miércoles, 7 de junio de 2017
NORMAS PARA EL TRATO CON LOS MALOS
La mezcla de la cizaña y del trigo nos obliga a estudiar nuestra conducta para con los malos. Entender las razones por las que Dios permite su existencia, es cosa que se nos escapa. Pero, en cambio, podemos observar e imitar cuáles son las normas de la conducta divina para con los pecadores.
Dios convive con ellos sólo por la necesidad de su ser, y nosotros debemos tratarlos sólo por la necesidad de nuestro estado. Dios, de su presencia con los pecadores, saca dos bienes, a saber, su propia gloria y la conversión del pecador, que no deja de procurar. Nosotros hemos de obtener algún provecho espiritual nuestro y a la vez beneficiarlos.
Dios, presente al pecador por la necesidad de su ser
En la Sagrada Escritura vemos unas veces a Dios presente ante el pecador, donde quiera que trate de refugiarse. Otras aparece avergonzándose de haberlo creado y apartándose de él. ¿Cómo unir ambas verdades?
El problema resulta sencillo. La necesidad del Ser divino lo obliga a estar presente con los malos, porque, supuesta la creación y el orden de la Providencia, Dios no puede dispensarse de ciertas obligaciones que Él mismo se impuso. Su sabiduría, por ejemplo, le impone la necesidad de gobernar y dirigir prudentemente al mundo, incluso a los pecadores. Pero junto a estas obligaciones generales está el corazón de Dios, y, si pudiéramos entrar dentro de Él, veríamos cómo le repugna el hombre en pecado.
Apenas caído el hombre, Dios rompe con él todas las alianzas y lo hace objeto de su odio. Los teólogos, al estudiar esta repugnancia de Dios respecto del pecador, coligen que, si pudiera prescindir del atributo de su inmensidad, todavía seguiría presente a los hombres, pero sólo a los justos, de lo cual San Juan Crisóstomo deduce una idea brillantísima: que la inmensidad, condición nobilísima de Dios, no deja de serle en cierto modo onerosa. Pues bien éste es el ejemplo que se nos da.
En primer lugar, debemos tolerar a los malos, pues Dios y los buenos nos han tolerado a nosotros cuando lo fuimos; pero subrayando bien con San Agustín la palabra tolerar, que no consiste en complacernos, sino en soportar con caridad.
En segundo término, debemos pensar que Dios no sólo nos permite convivir con los pecadores, sino que nos lo requiere, pues nos ha colocado en un estado que lo exige. Lo contrario nos obligaría a salir de este mundo (I Corintios, 5, 10). Un padre, por ejemplo, debería apartarse de sus hijos licenciosos, y la esposa romper con su marido por la misma causa. Esto es lo que llamamos necesidad del estado, y se corresponde con la necesidad del Ser divino.
Motivos para evitar otro trato
Pero, fuera de este caso, nunca debemos mantener relaciones frecuentes y mundanas con los malos sólo por complacemos.
a) El mandato divino. Ello quebrantaría los mandatos de Dios. En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, decía San Pablo, os mandamos apartaros de todo hermano que vive desordenadamente (II Tesalonicenses, 3, 6). David lo convertía en asunto de conciencia: No me siento con los falaces…, aborrezco el consorcio de los malignos (Salmo, 25, 4-5).
Debemos mirar a los paganos y a los herejes con horror tan santo como el que Dios inspiró a su pueblo hacia ellos. Quizá hubiera convenido políticamente que los judíos trataran a los pueblos de Canaán y contrajeran matrimonios ventajosos con extranjeras. Sin embargo, les fue rigurosamente vedado. Al sectario… evítalo, manda San Pablo.
Y si no fuere pagano ni hereje, sino vicioso, oíd al Apóstol: Lo que os digo es que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea adúltero, avaro…; con éstos ni comer (I Corintios, 5, 11).
Un bello pensamiento de Guillermo de París nos dice que Dios quiere que, al separarnos de los impíos, nos adelantemos a lo que Él piensa hacer en el juicio, pues su deseo es diferenciar a unos de los otros.
b) Es conveniente para la santificación social e individual. Cuando Dios manda matar al sacrilego Acán, dice que santifiquen al pueblo (los. 7,13). Parece como si el separarse de los malos equivaliese a un sacramento de expiación, y, en efecto, a veces no es necesaria otra cosa para santificar una familia, comunidad o corte, porque un ateo en esta última pervierte más gente que un demonio, y una mujer licenciosa contagia a más personas de las que pudieron ser inficionadas por los filósofos del libertinaje. Ésta es la explicación que da Santo Tomás de la excomunión, con la cual, según él, la Iglesia busca dos fines, castigar al culpable y preservar al inocente, separando a aquél de la comunicación con los buenos.
c) El honor de Dios. El menosprecio de Dios que supone la amistad con los malos constituye otra razón. ¿Qué juicio se formaría del hijo unido con corazón y afecto a los enemigos que intentaran mancillar el honor de su padre? Leed, como prueba, la severa reprensión de que fue objeto el piadoso Josafat, rey de Judá, por su amistad con Acab. Dice la Escritura que se hizo digno de la ira divina por socorrer al impío y ayudar a los que aborrecen al Señor (II Paralipómenos 19, 2): “Excusaron a Josafat sus buenas obras y la rectitud de su fe. Pero vosotros ¿qué podéis alegar? ¿No es un escándalo veros todos los días acompañados de las personas más sospechosas del pueblo, en reuniones donde parece que el pudor ha sido desterrado… y donde no se observa regla alguna de decencia y modestia?”
