viernes, 14 de abril de 2017

EL ABRAZO DE ROMA

Nos entregamos a la Providencia y estamos persuadidos de que Dios sabe lo que hace y que dentro de algunos años, lo mismo que cuando el Cardenal Gagnon hizo su visita catorce años después de la primera visita de Roma (en la que habíamos sido suspendidos y que se nos había llamado “fuera de la comunión con Roma”, “contra el Papa”, que éramos rebeldes, “disidentes”) reconoció que lo que hacemos, será sin duda, necesario para la nueva reconstrucción de la Iglesia… El mismo Cardenal asistió luego pontificalmente a la Misa que celebré el 8 de diciembre para la renovación de las promesas de nuestros seminaristas, siendo que estoy “suspendido”, y que, en principio, ya no debería decir ni Misa, ni dar sacramentos. Así, catorce años después se nos daba prácticamente carta blanca, diciéndonos: — Ustedes han hecho bien. Entonces, hemos hecho bien en resistir. Estoy persuadido de que hoy estamos en las mismas circunstancias. Estamos persuadidos de que todas estas acusaciones de las que somos objeto, todas esas penas son nulas, y por ello no tenemos en cuenta ninguna de ellas, lo mismo que no tuvimos en cuenta la suspensión. Así como acabamos de ser felicitados por la Iglesia, pues bien, del mismo modo, dentro de algunos años, seremos abrazados por las autoridades romanas que nos agradecerán el haber mantenido la Fe en los seminarios, en las familias, en las ciudades, en nuestros países, en nuestros conventos, en nuestras casas religiosas, para la mayor gloria de Dios y para la salvación de las almas. † Marcel Lefebvre Arzobispo Nota: Transcribimos aquí los últimos párrafos de la homilía que Monseñor Lefebvre pronunciara en las consagraciones episcopales de 1988.

jueves, 13 de abril de 2017

DOCTRINA SOBRE EL AMOR


EL MANDATO DEL AMOR

“Se nos ha dirigido la palabra de Dios para exhortarnos, y es la Sagrada Escritura la que dice: Recibid la enseñanza en la casa de la enseñanza. La enseñanza (disciplina) se deriva de aprender (discere). La casa de la enseñanza es la Iglesia de Cristo. ¿Qué es lo que aquí se aprende o por qué se aprende? ¿Quiénes son los que aprenden y quiénes les enseñan? Se aprende a vivir bien. Se aprende a vivir bien para llegar a vivir siempre. Los que aprenden son los cristianos; el que enseña, Cristo. Por lo tanto, en primer lugar veremos qué sea el vivir bien; después cuál es el premio de la vida buena; en tercer lugar, quiénes son los verdaderos cristianos, y en cuarto lugar, quién es el verdadero maestro” (cfr. O.C., 1: 668).

QUÉ ES EL VIVIR BIEN

1) Palabra breve y clara
“¿Qué buen vivir es el que aquí se aprende? Muchos son los preceptos de la ley en los cuales la vida buena está contenida, imperada y enseñada. Muchos son los preceptos, innumerables; ¿quién sería capaz de contar las páginas que los compendian y cuánto más difícil será contarlos a ellos mismos? Sin embargo, Dios, para que nadie tenga excusa en el día del juicio y privar de ella a los que pretendieran disculparse, o por no haber tenido tiempo de leer, o por no saber, o por no poder entender fácilmente, quiso, como está escrito, resumir y abreviar la palabra en la tierra, conforme a aquello del profeta: Verbum enim consummans et brevians faciet Dominus super terra (Is. 10, 23).

“Dios quiso que esta palabra fuese resumida y breve y nada oscura. Breve, para que haya tiempo de leerla, y clara, para que nadie diga que no ha podido entenderla. Las Sagradas Escrituras son un gran tesoro contenedor de muchos y muy admirables preceptos, como alhajas abundantes, hermosas joyas y grandes vasos de metal precioso. Pero ¿quién es capaz de poder escrutar ese tesoro, de usarlo y de llegar a todo lo que contiene? Cuando el Señor expuso en su Evangelio una parábola sobre esto, dijo: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo». Y, por si alguno dijera ser incapaz de escrutar este tesoro, añadió inmediatamente otra comparación: «Es semejante también el reino de los cielos a un mercader que busca preciosas perlas y, hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra» (Mt. 13, 44-46). Si tienes pereza de buscar un tesoro, no la tengas de buscar una sola perla que se encuentra a flor de tierra” (cfr. O.C., 2: 668).

¿Y cuál es esa palabra resumida y abreviada? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la Ley y los Profetas” (Mt. 22, 37).

