre el ánima y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los hijos, y de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas? Si un buey da bramidos cuando lo apartan de otro buey con quien araba, qué bramido será el de tu corazón cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste a cuestas el yugo de las cargas de esta vida? Considera también la pena que el hombre allí recibe cuando se le representa en lo que han de parar el cuerpo y el ánima después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede caber otra suerte mejor que un hoyo de siete pies de largo en compañía de los otros muertos; mas del ánima no sabe cierto lo que será, ni qué suerte le ha de caber. Ésta es una de las mayores congojas que allí se padecen: saber que hay gloria y pena para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber. Tras ésta congoja se sigue otra no menor, que es la cuenta que allí se tiene de dar, la cual es tal que hace temblar aún a los más esforzados. De Arsenio se escribe que estando ya para morir empezó a temer. Y como sus discípulos le dijesen: Padre, y tú ahora temes. Respondió: Hijos, no es nuevo en mí este temor, porque siempre viví con él. Allí, pues, se le representan al hombre todos los pecados de la vida pasada como un escuadrón de enemigos que vienen a dar sobre él, y los más grandes y en qué mayor deleite recibió, ésos se representan más vivamente y son causa de mayor temor. ¡Oh, cuán amarga es allí la memoria del deleite pasado, que en otro tiempo parecía más dulce! Por cierto, con mucha razón, dijo el Sabio (Prov.23,31-32): No mires al vino cuando está rubio y cuando resplandece en el vidrio su color, porque aunque el tiempo del beber parece blando, mas a la postre muerde como culebra y derrama su- ponzoña como basilisco. Éstas son las heces de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; éste es el dejo que tiene aquel cáliz de Babilonia por de fuera dorado. Pues entonces el hombre miserable, viéndose cercado de tantos acusadores, comienza a temer la tela de este juicio y a decir entre sí: Miserable de mí, que tan engañado he venido y por tales caminos he andado, ¿qué será de mi obra en este juicio? Si San Pablo dice (Gal.6,8) que lo que el hombre hubiere sembrado, eso cogerá, yo que ninguna otra cosa he sembrado, sino obras de carne, ¿qué espero coger de aquí sino corrupción? Si San Juan dices (Apoc.21,27) que en aquella soberana ciudad, que es todo oro limpio, no ha de entrar cosa sucia, ¿qué espera quien tan sucia y tan torpemente ha vivido?
Después de esto suceden los sacramentos de la Confesión y Comunión y de la Extremaunción, que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel trabajo, y así en éste como en los otros debes considerar las ansias y congojas que allí el hombre padecerá por haber vivido mal, y cuánto quisiera haber llevado otro camino, y qué vida haría entonces si le diesen tiempo para eso, y cómo allí se esforzará a llamar a Dios, y los dolores y la prisa de la enfermedad apenas le darán lugar.
Mira también aquellos postreros accidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte, cuán espantosos son y cuán para temer. Levántase el pecho, enronquécese la voz, muérense los pies, hiélanse las rodillas, afílanse las narices, húndense los ojos, párase el rostro difunto, y luego la lengua no acierta a hacer su oficio; finalmente, con la gran prisa del ánima que se parte, turbados todos los sentidos pierden su valor y su virtud. Mas, sobre todo, el ánima es la que allí padece los mayores trabajos, porque allí está batallando y agonizado, parte por la salida y parte por el temor de la cuenta que se le apareja; porque ella, naturalmente, rehúsa la salida y ama la estada y teme la cuenta. Salida ya el ánima de la carne, aún te quedan dos caminos por andar, el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el ánima hasta la determinación de su causa, considerando lo que a cada una de estas partes acaecerá. Mira, pues, cuál queda el cuerpo después que su ánima la desampara, y cuál esa noble vestidura que le aparejan para enterrarlo, y cuán presto procuran echarlo de casa. Considera su enterramiento con todo lo que él pasará, el doblar de las campanas, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sentimiento che los amigos, y, finalmente, todas las particularidades que allí suelen acaecer hasta dejar el cuerpo en la sepultura, donde quedará sepultado en aquella tierra de perpetuo olvido.
Dejado el cuerpo en la sepultura, vete luego en pos del ánima y mira el camino que llevará por aquella nueva región, y en lo que, finalmente, parará, y cómo será juzgada. Imagina que estás ya presente en este juicio, y que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el cargo y el descargo de todo lo recibido hasta el cabo de la agujeta. Allí se pedirá cuenta de la vida, de la hacienda, de la familia, de las inspiraciones de Dios, de los aparejos que tuvimos para bien vivir, y sobre todo de la sangre de Cristo, y allí será cada uno juzgado según la cuenta que diere de lo recibido.
CAPÍTULO II.4. EL JUEVES
Este día pensarás en el juicio final, para que con esta consideración se despierten en tu ánima aquellos dos tan principales afectos que debe tener todo fin cristiano, conviene a saber: temor de Dios y aborrecimiento del pecado. Piensa, pues, primeramente, cuán terrible será aquel día en el cual se averiguarán las causas de todos los hijos de Adán, y se concluirán, los procesos de nuestras vidas, y se dará sentencia definitiva de lo que para siempre ha de ser. Aquel día abrazará en sí los días de todos los siglos presentes, pasados y los venideros, porque en él dará el mundo cuenta de todos estos tiempos y en él derramará la ira y saña que tiene recogida en todos los siglos. Pues que tan arrebatado saldrá entonces aquel tan caudaloso río de la indignación divina, teniendo tantas acogidas de ira y saña, cuantos pecados se han hecho dende el principio del mundo.
Lo segundo, considera las señales espantosas que precederán a este día, porque, como dice el Salvador (Lc.21,11-55), antes que venga este día habrá señales en el sol y en la luna y en las estrellas, y, finalmente, en todas las criaturas del cielo y de la tierra. Porque todas ellas sentirán su fin antes que fenezcan, y se estremecerán y comenzarán a caer primero que caigan. Mas los hombres, dice, andarán secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos espantosos de la mar, y viendo las grandes olas y tormentas que levantará, barruntando por aquello las grandes calamidades y miserias que amenazan al mundo con tan temerosas señales. Y así andarán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de la muerte muertos y antes del juicio sentenciados, midiendo los peligros con' sus propios temores, y tan ocupados cada uno con el suyo, que no se acordará del ajeno, aunque sea padre o hijo. Nadie habrá para nadie, porque nadie bastará para sí solo.
Lo tercero, considera aquel diluvio universal de fuego que vendrá delante del juez, y aquel sonido temeroso de la trompeta que tocará el Arcángel para convocar todas las generaciones del mundo a que se junten en su lugar y se hallen presentes en juicio; y, sobre todo, la majestad espantable con que ha de venir el juez.