Peligro contrario de corrupción
Por una parte, escandalizáis, y por otra, no es posible que en medio de tal comercio conservéis un corazón puro, por mucho que me lo queráis decir. Si tal presunción fuera cierta, no hubieran hablado con tal rigor los profetas y los santos. Ellos mismos, mucho mejor preparados que tú, huyeron de la posible corrupción, como Ezequiel. ¿Qué temeridad es, pues, la vuestra al arriesgar mucho más que lo que otros, más fuertes que vosotros, no osaron comprometer? ¿Por qué creéis que Dios deseó conservar aislados a los hebreos? Se mezclaron con las gentes y adoptaron sus costumbres, dijo David (Salmo, 105, 35). Por este mismo motivo la Iglesia ha prohibido los matrimonios mixtos, y hasta disuelve el vínculo conyugal cuando uno de los esposos se convierte de la infidelidad y el otro ofrece algún peligro. Al principio repugnará algo la conducta de los enemigos, pero poco a poco la costumbre los hará juzgar normal lo que antes parecía perverso. Un paso más y serán iguales.
Resulta preferible tratar a un pagano que a un pervertido. La causa de tanta disolución en la juventud, tanto desorden en los matrimonios, tanta impiedad en la corte e incluso tanto pecado entre los ministros del altar, es el influjo del mal ejemplo tolerado y hasta sonreído.
Fines de la presencia de Dios en los pecadores
a) Su gloria. Dios no podría tolerar el pecado si no redundara de alguna forma en gloria suya. Tal es la ciencia divina, que hasta parece superior a su omnipotencia, porque ésta crea bienes y aquélla sabe utilizar el mal para conseguir un bien; y como el pecador hace uso de las criaturas buenas para el mal, Dios sabe usar del pecador para lo contrario.
Aprovechémonos también nosotros del malo en su trato útil. Por mucho que lo fuere, siempre nos servirá para ejercitar la paciencia, la caridad, la mortificación y la humildad, y para sujetar la ira. ¡Cuánta materia de santificación existe en el trato con los impíos si sabemos aprovecharnos!…
Cuando en el tribunal de la penitencia un hombre de mundo se me queja de su condición social, como si con ello quisiera justificar sus extravíos; cuando una mujer llora al decirme que vive sometida a un hombre sin religión, no me lamento en esos casos de una situación que ellos llaman infeliz, y en la que Dios los ha puesto, sino del mal uso que hacen de ella. ¿No es digna de compasión la mujer que padece las incomodidades de una compañía molesta y no sabe aprovecharse del mérito posible?
Me dirás: Si yo estuviera en otro estado me santificaría más… No es cierto. Ese es el que Dios te ha deparado y en el que te ayuda. Imposible resistir tanto mal ejemplo… ¡Tampoco! Imposible es si te arrojas en él voluntariamente, pero no si lo utilizas para cumplir las obligaciones de tu estado.
El colmo del impío es que en la tierra del bien él hace el mal. La más aquilatada santidad viene a ser la del bueno en medio de los malos. Se asemeja a la de Moisés, que en la corte de Faraón no perdió a Dios nunca de vista, y a la de San Luis, presente siempre ante Él, en medio de las batallas o de las pompas humanas.
Abrazaos con Dios en medio de vuestra vida, y os dirá: Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas (San Lucas, 22, 28).
b) La conversión del pecador. ¿Hubierais creído que el pecador puede serviros para vuestra santificación? Pues os diré más: vosotros podéis serle útiles para lo mismo.
Daniel contempló en visión una donosa disputa entre el ángel de los judíos, que deseaba salieran éstos cuanto antes de Babilonia para que no se corrompieran, y el de los persas, que pedía continuasen allí para santificar a los dominadores con su ejemplo. Es que Dios con su presencia busca la conversión de aquellos mismos a quienes como a pecadores odia, y nosotros debemos obrar a semejanza suya.
Monseñor Ángel Herrera Oría
(Tomado de su libro “Verbum Vitæ. La palabra de Cristo”)
martes, 6 de junio de 2017
ENDURECIMIENTO DEL PECADOR
a) ¿QUÉ ES UN SER ENDEMONIADO?
El que tiene el corazón duro. ¿En que consiste esto? San Bernardo, escribiendo al Papa Eugenio, tiene un párrafo clásico. Pecador endurecido “es el que no se rasga con la contrición, ni es ablandado por la piedad, ni movido por los ruegos, ni cede ante las amenazas y se endurece con los castigos. Ingrato a los beneficios, infiel a los consejos, cruel para los juicios, desvergonzado para las torpezas, arriscado para los peligros, no tiene afecto de hombre y es descomedido para Dios…, ni teme a Dios ni respeta a los hombres”.
b) NO SE RASGA CON LA CONTRICIÓN
Cabrera describe la maldad del pecado. Alejandro, en estado de embriaguez, mató a su amigo Clito y después de saberlo quiso matarse él. “¿Qué debe sentir el que, embriagado de la pasión, ha crucificado con sus pecados a Cristo?”
c) NO SE ABLANDA CON LA PIEDAD
“¿Qué te ha sufrido Dios? ¿Cuánto te ha esperado? ¿Cuántas veces has confesado y propuesto la enmienda, y quebrantado la palabra? Y Dios con su benignidad y paciencia, disimula, espera, regala, te da salud, hacienda, vida; y ¿tanta bondad no te obliga a servirlo? ¡Oh, corazón duro, cómo te aguarda la ira de Dios, pues no te aprovechas de su clemencia! ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia?…” (Romanos, 2, 4).