2) La enseñanza de Dios en la Iglesia
“He aquí lo que se aprende en esta casa de enseñanza: amar a Dios y amar al prójimo. A Dios, como a Dios, y al prójimo, como a ti. No puede encontrarse nadie igual a Dios para poderte decir: «Ama a Dios como amas a ese otro». En cambio, en cuanto al prójimo, se ha encontrado una regla que te sirve, porque se ha encontrado alguien igual a tu prójimo, a saber, tú mismo. ¿Quieres saber cómo has de amar al prójimo? Mírate a ti mismo, y del mismo modo que te amas a ti ámalo a él. No hay modo de equivocarse” (cfr. O.C., 3: 670).

QUIÉN ES EL PRÓJIMO

“He de enseñarte muy cuidadosamente cómo has de amarte a ti mismo, porque después habrás de amar en la misma forma a muchos prójimos. Tú eres un solo hombre; tus prójimos son muchos. No debes entender como prójimo a tu hermano, tu pariente o afín. Prójimo del hombre son todos los hombres. Suelen llamarse prójimos los padres, los hijos, los suegros y los yernos; pero no hay nada tan prójimo de un hombre como otro nombre. Y si quisiéramos decir que sólo son prójimos los que han nacido de los mismos padres, entonces piensa en Adán y Eva, y todos seremos hermanos; y si todos somos hermanos en cuanto hombres, mucho más lo seremos en cuanto cristianos. En cuanto hombres hemos tenido un solo padre, que fue Adán, y una madre, que fue Eva; en cuanto cristianos tenemos un solo Padre, que es Dios, y una sola Madre, que es la Iglesia” (cfr. O.C., 3: 671).

EL VERDADERO AMOR DE UNO MISMO

1) El que ama la iniquidad, odia su vida
Es necesario examinar cómo nos amamos a nosotros mismos, puesto que debemos amar al prójimo en la misma forma.

“Si te preguntara si te amas a ti o no, indiscutiblemente que me contestarías que sí, que te amas. ¿Quién es el que se odia a sí mismo? ¿Conque dices que quién se odia a sí mismo? Luego no amas la iniquidad si te amas a ti, porque el que ama la iniquidad, y no soy yo quien lo dice, sino el Salmo, odia su vida (Sal. 10, 6). Luego, si amas la iniquidad, oye lo que te dice la Verdad, y no así como a oscuras, sino muy claramente, te odias a ti mismo. Y cuanto más dices que te amas, más te odias, porque el que ama la iniquidad odia su vida.

“Hombre, ¿cómo es que te pierdes a ti mismo? Pues, si te amas a ti en tal forma que te acarreas la perdición, a buen seguro que perderás también a los que amas como a ti mismo. No quiero, pues, que ames a nadie; perece tú solo. O corrige tu amor o aléjate de todos” (cfr. O.C., 4: 671).

2) “Ama bien a tu prójimo, y basta”
“Me dirás: «Amo al prójimo como a mí mismo». Lo oigo, desde luego, lo oigo. Quieres embriagarte con él, porque lo amas como a ti mismo, y dices: «Pasémoslo bien hoy y bebamos lo que podamos…» Hombre humano eres, mejor diría, hombre bestia, puesto que amas lo que aman ellas. Dios hizo a las bestias con el rostro inclinado a la tierra, buscando en ella su pasto; a ti te erigió sobre el suelo con dos pies. Quiso ver tu cara desde arriba. No vaya, pues, en desacuerdo tu corazón y tu rostro. Es más, oye la verdad y óbrala; en la Iglesia oyes decir: «Arriba los corazones»; no mientas, pues, en esta casa de la enseñanza. Cuando lo oigas, contesta y haz que tu respuesta sea verdadera. Ámate a ti y ama al prójimo como a ti mismo. ¿Qué otra cosa es tener el corazón hacia arriba sino lo que antes he dicho: Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu entendimiento? Y, siendo dos preceptos, ¿no bastaría con decir sólo uno? Sí, bastaría con uno si lo entendieras bien. Porque en otra ocasión la Sagrada Escritura nos habla por medio del Apóstol: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro precepto en esta sentencia se resume: Amarás al prójimo como a ti mismo. El amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la ley (Rom. 13,9-10). No parece que hable en absoluto sobre el amor de Dios, sino que dice que el amor del prójimo es suficiente para cumplir la ley. Cualquier otro mandamiento está recapitulado en esas palabras y se cumple con ellas. ¿Con cuáles? Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ahí tienes un solo precepto.

“Ya habéis visto cómo se ha reducido todo, y, sin embargo, seguimos siendo perezosos. Eran dos los mandamientos y han quedado reducidos a uno solo. Ama a tu prójimo y basta. Pero ámalo como te amas a ti mismo, no como cuando te odias a ti mismo” (cfr. O.C., 5: 672).

