domingo, 7 de mayo de 2017
RETRATO DE UNA MADRE
Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; la mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león; una mujer que mientras vive no la sabemos estimar porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero que después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus latidos. De esa mujer no me exija el nombre si no quieres que empape de lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar en mi camino. Cuando crezcan vuestros hijos, léanles esta página, y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí para vosotros y para ellos, un boceto del Retrato de su madre.
Monseñor Ramón Ángel Jara
Nota: Monseñor fue Obispo de La Serena, Chile; nació en 1852 y falleció en 1917.
sábado, 6 de mayo de 2017
EL CONSENTIMIENTO DE LA VIRGEN
“Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios»”.
Oíste, Virgen, el hecho; oíste el modo también; lo uno y lo otro son cosa maravillosa; lo uno y lo otro son cosa jubilosa. Gózate, hija de Sión, grita exultante, hija de Jerusalén. Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos, para que con ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos humillados. Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo creíste; cree también lo que oíste acerca del modo. Oíste que concebirás y darás a luz un hijo, oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo de que se vuelva al que lo envió.
Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, nosotros, condenados a muerte por la sentencia divina. Mira que se pone en tus manos el precio de nuestra salud; inmediatamente seremos librados si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y a pesar de ello morimos; pero por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir.
Esto te suplica, piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David con todos los santos Padres tuyos, los cuales habitan en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo entero postrado a tus pies. Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.
Virgen, da pronto tu respuesta. Señora, responde aquella palabra que esperan la tierra, el infierno y también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos, cuanto deseó tu hermosura, tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento, en la cual, sin duda, se ha propuesto salvar el mundo. A quien agradaste por tu silencio, agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: “Hermosa entre las mujeres, hazme oír tu voz”. Si le haces oír tu voz, te hará ver nuestra salud. ¿Acaso no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando día y noche suspirabas? ¿Qué haces? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o debemos esperar a otra?
No; no. Tú misma eres, no otra. Insisto, tú eres aquella prometida, aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando por morir, esperaba la vida eterna diciendo: “Tu salud esperaré, Señor”. En quien y por la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué esperarás de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por qué aguardarás de otra lo que en seguida se hará por ti, si das tu consentimiento y respondes una palabra? Responde ya al ángel o, mejor, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe la Palabra. Pronuncia la tuya y recibe la divina. Emite la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Por qué tardas?, ¿qué recelas?
Cree, di que sí y recibe. Cobre aliento ahora tu humildad, y tu vergüenza, confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. Sólo en este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción, porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, más necesaria ahora es la piedad en las palabras. Abre el corazón a la fe, Virgen bienaventurada, los labios al consentimiento, las entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay si, deteniéndote en abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! ¡Levántate, corre, abre! ¡Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento!
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”
Siempre suele ser familiar a la gracia la virtud de la humildad, pues “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”. Responde, pues, humildemente, para preparar de este modo conveniente trono a la divina gracia. “He aquí, dice, la esclava del Señor”. ¿Qué humildad es esta tan alta que no se deja vencer de las honras ni se engrandece en la gloria? Es escogida por Madre de Dios, y se da el nombre de esclava. No es pequeña muestra de su humildad no olvidarse de la humildad en medio de tanta gloria como le ofrecen. No es cosa grande ser humilde en el abatimiento, pero es muy grande y muy rara ser humilde en el honor (…)
Oigamos, pues, los que somos así, lo que responde aquella Señora que era elegida para Madre de Dios, pero que no se olvidaba de su humildad. “He aquí, dice, la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Esta palabra, hágase, significa el deseo que la Virgen tenía de este misterio y no una duda de lo prometido. Por lo cual, el hágase en mí según tu palabra, debe entenderse más como expresión del afecto de la persona que desea, que como indagación del modo como se realizará el efecto en la persona que duda. Aunque nada impide que digamos que es palabra de oración, pues nadie pide orando sino lo que cree y espera. Quiere Dios que le pidan aun aquello que promete. Y por eso, acaso, muchas cosas que dispuso dar, las promete primero, para que se excite la devoción por la promesa; y de tal forma lo mismo que había de dar gratuitamente, sea merecido por la oración devota.
Así, el piadoso Señor, que quiere que todos los hombres se salven, saca de nosotros, para nosotros mismos, los méritos, y, anticipándose a darnos aquello con que nos recompensa, gratuitamente hace que esto no sea de balde.