Acá, para decir que os enojasteis, decís que se os gastó la paciencia. Erais pobre de paciencia, se os acabó presto el caudal. ¡Oh riquezas de bondad, paciencia, longanimidad de Dios, que no ha de agotarse!… Esta piedad desprecia el corazón duro, empeorado con estos plazos y largas. “Ignoras quoniam benignitas Dei ad poenitentiam te adducit?” (ibid.).
Traidor, ¿ahora ignoras que estas esperas de la misericordia de Dios son para que procures pagar con penitencia su justicia? ¿No sabes que quien espera no suelta, sino recambia? Pero tú, con tu dureza y corazón empedernido, atesoras ira y venganza contra ti para aquel día en que Dios soltará la represa de su ira y hará justo juicio y manifiesto.
¡Qué temerosa contraposición! ¡Dios, tesoro de bondad, y el pecador obstinado hace tesoro de ira y de castigo, con que provoca la ira de Dios! ¡Oh, qué mal tesoro! Riquezas acumuladas por el mal de su dueño…
d) NO SE MUEVE CON RUEGOS
Villano ruin, que, mientras más le ruegan, más se extiende; que ni bastan inspiraciones del Espíritu Santo, ni llamamiento de Cristo, ni voces de la Iglesia. ¡Qué ruegos tan amorosos del Esposo! Ábreme, hermana mía, paloma mía, esposa mía; que, de estar en la calle toda la noche al sereno, traigo la cabeza mojada del rocío y los rizos de mi melena llenas de la escarcha de la mañana. ¡Qué cuidado de rondar la puerta, pasear la calle, dar aldabadas!
“Ecce sto ad ostium et pulso” (Apocalipsis, 3, 20). Yo soy el que estoy a la puerta y llamo. Yo ruego con la paz, con mi amistad… ¡Qué de voces dan los ministros de Dios, que son los terceros que andan haciendo amistades! A Dios no es menester importunarlo. Conmigo acabado está. “Impietas impii non nocebit ei, in quacumque die conversus fuerit ab impietate sua” (Ezequiel, 33, 12). Negociarlo con el pecador. Van a él, pónenle delante a Cristo, sus llagas, su pasión. “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (II Corintios, 5, 20).
Él nos envía, Él lo ruega; como si le importase vuestra amistad, como si perdiese mucho en perderla. Y con todas estas súplicas, el corazón duro… no quiere salir del mal estado…
e) NO SE DOBLA POR AMENAZAS
¡Qué de veces oye predicar el rigor del juicio, el temor de sus señales, la certeza de la muerte!… Y acabándolas de oír, se va a jugar y reír, y se acuesta en su cama tan quieto como un santo. ¡Desventurado, que no sabes si amanecerás en el infierno!… Y ve el pecador herir a éste hoy y que el otro se murió ayer, y no sabe cuando le enclavarán el corazón, y ¿no huye ni se esconde? Huye una ave del cazador, y un ciervo del ladrido de un perro…, ¿y éste no teme el trueno de las amenazas de la divina justicia ni las saetas de sus castigos?
f) SE ENDURECE CON LOS AZOTES
Pero ya que las amenazas no atemorizan al malo, ¿hace más por los castigos? No. Más se endurece con los azotes y castigos. Con los trabajos con que otros sanan, enferma él. Con la enfermedad, reniega; con la pérdida, blastema; con la injuria que le hacen, maldice; con la pobreza, perjura, hurta, engaña… ¿Cuántas veces enfermaste y llegaste a morir, que ya tocabas con las plantas de los pies y te perdigabas en las llamas vengadoras? Propusiste la enmienda; Dios te dio salud, y teniéndola volviste como perro al vómito. No fueron paces ni amistades las que hiciste, sino treguas, para tornar a más cruda guerra.
g) INGRATO A LOS BENEFICIOS
Es ingrato a los beneficios, desconocido a las mercedes; ni las estima, ni las engrandece, ni aún las conoce. Conoció el buey a su poseedor, y el jumento al pesebre de su amo; pero Israel no me conoció a mí, y mi pueblo no entendió los bienes que recibía de mi mano…
h) INFIEL A LOS CONSEJOS
Soberbio, amigo de su parecer. No quiere tomar parecer de otro, y asi se precipita y estrella.
i) CRUEL PARA LOS JUICIOS
De cuanto para sí es remiso, para los otros es vigoroso… Veréis unos pecadorazos que en su vida y obras no son menos que unos demonios encarnados, y, sabiendo una falta de otro, la encaraman y condenan; jueces impíos que juzgan las intenciones, y todo lo echan a la peor parte.
j) DESVERGONZADO PARA LAS TORPEZAS
No es tanto mal pecar con encogimiento y recato; pero ventilar el pecado como los de Sodoma, hacer gala de la deshonestidad…
Y para decir en breve todos los males de este horrible mal: “yo no temo a Dios ni me importan los hombres” (San Lucas, 18, 4). Mire cada uno su corazón, tome el pulso a su manera de vida; y si hallare alguna de estas malas señales, tome con tiempo el remedio, antes que se acabe de endurecer. No todas las piedras son igualmente duras, aunque todas son piedras.
Fray Alonso de Cabrera
(tomado de “Verbum vitæ”)
lunes, 5 de junio de 2017
domingo, 4 de junio de 2017
EN EL DÍA DE CORPUS CHRISTI
Todos los misterios de Nuestro Salvador Jesucristo, queridísimas almas, son sublimes y profundos: nosotros los veneramos en unión con la sacrosanta Madre Iglesia. Sin embargo el misterio de hoy, la institución del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, por medio del cual el Señor se ha entregado en comida a las almas fieles, es tan sublime y elevado que supera toda comprensión humana. Tan grande es la bondad del Sumo Dios, en Él resplandece tal amor que cualquier inteligencia queda sobrepasada; nadie podría explicarlo con palabras, ni comprenderlo con la mente. Pero ya que es mi deber hablaros de ello por el oficio y la dignidad pastoral, os diré también algo de este misterio. Brevemente, esta homilía estará centrada sobre todo en dos puntos: cuáles son las causas de la institución de este misterio y cuáles los motivos por los que lo celebramos en este tiempo.