Después de esto considera cuán estrecha será la cuenta que allí a cada uno se pedirá. Verdaderamente, dice Job (Job.3,3) no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con Él en juicio, de mil cargos que le haga no le podrá responder a solo uno. Pues ¿qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios con él en este examen, y allá dentro de su conciencia diga así?: Ven acá, hombre malo, ¿qué viste en mí, porque así me despreciaste y te pasaste al bando de mi enemigo? Yo te crié a mi imagen y semejanza. Yo te di la lumbre de la fe, y te hice cristiano, y te redimí con mi propia sangre. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios, bofetadas, deshonras, tormentos y cruz. Testigos son esta cruz y clavos que aquí parecen; testigos estas llagas de pies y manos, que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y la tierra, delante de quien padecí. ¿Pues qué hiciste de esa ánima tuya, que yo con mi sangre hice mía; en cuyo servicio empleaste lo que yo compré tan caramente? ¡Oh, generación loca, adúltera! ¿Por qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí, tu Redentor y Criador, con alegría? Llaméos tantas veces, y no me respondisteis; toqué a vuestras puertas, y no despertasteis; extendí mis manos en la cruz, y no lo mirasteis; menospreciasteis mis consejos y todas mis promesas y amenazas; pues decid ahora vosotros, ángeles; juzgad vosotros, jueces, entre mí, y mi viña, ¿qué más debí yo hacer por ella de lo que hice? (Is.5) ¿Pues qué responderán aquí los malos, los burladores de las cosas divinas, los mofadores de la virtud, los menospreciadores de la simplicidad, los que tuvieron más cuenta con las leyes del mundo que con la de Dios, los que a todas sus voces estuvieron sordos, a todas sus inspiraciones insensibles, a todos sus mandamientos rebeldes y a todos sus azotes y beneficios, ingratos y duros? ¿Qué responderán los que vivieron como si creyeran que no había Dios, y los que con ninguna ley tuvieron cuenta, sino con sólo su interés? Qué haréis los tales, dice Isaías (Is.10,3) en el día de la visitación y calamidad que os vendrá de lejos? ¿A quién pediréis socorro, y qué os aprovechará la abundancia de vuestras riquezas?
Lo quinto, considera, después de todo esto, la terrible sentencia que el juez fulminará contra los malos, y aquella temerosa palabra que hará reteñir las orejas de quien le oyere: Sus labios, dice Isaías (Is.30,27) están llenos de indignación, y su lengua es como fuego que traga. ¿Qué fuego abrasará tanto como aquellas palabras (Mt.25,45): Apartaos de mí, malditos, al fuego perdurable que está aparejado para Satanás y para sus ángeles? En cada una de las cuales palabras tienes mucho que sentir y que pensar, en el apartamiento, en la maldición, en el fuego, en la compañía y, sobre todo, en la eternidad.
CAPÍTULO II.5. EL VIERNES
Este día meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditación también se confirme más tu ánima en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado.
Estas penas, dice San Buenaventura, se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno (según él mismo dice) como un lago oscuro y tenebroso, puesto debajo de la tierra, o como un pozo profundísimo lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentadores y atormentados, con perpetuo llanto y crujir de dientes. Pues en este mal aventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido y la otra de daño. Y cuanto a la primera, piensa cómo no habrá allí sentido alguno
dentro ni fuera de ánima que no esté penando con su propio tormento, porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará el que cada uno de ellos pene con su propio tormento y pague su merecido. Allí los ojos adúlteros y deshonestos padecerán con la visión horrible de los demonios. Allí las orejas que se dieron a oír mentiras y palabras torpes, oirán perpetuas blasfemias y gemidos. Allí las narices amadoras de perfumes y olores sensuales, serán llenas de intolerable hedor. Allí el gusto que se regalaba con diversos manjares y golosinas, será atormentado con rabiosa hambre y sed. Allí la lengua murmuradora y blasfema será amargada con hiel de dragones. Allí el tacto amador de regalos y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, dice Job, del río Cocyto (Job.21,33), y entre los ardores y llamas del fuego. Allí la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento, con la representación de los males venideros, y la voluntad, con grandísimas iras y rabias que los malos tendrán contra Dios. Finalmente, allí se hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar, porque, como dice San Gregorio, allí habrá frío que no se pueda sufrir, fuego que no se pueda apagar, gusano inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bienes. Pues dime ahora: si el menor de todos estos males que hay acá se padeciese por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan recio de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males en todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que pueda sentir ni encarecer esto como es?
Pues no es ésta la mayor de las penas que allí se pasan: otra hay sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos pena de daño, la cual es haber de carecer para siempre de la vista de Dios y de su gloriosa compañía, porque tanto es mayor una pena, cuanto priva al hombre de mayor bien, y pues Dios es el mayor bien de los bienes, así carecer de él será el mayor mal de los males, cual de verdad es éste. Éstas son las penas que generalmente competen a todos los condenados. Mas allende estas penas generales, hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito. Porque una será allí la pena del soberbio, y otra la del envidioso, y otra la del avariento, y otra la del lujurioso, y así los demás. Allí se tasará el dolor conforme al deleite recibido, y la confusión conforme a la presunción y soberbia, y la desnudez conforme a la demasía y abundancia, y el hambre y sed conforme al regalo y la hartura pasada.
A todas estas penas sucede la eternidad del padecer, que es como el sello y la llave de todas ellas, porque todo esto aún sería tolerable si fuese finito, porque ninguna cosa es grande si tiene fin. Mas pena que no tiene fin, ni alivio, ni declinación, ni disminución, ni hay esperanza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un destierro preciso y como un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar de juicio a quien atentamente lo considera. Ésta es, pues, la mayor de las penas que en aquel mal aventurado lugar se padecen; porque si estas penas hubieran de durar por algún tiempo limitado, aunque fuera mil años, o cien mil años, o, como dice un Doctor, si esperasen que se habían de acabar en agotándose toda el agua del mar Océano, sacando cada mil años una sola gota del mar, aun esto les sería algún linaje de consuelo. Mas esto no es así, sino que sus penas compiten con la eternidad de Dios, y la duración de su miseria con la duración de su divina gloria; en cuanto Dios viviere, ellos morirán, y cuando Dios dejare de ser el que es, dejarán de ser ellos lo que son; pues en esta duración, en esta eternidad querría yo, hermano mío, que hincases los ojos de la consideración, y que (como animal limpio) rumiases ahora este paso dentro de ti, pues clama en su Evangelio aquella eterna verdad, diciendo: El cielo y la tierra faltarán; mas mis palabras no faltarán (Mt.24,24-25).
CAPÍTULO II.6. EL SÁBADO
Este día pensarás en la gloria de los bienaventurados, para que por aquí se mueva tu corazón al menosprecio del mundo y deseo de la compañía de ellos. Pues para entender algo de este bien puedes considerar estas cinco cosas, entre otras que hay en él, conviene a saber: la excelencia del lugar, el gozo de la compañía, la visión de Dios, la gloria de los cuerpos y, finalmente, el cumplimiento de todos los bienes que allí hay.