Esto sin duda entendió la Virgen prudente cuando, al anticipado don de la gratuita promesa, juntó el mérito de su oración diciendo: “Hágase en mí según tu palabra”. Hágase en mí del Verbo, según tu palabra. El Verbo que en el principio estaba en Dios, hágase carne de mi carne según tu palabra. Hágase en mí, suplico, la Palabra; no pronunciada, que pase, sino concebida, que permanezca; vestida ciertamente no de aire, sino de carne. Hágase en mí no sólo perceptible al oído, sino también visible a los ojos, palpable a las manos, fácil de llevar en mis hombros. No se haga en mi palabra escrita y muda, sino encarnada y viva; esto es, no escrita en mudos caracteres, en pieles muertas, sino impresa vitalmente en forma humana en mis castas entrañas, y esto no con el rasgo de una pluma, sino por obra del Espíritu Santo.
Para decirlo de una vez, hágase para mí de aquel modo con que para ninguno se ha hecho hasta ahora antes de mí y para ninguno después de mí se ha de hacer. “De muchos y varios modos habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por sus profetas”, y también se hace mención en las Escrituras de que la Palabra de Dios se hizo para unos en el oído, para otros en la boca, para otros aun en la mano; pero yo pido que para mí se haga en mi seno según tu palabra. No quiero que se haga para mí predicada retóricamente, o significada figuradamente, o soñada imaginariamente, sino inspirada silenciosamente, encarnada personalmente, entrañada corporalmente. El Verbo, pues, que ni puede hacerse en sí mismo ni lo necesita, dígnese en mí, dígnese también para mí ser hecho según tu palabra. Hágase desde luego generalmente para todo el mundo, pero hágase para mí, particularmente, según tu palabra.
San Bernardo de Claraval
viernes, 5 de mayo de 2017
VIVA EL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
La meditación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María constituye como el alma del Rosario, así como el rezo vocal de los Padrenuestros y Avemarías constituye como su cuerpo material. Ambas cosas son absolutamente necesarias para que exista el Rosario. Quien se limitare a rezar los Padrenuestros y Avemarías, pero sin meditar en los misterios, haría, sin duda, una excelente oración, pero no rezaría el Rosario. Y el que meditara atentamente los misterios, pero sin rezar los Padrenuestros y Avemarías, haría una excelente meditación, pero es claro que tampoco habría rezado el Rosario. Para que exista el Rosario es preciso, imprescindiblemente, juntar las dos cosas: rezo de las oraciones y meditación de los misterios.
¿De qué modo se puede rezar eficazmente el Rosario?
Para obtener del Santo Rosario toda su eficacia impetratoria y santificadora, es evidente que no basta rezarlo de una manera mecánica y distraída, como podría hacerlo una cinta magnetofónica. Es preciso rezarlo digna, atenta y devotamente, como cualquier otra oración vocal.
En teoría hay que reconocer que es difícil rezar bien el Rosario, precisamente porque hay que juntar la oración vocal con la mental, so pena de invalidarlo en cuanto Rosario. Pero en la práctica es fácil encontrar algunos procedimientos que ayudan eficazmente al rezo correcto y piadoso de la gran devoción mariana.
El Rosario debe rezarse dignamente. Esta primera condición exige, como programa mínimo, que el rezo del Rosario se haga de una manera decorosa, como corresponde a la majestad de Dios, a quien principalmente dirigimos nuestra oración.
El mejor procedimiento es rezarlo de rodillas ante el Sagrario o ante una devota imagen de María, pero en general puede rezarse en cualquier otra postura digna modestamente sentado, paseando por el campo, etc. Sería indecoroso rezarlo en la cama —salvo por razón de enfermedad— o interrumpiéndolo constantemente para contestar a preguntas ajenas al rezo, o en un lugar público y concurrido que hiciera poco menos que imposible la atención.
El Rosario debe rezarse atentamente. La atención es necesaria para evitar la irreverencia que supondría si fuera plenamente voluntaria. ¿Cómo queremos que Dios nos escuche, si empezamos por no escucharnos a nosotros mismos?
Sin embargo, no toda distracción es culpable. No tenemos el control despótico sobre nuestra imaginación, sino únicamente político, y no podemos evitar que se nos escape sin permiso, como un siervo desobediente e indómito, que tal es “la loca de la casa” (la imaginación). Las distracciones involuntarias no invalidan el efecto meritorio e impetratorio de la oración, con tal que se haga lo posible por contenerlas y evitarlas.