¿Qué motivo, sino solo el amor, pudo mover al Bondadosísimo y Grandísimo Dios a darse como alimento a esa mísera criatura que es el hombre, rebelde desde el principio, expulsado del Paraíso Terrenal, a este mísero valle desde el principio de la creación por haber probado el fruto prohibido? Este hombre había sido creado a imagen de Dios, colocado en un lugar de delicias, puesto a la cabeza de toda la creación: todas las demás cosas habían sido creadas para él. Trasgredió el precepto divino, comiendo el fruto prohibido y, “mientras estaba en una situación de privilegio, no lo comprendió” por eso “fue asimilado a los animales que no tienen intelecto” (Salmo 49, 13); por eso fue obligado a comer su misma comida.
Pero Dios ha amado siempre tanto a los hombres que pensó en el modo de levantarlos tan pronto como habían caído; y para que no se alimentaran del mismo alimento destinado a los animales —¡contemplad la infinita Caridad de Dios!— se dio a Sí mismo como alimento al hombre. Tú, Cristo Jesús, que eres el Pan de los Ángeles, no te has negado a convertirte en el alimento de los hombres rebeldes, pecadores, ingratos. ¡Oh grandeza de la dignidad humana! ¡Por un acontecimiento singular, cuánto mayor es la obra de la reparación, cuánto supera esta dignidad sublime a la desgracia! ¡Dios nos ha hecho un favor singular! ¡Su amor por nosotros es inexplicable! Sólo este amor pudo mover a Dios a hacer tanto por nosotros. Por ello ¡qué ingrato es quien no medita en su corazón y no piensa a menudo en estos misterios!
Vayamos al segundo punto de la reflexión. Oportunamente hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de este Santísimo Misterio. Podía parecer más oportuno celebrarla en la Feria Quinta in Cœna Domini, día en el que sabemos que nuestro Salvador Cristo, ha instituido este Sacramento. Pero la Santa Iglesia es como un hijo, correcto y bien educado, cuyo padre ha llegado al término de sus días y mientras está a punto de morir, le deja una herencia amplia y rica; no tiene tiempo de entretenerse en el patrimonio recibido: está totalmente volcado en llorar al padre. Así la Iglesia, Esposa e Hija de Cristo, está tan atenta a llorar en aquellos días de Pasión y de atroces tormentos, que no está en condiciones de celebrar como querría esta inmensa heredad a Ella entregada: los Santísimos Sacramentos instituidos en estos días.
Entre los misterios del Hijo de Dios que hasta ahora hemos meditado, el último fue la Ascensión al Cielo. Ello sucedió para que Él recibiese a titulo propio y nuestro la posesión del Reino de los Cielos y se manifestara el dominio que poco antes había afirmado: “Me ha sido dado poder en el cielo y en la tierra” (San Mateo, 28, 18).
Como cualquier Rey, en el acto de recibir la posesión de un reino, se dirige antes que a cualquier otra ciudad a aquélla que es la capital y metrópolis del reino (y como un Magistrado o Príncipe que se prepara para administrar un reino en nombre del Rey), así también Cristo: honrado con la señoría más grande y con todo derecho en el cielo y en la tierra, en primer lugar tomo posesión del Cielo, y desde allí, como haciendo una demostración, difundió sobre los hombres los dones del Espíritu Santo. Pero habiendo elegido reinar también en la tierra, nos dejó a Él mismo aquí, en el Santísimo Sacrificio del Altar, en este Santísimo Misterio que hoy celebramos. Por este motivo extraordinario la Santa Madre Iglesia ordena que sea llevado por todos en Procesión —en forma solemne— por las ciudades y los pueblos.
Cuando el poderosísimo Rey Faraón quiso honrar a José, mandó que se lo condujera por las calles de la ciudad y, para que todos conocieran la dignidad de quien había explicado los sueños del Faraón, le dijo: “Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú. Mira, te pongo sobre toda la tierra de Egipto. El Faraón se quitó el anillo de la mano y lo puso en la mano de José; hizo que le vistieran blancas vestiduras de lino, y puso en su cuello un collar de oro. Después lo hizo subir sobre su segundo carro y delante de él un heraldo gritaba, para que todos se arrodillaran delante de él. Y así lo puso al frente de todo el país de Egipto” (Génesis, 41, 40 y ss.).
También Asuero, cuando quiso honrar a Mardoqueo, le hizo vestir vestiduras reales, lo hizo subir a su caballo y a tal fin mando a Amán que lo condujera por la ciudad y gritara: “Aquí viene el hombre a quien el Rey quiere honrar” (Ester, 6, 11).
Dios quiere ser el Señor del corazón del hombre; quiere ser honrado, como conviene, por todos los hombres. Por esto hoy, de forma solemne, conducido por el Clero y por el Pueblo, por los Prelados y los Magistrados, recorre las calles de la ciudad y de los pueblos. Por esta razón es que la Iglesia profesa públicamente que Éste es nuestro Rey y nuestro Dios, de quien hemos recibido todo y a quien debemos todo.