Primeramente, considera la excelencia del lugar, y señaladamente la grandeza del que es admirable, porque cuando el hombre lee en algunos graves autores que cualquiera de las estrellas del cielo es mayor que toda la tierra, y aunque hay algunas de ellas de tan notable grandeza, que son noventa veces mayores que toda ella; y con esto alza los ojos al cielo, y ve en él tanta muchedumbre de estrellas y tantos espacios vacíos, donde podrían caber otras tantas muchas más, cómo no se espanta? ¿Cómo no queda atónito y fuera de sí considerando la inmensidad de aquel lugar, y mucho más la de aquel soberano Señor que lo creó? Pues la hermosura de él no se puede explicar con palabras, porque si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de Su Majestad, casa de sus escogidos y paraíso de todos los deleites? Después de la excelencia del lugar considera la nobleza de los moradores de él, cuyo número, cuya santidad, cuyas riquezas y hermosura excede todo lo que se puede pensar. San Juan dice (Apc.5,7) que es tan grande la muchedumbre de los escogidos, que nadie basta para poder contarlos. San Dionisio dice que es tan grande el número de los ángeles, que excede sin comparación al de todas cuantas cosas materiales hay en la tierra. Santo Tomás, conformándose con este parecer, dice: Que así como la grandeza de los cielos excede a la tierra sin proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus gloriosos excede a la de todas las cosas materiales que hay en este mundo con esta misma ventaja. Pues ¿qué cosa puede ser más admirable? Por cierto, cosa es ésta que, si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos a todos los hombres. Y si cada uno de aquellos bienaventurados espíritus (aunque sea el menor de ellos) es más hermoso de ver que todo este mundo visible, ¿qué será ver tanto número de espíritus tan hermosos y ver las perfecciones y oficios de cada uno de ellos? Allí discurren los ángeles, ministran los arcángeles, triunfan los principados y alégranse las potestades, enseñorean las dominaciones, resplandecen las virtudes, relampaguean los tronos, lucen los querubines y arden los serafines, y todos cantan alabanzas a Dios. Pues si la compañía y comunicación de los buenos es tan dulce y amigable, ¿qué será tratar allí con tantos buenos, hablar con los apóstoles, conversar con los profetas, comunicar con los mártires y con todos los escogidos? Y si tan grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será gozar de la compañía y presencia de Aquel a quien alaban las estrellas de la mañana, de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan, ante cuyo merecimiento se arrodillan los ángeles y todos aquellos espíritus soberanos? ¿Qué será ver aquel bien universal en quien están todos los bienes, y aquel mundo mayor en quien están todos los mundos, y Aquel que siendo Uno es todas las cosas, y siendo simplicísimo, abraza las perfecciones de todas? Si tan grande cosa fue oír y ver al rey Salomón, que decía la reina de Saba: Bienaventurados los que asisten delante de ti y gozan de tu sabiduría, ¿qué será ver aquel sumo Salomón, aquella eterna sabiduría, aquella infinita grandeza, aquella inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre? Ésta es la gloria esencial de los santos, éste el último fin y puerto de todos nuestros deseos.
Considera, después de esto, la gloria de los cuerpos, los cuales gozarán de aquellas cuatro singulares dotes, que son sutileza, ligereza, impasibilidad y claridad, la cual será tan grande, que cada uno de ellos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre. Pues si no más de un sol, que está en medio del cielo, basta para dar luz y alegría a todo este mundo, ¿qué harán tantos soles y lámparas como allí resplandecerán? Pues ¿qué diré de todos los otros bienes que allí hay? Allí habrá salud sin enfermedad, libertad sin servidumbre, hermosura sin fealdad, inmortalidad sin corrupción, aun sin necesidad, sosiego sin turbación, seguridad sin temor, conocimiento sin error, hartura sin hastío, alegría sin tristeza y honra sin contradicción. Allí será -dice San Agustín- verdadera la gloria, donde ninguno será alabado por error ni por lisonja. Allí será verdadera la honra, la cual ni se negará al digno, ni se concederá al indigno. Allí será verdadera la paz, donde ni de sí ni de otro será el hombre molestado. El premio de la virtud será el mismo que dio la virtud y se prometió por galardón de ella, el cual se verá sin fin, y se amará sin hastío, y se alabará sin cansancio. Allí el lugar es ancho, hermoso, resplandeciente y seguro, la compañía muy buena y agradable, el tiempo de una manera: no hay distinto en tarde y mañana, sino continuado con una simple eternidad. Allí habrá perpetuo verano, que con el frescor y aire del Espíritu Santo siempre florece. Allí todos se alegran, todos cantan y alaban a Aquel sumo dador de todo, por cuya largueza viven y reinan para siempre. ¡Oh Ciudad Celestial, morada segura, tierra donde se halla todo lo que deleita! ¡Pueblo sin murmuración, vecinos quietos y hombres sin ninguna necesidad! ¡Oh si se acabase ya esta contienda! ¡Oh sise concluyesen los días de mi destierro!, ¿cuándo llegará ese día? Cuándo vendré y pareceré ante la cara de mi Dios?
CAPÍTULO II.7. EL DOMINGO
Este día pensarás en los beneficios divinos, para dar gracias al Señor por ellos y encenderte más en el amor de quien tanto bien te hizo. Y aunque estos beneficios sean innumerables, más puedes tú, a lo menos, considerar estos cinco más principales, conviene a saber: de la Creación, Conservación, Redención, Vocación, con los otros beneficios particulares y ocultos. Y primeramente, cuando al beneficio de la creación, considera con mucha atención lo que eras antes que fueses criado, y lo que Dios hizo contigo, y te dio, ante todo merecimiento, conviene a saber: ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa tan excelente ánima, con aquellas tres tan notables potencias, que son entendimiento, memoria y voluntad. Y mira bien que darte esta tal ánima fue darte todas las cosas, pues ninguna perfección hay en alguna criatura que el hombre no la tenga en su manera, por donde parece que darnos esta pieza sola fue darnos de una vez todas las cosas juntas. Cuando al beneficio de la conservación, mira cuán colgado está todo tu ser de la Providencia divina; cómo no vivirías un punto, ni darías un paso, si no fuese por Él; cómo todas las cosas del mundo crió para tu servicio: la mar, la tierra, las aves, los peces, los animales, las plantas, hasta los mismos ángeles del cielo. Considera con esto la salud que te da, las fuerzas, la vida, el mantenimiento, con todos los otros socorros temporales. Y, sobre todo esto, pondera mucho las miserias y desastres en que cada día ves caer los otros hombres, en los cuales pudieras tú también haber caído si Dios, por su piedad, no te hubiera preservado. Cuanto al beneficio de la redención, puedes considerar dos cosas: la primera, cuántos y cuán grandes hayan sido los bienes que nos dio mediante el beneficio de la redención; y la segunda, cuántos y cuán grandes hayan sido los males que padeció en su cuerpo y ánima santísima, para ganarnos estos bienes; y para sentir más lo que debes a este Señor por lo que por ti padeció, puedes considerar estas cuatro principales circunstancias en el misterio de su Sagrada Pasión, conviene a saber: quién padece, qué es lo que padece, por quién padece y por qué causa lo padece. ¿Quién padece? Dios. ¿Qué padece? Los mayores tormentos y deshonras que jamás se padecieron. ¿Por quién padece? Por criaturas infernales y abominables, y semejantes a los mismos demonios en sus obras. ¿Por qué causa padece? No por su provecho ni por nuestro merecimiento, sino por las entrañas de su infinita caridad y misericordia.
Cuanto al beneficio de la vocación, considera primeramente cuán grande merced de Dios fue hacerte cristiano, y llamarte a la fe por medio del bautismo y hacerte también participante de los otros sacramentos. Y si después de este llamamiento, perdida ya la inocencia, te sacó de pecado, y volvió a su gracia, y te puso en estado de salud, ¿cómo te podrás alabar por este beneficio? ¡Qué tan grande misericordia fue aguardarte tanto tiempo y sufrirte tantos pecados, y enviarte tantas inspiraciones, y no cortarte el hilo de la vida como se cortó a otros en ese mismo estado; y, finalmente, llamarte con tan poderosa gracia que resucitases de muerte a vida y abrieses los ojos a la luz! ¡Qué misericordia fue, después de ya convertido, darte gracia para no volver al pecado, y vencer al enemigo y perseverar en lo bueno! Éstos son los beneficios públicos y conocidos: otros hay secretos, que no los conoce sino el que los ha recibido, y aun otros hay tan secretos, que el mismo que los recibió no los conoce, sino sólo aquel que los hizo. ¡Cuántas veces habrás en este mundo merecido por tu soberbia, o negligencia, o desagradecimiento, que Dios te desamparase, como habrá desamparado a otros muchos por alguna de estas causas, y no lo ha hecho! ¡Cuántos males, y ocasiones de males, habrá prevenido el Señor con su providencia deshaciendo las redes del enemigo, y acortándole los pasos, y no dando lugar a sus tratos y consejos! ¡Cuántas veces habrá hecho con cada uno de nosotros aquello que él dijo a San Pedro (Lc.22,31): Mira que Satanás andaba muy negociado para aventaros a todos como a trigo, mas yo he rogado por ti, que no desfallezca tu fe! Pues, ¿quién podrá saber esos secretos sino Dios? Los beneficios Positivos, bien los puede a veces conocer el hombre, mas los privativos, que no consisten en hacernos bienes, sino en librarnos de males, ¿quién los conocerá? Pues así por éstos, como por los otros, es razón que demos siempre gracias al Señor, y que entendamos cuán alcanzados andamos de cuenta, y cuánto más es lo que le debemos que lo que le podemos pagar, pues aún no lo podemos entender.