En segundo término, el Rosario ha de rezarse devotamente. La devoción consiste en una prontitud del ánimo para las cosas tocantes al servicio de Dios. Es imposible que el alma no se sienta llena de devoción si reza tan perfectamente como le es posible el Rosario.
Una cosa importantísima hemos de advertir aquí. El fin principal de toda oración vocal o mental es unir el alma con Dios de la manera más íntima realizable. Todo lo demás, incluso la impetración de las gracias que pedimos, es secundario en relación a esta finalidad suprema. De donde hay que concluir que, si durante el rezo del Rosario o de cualquier otra oración vocal no obligatoria se sintiera el alma llena de un amor de Dios tan intenso que el rezo le resultara muy penoso o poco menos que imposible, habría que suspender inmediatamente el rezo sin escrúpulo alguno, para “dejarse abrasar en silencio” por aquella llama de amor viva “que sabe a vida eterna y paga toda deuda”, como dice San Juan de la Cruz.
El rezo del Rosario en las condiciones que acabamos de indicar constituye una de las más grandes y claras señales de predestinación que podemos alcanzar en este mundo, al reunir la eficacia infalible de la oración impetratoria de la perseverancia final y la poderosísima intercesión de María como mediadora universal de todas las gracias. Quiera Dios conceder a cada uno de los lectores el deseo ardiente de ser un gran devoto de la Virgen en su doble advocación del Carmen y del Rosario:
Cuando con blanco sudario
cubran los despojos míos,
¡sálveme tu escapulario
y tengan mis dedos fríos
las cuentas de tu Rosario!
Padre Antonio Royo Marín, O.P.
jueves, 4 de mayo de 2017
“SER IMBÉCIL ES PECADO”
Apenas hubo el rubicundo Febo asomado la rútila y aberenjenada faz por entre las randas y encajes de oro de las nubes orientales, cuando dejó el nuevo Gobernador muy descansado y bien dispuesto las bienhechoras chalas y se dirigió a la Sala de las Medidas Momentáneas para resolver los asuntos del día. No bien se hubo sentado cuando se abrieron las anchurosas puertas y entró por ellas el Doctor Pedro Recio trayendo del brazo a un señor desvaído, descolorido y sin señas particulares que traía colgado al cuello una especie de organillo titirimundi o máquina de calcular. Mirólo Sancho atentamente, sin poder hallar en él cosa de provecho, y después dijo al hombruco con reposada voz y continente:
- ¿A quién tengo el honor de estar medio viendo?
Estremecióse el aludido y dando sin decir palabra una vuelta a la manija del organillo, salió por el lado dél una tira de papel a modo de telégrafo automático, donde decía:
“Los males de la libertad se curan con más libertad”.
- Eso lo he oído varias veces -dijo Sancho-, y tanto lo voy oyendo que me persuado que es mentira. Alemnos no es respuesta de lo que yo pregunto.
- Señor -dijo el Doctor Recio interviniendo-, éste es un pobre ciegosordomudo que se gana la vida con esa maquinita de hacer frases hechas, que le legó su padre, que fue un gran orador llamado Almafuerte Ingenieros. En un tiempo este hombre ha ganado plata a ponchadas, proveyendo de frases al Parlamento, a los Candidatos y a los Diarios; pero ahora resulta que lo están estafando de un modo asqueroso, que pronto lo dejarán en la miseria. Y no hay derecho.
- ¿Y quién lo estafa? -dijo Sancho.
- Señor, primero los diarios ya no le pagan derechos de autor, y dicen que las frases ya son dellos. Después, los Candidatos han abandonado la frase hecha por el floripondio; finalmente, en el Parlamento, tomando el ejemplo del Concejo Deliberante, no se dicen más que zafadurías. Este buen hombre se ha dirigido por medio mío, que soy su empresario, a los pedagogos insulanos. Pero resulta que los pedagogos de la Ínsula exigen unas mercaderías tan entonadas y tan fusquilocuentes y sesquipedales que se descompone la máquina. Y no hay derecho a hundir de esa manera una industria nacional.
- ¿Y qué es lo que se pide ahora?
