domingo, 6 de febrero de 2011

Sois la sal y el sol del mundo

Unas pelis para santificar el dia...
San Felipe de Jesús

Los clandestinos de Asis

Consul Perlasca

Disparando a perros

la isla, del 2006

sábado, 5 de febrero de 2011

PROFES Y ESTUDIANTES

Mis monis juniors están de convivencia y programación.
Su tarea es encomiable. Vaya por ellos esta entrada...


Sonrisas y lágrimas


Rebelión en las aulas


El estudiante


y ahora la realidad que tambien es de pelicula... con las nuevas tecnologias

viernes, 4 de febrero de 2011

esas tradiciones y oraciones

Los abuelos amén de grandes educadores hacen que estas cosas pervivan...

1. Como soy tan pequeñito
y tengo tan poca voz
Vengo a decirle a la Virgen
¡Viva la Madre de Dios!
2. Esta mañana temprano
un ángel me despertaba
diciéndome que en el colegio
la maestra me aguardaba.
Pero yo le dijo al ángel
que se marchara tranquilo
que mi mamá me despierta
y que siempre va conmigo.

3. Madre, esta noche he soñado
que flores yo te ofrecía,
y de pena que tenía
llorando me desperté.
Bajé al prado a coger flores,
he cogido las mejores
que en mi pradera encontré
¿las quieres Madre querida?,
¿las quieres? ¿Dices que sí?
Pues toma -feliz de mí-
que luego estarán colocadas en el cielo junto a ti.
4. Quisiera Virgen María subir al Cielo
para decirte al oído cuánto te quiero.
Bendita sea tu pureza
y para siempre lo seas,
Pues Dios se alegra
en tan gran belleza.
A ti princesa del cielo,
Virgen buena, María,
te traigo en este día
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, Madre mía!

5. Virgencita de todos los niños
que estás en el Cielo rogando por mí.
Si algún día tu hijito no es bueno
tómale en tus brazos y retenle en ti.
Toma esta rosita, que al irla a coger.
Temblando de amores toda me espiné.
Por este trabajo que yo me tomé
te pido un besito. Madre,dámele
6. Este mes de mayo trae flores,
el de Abril trae alegrías.
Yo te prometo Virgencita
Rezarte todos los días.
Terminados los deberes
debemos decir adiós
y volver a nuestras casas,
muy alegre el corazón.
Ya mañana volveremos
otra vez a trabajar.
Y ahora, adiós, hasta mañana,
que ninguno ha de faltar.

7. Gracias, Padre, por la vida
y descanso que me das;
el trabajo, la alegría
y el amor de mis papás.
Las estrellas y las flores,
las aves, el sol y el mar.
Todo lo que me rodea,
todo lo que Tú me das.
8. Jesús, José y María:
Os doy el corazón y el alma mía.

9. Ángel de la Guarda, dulce compañía
no me desampares, ni de noche ni de día.
Si me desamparas, ¿qué será de mí?
Ángel de la Guarda cuida tú de mí.
10. Jesusito de mi vida
eres niño como yo.
Por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón,
Tómalo, tuyo es, mío no.

11. Con Dios me acuesto,
Con Dios me levanto,
Con la Virgen María
y el Espíritu Santo.
12. Dios conmigo, yo con Él
Él delante y yo detrás.

13. Cuatro esquinitas tiene mi cama
Con cuatro angelitos que me la guardan.
14. Corazón de Jesús a quien quiero
con todo mi corazón
concédeme ser muy bueno
de pequeño y de mayor.

15. Jesús y María, María y José
Esperanzas mías: Guardadme los tres.
16. Buenos días, mi Dios y mi amigo
Te pido que a lo largo del día,
Tú siempre vengas conmigo.