CAPÍTULO III. DEL TIEMPO Y FRUTO DE ESTAS MEDITACIONES SUSODICHAS
Éstas son, cristiano lector, las primeras siete meditaciones en que puedes filosofar y ocupar tu pensamiento por los días de la semana, no porque no puedas también pensar en otras cosas y en otros días además de éstos, porque, como ya dijimos, cualquiera cosa que induce nuestro corazón a amor y temor de Dios y guarda de sus Mandamientos es materia de meditación. Pero señálanse estos pasos que tengo dichos: lo uno, porque son los principales misterios de nuestra fe y los que, cuanto es de su parte, más nos mueven a lo dicho; y lo otro, porque los principiantes (que han menester leche) tengan aquí casi masticadas y digeridas las cosas que pueden meditar, porque no anden como peregrinos en extraña región, discurriendo por lugares inciertos, tomando unas cosas y dejando otras, sin tener estabilidad en ninguna.
También es de saber que las meditaciones de esta semana son muy convenientes, como ya dijimos, para el principio de la conversión (que es cuando el hombre de nuevo se vuelve a Dios, porque entonces conviene comenzar por todas aquellas cosas que nos pueden mover a dolor y aborrecimiento del pecado y temor de Dios y menosprecio del mundo, que son los primeros escalones de este camino. Y por esto deben, los que comienzan, perseverar por algún espacio de tiempo en la consideración de estas cosas, para que así se funden más en las virtudes y afectos susodichos.
jueves, 23 de febrero de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
al fin sintió hambre...
Mañana empieza la cuaresma con ceniza, ayuno y abstinencia.
Os acordareis de los niños aquellos y el bombon.tentacion...
Pues en esta ocasión el protagonista de este corto es Ormie y
con sus intentos nos dice qué es concupiscencia.atracción fatal
Jesús nos dice que no solo de pan vive el hombre... ¿resistiréis?
Os acordareis de los niños aquellos y el bombon.tentacion...
Pues en esta ocasión el protagonista de este corto es Ormie y
con sus intentos nos dice qué es concupiscencia.atracción fatal
Jesús nos dice que no solo de pan vive el hombre... ¿resistiréis?
martes, 21 de febrero de 2012
EL PARA MÍ Y YO PARA ÉL
“Dilectus meus mihi et ego illi”
“Mi amado para mí y yo para Él” (Cantares, II 16)
Ser poseído de Jesús y poseerlo, he ahí el soberano reinado del amor; he ahí la vida de unión entre Jesús y el alma alimentada con el don recíproco de entrambos. El amado es mío en el Santísimo Sacramento, porque se me da en don entero y perfecto, personal y perpetuo: así debo ser también yo suyo.
Dilectus meus mihi. En cualesquiera otros misterios, en todas las demás gracias Jesucristo nos da alguna cosa: su gracia, sus merecimientos, sus ejemplos. En la sagrada Comunión se da por entero a sí propio. Se da con entrambas naturalezas, con las gracias y merecimientos de todos los estados por donde pasó. ¡Qué don! Totum tibi dedit qui nihil sibi reliquit: Quien lo da todo es el que nada guarda para sí. ¿No es así el don eucarístico? ¿De dónde sino de su Corazón abrasado de ilimitado amor al hombre le pudo nacer a Nuestro Señor el pensamiento de darse en esta forma? ¡Corazón de Jesús, Corazón infinitamente liberal, sed bendito y alabado por siempre!
Como Jesucristo nos ama a cada uno individualmente, se da también a cada uno de nosotros. Poco suele conmover el amor general. Mas al amor que personalmente se nos demuestra ya no resistimos. Hermosísimo es el que Dios haya amado al mundo; pero que me ame a mí, que me lo diga y que para persuadirme de ello se me dé: he aquí el triunfo de su amor. Porque Jesús viene para mí; podría decir que viene para mí solo. Soy el fin de este misterio de poder y amor infinitos que se realiza sobre el altar, pues en mí tiene su término y en mí se consuma. ¡Oh amor! ¿Qué os podré dar en correspondencia? ¡Ocuparse así Jesucristo en pensar en mí, pobre criatura; llegar a ser yo el fin de su amor! ¡Oh, vivid, Dios mío, y reinad en mí; no quiero que me hayáis amado en balde!
No se arrepiente Dios de habernos hecho este magnífico don, sino que lo hace para siempre. No deja de inspirar algún temor o tristeza una felicidad que debe acabar un día, y hasta el cielo dejaría de serlo si hubiera de tener fin, porque la bienaventuranza que nos proporcionase no sería del todo pura y sin mezcla. La Eucaristía, al contrario, es un don perpetuo que durará tanto como el amor que la ha inspirado. Contamos para creerlo con una promesa formal. Jesús sacramentado cerrará la serie de los tiempos, y hasta el fin del mundo se quedará con la Iglesia, sean cuales fueren las tempestades que se desencadenen.
¡Qué felicidad la mía! ¡Si tengo a Jesús en mi compañía, en mi posesión y en mi propiedad! Y nadie puede arrebatármelo. Como el sol, lo encuentro en todas partes, todo lo alumbra y vivifica. Me seguirá y me sostendrá hasta el puerto de salvación, como compañero de mi destierro y pan de mi viaje. ¡Oh! ¡Dulce destierro, amable viaje en verdad el hecho con Jesús en mí!
Et ego illi. Debo ser para Jesucristo del propio modo que Él es para mí, sin lo cual no habría verdadera sociedad.
Ahora bien: así como Jesús no piensa ni trabaja sino para mí, así no debo yo vivir más que para Él. Él debe inspirar mis pensamientos y ser el objeto de mi ciencia (si no, no le pertenecería mi entendimiento), el Dios de mi corazón, la ley y el centro de mis afectos. Todo amor que no sea según Él, todo afecto que de Él no proceda, ni more en Él, ni lo tenga por fin, impide que la unión de mi corazón con el suyo sea perfecta. No le doy de veras mi corazón, si me quedo con algo del mismo.
Jesús debe ser la soberana ley de mi voluntad y de mis deseos. Lo que Él quiere, quiero yo; no he de tener más deseos que los suyos. Su pensamiento debe regular los movimientos todos de mi cuerpo e imponer a sus sentidos modestia y respeto de su presencia. Lo cual no es otra cosa que el primer mandamiento en acción: Diliges, amarás a Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas.
El amor es uno en su afecto y universal en sus operaciones; todo lo guía con arreglo a un solo principio, que aplica a todos los deberes, por variados que sean.