Oh, hijos queridísimos en el Señor, mientras hace poco caminaba por las calles de la ciudad, pensaba en una multitud tan grande y en la variedad de personas que hasta hoy, hasta nuestros días está oprimida por la miseria de la esclavitud y por largo tiempo ha tenido que servir a amos tan viles y crueles. Veía a un cierto número de jóvenes que se han dejado dominar por la lascivia y la pasión y, como dice el Apóstol (cfr. Filipenses, 3, 19), han proclamado como dios a su propio vientre. (Quienquiera que pone cualquier cosa como fin de su propia existencia, quiere que tal cosa sea su dios. En efecto, Dios está en el término de todo).
¡Que renuncien éstos a la carne, a la lujuria, a frecuentar las malas casas y tabernas, las malas compañías! ¡Que renuncien a los pecados y reconozcan al Verdadero Dios que la Iglesia profesa por nosotros! Lloraba por la soberbia y la vanidad de algunas mujeres que se idolatran a ellas mismas, y dedican aquellas horas de la mañana, que deberían consagrar a la oración, al maquillaje de sus rostros y al peinado de sus cabellos; que piden cada día nuevos vestidos, hasta el punto de hacer pobres infelices a sus maridos y mendigos a sus hijos y consumir su patrimonio. De ello se derivan mil males, los contratos ilícitos, el no pagar las deudas, el no dar cumplimiento a las últimas voluntades piadosas; de ello el olvido del Dios Bondadosísimo y Grandísimo, el olvido de nuestra alma. Veía a tantos avaros, mercaderes del infierno, gente que a tan caro precio compra para sí el fuego eterno; de ellos con razón dice el Apóstol: “La avaricia es una forma de idolatría” (Efesios, 5, 5; Colosenses, 3, 5). Aparte del dinero no tienen otro Dios, sus acciones y palabras están dirigidas a pensar y decidir cómo ganar mejor, conseguir terrenos, comprar riquezas.
No podía dejar de ver la infidelidad de algunos que se declaran expertos en la ciencia de gobernar y sólo tienen esto ante sus ojos. Son quienes no dudan pisotear la ley de Dios que ellos declaran contraria a la forma de gobernar (¡pobres y desgraciados!) y obligan a Dios a retirarse. ¡Hombres dignos de lástima! ¿Y deben llamarse cristianos quienes estiman y declaran públicamente a sí mismos y al mundo más importantes que a Cristo?
El Señor ha venido, con esta santa institución de la Eucaristía, a destruir todos estos ídolos, a fin de que con el Profeta Isaías, hoy podamos exclamar al Señor: “Sólo Tú eres Dios; no hay otros, no hay otros Dioses. En verdad Tú eres un Dios escondido, Dios de Israel, Salvador” (Isaías, 45, 14 y ss.). ¡Oh Dios bueno, hasta ahora hemos sido esclavos de la carne, de los sentidos, del mundo; hasta ahora dios ha sido para nosotros nuestro vientre, nuestra carne, nuestro oro, nuestra política! ¡Queremos renunciar a todos estos ídolos: honrarte sólo a Ti como verdadero Dios, venerarte a Ti que nos has hecho tantos beneficios y, sobre todo, te has entregado a Ti mismo como alimento para nosotros! Haz, te ruego, que de ahora en adelante nuestro corazón sea sólo tuyo y nada nos aparte más de tu amor. Que prefiramos mil veces morir antes que ofenderte aun mínimamente. Y de este modo, haciéndonos mejores, con la fuerza de tu gracia, gozaremos eternamente de tu Gloria. Amén.
¿Qué motivo, sino solo el amor, pudo mover al Bondadosísimo y Grandísimo Dios a darse como alimento a esa mísera criatura que es el hombre, rebelde desde el principio, expulsado del Paraíso Terrenal, a este mísero valle desde el principio de la creación por haber probado el fruto prohibido? Este hombre había sido creado a imagen de Dios, colocado en un lugar de delicias, puesto a la cabeza de toda la creación: todas las demás cosas habían sido creadas para él. Trasgredió el precepto divino, comiendo el fruto prohibido y, “mientras estaba en una situación de privilegio, no lo comprendió” por eso “fue asimilado a los animales que no tienen intelecto” (Salmo 49, 13); por eso fue obligado a comer su misma comida.
Pero Dios ha amado siempre tanto a los hombres que pensó en el modo de levantarlos tan pronto como habían caído; y para que no se alimentaran del mismo alimento destinado a los animales —¡contemplad la infinita Caridad de Dios!— se dio a Sí mismo como alimento al hombre. Tú, Cristo Jesús, que eres el Pan de los Ángeles, no te has negado a convertirte en el alimento de los hombres rebeldes, pecadores, ingratos. ¡Oh grandeza de la dignidad humana! ¡Por un acontecimiento singular, cuánto mayor es la obra de la reparación, cuánto supera esta dignidad sublime a la desgracia! ¡Dios nos ha hecho un favor singular! ¡Su amor por nosotros es inexplicable! Sólo este amor pudo mover a Dios a hacer tanto por nosotros. Por ello ¡qué ingrato es quien no medita en su corazón y no piensa a menudo en estos misterios!
Vayamos al segundo punto de la reflexión. Oportunamente hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de este Santísimo Misterio. Podía parecer más oportuno celebrarla en la Feria Quinta in Cœna Domini, día en el que sabemos que nuestro Salvador Cristo, ha instituido este Sacramento. Pero la Santa Iglesia es como un hijo, correcto y bien educado, cuyo padre ha llegado al término de sus días y mientras está a punto de morir, le deja una herencia amplia y rica; no tiene tiempo de entretenerse en el patrimonio recibido: está totalmente volcado en llorar al padre. Así la Iglesia, Esposa e Hija de Cristo, está tan atenta a llorar en aquellos días de Pasión y de atroces tormentos, que no está en condiciones de celebrar como querría esta inmensa heredad a Ella entregada: los Santísimos Sacramentos instituidos en estos días.