17. Quiero decir lo que siento Padre Dios:
Veo, y porque puedo ver,
quiero decir lo que siento
cuando veo tantas nubes, estrellas...
¡Gracias porque puedo verlas!
Oigo, y porque puedo oír,
quiero decir lo que siento
cuando escucho el canto de los pájaros,
el ruido de la cascada, las risas de los niños...
¡Gracias por poder escucharlos!
Toco, y porque puedo tocar,
quiero decir lo que siento
cuando me abrazan las personas que me quieren,
cuando me roza el viento en mis mejillas,
cuando me dan la mano para levantarme...
¡Gracias por sus abrazos!
Huelo, y porque puedo oler
quiero decir lo que siento
cuando me llega el olor de las flores del campo,
el perfume de mamá...
¡Gracias porque puedo oler!
Gusto y porque puedo saborear
quiero decir lo que siento
cuando pruebo las comidas que mamá prepara
y los dulces que papá me compra...
¡Gracias porque puedo gustar y saborear!
18. PADRE NUESTRO, Padre nuiestro, Padre Dios.
Tú nos regalas las flores, los montes y los ríos.
Nos das el sol, la luna y las estrellas.
Tú me has dado el cuerpo para hacer muchas cosas.
Y también un buen corazón para querer a todos.
QUE ESTÁS EN EL CIELO... Padre, aunque en el cielo estás,
siempre a nuestro lado vienes,
Cuando me levanto, cuando juego, cuando trabajo, cuando como y cuando paseo,
y también cuando me acuesto y cuando duermo... Tú estás conmigo, Dios.
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE... Que todas las criaturas te alaben a ti, Señor:
en la tierra, en las alturas, canten a su Creador.
Dios, tu nombre es Padre, y cuando lo digo siento por dentro que tú me quieres. Quisiera tener siempre tu Nombre en mi boca y en mi corazón.
HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO... Quiero, Padre, hacer lo que te gusta.
Creo que ya lo se: que sea feliz y que haga feliz a los demás. ¡Eso es lo que tú quieres!
Que vivamos en tu amor: como hermanos evitando la discordia, como tú quieres.
VENGA A NOSOTROS TÚ REINO... Padre, tú tienes un bonito sueño:
Sueñas con un mundo feliz,donde las personas se quieran y estén alegres,
un mundo donde nadie haga sufrir a los demás. ¡Yo también quiero eso!
"un reino de vida, de paz y de amor para todos los hombres".
DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA... En el mundo hay muchas cosas pero están mal repartidas.
Algunos tienen mucho, y otros no tienen nada, Padre Dios.
Ayúdanos a compartir para que todos tengan lo que necesitan.
PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN... ¡Qué bueno eres, Dios!
Cuando hago algo mal, tú no dejas de quererme. Me perdonas y me das fuerza para ser mejor.
Dame un buen corazón para perdonar y amar a todos.
NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN... Puedo hacer una cosa o puedo hacer otra.
Padre, Dios: puedo acariciar o puedo pegar. Puedo besar o morder;
puedo amar o puedo odiar... Ayúdame a elegir siempre lo mejor. ¡Gracias Padre!
Y LÍBRANOS DEL MAL. Padre, que cuidemos todos este mundo maravilloso que nos has dado.
Que nadie haga daño a nadie. Que yo no haga sufrir a los demás. Que todos nos queramos como hermanos.

jueves, 3 de febrero de 2011

HOC EST ENIM CORPUS MEUM

En aquel Jueves se nos regaló el Santo Sacrificio de la Misa, el Santísimo Sacramento y el Sacerdocio católico. Gracias a estos regalos podemos vivir y tener esperanzas de salvarnos ¡Bendito sea Dios!

Las palabras que inmutan el vino
las palabras que cambian el pan
¡oh, millones de angélicos coros,
sobrepujan vuestro himno triunfal!

Ni la voz que los vientos de un golpe
domeñados, tumbó sobre mar;
ni el clamor que animó bruscamente
la de Lázaro pútrida faz;

ni la dulce oración compasiva
que de un pan hizo mil; ni el fatal
retumbar de trompetas del juicio
que a los muertos del polvo alzará;

ni siquiera el tremendo, inmutable
veredicto del que ha de bajar
a poner en su quicio las cosas
y dejarlas por siempre jamás…

tienen más milagrosa potencia
más creadora virtud y sin par
dulcedumbre, más fuerza y más gracia
que ese leve rumor del altar,

ese trueno de empuje infinito
y ese arrullo de amor eternal,
ese anillo de amores perpetuos
y semilla de inmortalidad;

ese fiat más grande que el otro
puesto en labios de un pobre mortal
el tesoro del hombre, la herencia
del que es vida, camino y verdad

para todos los pobres del mundo
y a los hombres que quieren la paz;
ese santo conjuro que todas
nuestras llagas podría curar,

esa firme palabra de bodas
que la Iglesia y el Cristo se dan,
esos brazos a todos abiertos
y clavados para revelar

los misterios sin playa y sin fondo
de un amor que no puede hacer más…
esos éxtasis, esas palabras
que consagran el vino y el pan.

Leonardo Castellani, S.J. Jueves Santo de 1927.

EL CUERPO Y LAS PALABRAS DE CRISTO

El tabernáculo y el púlpito son los dos lugares augustos del templo de Dios; en uno se pide y desde el otro se ordena; en uno se habla de Dios, en el otro es Dios el que habla; en uno Jesucristo se hace adorar en la realidad de su Cuerpo, en el otro se da a conocer en la verdad de su doctrina. Son los dos lugares desde donde se distribuye el alimento celestial: en aquél se predica en silencio y en éste se enseña de viva voz; en aquél el Espíritu Santo, por medio de las palabras místicas, transforma el pan en el Cuerpo divino, y aquí el mismo poder transforma a los fieles en miembros de Cristo. San Agustín decía: “¿Qué les parece más importante, la palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo? Si quieren contestar con verdad, se verán obligados a responder que la palabra de Jesucristo no es menos estimable que su Cuerpo, y, por lo tanto, los mismos cuidados que guardamos para no dejar caer al suelo el Cuerpo del Señor cuando nos lo entregan, debemos tomar para que no caiga de nuestro corazón la palabra de Cristo que se nos predica. Porque no es menos culpable el que escucha negligentemente la palabra santa que quien, por su culpa, deja caer el Cuerpo del Señor”.