¿Soy enteramente de Jesús? Es esto para mí debe de justicia aún más que de amor y de fidelidad a la palabra dada, que Jesús ha aceptado y sancionado con sus gracias y favores.
Jesús me da su propia persona por entero; luego yo le debo dar todo mi ser, mi persona, mi individualidad, mi yo. Para hacer esta entrega, que renuncie a toda estima propia y final, esto es, a la estima que, sin ir más lejos, me tuviera a mí por fin a causa de las cualidades, talentos o servicios que hubiere prestado. Con la delicadeza de una esposa, que no quiere cautivar más que el corazón, ni admite más atenciones que las de su esposo, he de renunciar a todo afecto que sólo fuera para mí.
Como no sea para conducirlos a Jesús, único que lo merece, no quiero que otros me profesen cariño. Dar mi personalidad es renunciar a mi yo en los placeres, ofreciéndoselos a Jesús, es guardar en mis penas para Él solo el secreto de las mismas. Jesús no llega a vivir en mí sino cuando se trueca en la personalidad, el yo que recibe la estima y el afecto que se me profesa; en tanto no sea así, soy yo quien vivo y no Él solo.
Finalmente, para corresponder al perpetuo don que de su Eucaristía me hace Jesús, debo yo ser siempre suyo. Los motivos que tuve para comenzar a amarlo los tengo también para continuar amándolo, y aun mayores, porque van siempre creciendo y cada día que pasa urgen más por cuanto todos los días renueva Jesús para mí sus prodigios de amor.
Debo, por tanto, pertenecerle con igual entrega y donación en toda vocación, en cualquier estado interior, lo mismo al llorar de pena como en el tiempo del gozo, en el fervor como en la aridez, así en la paz como en la tentación, en la salud como cuando se sufre; como quiera que Jesús se me da en todos estos estados, debo ser para Él en unos como en otros.
Debo asimismo pertenecerle en cualquier empleo: los diversos trabajos a que su providencia me destina no son más que apariencias exteriores, diferentes formas de vida; en todas ellas se me da Jesús, pidiéndome que por mi parte le haga donación de mí mismo.
¿Quién me separará del amor de Cristo que está en mí y en mí vive impulsándome y apremiándome a que lo ame? Ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la espada; todo esto lo sobrellevaremos por amor de quien tanto nos amó primero.
Puede uno ser para Jesús de tres maneras.
Primero por el amor de la ley, que cumple con el deber y con eso se contenta. Este amor es necesario a todos, es el amor de la conciencia que tiene por norma no ofender a Dios. Caben en él varios grados y puede llegar a una gran perfección.
Pensando en lo que para Dios, como creador, redentor y santificador, tendría derecho a exigirnos, es para asombrarse que tenga a bien recompensar este primer amor. Hácelo, con todo, su inmensa bondad, y el que no practicara más que esta fidelidad al deber llegaría a ganar el cielo. ¡Pero muchos, triste es decirlo, ni aun esto quieren!…
Viene en segundo lugar el amor de abnegación, que es el de tantas almas santas que en el mundo practican las virtudes de la vida cenobítica: vírgenes fieles, verdaderos lirios entre malezas, solícitas esposas que gobiernan la familia con la mira puesta en Dios y no educan a sus hijos más que para su gloria, viudas consagradas a servirlo en las obras de oración y de asistencia al prójimo; éste es también el amor que conduce al monasterio a los religiosos. Es grande este amor, libre y tierno; mueve el alma a ponerse a disposición del divino beneplácito, y da mucha gloria a Dios: es el apostolado de su bondad.
Pero por encima de todos campea el amor real del corazón, que es el del cristiano que da a Dios, no sólo su fidelidad y piedad y libertad, sino también el placer de la vida. Sí; hasta el placer, hasta el legítimo goce del placer de la piedad, de la vida cristiana, de las buenas obras, de la oración y de la Comunión. Ofrecer en sacrificio a Dios, a su beneplácito, los gozos y placeres espirituales, ¿quién lo hace?
Renunciar al contento, a los placeres íntimos y personales o sufrir amable y silenciosamente para Jesús, único confidente, consolador y protector, ¿a quién se le ocurre semejante cosa? Pero ¿será esto posible? Sí; es posible para el verdadero amor. No consiste en otra cosa la verdadera delicadeza del amor, su verdadera eficacia y hasta diré que su inefable dicha: Superabundo gaudio in omni tribulatione nostra. Reboso de gozo en medio de mis tribulaciones, exclamaba San Pablo, aquel gran amante de Jesús.
¡Ojalá podamos también nosotros decir: Jesús me basta; le soy fiel; su amor es toda mi vida!
San Pedro Julián Eymard
“Mi amado para mí y yo para Él” (Cantares, II 16)
Ser poseído de Jesús y poseerlo, he ahí el soberano reinado del amor; he ahí la vida de unión entre Jesús y el alma alimentada con el don recíproco de entrambos. El amado es mío en el Santísimo Sacramento, porque se me da en don entero y perfecto, personal y perpetuo: así debo ser también yo suyo.
Dilectus meus mihi. En cualesquiera otros misterios, en todas las demás gracias Jesucristo nos da alguna cosa: su gracia, sus merecimientos, sus ejemplos. En la sagrada Comunión se da por entero a sí propio. Se da con entrambas naturalezas, con las gracias y merecimientos de todos los estados por donde pasó. ¡Qué don! Totum tibi dedit qui nihil sibi reliquit: Quien lo da todo es el que nada guarda para sí. ¿No es así el don eucarístico? ¿De dónde sino de su Corazón abrasado de ilimitado amor al hombre le pudo nacer a Nuestro Señor el pensamiento de darse en esta forma? ¡Corazón de Jesús, Corazón infinitamente liberal, sed bendito y alabado por siempre!
Como Jesucristo nos ama a cada uno individualmente, se da también a cada uno de nosotros. Poco suele conmover el amor general. Mas al amor que personalmente se nos demuestra ya no resistimos. Hermosísimo es el que Dios haya amado al mundo; pero que me ame a mí, que me lo diga y que para persuadirme de ello se me dé: he aquí el triunfo de su amor. Porque Jesús viene para mí; podría decir que viene para mí solo. Soy el fin de este misterio de poder y amor infinitos que se realiza sobre el altar, pues en mí tiene su término y en mí se consuma. ¡Oh amor! ¿Qué os podré dar en correspondencia? ¡Ocuparse así Jesucristo en pensar en mí, pobre criatura; llegar a ser yo el fin de su amor! ¡Oh, vivid, Dios mío, y reinad en mí; no quiero que me hayáis amado en balde!
No se arrepiente Dios de habernos hecho este magnífico don, sino que lo hace para siempre. No deja de inspirar algún temor o tristeza una felicidad que debe acabar un día, y hasta el cielo dejaría de serlo si hubiera de tener fin, porque la bienaventuranza que nos proporcionase no sería del todo pura y sin mezcla. La Eucaristía, al contrario, es un don perpetuo que durará tanto como el amor que la ha inspirado. Contamos para creerlo con una promesa formal. Jesús sacramentado cerrará la serie de los tiempos, y hasta el fin del mundo se quedará con la Iglesia, sean cuales fueren las tempestades que se desencadenen.