- Se pide la creación de un cuerpo de inspectores y archivistas israelitas para registrar las frases hechas que publiquen los Diarios y cobrar los derechos; una ley ue imponga al profesorado la renovación de sus frases hechas cada cinco años; y un decreto prohibiendo al Diario La Prensa aumentar su stock existente y cambiar en él una sola palabra, puesto que ella da el tono al frasihechismo de la Ínsula, y las que usa son más de la limpia tradición y cepa ingenieresca.
- Me parece justo -dijo Sancho-; pero realmente quisiera antes tomarle el pulso a esa maquinita y ver cómo funciona, porque realmente es para mí una cosa nunca vista ni sospechada.
- ¿De qué género las quiere? ¿Políticas, culturales, morales o religiosas? ¿Y de qué tono las quiere? ¿Tono A, tono B, o tono C?
- De cualquiera, con tal que sea linda y verdadera.
Pinchó Pedro Recio al Fabril y éste rodó por dos veces la manivela, apareciendo incontinenti una cinta o banda que decía:
“La victoria no da derechos”.
- ¿Qué victoria? -dijo Sancho vivamente.
- La victoria que usté gana en una guerra contra otra ínsula no lo autoriza a hacer nada después de ganar la guerra.
- ¿Y entonces para qué hice la guerra? -dijo Sancho-. ¿Para matar gente por gusto? ¿O es que se trata de una guerra injusta, de las que están prohibidas por el Santo Padre?
Pinchó de nuevo Pedro Recio muy perplejo al sordomudo y salió la siguiente respuesta:
“Todo nos une, nada nos separa”.
- ¿A quiénes? -dijo Sancho.
- A todas las ínsulas de este continente.
- Está lindo -meditó Sancho-. Pero entonces, ¿cómo es que hay límites y cuetiones de límites? ¿Y cómo es que hay que guerras y hay victorias y no hay derechos?
Chirrió otra vez la máquina maravillosa y salió el siguiente oráculo:
“Yo respeto todas las opiniones”.
- Yo también, con tal que sean buenas -dijo Sancho. Pero ¿qué me dice usté de las opiniones dañinas?
“El dogma progresista de la fraternidad universal por encima de todas las razas y religiones”.
- Algo va de Pedro a Pedro -repuso Sancho- y el único que está por encima de todos es San Pedro, que es el portero del cielo y el timonel del mundo. ¿Se refiere a eso?
“La defensa de la civilación cristiana a cargo de las grandes democracias contra todos los sanguinarios totalitarismos agresivos”.
- ¿Cómo es eso? -dijo Sancho-. ¿Tota-Lita-Ritmo? ¿Son bailarinas húngaras o qué cosa?
- Es una palabra nueva, señor. Nadie sabe a punto fijo lo que significa. Pero tiene una caidita macanuda para terminar discursos.
- ¿No le parece entonces que sería mejor prohibirla? En mi tiempo era feo decirle a un hombre que hablaba lo que no sabía.
- ¿Prohibirla, señor? Imposible. Mire lo que dice la otra frase ritmal y decadente:
“La libertad de prensa es el sostén de la Democracia”.
- Con tal que los dueños de las prensas no nos prensen en celebro demasiado -reflexionó Sancho-. Me está pareciendo que en mi Ínsula hay que libertar a la gente de la prensa, y no a la prensa de la gente.
“Ciegas opiniones reaccionarias que quisieran retrotraer el mundo al Medio Evo”.
- Adiós mi plata. Cada vez más peor está hablando en difícil. Lo unico que entendí fue Evo. ¿Es el marido de Evita?
“La libertad es el don más grande que Dios ha hecho al hombre”.
- Al hombre preso -dijo Sancho-. Al hombre varón el don que le hizo Dios es la mujer, como dice la Escritura, anoser que salga mala, porque entonces el diablo se los lleva a los dos.
“La democracia orgánica, con tal que no se abuse de ella, lleva en sí el índice de una superación indefinida par las naciones”.
- No entiendo -dijo Sancho.
- Es que viendo que Su Esplendencia no se convence, estoy dándole al registro de los pedagogos.
- Cambie registro -dijo Sancho- y vuelva a la pata la llana hablando en cristiano como la gente fina.