Buscar la palabra de Cristo. Los cristianos que no entienden de cruz desean discursos placenteros; pero así como ningún hombre es lo bastante insensato para buscar en el comulgatorio otra cosa que la verdad del misterio, así tampoco ninguno deberá ser tan temerario que no busque en el púlpito la pureza de la palabra.

El Verbo Encarnado quiso mostrarse a los hombres de dos maneras: una, en su carne visible, y la segunda, hasta el fin del mundo, en su palabra. No crean que por haberlo perdido de vista no permanece entre nosotros, porque ya Tertuliano en su libro sobre la resurrección decía: “Así, instituyendo su predicación vivificadora, la llamó carne suya”. La predicación es como una nueva encarnación de Cristo.

Deben saber también que los predicadores no suben al púlpito para pronunciar discursos vanos, sino con el mismo espíritu con que se acercan ni altar. El Cuerpo de Cristo está allí oculto bajo los signos eucarísticos, y aquí bajo los signos de la palabra. El Apóstol dice que los predicadores no deberían ocuparse de buscar nombre por la elocuencia, sino por recomendarse a la conciencia de los hombres por la manifestación de la verdad. A la conciencia, por la verdad. Los oídos se complacen en la composición académica de la palabra. La imaginación, en la delicadeza del pensamiento. Incluso el espíritu es conquistado a veces por la verosimilitud del raciocinio. Mas la conciencia quiere la verdad, y a ella es a la que hablan los predicadores.

Y ¿cómo llegar a esa verdad y convertirla en relámpago que deslumbre, trueno que espante y rayo que rompa los corazones, si no hacen hablar a Cristo? Dios es el Señor de las tormentas y de las nubes.

La elocuencia y la predicación. Si quieren conocer qué parte tenga la elocuencia en los discursos cristianos, San Agustín nos enseña: “La sabiduría ha de salir de su casa, esto es, del pecho del sabio, y la elocuencia seguirla como una sierva inseparable, aun cuando no sea llamada”. Este es el orden: primero, la sabiduría, y después, aun sin ser llamada, espontáneamente atraída por la grandeza de las cosas y para servir de intérprete a la ciencia y santidad del que habla, la elocuencia. El predicador hace hablar a Cristo, pero no puede hacerle hablar un lenguaje de hombre y dar un cuerpo extraño a su verdad eterna. Beba, pues, en las Sagradas Escrituras, pida prestados los términos sagrados; no sólo para robustecer, sino para embellecer su discurso, recoja al paso, si los encuentra, los adornos de la elocuencia, pero que broten espontáneamente y no como buscados.

¿Desean oradores de esta clase? Pues les anuncio un misterio: los oyentes hacen a los predicadores. La palabra divina no nace del genio ni del trabajo asiduo; es un don de Dios, que sopla donde quiere. “La palabra divina no obedece, es ella la que manda, y, por lo tanto, no habla cuando se le ordena, sino cuando quiere”. Y Dios se complace en hablar cuando los hombres están dispuestos a escuchar. Busquen la verdadera doctrina, y Dios suscitará predicadores; preparen el campo, y el sembrador no faltará. Mas si, por el contrario, buscan las fábulas humanas, Dios prohibirá a las nubes la lluvia y retirará la doctrina sana de los labios de sus predicadores. Entonces vendrán profetas que dirán: Paz, paz, y no encontrarán la paz; que dirán: Señor, Señor, y el Señor no les ha encomendado que prediquen. “El maestro recibe lo que el oyente merece”.

Oír internamente. La Eucaristía y la palabra divina llegan al corazón. Debemos oír internamente, escuchar con atención; pues, además del sonido, que hiere los oídos, hay una voz secreta, espiritual e interna, verdadera predicación que habla en el interior y sin la cual la palabra del hombre es ruido inútil. Todos debemos acudir a oírla allá dentro, porque en realidad sólo Dios puede predicar, como decía San Agustín. Los ángeles y los hombres no son capaces de hablar la verdad, sino a lo más de mostrarla con el dedo, como aquel que señala las bellezas de una catedral; pero ¿quién podrá verlas si el sol no esparce su resplandor? La luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, luz invisible que nos hace ver, es Cristo, que da su gracia. Es Él el que nos concede un cierto sentido que se llama el sentido, el pensamiento de Cristo, por el cual gustamos a Dios. La palabra resuena desde el púlpito, mas la predicación se verifica en el corazón. Por eso el Señor decía: El que tenga oídos para oír, que oiga, y ciertamente que no se refería a los del cuerpo. El que enseña a los corazones, tiene su púlpito en el cielo. Abran bien los oídos del alma.

No aconsejo prescindir de la palabra externa, porque es ley del Nuevo Testamento envolver la gracia en signos exteriores, como envuelve la del bautismo en el agua, que lava. Asistan a la predicación externa y hagan que caiga en vuestro corazón, y no sea el cuerpo de Cristo que cae al suelo. La comparación no es extraña: Jesús, la Verdad misma, no ama menos la verdad que su propio Cuerpo; por el contrario, sacrificó a éste para sellar con su Sangre la verdad de su palabra; y si murió un solo día, quiso, en cambio, que su verdad fuera inmortal y perenne entre nosotros.