¡Qué felicidad la mía! ¡Si tengo a Jesús en mi compañía, en mi posesión y en mi propiedad! Y nadie puede arrebatármelo. Como el sol, lo encuentro en todas partes, todo lo alumbra y vivifica. Me seguirá y me sostendrá hasta el puerto de salvación, como compañero de mi destierro y pan de mi viaje. ¡Oh! ¡Dulce destierro, amable viaje en verdad el hecho con Jesús en mí!
Et ego illi. Debo ser para Jesucristo del propio modo que Él es para mí, sin lo cual no habría verdadera sociedad.
Ahora bien: así como Jesús no piensa ni trabaja sino para mí, así no debo yo vivir más que para Él. Él debe inspirar mis pensamientos y ser el objeto de mi ciencia (si no, no le pertenecería mi entendimiento), el Dios de mi corazón, la ley y el centro de mis afectos. Todo amor que no sea según Él, todo afecto que de Él no proceda, ni more en Él, ni lo tenga por fin, impide que la unión de mi corazón con el suyo sea perfecta. No le doy de veras mi corazón, si me quedo con algo del mismo.
Jesús debe ser la soberana ley de mi voluntad y de mis deseos. Lo que Él quiere, quiero yo; no he de tener más deseos que los suyos. Su pensamiento debe regular los movimientos todos de mi cuerpo e imponer a sus sentidos modestia y respeto de su presencia. Lo cual no es otra cosa que el primer mandamiento en acción: Diliges, amarás a Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas.
El amor es uno en su afecto y universal en sus operaciones; todo lo guía con arreglo a un solo principio, que aplica a todos los deberes, por variados que sean.
¿Soy enteramente de Jesús? Es esto para mí debe de justicia aún más que de amor y de fidelidad a la palabra dada, que Jesús ha aceptado y sancionado con sus gracias y favores.
Jesús me da su propia persona por entero; luego yo le debo dar todo mi ser, mi persona, mi individualidad, mi yo. Para hacer esta entrega, que renuncie a toda estima propia y final, esto es, a la estima que, sin ir más lejos, me tuviera a mí por fin a causa de las cualidades, talentos o servicios que hubiere prestado. Con la delicadeza de una esposa, que no quiere cautivar más que el corazón, ni admite más atenciones que las de su esposo, he de renunciar a todo afecto que sólo fuera para mí.
Como no sea para conducirlos a Jesús, único que lo merece, no quiero que otros me profesen cariño. Dar mi personalidad es renunciar a mi yo en los placeres, ofreciéndoselos a Jesús, es guardar en mis penas para Él solo el secreto de las mismas. Jesús no llega a vivir en mí sino cuando se trueca en la personalidad, el yo que recibe la estima y el afecto que se me profesa; en tanto no sea así, soy yo quien vivo y no Él solo.
Finalmente, para corresponder al perpetuo don que de su Eucaristía me hace Jesús, debo yo ser siempre suyo. Los motivos que tuve para comenzar a amarlo los tengo también para continuar amándolo, y aun mayores, porque van siempre creciendo y cada día que pasa urgen más por cuanto todos los días renueva Jesús para mí sus prodigios de amor.
Debo, por tanto, pertenecerle con igual entrega y donación en toda vocación, en cualquier estado interior, lo mismo al llorar de pena como en el tiempo del gozo, en el fervor como en la aridez, así en la paz como en la tentación, en la salud como cuando se sufre; como quiera que Jesús se me da en todos estos estados, debo ser para Él en unos como en otros.
Debo asimismo pertenecerle en cualquier empleo: los diversos trabajos a que su providencia me destina no son más que apariencias exteriores, diferentes formas de vida; en todas ellas se me da Jesús, pidiéndome que por mi parte le haga donación de mí mismo.
¿Quién me separará del amor de Cristo que está en mí y en mí vive impulsándome y apremiándome a que lo ame? Ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la espada; todo esto lo sobrellevaremos por amor de quien tanto nos amó primero.
Puede uno ser para Jesús de tres maneras.
Primero por el amor de la ley, que cumple con el deber y con eso se contenta. Este amor es necesario a todos, es el amor de la conciencia que tiene por norma no ofender a Dios. Caben en él varios grados y puede llegar a una gran perfección.
Pensando en lo que para Dios, como creador, redentor y santificador, tendría derecho a exigirnos, es para asombrarse que tenga a bien recompensar este primer amor. Hácelo, con todo, su inmensa bondad, y el que no practicara más que esta fidelidad al deber llegaría a ganar el cielo. ¡Pero muchos, triste es decirlo, ni aun esto quieren!…
Viene en segundo lugar el amor de abnegación, que es el de tantas almas santas que en el mundo practican las virtudes de la vida cenobítica: vírgenes fieles, verdaderos lirios entre malezas, solícitas esposas que gobiernan la familia con la mira puesta en Dios y no educan a sus hijos más que para su gloria, viudas consagradas a servirlo en las obras de oración y de asistencia al prójimo; éste es también el amor que conduce al monasterio a los religiosos. Es grande este amor, libre y tierno; mueve el alma a ponerse a disposición del divino beneplácito, y da mucha gloria a Dios: es el apostolado de su bondad.
Pero por encima de todos campea el amor real del corazón, que es el del cristiano que da a Dios, no sólo su fidelidad y piedad y libertad, sino también el placer de la vida. Sí; hasta el placer, hasta el legítimo goce del placer de la piedad, de la vida cristiana, de las buenas obras, de la oración y de la Comunión. Ofrecer en sacrificio a Dios, a su beneplácito, los gozos y placeres espirituales, ¿quién lo hace?
Renunciar al contento, a los placeres íntimos y personales o sufrir amable y silenciosamente para Jesús, único confidente, consolador y protector, ¿a quién se le ocurre semejante cosa? Pero ¿será esto posible? Sí; es posible para el verdadero amor. No consiste en otra cosa la verdadera delicadeza del amor, su verdadera eficacia y hasta diré que su inefable dicha: Superabundo gaudio in omni tribulatione nostra. Reboso de gozo en medio de mis tribulaciones, exclamaba San Pablo, aquel gran amante de Jesús.
¡Ojalá podamos también nosotros decir: Jesús me basta; le soy fiel; su amor es toda mi vida!
San Pedro Julián Eymard
lunes, 20 de febrero de 2012
el padrenuestro de Dios
EL PADRENUESTRO DE DIOS
Hijo mío que estás en la tierra,
preocupado, solitario, tentado,
yo conozco perfectamente tu nombre
y lo pronuncio como santificándolo,
porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mí,
y juntos construimos este reino
del que tú vas a ser el heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad
porque mi voluntad es que tú seas feliz
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.
Cuenta siempre conmigo
y tendrás el pan para hoy, no te preocupes,
sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.
Sabes que perdono todas tus ofensas
antes incluso de que las cometas,
por eso te pido que hagas lo mismo
con los que a ti te ofenden.
Para que nunca caigas en la tentación
cógete fuerte de mi mano
Hijo mío que estás en la tierra,
preocupado, solitario, tentado,
yo conozco perfectamente tu nombre
y lo pronuncio como santificándolo,
porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mí,
y juntos construimos este reino
del que tú vas a ser el heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad
porque mi voluntad es que tú seas feliz
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.
Cuenta siempre conmigo
y tendrás el pan para hoy, no te preocupes,
sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.
Sabes que perdono todas tus ofensas
antes incluso de que las cometas,
por eso te pido que hagas lo mismo
con los que a ti te ofenden.