- Ese es justamente el gran progreso de esta máquina -dijo Pedro Recio-, que tiene tres registros, tono A, tono B y tono C; y el mismo concepto o sea filosofícula lo puede formular para uso del pueblo, para uso de los burgueses y para uso de la gente fina. Fíjese Su Esplendencia en estas tres teclitas. Aquí dice LA PRENSA, aquí dice LA RAZÓN y aquí dice CRÍTICA. Apretando cada una Suecencia traslada el concepto a una octava mayor o menor sin variar en lo más mínimo la melodía.
- Es como los pianos automáticos -dijo Sancho-, vamos a ver, hágame ver un poco esos pedales.
- Aquí tiene -dijo Pedro Recio clicando una tecla- las tres frases hechas fundamentales de la prensa, que se las hemos arrendado en monopolio exclusivo por espacio de 99 años.
1. “Las enseñanzas dogmáticas y teológicas no son lo mismo que el espíritu científico del empirismo moderno”.
2. “Los colegios privados, que son empresas de lucro, anquilosan y estertoran la marcha de la función educativa”.
3. “El espíritu de violencia totalitaria agota el libre juego de las instituciones democráticas”.
- ¿Qué le parece, Gobernador?
- Magnífico -dijo Sancho-. No las entiendo muy bien, pero me suena magnífico por el sonido y por el conceuto. A ver si las anota, Secretario, para mi próximo Mensaje.
- Ahora verá Su Esplendencia cómo se trasponen al plano de la razón… Atención al clique.
Crujió la máquina de arriba abajo, se engulló los tres letreros grises y los devolvió incontinenti en lindas letras rosadas de esta forma:
1. “La enseñanza del Catecismo es opuesta a la soberanía democrática y por lo tanto a la Tradición Liberal de la República”.
2. “La actividad docente privada debe coordinarse a la actividad docente oficial de forma que si ésta es mala aquélla tiene que ser peor y pagar encima”.
3. “El ideal republicano, que es propio de los pueblos libres, repele los medios de coacción y virulencia, casi tanto o poco menos que los medios de corrupción, mentira y soborno, debiendo todos los hombres marchar derecho por pura buena voluntad y conciencia autónoma, cumpliendo con su deber solamente porque es su deber, como dijo el filósofo de Konisber”.
- ¿Qué me dice, Esplendencia?
- Estos ya son más claros -dijo Sancho-, pero por lo mismo más discutibles. Saque los otros, Doctor, los que no se prestan a crítica.
- Al revés, Esplendencia. Se le prestan a la CRÍTICA, que es justamente la que no quiere pagar derechos.
- Sáquelos de todos modos. ¡Hola! Ahora salen letras rojas. ¡Qué fantático!
1. “El fanatismo inquisitorial de la reacción cavernícola intenta coventrizar con una inundación de dogmas la tierna mente del infante argentino”.
2. “La infiltración jesuítica amenaza la libre y democrática docencia que nos legaron nuestros gloriosos patricios, los primates antropomorfos de Mayo”.
3. “La neurosis nazifascista ensangrienta con sus manos de hiena las gloriosas conquistas del pensamiento humano”.
- ¡Fantástico! -dijo Sancho-. Esos sí que son bravos, y así, puestos en grandes letras con dibujos y fotografías, van derecho de los ojos al corazón y al alma. Pero a mí me parecen ahora, ¿no es verdad, Doctor Recio? por lo que yo calo, que esos títulos van contra el Decreto Fundamental número 7 de mi glorioso reinado.
- ¿Qué decreto, Esplendencia?
- Que todos los niños de esta Ínsula, pobres o ricos, sepan su catecismo entero a la edad de 12 años; y que ninguno sea ciudadano si no conoce su religión a fondo. Y esas frases me suenan algo así como que van en contra la Religión Católica.
- Perdón, Esplendencia. Ese decreto debe derogarse porque contra él existe otra frase de las más fundamentales. Hela aquí: “A los niños no se les debe enseñar la religión, para que puedan elegir después la que les guste”.
Miró Sancho la rotunda y profunda frase, y después de reflexionar un momento, y de mirar al sordomudo que estaba allí, firme como un virote, dijo despacito:
- ¿Y cómo van a elegir lo que no conocen?
- Pueden conocerla más tarde, por su cuenta.
- No me parece -dijo Sancho.
“Una religión enseñada atropella la autonomía de la conciencia individual” -dijo la máquina con un imponente traqueteo.
- Toda religión es enseñada -dijo Sancho, animándose rápidamente a chispeándole los ojuelos-, porque si no fuera enseñada sería inventada, y entonces no sería religión.