Hay que llegar a la voluntad. Me dirán que atienden sobradamente, y contestaré con el Crisóstomo: Ya sé que incluso cotejan mi primer sermón con los siguientes, pero asemejan este púlpito a un teatro. No, no es ése el modo de oír, porque “todo el que oye a mi Padre y recibe su enseñanza, viene a Mí. Hay otro lugar más recóndito donde escuchar, la escuela celestial”, donde el Padre enseña a ir hacia su Hijo; escuela donde Dios es maestro. ¿Dónde está esa escuela escondida? Aun cuando Dios mismo hablase directamente, habría que profundizar más, porque, mientras su luz permanezca tan sólo en la inteligencia, no se ha oído la lección de Dios. En efecto, para atender a la palabra del Evangelio no hay que ir allí donde se emiten los juicios, sino donde se regulan las costumbres; no donde se gustan los pensamientos bellos, sino donde nacen los buenos deseos; no al lugar donde se forman los juicios exactos, sino donde se forjan los santos propósitos: hay que llegar a la voluntad. Entren en sí mismos, y verán cómo a veces luce una llama que atraviesa los corazones, porque la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta la coyuntura y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Dios a veces da a los predicadores no sé qué fuerza aguda que, a través de los caminos tortuosos de nuestras pasiones, llega a encontrar aquel pecado que nosotros escondíamos y que duerme en el fondo del corazón. En esos momentos hay que escuchar atentamente a Cristo, que contraría nuestros deseos, que turba nuestros placeres y que hurga con su dedo en nuestras heridas. Es el momento en que el hombre sabio oirá una palabra discreta, la alabará y le añadirá algo más. Y si el golpe no ha sido bastante, tomemos nosotros mismos la espada y clavémosla más fuerte. ¡Ojalá lleguemos a lo vivo, ojalá lleguemos al llanto, que San Agustín llama tan elegantemente la sangre del alma!

Vivir conforme a la palabra. El que come mi Carne y bebe mi Sangre, dice el Señor, está en Mí y Yo en él; esto es, la buena comunión se manifiesta viviendo conforme a Cristo. Y el haber oído la palabra del Señor se demuestra al vivir conforme a ella. Ocurre a veces que al oír la predicación se levantan en nuestro corazón ciertos sentimientos, imitación de los verdaderos, capaces de engañarnos; ciertos fervores y deseos imperfectos; pero creamos en las obras. Ellas dirán lo que haya de verdad. Decía antes el Crisóstomo que lo escuchaban como en el teatro. En efecto, también allí los espectadores se emocionan, se llenan de ira y derraman lágrimas, como en otros espectáculos. Algo parecido puede ocurrir en nuestros sermones. También el Crisóstomo oía los gritos y aplausos de sus oyentes; sin embargo, esperaba para regocijarse a ver corregidas las costumbres. Si no cambian de vida, no han oído a Jesucristo, sino al hombre. La predicación no tiene por fin ilustrar, sino suscitar el amor.

Conclusión. Para escuchar a Cristo hay que llevar a la práctica sus palabras, puesto que enseña para formar nuestra conciencia, antes que para agradarnos.

Bossuet

miércoles, 2 de febrero de 2011

en este dia empieza la novena...

Letanías de Bernardita, que bellamente supo enhebrar Paul Claudel:

Santa Bernardita,
ruega, ruega por nosotros.
Limpia pastorcita,
ruega por nosotros.

Niña de corazón suave.
Gota de agua del Gave.
Ojo intrépido y puro,
ruega, ruega por nosotros.

Servidora del Azul,
abridora de un manantial.
Perfecta en la pobreza
y en la regularidad,
ruega, ruega por nosotros.

Para contemplar siempre
a la Madre del Amor,
de rodillas decimos:
Bernardita Soubirous,
ruega, ruega por nosotros.

LOS ENFERMOS, PREDILECTOS DEL SEÑOR ("Hablar con Dios", Francisco Fernández Carvajal, Ediciones Palabra)