Para que nunca caigas en la tentación
cógete fuerte de mi mano
domingo, 19 de febrero de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
viernes, 17 de febrero de 2012
el principe feliz
de Oscar Wilde
En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
Cuento de Guy de Maupassant, UNA VENDETTA
La viuda de Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una pobre casita de los alrededores de Bonifacio. La población, construida en un saliente de la montaña, suspendida sobre el mar, mira por encima el estrecho erizado de escollos de la costa más baja de la Cerdeña. A sus pies, del otro lado, la rodea casi enteramente una cortadura de la costa que parece un gigantesco corredor, el cual sirve de puerto a las lanchas pescadoras italianas o sardas, y cada quince días al viejo vapor que hace el servicio de Ajaccio.
Sobre la blanca montaña, el montón de casas forma una mancha más blanca aun, como nidos de pájaros salvajes acurrucados sobre su roca, dominando aquel paso terrible en que no se aventuran los barcos grandes.
El viento sin reposo fustiga el mar, que golpea sobre la costa desnuda y se mete por el estrecho, cuyos dos bordes destruye.
La casa de la viuda Savarini, abierta al borde mismo de la costa, abre sus tres ventanas sobre aquel horizonte salvaje y desolado.
Allí vivía sola con su hijo Antonio y su perra "Vigilante", una perraza flaca con pelos largos y bastos, de la raza de los perros de ganado, y que servía al joven para cazar.
Una tarde, después de una reyerta, Antonio Savarini fue muerto a traición de una puñalada por Nicolás Rovalati, que aquella misma noche huyó a Cerdeña.
Cuando la anciana madre recibió el cuerpo de su hijo, que dos amigos le llevaron, no lloró, pero se quedó inmóvil mirándolo; después tendió su arrugada mano sobre el cadáver y juró vengarlo.
No quiso que nadie se quedara allí; se quedó sola con el cuerpo y se encerró acompañada de la perra, que aullaba de un modo lastimero y no se separaba del lado de su amo. La madre, inclinándose sobre el cuerpo de su hijo, con la mirada fija, lloraba lágrimas silenciosas contemplándolo.
El joven estaba tendido de espaldas, vestido con su chaqueta de paño grueso, que se veía desgarrada en el pecho: parecía dormir, pero se veía sangre por todas partes: sobre la camisa rota para la primera cura, en el chaleco, en el pantalón, en la cara, en las manos; cuajarones de sangre se le habían quedado entre la barba y los cabellos.
La madre se puso a hablarle; al oír su voz la perra se calló.
-Yo te vengaré, hijo mío; duerme, duerme, descansa, que serás vengado, ¿entiendes? ¡Tu madre te lo promete! Y ya sabes que cumple siempre sus promesas.
Después se inclinó sobre él, poniendo sus labios fríos sobre los labios del muerto. Entonces "Vigilante" se puso a dar unos aullidos largos, desgarradores, horribles.
Así siguieron los dos, la mujer y el animal, hasta por la mañana que enterraron a Antonio Savarini, y ya nadie se acordó de aquello en Bonifacio.
*
No había dejado ni hermanos, ni primos, ni ningún pariente que pudiera vengarlo; sólo su madre. Así pensaba la anciana, mirando sin cesar un punto blanco de la costa, que era un pueblecillo sardo, llamado Longosardo, donde se refugiaban los bandidos corsos. Éstos poblaban aquella aldea delante de las costas de su patria, y allí esperaban el momento de volver. En aquella aldea se había refugiado Nicolás Rovalati.
Siempre sola y sentada delante de la ventana, la anciana pensaba en su venganza. ¿Cómo la llevaría a cabo, enferma y casi al pie del sepulcro? Pero lo había prometido, lo había jurado al cadáver; no podía olvidarlo y no podía esperar. ¿Qué haría? No dormía ninguna noche, ni tenía sosiego ni reposo. La perra, echada a sus pies, la miraba, y a veces levantaba la cabeza y ladraba. Desde que su amo no estaba allí, no hacía otra cosa.
Una noche que "Vigilante" parecía llamar a su amo, la anciana tuvo una idea salvaje, vengativa, feroz; lo meditó hasta la mañana, y cuando fue de día se fue a la iglesia. Allí, de rodillas, pidió a Dios que la ayudara y sostuviera, dándole fuerzas para vengar a su hijo.
Volvió a su casa y ató a la perra con una cadena; el animal aulló todo el día y toda la noche, y la anciana sólo le dio agua, nada más que agua.
Pasó el día, y la perra, extenuada, dormía; por la mañana tenía los ojos relucientes, el pelo erizado, y tiraba sin cesar de la cadena.
La anciana no le dio de comer, y la perra, furiosa, ladraba sin cesar, y así pasó otro día y otra noche; a la mañana siguiente, la Savarini fue a casa de un vecino a rogar que le dieran un costal de paja. Cogió un traje viejo que había sido de su marido, lo rellenó hasta que pareció ser un cuerpo humano, y luego lo clavó en un palo delante del sitio donde la perra estaba encadenada. Después le puso una cabeza de trapos.
La perra, sorprendida, miraba aquel hombre de paja y callaba, aunque la devoraba el hambre.
Entonces la vieja se fue a buscar en casa del carnicero un gran pedazo de morcilla negra, volvió a su casa y la puso a asar. "Vigilante", enloquecida, estaba echando espuma con los ojos fijos sobre el embutido.
La vieja hizo con el asado una corbata al hombre de paja, y se la ató bien fuerte; después soltó a la perra.
De un salto formidable, el animal alcanzó la garganta del maniquí, y con las patas sobre los hombros se puso a desgarrarlo. Cuando arrancaba un pedazo se bajaba y se lanzaba luego por otro, metiendo su hocico entre las cuerdas y arrancando los pedazos de morcilla.
La vieja, inmóvil, miraba con los ojos brillantes; después volvió a atar a la perra, la hizo ayunar otros dos días y volvió a repetir aquel extraño ejercicio.
Durante tres meses la acostumbró a aquella especie de lucha, a aquella comida conquistada a mordiscos. Ya no la ataba; pero con un gesto la hacía lanzarse sobre el maniquí. Le había enseñado a desgarrarlo, a devorarlo, hasta cuando no tenía la comida en el cuello. Luego le daba como recompensa la morcilla asada.
Desde que veía al maniquí, "Vigilante" se estremecía y miraba a su ama, que le decía:
-¡Anda! -con una voz aguda y levantando el dedo.
Cuando lo juzgó oportuno, la Savarini confesó y comulgó un domingo con mucha devoción, y luego se puso un traje de hombre y se embarcó en la barca de un pescador, que la condujo al otro lado de la costa, acompañada de su perra.
Llevaba en un saco un gran pedazo de asado que le hacía oler a la perra, la cual hacía dos días que ayunaba.
Entraron en Longosardo, y acercándose a una panadería, preguntó por la casa de Nicolás Rovalati. Éste, que era de oficio zapatero, trabajaba en un rincón de su tienda.
La vieja empujó la puerta y dijo:
-¡Eh, Nicolás!
Él se volvió, y entonces, soltando la perra, dijo:
-¡Anda! ¡Anda! ¡Come! ¡Come!
El animal, enloquecido, se lanzó y lo mordió en la garganta. El hombre tendió los brazos y rodó por tierra; durante algunos segundos se retorció, golpeando el suelo con los pies; después quedó inmóvil, mientras "Vigilante" le apretaba el cuello, que luego arrancaba en pedazos.
Dos vecinos recordaron después haber visto salir de la casa del muerto a un pobre viejo con un perro que comía unos pedazos negros que le daba su amo.
Por la tarde la vieja volvió a su casa, y aquella noche durmió muy bien.