“La religión es invención de los curas” -retrucó la máquina como un rayo.
- Y ¿quién inventó los curas? -dijo Sancho, que le tomaba gusto al contrapunto.
“El escurantismo medioeval y las tenebrosas supersticiones de las épocas es-curas”.
- Eso ya no lo entiendo, o mejor dicho, te estoy entendiendo demasiado, ché cara de pastel insípido -musitó Sancho; y bruscamente sobrecogido, bajó los ojos de la cara cretina y barrida del sordomudo y empezó a recorrerle con la punta de los ojos toda la pinta, las patas sobre todo. De repente se quedó tieso como un muerto; y se hizo un gran silencio porque vieron los Cortesanos que empezaba a tremar de manos como niño con alferecía.
- Este no es tan mudo como parece -dijo entonces Sancho, sordamente-; y no estando ahora el Capellán, debo proceder como Dios me inspire -y volviéndose al Alférez le comunicó una orden en voz baja. El Alférez lo miró como a ver si estaba loco. Sancho confirmó enérgicamente con la cabeza (¡tráigame lo que le digo!) y el Alférez salió moviendo la suya. Entonces dijo Sancho a Pedro Recio dulcemente:
- Todo esto va magnífico; pero ¿qué provecho real para el ínsulo, dejando el provecho pecuniario del tipo, representa el aparato éste, que no puedo negar que es ingenioso?
- ¿Y no lo ve Su Esplendencia? -dijo Pedro Recio-. Este aparato ahorra al pueblo el trabajo de pensar. Pensar, Esplendencia, es la cosa más trabajosa del mundo y también la más peligrosa. En otro tiempo a los pueblos les daba por pensar; y ¿quién podía gobernarlos en paz? Nosotros hemos arreglado el asunto. Con este aparato la plebe ignorante y baja está dispensada de tener luz abajo el pelo, está libre de la tortura de la inteligencia. Mire las bestias, Esplendencia, qué plácida y envidiable vida transcurren, libres de los tres gusanos del Por Qué, el Para Qué y el Hacia Adónde. Con este Fabril de Frases Hechas y la grande inhuible red de la propaganda, nosotros damos a los grandes rebaños humanos su pasto mental diario ya cocinado y hasta mascado. Ellos lo engullen en grandes cantidades, unos con pimienta y otros con patchulí, según los gustos, y plácidamente se adormecen en sus almas las interrogadoras voces que en otro tiempo llamaban del MásAllá o DeloAlto. ¿Se da cuenta Su Esplendor de la ventaja que significa; en un caso que Él quisiera hacer la guerra a la Ínsula Oriental o vender por tres millones la mitad del territorio nuestro a la Gran Ínsula Drakolandia, se da cuenta que en un mes y medio de propaganda por prensa y radio todo el pueblo insuleño pensará que está muy bien hecho, y que ellos mismos lo han pensado solos, los cuitados?
- ¿Y para qué quiero yo hacer la guerra ni vender mi patria? -dijo Sancho; y en ese mismo instante entró el Alférez con una gran caldera de agua bendita con hisopo. Entrar el Alférez y empezar el Fabril de Frasese Hechas a olfatear como perro pachón, fue todo uno; de lo cual se reía Sancho al tomar el calderete, diciendo:
- Olfato no le falta al tipo. Miren cómo huele el baño.
Miraron los Cortesanos y vieron que el sordomudo estaba girando desesperadamente la manija, y que salía como una gran banderola con letras de oro y sangre, diciendo:
“¡Alto todos o los mato! ¡Yo soy el Gran Arquitecto del Universo, el Espíritu luminoso del Liberalismo Moderno!”
Bajóse, no obstante, del trono con verdadera temeridad el rechoncho Gobernador hacia el sordomudo; y de un solo golpe le zampó toda el agua bendita por la cabeza, como si quisiera bautizarlo. Dio un gran alarido el Fabril al sentir el agua y partiendo como un chivo y peor que bala perdida fue a topar contra un pilar del cuarto como un colectivo, desgajando al choque un gran reguero de chispas; y a los gritos de los Cortesanos que le indicaban con terror la puerta, pegó tres o cuatro partidas más, tropezando como murciélago contra las paredes que humeaban, se retorció todo adentro la ropa como perro escaldado, y al fin se hizo humo de un salto con máquina y todo por una ventana que estaba a más de dos metros del suelo. “¡Nómbrese a Dios”, gritaba el doctor Pedro Recio, que era el más asustao de todos.