I. El Evangelio de la Misa nos habla de la misión de los Doce por las aldeas y parajes de Palestina. Predicaron la necesidad de hacer penitencia para entrar en el Reino de Dios y expulsaban los demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban.
El aceite se utilizaba frecuentemente para curar las heridas, y el Señor determinó que fuera la materia del sacramento de la Unción de los enfermos. En las breves palabras del Evangelio de San Marcos la Iglesia ha visto insinuado este sacramento, que fue instituido por el Señor, y más tarde promulgado y recomendado a los fieles por el Apóstol Santiago. Es una muestra más del desvelo de Cristo y de su Iglesia por los cristianos más necesitados.
Nuestro Señor mostró siempre su infinita compasión por los enfermos. Él mismo se reveló a los discípulos enviados por el Bautista llamando su atención sobre lo que estaban viendo y oyendo: los ciegos recobran la vista y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. En la parábola del banquete de bodas, los criados recibieron esta orden: salid a los caminos... y traed a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos... Son innumerables los pasajes en los que Jesús se movió a compasión al contemplar el dolor y la enfermedad, y sanó a muchos como signo de la curación espiritual que obraba en las almas.
El Señor ha querido que sus discípulos le imitemos en una compasión eficaz hacia quienes sufren en la enfermedad y en todo dolor. «La Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador, pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo». En los enfermos vemos al mismo Señor, que nos dice: lo que hicisteis por uno de estos, por mí lo hicisteis. «El que ama al prójimo debe hacer tanto bien a su cuerpo como a su alma –escribe San Agustín–, y esto no consiste solo en acudir al médico, sino también en cuidar el alimento, la bebida, el vestido, la habitación y proteger el cuerpo contra todo lo que le pueda resultar molesto... Son misericordiosos los que ponen delicadeza y humanidad al proporcionar lo necesario para resistir males y dolores».
Entre las atenciones que podemos tener con los enfermos está: acompañarles, visitarles con la frecuencia oportuna, procurar que la enfermedad no les intranquilice, facilitarles el descanso y el cumplimiento de todas las prescripciones del médico, hacerles grato el tiempo que estemos con ellos, sin que nunca se sientan solos, ayudarles a que ofrezcan y santifiquen el dolor, procurar que reciban los sacramentos. No olvidemos que son el «tesoro de la Iglesia», que pueden mucho delante de Dios y que el Señor les mira con particular predilección.

II. Debemos preocuparnos por la salud física de quienes están enfermos, y también de su alma. Procuraremos ayudarles con los medios humanos a nuestro alcance y, sobre todo, haciéndoles ver que ese dolor, si lo unen a los padecimientos de Cristo, se convierte en un bien de valor incalculable: ayuda eficaz a toda la Iglesia, purificación de sus faltas pasadas, y una oportunidad que Dios les da para adelantar mucho en su santidad personal, porque Cristo bendice en ocasiones con la Cruz.
El sacramento de la Unción de enfermos es uno de los cuidados que la Iglesia reserva para sus hijos enfermos. Este sacramento fue instituido para ayudar a los hombres a alcanzar el Cielo, pero no puede administrarse a los sanos, ni tampoco a quien no padezca grave enfermedad, aunque se halle en peligro su vida, porque fue instituido a manera de medicina espiritual, y las medicinas no se dan a sanos, sino a los enfermos. La Iglesia tampoco desea que se espere hasta los momentos finales para recibirlo, sino cuando ya comienzan a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez; sin embargo, puede reiterarse si el enfermo se recupera después de la Unción o si, durante la misma enfermedad, el peligro o la gravedad se acentúa; igualmente, se puede administrar a quien va a sufrir una intervención quirúrgica, con tal que sea una enfermedad grave la razón para esa intervención.
Este sacramento es un gran don de Jesucristo, y trae consigo abundantísimos bienes; por tanto, hemos de desearlo y pedirlo cuando nos encontremos en enfermedad grave. Por ser un bien tan grande, la fe nos llevará a que lo reciban con alegría aquellas personas con quienes nos une algún lazo de parentesco o de amistad, y todos aquellos a los que podemos llegar en nuestro apostolado. Es un deber de caridad y, en muchos casos, de justicia.
El bien mayor de este sacramento es librar al cristiano del decaimiento y debilidad que contrajo con los pecados. De esta manera se le fortalece y se devuelve al alma la juventud y el vigor que perdió a causa de sus faltas y flaquezas.
El Papa Pablo VI, citando al Concilio de Trento, explicaba y resumía los efectos de este sacramento: da «la gracia del Espíritu Santo, cuya unción quita los pecados, si alguno queda aún por quitar, y los vestigios de pecado; también alivia y fortalece el alma de la persona enferma, despertando en ella una gran confianza en la misericordia divina; sostenido de esta suerte, puede fácilmente soportar las pruebas y penalidades de la enfermedad, resistir más fácilmente las tentaciones del demonio que está al acecho (Gen 3, 15), y a veces recupera la salud corporal, si resulta conveniente para la salud del alma». Este sacramento infunde una gran paz y alegría al alma del enfermo consciente, le mueve a unirse a Cristo en la Cruz, corredimiendo con Él, y «prolonga el interés que el mismo Señor mostró por el bienestar corporal y espiritual del enfermo, como testifican los Evangelios, y que Él deseaba que mostraran también sus discípulos».
Examinemos hoy en nuestra oración si en cada enfermo sabemos ver a Cristo doliente, si le cuidamos con cariño y respeto, si tenemos atenciones delicadas y prestamos esas pequeñas ayudas que tanto se agradecen. Sobre todo, veamos junto al Señor si le ayudamos con oportunidad a unirse más a Cristo, a corredimir con Él.