Entre los misterios del Hijo de Dios que hasta ahora hemos meditado, el último fue la Ascensión al Cielo. Ello sucedió para que Él recibiese a titulo propio y nuestro la posesión del Reino de los Cielos y se manifestara el dominio que poco antes había afirmado: “Me ha sido dado poder en el cielo y en la tierra” (San Mateo, 28, 18).
Como cualquier Rey, en el acto de recibir la posesión de un reino, se dirige antes que a cualquier otra ciudad a aquélla que es la capital y metrópolis del reino (y como un Magistrado o Príncipe que se prepara para administrar un reino en nombre del Rey), así también Cristo: honrado con la señoría más grande y con todo derecho en el cielo y en la tierra, en primer lugar tomo posesión del Cielo, y desde allí, como haciendo una demostración, difundió sobre los hombres los dones del Espíritu Santo. Pero habiendo elegido reinar también en la tierra, nos dejó a Él mismo aquí, en el Santísimo Sacrificio del Altar, en este Santísimo Misterio que hoy celebramos. Por este motivo extraordinario la Santa Madre Iglesia ordena que sea llevado por todos en Procesión —en forma solemne— por las ciudades y los pueblos.
Cuando el poderosísimo Rey Faraón quiso honrar a José, mandó que se lo condujera por las calles de la ciudad y, para que todos conocieran la dignidad de quien había explicado los sueños del Faraón, le dijo: “Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú. Mira, te pongo sobre toda la tierra de Egipto. El Faraón se quitó el anillo de la mano y lo puso en la mano de José; hizo que le vistieran blancas vestiduras de lino, y puso en su cuello un collar de oro. Después lo hizo subir sobre su segundo carro y delante de él un heraldo gritaba, para que todos se arrodillaran delante de él. Y así lo puso al frente de todo el país de Egipto” (Génesis, 41, 40 y ss.).
También Asuero, cuando quiso honrar a Mardoqueo, le hizo vestir vestiduras reales, lo hizo subir a su caballo y a tal fin mando a Amán que lo condujera por la ciudad y gritara: “Aquí viene el hombre a quien el Rey quiere honrar” (Ester, 6, 11).
Dios quiere ser el Señor del corazón del hombre; quiere ser honrado, como conviene, por todos los hombres. Por esto hoy, de forma solemne, conducido por el Clero y por el Pueblo, por los Prelados y los Magistrados, recorre las calles de la ciudad y de los pueblos. Por esta razón es que la Iglesia profesa públicamente que Éste es nuestro Rey y nuestro Dios, de quien hemos recibido todo y a quien debemos todo.
Oh, hijos queridísimos en el Señor, mientras hace poco caminaba por las calles de la ciudad, pensaba en una multitud tan grande y en la variedad de personas que hasta hoy, hasta nuestros días está oprimida por la miseria de la esclavitud y por largo tiempo ha tenido que servir a amos tan viles y crueles. Veía a un cierto número de jóvenes que se han dejado dominar por la lascivia y la pasión y, como dice el Apóstol (cfr. Filipenses, 3, 19), han proclamado como dios a su propio vientre. (Quienquiera que pone cualquier cosa como fin de su propia existencia, quiere que tal cosa sea su dios. En efecto, Dios está en el término de todo).
¡Que renuncien éstos a la carne, a la lujuria, a frecuentar las malas casas y tabernas, las malas compañías! ¡Que renuncien a los pecados y reconozcan al Verdadero Dios que la Iglesia profesa por nosotros! Lloraba por la soberbia y la vanidad de algunas mujeres que se idolatran a ellas mismas, y dedican aquellas horas de la mañana, que deberían consagrar a la oración, al maquillaje de sus rostros y al peinado de sus cabellos; que piden cada día nuevos vestidos, hasta el punto de hacer pobres infelices a sus maridos y mendigos a sus hijos y consumir su patrimonio. De ello se derivan mil males, los contratos ilícitos, el no pagar las deudas, el no dar cumplimiento a las últimas voluntades piadosas; de ello el olvido del Dios Bondadosísimo y Grandísimo, el olvido de nuestra alma. Veía a tantos avaros, mercaderes del infierno, gente que a tan caro precio compra para sí el fuego eterno; de ellos con razón dice el Apóstol: “La avaricia es una forma de idolatría” (Efesios, 5, 5; Colosenses, 3, 5). Aparte del dinero no tienen otro Dios, sus acciones y palabras están dirigidas a pensar y decidir cómo ganar mejor, conseguir terrenos, comprar riquezas.
No podía dejar de ver la infidelidad de algunos que se declaran expertos en la ciencia de gobernar y sólo tienen esto ante sus ojos. Son quienes no dudan pisotear la ley de Dios que ellos declaran contraria a la forma de gobernar (¡pobres y desgraciados!) y obligan a Dios a retirarse. ¡Hombres dignos de lástima! ¿Y deben llamarse cristianos quienes estiman y declaran públicamente a sí mismos y al mundo más importantes que a Cristo?