De lo cual reía Sancho a carcajadas, abrazándose con ambos brazos la barriga, cosa en que no podían imitarlo los Cortesanos, no por falta de barriga, sino por sobra de miedo, al ver la disparada del sordomudo y cómo el Doctor Recio había quedado de corrido. Mas cuando acabó de reír, Sancho, dando una poderosa voz para reanimar a su gente y volver a su puesto al Escribano, dictó incontinenti el siguiente
Decreto
Considerando:
1. Que las frases hechas actualmente en uso tienden a imbecilizar al pueblo y querer imbecilizar al pueblo es una cosa casi diabólica.
2. Que ser imbécil es pecado, según la doctrina de la Santa Madre Iglesia, puesto que no hay vicio más incorregible que hacer mal por tontería, pecado y vicio de que por cierto muy pocos se confiesan, habiendo él invadido a su vez a una parte de los confesores, empezando por el Capellán de esta Ínsula, que está durmiendo justamente ahora que lo necesito.
3. Que por otra parte, no se puede impedir que haya frases hechas, las cuales hasta un cierto punto son necesarias.
Dispongo, ordeno y determino:
1. Quedan puestas en comisión todas las frases hechas actualmente en uso.
2. Ordénase la fabricación de nuevas frases hechas indiscutibles, a cargo de una comisión de sabios de la Ínsula, presididos por el Obispo de cada diócesis.
3. Se castigará en los diarios el abuso en cantidad de frases hechas, y se les impondrá la renovación del surtido al menos cada cuatro años, proveyéndose en forma exclusiva de la Manufactura Nacional arriba indicada.
Séllese, publíquese y cúmplase, etcétera.
Hecho lo cual sentóse el orondo Gobernador todo sudoroso y con una festiva palmada dio la señal de la inaguración de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el Pacto Tripartito desde el punto de vista epistemológico, con acompañamiento de bombones especializados y vitaminas G y P en cantidad suficiente a la nutrición biológica.
R.P. Leonardo Castellani, S.J.
(Tomado de su libro “El nuevo gobierno de Sancho”)
miércoles, 3 de mayo de 2017
PAYADA DEL PARANGÓN ENTRE LA MALICIA DEL HOMBRE Y LA MUJER
De los bichos del Señor,
de pezuña, garra o ala,
el macho es el peliador,
pero la hembra es la mala.
El criollo que caza tigre
en el Chaco o en Formosa,
un poncho envolviendo un puño,
y al otro la refalosa,
cuando sale tras un rastro,
sabe que arriesgó la vida,
pero sabe que la juega
si es una tigra parida;
porque en los bichos que alientan,
de pezuña, garra o ala,
el macho es el peliador,
pero la hembra es la mala.
El cuyano que buscando
nido de cóndor, se encumbra,
sabe que habrá fiesta y cueca
si el macho cóndor lo adumbra:
mas si no hay pichón y hay huevos,
y la señora empollando,
ya no supo lo que viene,
ni si volverá, ni cuándo:
pues todo bicho que alienta,
de pezuña, garra o ala,
el macho es corajudo,
pero la hembra es más mala.
El toro es cosa de empuje,
sobre todo cuando tória;
cuando están embrama y topan,
no hay cosa pior en la historia;
con todo y eso los tórian
en la tierra de los godos,
pero toriar una vaca
no es asunto para todos;
porque los seres que nadan
o reman a pata o ala,
el macho será violento,
pero Doña Ella es mala.
¿Quién dirá la tijereta,
con ser un rétil de nada,
lo saca huyendo al chimango
si le roza la nidada,
y es la madre la que pega
siempre el primer grito y saque,
revoliando como chispas
contra el otro badulaque;
porque de todos los bichos
que el mar y la tierra encierra,
la mujer es la venganza,
y el hombre es sólo la guerra.
¿Qué varón clavara un clavo
en la sien de un enemigo,
o le trozara el pescuezo
cuando el otro está bebido?
Ustedes no irán a creerlo,
mas la Biblia, libro santo,
de dos mujeres lo cuenta
que lo han hecho, y otro tanto;
pues de todo par que existe
defendiendo nido y cuero,
él es el más peliador
de los dos, y no es más fiero.
El caballo sólo cócia;
patea y muerde la yegua.