III. Cuando el Señor nos haga gustar su Cruz a través del dolor y de la enfermedad, debemos considerarnos como hijos predilectos. Puede enviarnos el dolor físico u otros sufrimientos: humillaciones, fracasos, injurias, contradicciones en la propia familia... No debemos olvidar entonces que la obra redentora de Cristo se continúa a través de nosotros. Por muy poca cosa que podamos ser, nos convertimos en corredentores con Él, y el dolor –que era inútil y dañoso– se convierte en alegría y en un tesoro. Y podremos decir con San Pablo: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. El Apóstol recuerda la lección del Maestro: por esto sigue sus pisadas, toma su cruz y continúa la labor de dar a conocer la doctrina de Cristo a todos los hombres.
Afirma el Papa Juan Pablo II que el dolor «no solo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible. En el Cuerpo de Cristo (...) el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención».
Para aprovechar esta riqueza de gracias que, de una forma u otra, nos llegará, se requiere «una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo –si el Señor lo permite– la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales, de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas».
El dolor, que ha separado a muchos de Dios porque no lo han visto a la luz de la fe, debe unirnos más a Él. Y debemos enseñar a los enfermos su valor redentor. Entonces llevarán con paz la enfermedad y las contradicciones que el Señor permita, y las amarán, porque habrán aprendido que también el dolor viene de un Padre que solo quiere el bien para sus hijos.
Acudimos a nuestra Madre Santa María. Ella, «que en el Calvario, estando de pie valerosamente junto a la cruz del Hijo (cfr. Jn 19, 25), participó de su pasión, sabe convencer siempre a nuevas almas para unir sus propios sufrimientos al sacrificio de Cristo, en un “ofertorio” que, sobrepasando el tiempo y el espacio, abraza a toda la humanidad y la salva». Pidámosle que el dolor y las penas –inevitables en esta vida– nos ayuden a unirnos más a su Hijo, y que sepamos entenderlos, cuando lleguen, como una bendición para nosotros mismos y para toda la Iglesia.

martes, 1 de febrero de 2011

BIENAVENTURANZAS DE LA IGLESIA

Empezamos con San Agustin: LAS OBRAS DE LA IGLESIA¡Oh, Iglesia Católica, Madre verdadera de los cristianos! Con razón no solamente predicas que hay que honrar purísima y castísimamente al mismo Dios, cuya posesión es dichosísima vida, sino que también haces de tal manera tuyo el amor y la caridad del prójimo, que en ti hallamos toda medicina potentemente eficaz para los muchos males que, por causa de los pecados, aquejan a las almas.
Tú adiestras y enseñas con ternura a los niños, con fortaleza a los jóvenes, con delicadeza a los ancianos, conforme a la edad de cada uno en su cuerpo y en su espíritu. Tú con una, estoy por decir, libre servidumbre, sometes los hijos a sus padres, y pones a los padres delante de los hijos con dominio de piedad. Tú, con vínculo de religión más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos… Tú, no sólo con vínculos de sociedad, sino también de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones; en una palabra, a todos los hombres, con el recuerdo de los primeros padres.
A los reyes enseñas a mirar por los pueblos; a los pueblos amonestas que obedezcan a los reyes. Enseñas con diligencia a quién se debe honor, a quién afecto, a quién respeto, a quién temor, a quién consuelo, a quién amonestación, a quién exhortación, a quién corrección, a quién represión, a quién castigo; mostrando cómo no se debe todo a todos, pero sí a todos la caridad, a ninguno la ofensa.
“De moribus Ecclesiae Catholicae”, libro I, c. 30


Bienaventurada la IGLESIA,
incomprendida y calumniada, porque –en esa indefensa aparente– se purifica
y se criba su futuro, su autenticidad, su ser profeta y su hondo espíritu.
Que nunca se canse de dibujar y presentar el rostro de Jesús.

Bienaventurada la IGLESIA,
que acompaña en el llanto a los que sufren. La Iglesia que, como madre,
no solamente consuela y llora sino que trabaja por aquellos que están
sumergidos en horas amargas.
Que la luz que la dirige sea también luz para el resto de los hombres: ¡Cristo!

Bienaventurada la IGLESIA,
que sufre por causa del Evangelio. La que, teniendo como único Salvador
a Cristo, lamenta al ver como muchos de sus hijos se apartan de su Camino,
de su Verdad, de su Vida.
Que no deje de alentar a los hombres a buscar metas más altas:
ser como Dios manda.

Bienaventurada la IGLESIA,
que lucha por una justicia distinta a la del hombre. Aquella Iglesia
que no confunde el bienestar de algunos con la dignidad y los derechos
de todos los seres humanos.
Que, una y otra vez, insista en el corazón de las personas para que
no sean vasallos sino de Dios.

Bienaventurada la IGLESIA,
que ama a corazón abierto. Aquella Iglesia que, por ser misericordiosa,
aguarda y señaliza el camino de vuelta a casa para todos aquellos
que la abandonaron.
Que jamás pierda su creatividad y sus carismas para que, el ser humano,
participe, apetezca y añore tantos bienes de los cuales Dios nos hace partícipes.

Bienaventurada la IGLESIA,
que, con sinceridad, busca y pide amar a Dios con un corazón limpio.
Esa Iglesia que, mirándose a sí misma, se siente pecadora y santa,
humana y divina.
Que siembre en la conciencia de las personas el amor a Dios
por encima de otros pequeños dioses.