El Señor ha venido, con esta santa institución de la Eucaristía, a destruir todos estos ídolos, a fin de que con el Profeta Isaías, hoy podamos exclamar al Señor: “Sólo Tú eres Dios; no hay otros, no hay otros Dioses. En verdad Tú eres un Dios escondido, Dios de Israel, Salvador” (Isaías, 45, 14 y ss.). ¡Oh Dios bueno, hasta ahora hemos sido esclavos de la carne, de los sentidos, del mundo; hasta ahora dios ha sido para nosotros nuestro vientre, nuestra carne, nuestro oro, nuestra política! ¡Queremos renunciar a todos estos ídolos: honrarte sólo a Ti como verdadero Dios, venerarte a Ti que nos has hecho tantos beneficios y, sobre todo, te has entregado a Ti mismo como alimento para nosotros! Haz, te ruego, que de ahora en adelante nuestro corazón sea sólo tuyo y nada nos aparte más de tu amor. Que prefiramos mil veces morir antes que ofenderte aun mínimamente. Y de este modo, haciéndonos mejores, con la fuerza de tu gracia, gozaremos eternamente de tu Gloria. Amén.
San Carlos Borromeo
sábado, 3 de junio de 2017
Plegaria eucarística al amparo de San Pascual Bailón
Plegaria eucarística
al amparo de San Pascual Bailón
al amparo de San Pascual Bailón
Emociona en la memoria anual de san Pascual Bailón (1540-1592) unas palabras de León XIII al nombrar al humilde hermano franciscano patrono de las asociaciones y congresos eucarísticos (28 noviembre 1893): “Entre aquellos cuya piedad para este sublime misterio de la fe se manifestó, al parecer con más vívido fervor, Pascual Bailón ocupa el primer puesto”.
Su vida, en breve esquema fue así: “Pascual nació en Torrehermosa el día de la Pascua de Pentecostés, de ahí su nombre. Hasta los siete años permaneció en su localidad natal, a partir de los siete hasta los veinte vivió en Alconchel de Ariza, viviendo con Martín García, un vecino del pueblo. Pascual se dedicó al pastoreo de las ovejas. En Alconchel de Ariza aprendió a leer y a escribir de manera autodidacta con la ayuda de devocionarios.
Posteriormente emigró al Reino de Valencia para trabajar a cargo de don Aparicio Martínez en Monforte del Cid (Alicante). Tras el suceso conocido como "milagro de la aparición", pidió ingresar en la orden franciscana, en el convento de Nuestra Señora Orito, en Orito, una pedanía de Monforte del Cid, famosa por la sencillez de los religiosos franciscanos alcantarinos que lo habitaban. Vistió los hábitos en 1564, en el convento ilicitano de San José y profesó en Orito el 2 de febrero de 1565.
San Pascual vivió en Monforte en lo que es hoy la Ermita de San Pascual, a escasos metros del ayuntamiento.
En la pedanía de Orito (Monforte del Cid, Alicante) se encuentra la conocida "Ermita de la Aparición" donde supuestamente san Pascual tuvo una visión de Jesucristo en la Eucaristía. Este hecho sirvió para que la Iglesia católica haya nombrado a san Pascual patrón de los congresos eucarísticos. En toda la zona alicantina, principalmente en Orito, Elche, Alicante, Monforte del Cid, Novelda y Aspe, y Vega Baja se guarda una gran veneración a san Pascual…” (Wikipedia).
Murió el 17 de mayo de 1592.
Al componer este himno, nos centramos en la “adoración” al Santísimo Sacramento. El Papa Benedicto XVI, al hablar a los jóvenes en Colonia (21 agosto 2005), explicó cómo la “adoración” en la comunión se hace unión, fusión, “fisión”: “…La adoración, hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el Totalmente otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo”. Algo de esto queremos insinuar ene este poema de comunión.
1. San Pascual del Sacramento,
carisma de Eucaristía,
implóranos con tus ruegos
dulzura y sabiduría.
2. Que veamos lo invisible,
despiertas otras pupilas,
y en tránsito enamorado
adoremos noche y día.
3. Una presencia encarnada
en la fe, radiante brilla:
Jesucristo celebrado
a su paso nos invita.
4. Del Padre viene al encuentro,
y al acercarse se inclina:
y el Espíritu de amor
en sus alas nos cobija.
5. Quien adora ya ha encontrado
lo que más para él valía:
la admiración, la ternura
y el amor que le extasía.
6. Nadie lo coma en la entrega,
sin rendirle alma y latría;
nadie comulgue el amor
sin la divina energía.
7. El don de la adoración
nos trae con su visita;
cuando él entra y se aposenta,
nos deja su cercanía.
8. Y adorar será la lámpara
del amor siempre vigía,
un balbuceo de cielo
que le llama: “vida mía”.
9. Te adoramos, ahora y siempre,
Jesús, Hijo de María,
Dios presente con nosotros,
salvación y Parusía. Amén.
viernes, 2 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
Oh, Corazón, de caridad venero
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
A fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que Dios es espíritu. Es indudable que el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo fue de índole puramente espiritual; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y símbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del Apóstol San Juan: Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo. En realidad, Él ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. Él la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los Concilios Ecuménicos: Entero en sus propiedades, entero en las nuestras; perfecto en la divinidad y Él mismo perfecto en la humanidad; todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios.
Luego, si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero Cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, también es igualmente verdad que Él estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía.
Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aún, en cierto modo, se modelara un corazón de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial, sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a algunos escándalo y necedad, como de hecho pareció a los judíos y gentiles Cristo crucificado. Ahora bien: los Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir, principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde Él deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres. Ésta es, además, la doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos hermanos, diciendo: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos…” Y también: “Heme aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado”. Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, Él también participó de las mismas cosas… Por lo cual debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pontífice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto Él mismo fue probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que son probados.