El hombre es guerrero y transa,
da condición, firma tregua,
y en las luchas más fatales,
guarda honor y acepta ley.
La mujer tiene sus hijos,
tiene un solo Dios y un Rey;
porque desde el rétil que anda
hasta el ave que navega,
la ira del hombre es bruta,
pero la mujer es ciega.
El hombre junta consejos
y para sus parlamentos,
mira pa'todos los lados
de la rosa de los vientos;
pero la mujer furiosa
no la para ni el Eterno.
Por eso, pues, las mujeres,
no las ponen de gobierno;
porque si se enoja y manda
justicia seca hora mismo,
ella agarra un país entero,
capaz que l'hunda al abismo.
Y es que debe ser que el hombre
tiene oficios mil diversos,
y ella no tiene más que una
quehacer única y debida.
El hombre afuera agenciando
mil tesoros y universos,
y ella guarda dentro della
lo más caro, que es la vida.
Y por eso, de los bichos
de todo pelaje y suerte,
el varón es más robusto,
pero la madre es más fuerte.
Padre Leonardo Castellani, S.J.
martes, 2 de mayo de 2017
lunes, 1 de mayo de 2017
LA FECUNDIDAD ESPIRITUAL DE LA IGLESIA EN EL MUNDO
Hemos hablado suficientemente de las oposiciones y las tristezas. Evoquemos recuerdos más alegres, no estemos atentos sólo a las tristezas, y no presentemos una imagen falsa de la Iglesia actual: una, católica y apostólica, sin duda, pero también santa, y madre fecundísima de santidad, que engendra perpetuamente una muy noble prosperidad de santos.
Durante este Año Santo, no solamente notemos esas espléndidas luces que han sido propuestas al mundo entero como ejemplo y protección, sino también esa santidad difundida por todo el género humano, atributo de todos los estados de vida y de todas las edades, que guarda la prudente vejez y la edad madura, la infancia inocente y la joven edad, que —cosa casi milagrosa— defiende de las llamas de la concupiscencia a la juventud arrojada a una verdadera hoguera babilónica, y nos arranca esta exclamación: “¡Oh!, qué hermosa es la casta raza con su brillo!” (Sabiduría, IV, 1).
Esa juventud, la mejor muralla de la Acción Católica, remarcable por su piedad y por sus obras, está colocada bajo el patronazgo de la Virgen, la cual, como se dijo, es bella como la luna y brillante como el sol, pero también es terrible como un ejército ordenado para la batalla.
¿No vemos (…) renovarse los ejemplos de santidad que, en tiempos de la primitiva Iglesia, han brillado en las cárceles, en los anfiteatros y en la sombra de las catacumbas? Recientemente, ¿no han elevado, por medio del testimonio de su sangre, un monumento a Cristo Rey más durable que el bronce? Son verdaderamente imperecederos y están por encima de toda alabanza estos mártires que, por la defensa de los derechos del Cristo eterno, han caído gloriosamente al grito repetido de “¡Viva Cristo Rey!”
Recuerden esto sobre todo los hombres dedicados a Dios, que son discípulos de Cristo y de Cristo crucificado, que han seguido el camino de los consejos evangélicos y que, espirituales en su vida y en sus modos, han quebrado su cuerpo, con sus vicios y concupiscencias por unas mortificaciones voluntarias.
¡Quién podrá enumerar a esas vírgenes puras que, esperando la venida del Esposo celestial, han llevado en la carne una vida comparable a la de los ángeles!
Quién sabrá el número, mejor conocido por Dios que por los hombres, de aquellos que, aún entre los laicos, tienen sed de justicia, y van transcurriendo con celo el camino de los mandamientos divinos hasta alcanzar las cimas de la perfección.
Por eso, todo bien pesado: por un lado, la gran multitud de hombres ajenos a Cristo, y por el otro, la fecundidad magnífica de la Iglesia, que regada con la Sangre del Salvador produce frutos muy abundantes de santidad, debemos sentirnos apremiados por cultivar generosamente, al precio de nuestros sudores, el campo del Señor, y también apremiados —porque nuestro esfuerzo por recoger una mies tan grande no bastaría— por rezar con instancia al Señor de la mies, a fin de que envíe obreros a su campo.
Cardenal Eugenio Pacelli
Nota: Este bello texto ha sido tomado de su “Hora Santa sacerdotal”, del 26 de abril de 1935.
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