Bienaventurada la IGLESIA,
que reza y trabaja por la paz y, en todos los rincones del mundo, promueve
la evangelización para que los pueblos descubran que, sin Dios, nunca habrá
paz verdadera.
Que pregone, con ilusión y con fuerza, que el Reino de Dios está llamando
a nuestra puerta.

Bienaventurada la IGLESIA,que, ante el insulto, sigue trabajando por la causa del Reino de Dios.
La Iglesia que, ante la incomprensión, no se echa atrás y sigue
presentando su mensaje de salvación.
Que siga siendo pionera, allá donde se encuentre, en la promoción de la vida,
de la dignidad y de la salvación del hombre por Jesucristo.


Y ahora para desengrasar, tomado de Giovanni Guareschi, EL PEQUEÑO MUNDO DE DON CAMILO el episodio de LA PROCESIÓN:

Todos los años, al celebrarse la feria del pueblo, se llevaba en procesión al Cristo crucificado del altar. El cortejo llegaba hasta el dique y allí se efectuaba la bendición de las aguas para que el río no hiciera locuras y se comportara decentemente.
Como en otras ocasiones parecía que también en ésta las cosas funcionarían con la acostumbrada regularidad, y Don Camilo estaba dando los últimos toques al programa de la fiesta, cuando apareció el Brusco en la rectoral.
— El secretario del comité —dijo el Brusco— me manda a hacerle saber que el comité participará en la procesión en pleno con bandera.
— Agradezco al secretario Pepón, contestó Don Camilo. Me alegraré de que todos los hombres del comité estén presentes. Sin embargo, es necesario que tengan la amabilidad de dejar la bandera en casa. No debe haber banderas políticas en cortejos sacros. Estas son las órdenes que tengo.
El Brusco se marchó y poco después llegó Pepón con la cara congestionada y los ojos fuera de las órbitas.
— ¡Somos cristianos como todos los demás!, gritó Pepón entrando en la rectoral sin pedir siquiera permiso. ¿En qué somos distintos de los otros?
— En que cuando entran en casa ajena ustedes ni se quitan el sombrero, respondió Don Camilo tranquilamente.
Pepón se quitó el sombrero con rabia.
— Ahora eres igual a los demás cristianos, dijo Don Camilo.
— ¿Por qué no podemos venir a la procesión con nuestra bandera? —gritó Pepón.— ¿Qué tiene de particular nuestra bandera? ¿Es la bandera de los ladrones y los asesinos?
— No, compañero Pepón, explicó Don Camilo mientras encendía su toscano. Es una bandera de partido y aquí se trata de un acto religioso y no político.
— ¡En ese caso tampoco deben ustedes admitir las banderas de la Acción Católica!
— ¿Por qué? La Acción Católica no es un partido político, tanto es así que yo soy su secretario. Precisamente te aconsejo que te inscribas con tus compañeros.
Pepón soltó una carcajada.
— ¡Si quiere usted salvar su alma negra, deberá inscribirse en nuestro partido!
Don Camilo abrió los brazos.
— Procedamos así, repuso sonriendo, cada cual queda donde está y amigos como antes.
— Yo y usted nunca hemos sido amigos, afirmó Pepón.
— ¿Tampoco cuando estuvimos juntos en los montes?
— ¡No! Era una simple alianza estratégica. Por el triunfo de la causa uno puede aliarse hasta con los curas.
— Bueno, dijo Don Camilo con calma. Pero si quieren venir a la procesión deben dejar la bandera en casa.
Pepón rechinó los dientes.
— ¡Si cree usted que podrá hacerse el Duce, se equivoca, reverendo! —exclamó—. ¡O con nuestra bandera o no hay procesión!
Don Camilo no se impresionó. “Se le pasará”, dijo para sí. Y en efecto, durante los tres días que precedieron al domingo de la feria, no se oyó hablar de la cuestión. Pero el domingo, una hora antes de Misa, llegó a la rectoral gente asustada. La víspera, la escuadra de Pepón había recorrido todas las casas para advertir que quien concurriese a la procesión daría a entender que no le importaba su salud.
— A mí nada me han dicho, observó Don Camilo. Por lo tanto la cosa no me preocupa.
La procesión debía realizarse al término de la Misa. Y mientras en la sacristía Don Camilo estaba vistiendo los paramentos usuales, llegó un grupo de parroquianos.
— ¿Qué se hace?, preguntaron.
— La procesión, contestó Don Camilo tranquilamente.
— Esos son muy capaces de arrojar bombas sobre el cortejo, le objetaron. Usted no debe exponer a sus feligreses a tal peligro. En nuestra opinión, la procesión debe suspenderse, avisar a la fuerza pública de la ciudad y realizarla cuando hayan llegado los carabineros en suficiente cantidad para garantizar la seguridad de la gente.
— Bien pensado, observó Don Camilo. Entre tanto se podría explicar a los mártires de la religión que obraron muy mal al comportarse como se comportaron y que en vez de ir a predicar el cristianismo cuando estaba prohibido, debieron esperar que llegasen los carabineros.