En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
Cuento de Guy de Maupassant, UNA VENDETTA
La viuda de Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una pobre casita de los alrededores de Bonifacio. La población, construida en un saliente de la montaña, suspendida sobre el mar, mira por encima el estrecho erizado de escollos de la costa más baja de la Cerdeña. A sus pies, del otro lado, la rodea casi enteramente una cortadura de la costa que parece un gigantesco corredor, el cual sirve de puerto a las lanchas pescadoras italianas o sardas, y cada quince días al viejo vapor que hace el servicio de Ajaccio.
Sobre la blanca montaña, el montón de casas forma una mancha más blanca aun, como nidos de pájaros salvajes acurrucados sobre su roca, dominando aquel paso terrible en que no se aventuran los barcos grandes.
El viento sin reposo fustiga el mar, que golpea sobre la costa desnuda y se mete por el estrecho, cuyos dos bordes destruye.
La casa de la viuda Savarini, abierta al borde mismo de la costa, abre sus tres ventanas sobre aquel horizonte salvaje y desolado.
Allí vivía sola con su hijo Antonio y su perra "Vigilante", una perraza flaca con pelos largos y bastos, de la raza de los perros de ganado, y que servía al joven para cazar.
Una tarde, después de una reyerta, Antonio Savarini fue muerto a traición de una puñalada por Nicolás Rovalati, que aquella misma noche huyó a Cerdeña.
Cuando la anciana madre recibió el cuerpo de su hijo, que dos amigos le llevaron, no lloró, pero se quedó inmóvil mirándolo; después tendió su arrugada mano sobre el cadáver y juró vengarlo.
No quiso que nadie se quedara allí; se quedó sola con el cuerpo y se encerró acompañada de la perra, que aullaba de un modo lastimero y no se separaba del lado de su amo. La madre, inclinándose sobre el cuerpo de su hijo, con la mirada fija, lloraba lágrimas silenciosas contemplándolo.
El joven estaba tendido de espaldas, vestido con su chaqueta de paño grueso, que se veía desgarrada en el pecho: parecía dormir, pero se veía sangre por todas partes: sobre la camisa rota para la primera cura, en el chaleco, en el pantalón, en la cara, en las manos; cuajarones de sangre se le habían quedado entre la barba y los cabellos.
La madre se puso a hablarle; al oír su voz la perra se calló.
-Yo te vengaré, hijo mío; duerme, duerme, descansa, que serás vengado, ¿entiendes? ¡Tu madre te lo promete! Y ya sabes que cumple siempre sus promesas.
Después se inclinó sobre él, poniendo sus labios fríos sobre los labios del muerto. Entonces "Vigilante" se puso a dar unos aullidos largos, desgarradores, horribles.
Así siguieron los dos, la mujer y el animal, hasta por la mañana que enterraron a Antonio Savarini, y ya nadie se acordó de aquello en Bonifacio.
*
No había dejado ni hermanos, ni primos, ni ningún pariente que pudiera vengarlo; sólo su madre. Así pensaba la anciana, mirando sin cesar un punto blanco de la costa, que era un pueblecillo sardo, llamado Longosardo, donde se refugiaban los bandidos corsos. Éstos poblaban aquella aldea delante de las costas de su patria, y allí esperaban el momento de volver. En aquella aldea se había refugiado Nicolás Rovalati.
Siempre sola y sentada delante de la ventana, la anciana pensaba en su venganza. ¿Cómo la llevaría a cabo, enferma y casi al pie del sepulcro? Pero lo había prometido, lo había jurado al cadáver; no podía olvidarlo y no podía esperar. ¿Qué haría? No dormía ninguna noche, ni tenía sosiego ni reposo. La perra, echada a sus pies, la miraba, y a veces levantaba la cabeza y ladraba. Desde que su amo no estaba allí, no hacía otra cosa.
Una noche que "Vigilante" parecía llamar a su amo, la anciana tuvo una idea salvaje, vengativa, feroz; lo meditó hasta la mañana, y cuando fue de día se fue a la iglesia. Allí, de rodillas, pidió a Dios que la ayudara y sostuviera, dándole fuerzas para vengar a su hijo.
Volvió a su casa y ató a la perra con una cadena; el animal aulló todo el día y toda la noche, y la anciana sólo le dio agua, nada más que agua.
Pasó el día, y la perra, extenuada, dormía; por la mañana tenía los ojos relucientes, el pelo erizado, y tiraba sin cesar de la cadena.
La anciana no le dio de comer, y la perra, furiosa, ladraba sin cesar, y así pasó otro día y otra noche; a la mañana siguiente, la Savarini fue a casa de un vecino a rogar que le dieran un costal de paja. Cogió un traje viejo que había sido de su marido, lo rellenó hasta que pareció ser un cuerpo humano, y luego lo clavó en un palo delante del sitio donde la perra estaba encadenada. Después le puso una cabeza de trapos.
La perra, sorprendida, miraba aquel hombre de paja y callaba, aunque la devoraba el hambre.
Entonces la vieja se fue a buscar en casa del carnicero un gran pedazo de morcilla negra, volvió a su casa y la puso a asar. "Vigilante", enloquecida, estaba echando espuma con los ojos fijos sobre el embutido.
La vieja hizo con el asado una corbata al hombre de paja, y se la ató bien fuerte; después soltó a la perra.
De un salto formidable, el animal alcanzó la garganta del maniquí, y con las patas sobre los hombros se puso a desgarrarlo. Cuando arrancaba un pedazo se bajaba y se lanzaba luego por otro, metiendo su hocico entre las cuerdas y arrancando los pedazos de morcilla.
La vieja, inmóvil, miraba con los ojos brillantes; después volvió a atar a la perra, la hizo ayunar otros dos días y volvió a repetir aquel extraño ejercicio.
Durante tres meses la acostumbró a aquella especie de lucha, a aquella comida conquistada a mordiscos. Ya no la ataba; pero con un gesto la hacía lanzarse sobre el maniquí. Le había enseñado a desgarrarlo, a devorarlo, hasta cuando no tenía la comida en el cuello. Luego le daba como recompensa la morcilla asada.
Desde que veía al maniquí, "Vigilante" se estremecía y miraba a su ama, que le decía:
-¡Anda! -con una voz aguda y levantando el dedo.
Cuando lo juzgó oportuno, la Savarini confesó y comulgó un domingo con mucha devoción, y luego se puso un traje de hombre y se embarcó en la barca de un pescador, que la condujo al otro lado de la costa, acompañada de su perra.
Llevaba en un saco un gran pedazo de asado que le hacía oler a la perra, la cual hacía dos días que ayunaba.
Entraron en Longosardo, y acercándose a una panadería, preguntó por la casa de Nicolás Rovalati. Éste, que era de oficio zapatero, trabajaba en un rincón de su tienda.
La vieja empujó la puerta y dijo:
-¡Eh, Nicolás!
Él se volvió, y entonces, soltando la perra, dijo:
-¡Anda! ¡Anda! ¡Come! ¡Come!
El animal, enloquecido, se lanzó y lo mordió en la garganta. El hombre tendió los brazos y rodó por tierra; durante algunos segundos se retorció, golpeando el suelo con los pies; después quedó inmóvil, mientras "Vigilante" le apretaba el cuello, que luego arrancaba en pedazos.
Dos vecinos recordaron después haber visto salir de la casa del muerto a un pobre viejo con un perro que comía unos pedazos negros que le daba su amo.
Por la tarde la vieja volvió a su casa, y aquella noche durmió muy bien.
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