Los Santos Padres, testigos verídicos de la doctrina revelada, entendieron muy bien lo que ya el apóstol San Pablo había claramente significado, a saber, que el misterio del amor divino es como el principio y el coronamiento de la obra de la Encarnación y Redención. Con frecuente claridad se lee en sus escritos que Jesucristo tomó en sí una naturaleza humana perfecta, con un cuerpo frágil y caduco como el nuestro, para procurarnos la salvación eterna, y para manifestarnos y darnos a entender, en la forma más evidente, así su amor infinito como su amor sensible.
San Justino, que parece un eco de la voz del Apóstol de las Gentes, escribe lo siguiente: Amamos y adoramos al Verbo nacido de Dios inefable y que no tiene principio: Él, en verdad, se hizo hombre por nosotros para que, al hacerse partícipe de nuestras dolencias, nos procurase su remedio. Y San Basilio, el primero de los tres Padres de Capadocia, afirma que los afectos sensibles de Cristo fueron verdaderos y al mismo tiempo santos: “Aunque todos saben que el Señor poseyó los afectos naturales en confirmación de su verdadera y no fantástica encarnación, sin embargo, rechazó de sí como indignos de su purísima divinidad los afectos viciosos, que manchan la pureza de nuestra vida”. Igualmente, San Juan Crisóstomo, lumbrera de la Iglesia antioquena, confiesa que las conmociones sensibles de que el Señor dio muestra prueban irrecusablemente que poseyó la naturaleza humana en toda su integridad: “Si no hubiera poseído nuestra naturaleza, no hubiera experimentado una y más veces la tristeza”.
Entre los Padres latinos merecen recuerdo los que hoy venera la Iglesia como máximos Doctores. San Ambrosio afirma que la unión hipostática es el origen natural de los afectos y sentimientos que el Verbo de Dios encarnado experimentó: “Por lo tanto, ya que tomó el alma, tomó las pasiones del alma; pues Dios, como Dios que es, no podía turbarse ni morir”.
En estas mismas reacciones apoya San Jerónimo el principal argumento para probar que Cristo tomó realmente la naturaleza humana: “Nuestro Señor se entristeció realmente, para poner de manifiesto la verdad de su naturaleza humana”.
Doctrina de la Iglesia, que con mayor concisión y no menor fuerza testifican estos pasajes de San Juan Damasceno: “En verdad que todo Dios ha tomado todo lo que en mí es hombre, y todo se ha unido a todo para procurar la salvación de todo el hombre. De otra manera no hubiera podido sanar lo que no asumió”. Cristo, pues, “asumió los elementos todos que componen la naturaleza humana, a fin de que todos fueran santificados”.
Es, sin embargo, de razón que ni los Autores sagrados ni los Padres de la Iglesia que hemos citado y otros semejantes, aunque prueban abundantemente que Jesucristo estuvo sujeto a los sentimientos y afectos humanos y que por eso precisamente tomó la naturaleza humana para procurarnos la eterna salvación, no refieran expresamente dichos afectos a su corazón físicamente considerado, hasta hacer de él expresamente un símbolo de su amor infinito.
Por más que los Evangelistas y los demás escritores eclesiásticos no nos describan directamente los varios efectos que en el ritmo pulsante del Corazón de nuestro Redentor, no menos vivo y sensible que el nuestro, se debieron indudablemente a las diversas conmociones y afectos de su alma y a la ardentísima caridad de su doble voluntad —divina y humana—, sin embargo, frecuentemente ponen de relieve su divino amor y todos los demás afectos con él relacionados: el deseo, la alegría, la tristeza, el temor y la ira, según se manifiestan en las expresiones de su mirada, palabras y actos. Y principalmente el rostro adorable de nuestro Salvador, sin duda, debió aparecer como signo y casi como espejo fidelísimo de los afectos, que, conmoviendo en varios modos su ánimo, a semejanza de olas que se entrechocan, llegaban a su Corazón santísimo y determinaban sus latidos. A la verdad, vale también a propósito de Jesucristo, cuanto el Doctor Angélico, amaestrado por la experiencia, observa en materia de psicología humana y de los fenómenos de ella derivados: “La turbación de la ira repercute en los miembros externos y principalmente en aquellos en que se refleja más la influencia del corazón, como son los ojos, el semblante, la lengua”.
Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en Él es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en Él, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en Él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente. Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa.
Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva, a todos los demás cuerpos humanos.
Aleccionados, pues, por los Sagrados Textos y por los Símbolos de la fe, sobre la perfecta consonancia y armonía que reina en el alma santísima de Jesucristo y sobre cómo Él dirigió al fin de la Redención las manifestaciones todas de su triple amor, podemos ya con toda seguridad contemplar y venerar en el Corazón del Divino Redentor la imagen elocuente de su caridad y la prueba de haberse ya cumplido nuestra Redención, y como una mística escala para subir al abrazo de Dios nuestro Salvador. Por eso, en las palabras, en los actos, en la enseñanza, en los milagros y especialmente en las obras que más claramente expresan su amor hacia nosotros —como la institución de la divina Eucaristía, su dolorosa pasión y muerte, la benigna donación de su Santísima Madre, la fundación de la Iglesia para provecho nuestro y, finalmente, la misión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre nosotros—, en todas estas obras, decimos Nos, hemos de admirar otras tantas pruebas de su triple amor, y meditar los latidos de su Corazón, con los cuales quiso medir los instantes de su terrenal peregrinación hasta el momento supremo, en el que, como atestiguan los Evangelistas, Jesús, luego de haber clamado de nuevo con gran voz, dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu. Sólo entonces su Corazón se paró y dejó de latir, y su amor sensible permaneció como en suspenso, hasta que, triunfando de la muerte, se levantó del sepulcro.
Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor, victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza Mística.
S.S. Pío XII
(Tomado de su Carta Encíclica “Haurietis aquas”,
sobre el culto y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús)
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