Seguidamente Don Camilo les indicó a los visitantes dónde estaba la puerta. Se marcharon rezongando. Poco más tarde entró en la iglesia un grupo de ancianos y de ancianas.
— Nosotros venimos, Don Camilo, dijeron.
— ¡Ustedes se van a su casa enseguida!, ordenó Don Camilo. Dios tomará en cuenta sus piadosas intenciones. Esta es una situación en que los ancianos, las mujeres y los niños deben permanecer en sus casas.
Delante de la iglesia había quedado un grupito de personas; pero cuando se oyeron algunos disparos de armas (era simplemente el Brusco, que con fines demostrativos le hacía hacer gárgaras a su ametrallador, disparando al aire), también el grupito se hizo humo, y Don Camilo, al asomarse a la puerta de la iglesia, vio el atrio desierto y limpio como una mesa de billar.
— ¿Y, Don Camilo, vamos?, preguntó en ese momento el Cristo del altar. Debe estar magnífico el río con este sol. Verdaderamente lo veré de buena gana.
— Sí, vamos, contestó Don Camilo. Pero fijaos que esta vez, desgraciadamente, estaré solo en la procesión. Si os basta.
— Cuando está Don Camilo ya hay de sobra, dijo sonriendo el Cristo.
Don Camilo se colocó rápidamente la bandolera de cuero con la cuja para el pie de la cruz; bajó del altar el enorme Crucifijo, lo apoyó en el soporte y suspiró:
— Con todo, podían haber hecho más liviana esta cruz.
— Dímelo a mí, repuso sonriendo el Cristo, a mí, que debí llevarla hasta la cima y no tenía tus espaldas.
Algunos minutos después Don Camilo, sosteniendo el enorme Crucifijo salía solemnemente por la puerta de la iglesia. El pueblo estaba desierto; la gente se había encerrado, corrida por el miedo, y espiaba a través de las celosías.
— Debo producir la impresión de aquellos frailes que andaban solos con la cruz negra por las calles de las ciudades despobladas por la peste, se dijo Don Camilo. Luego se puso a salmodiar con su vozarrón baritonal, que se agigantaba en el silencio. Atravesó la plaza y siguió por el medio de la calle principal, en la que también reinaban la soledad y el silencio. Un perrito salió de una calleja, y se puso a caminar quietito detrás de Don Camilo.
— ¡Fuera!, masculló Don Camilo.
— Déjalo, susurró desde lo alto el Cristo. Así Pepón no podrá decir que en la procesión no se veía siquiera un perro.
La calle torcía en el fondo, donde concluían las casas, y de allí partía el sendero que conducía al dique. Apenas dobló, Don Camilo halló de improviso la calle obstruida. Doscientos hombres la bloqueaban mudos, con las piernas abiertas y los brazos cruzados. Al frente de ellos estaba Pepón, en jarras. Don Camilo hubiera querido ser un tanque. Pero no podía ser sino Don Camilo, y cuando llegó a un metro de Pepón se detuvo, sacó el enorme Crucifijo del soporte y lo alzó blandiéndolo como una clava.
— Jesús, dijo, teneos firme, que empiezo a repartir.
Pero no fue necesario porque, comprendida al vuelo la situación, los hombres retrocedieron hacia las aceras y como por encanto se abrió un surco en la masa. Solamente Pepón quedó a pie firme en medio del camino, puesto en jarras y con las piernas abiertas. Don Camilo afirmó el pie del Crucifijo en el soporte y marchó derecho hacia Pepón. Éste se hizo a un lado.
— No me aparto por usted sino por él, dijo señalando el Crucifijo.
— ¡Y entonces quítate el sombrero!, gritó Don Camilo sin mirarlo.
Pepón se quitó el sombrero y Don Camilo pasó solemnemente entre sus hombres. Cuando llegó al dique se detuvo.
— Jesús, dijo en voz alta, si en este inmundo pueblo las casas de los pocos hombres de bien pudieran flotar como el arca de Noé, yo os rogaría enviar tal crecida que arrase el dique e inunde todo el pueblo. Mas, como los pocos hombres de bien viven en casas de ladrillos iguales a las de tantos canallas, y no sería justo que los buenos debieran sufrir por las culpas de los pillos del tipo del alcalde Pepón y de toda su chusma de bandoleros sin Dios, os ruego salvar al pueblo de la inundación y concederle toda clase de prosperidades.
— Amén, murmuró la voz de Pepón detrás de Don Camilo.
— Amén, repitieron en coro los hombres de Pepón, que habían seguido al Crucifijo.
Don Camilo tomó el camino del regreso y cuando llegó al atrio y se volvió para que el Cristo diese su última bendición al río lejano, se vio delante al perrito, a Pepón, a los hombres de Pepón y a todos los habitantes del pueblo. También al boticario, que era ateo, pero que, ¡caramba!, un cura como Don Camilo, capaz de hacer simpático al Padre Eterno, no lo había encontrado nunca.