LA VERDADERA FELICIDAD DEL HOMBRE

“Cuando quieras saber cómo has de amarte a ti mismo, escucha: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento». Del mismo modo que el hombre no ha podido hacerse a sí mismo, tampoco puede hacerse feliz. Hizo al hombre algo que no es hombre, y algo que también no lo es le ha de hacer feliz. Entonces el hombre, viendo que él no puede ser feliz por sí mismo, se equivoca y ama otras cosas que le den esa felicidad. Ama todo lo que juzga puede hacerlo feliz.

“¿Qué es lo que os parece que ama y lo que cree que le dará la felicidad? El oro, la plata, las posesiones; en una palabra, el dinero, porque todo lo que poseen los hombres en la tierra y todo aquello de que son señores se reduce a dinero…

“Luego lo que amas, ¡oh hombre!, es el dinero, y el dinero es lo que crees que te hará feliz, y por eso lo amas mucho. ¿Sí? Pues entonces, si amabas al prójimo como a ti mismo, divide con él tu dinero. Andabas discutiendo lo que eras; ya apareció, ya lo has visto y ya te has podido entender; no estás dispuesto a dividir con el prójimo tu dinero”.

San Agustín

miércoles, 12 de abril de 2017

sentido de la vida

Los siguientes textos revelan, cada uno a su manera, la necesidad profunda de la persona de encontrar el sentido de su vida en medio del mundo y dentro del proyecto de civilización en el que está implicado. Marianella García Villas, de El Salvador, abogada, parlamentaria y más tarde presidenta de la Comisión para los Derechos Humanos de El Salvador, asesinada el 13 de marzo de 1983 en la guerra civil de su país: ➘ El sentido de mi vida es ser un pequeño elemento en la vida de mi pueblo; mi historia no es más que una parte de la historia de todo el pueblo, soy una mujer común y corriente. Pero, en El Salvador, las personas comunes y corrientes mueren, a menudo son encarceladas, se las hace desaparecer, se las asesina. En El Salvador, al igual que en el resto del mundo, los pobres, que son las personas más comunes y corrientes, no mueren de vejez sino de pobreza. Luigi Pintor, político italiano laico que se dice no creyente: No existe nada más importante para hacer en toda una vida que inclinarse para que otro, cogiéndote por el cuello, pueda levantarse Don Carlo Molari, teólogo, consejero espiritual de uno de los Equipos: Hay muchos signos que muestran que es posible orientar positivamente el itinerario de la humanidad. Hay que reconocerlos, cultivarlos y difundirlos, para que la esperanza pueda tener fundamento. El primer signo de esperanza es la sed de interioridad y la búsqueda de espiritualidad. Esta búsqueda espiritual, que se hace hoy en día más intensa y apasionada, viene del hecho que el hombre está llamado a la felicidad, al bienestar y al dominio de las cosas. Y esta llamada, necesariamente, tiene efectos sobre la esperanza instintiva que lleva al hombre a encontrar en la vida la mayor alegría posible. Pero también exige […] dejar definitivamente la lógica de la acumulación. Es una etapa que no se puede superar sin redescubrir la riqueza interior de las personas. De ahí la necesidad de una nuevo y vigoroso impulso de la interioridad. […] Sólo una fuerte interioridad podrá ayudar a perseverar en la lucha contra la corriente. Para el hombre de hoy, el problema crucial es saber si existe una respuesta absoluta y definitiva a las expectativas históricas del ser humano o si, por el contrario, es posible vivir contentándose con respuestas parciales, provisorias, en tensión. Algunos no llegan a soportar esta situación y se derrumban. Otros se refugian en el fundamentalismo, que es la nostalgia de los momentos importantes de su historia. Otros avanzan porque siguen guardando motivaciones ilusorias; y otros más porque han encontrado a Dios y viven la esperanza teologal. Son maneras diferentes de practicar la esperanza, viviendo la dinámica de la vida espiritual con mayor o menor perfección. Un joven de 18 años A la imagen de Cristo que estoy mirando. Me gustaría conocerte. Me gustaría tanto ver tus ojos cuando Magdalena lloraba a tus pies. Quisiera ver tus manos que los discípulos reconocieron de inmediato por la forma como partías el pan. Me gustaría escuchar tu voz, cuando las multitudes fascinadas, venidas expresamente de muy lejos, la escuchaban. Era sublime sin duda. Me gustaría ver tu rostro que perdonaba los golpes recibidos. Pero por encima de todo, quisiera hablarte, aunque sólo fuera una hora, presionarte con preguntas sobre todo lo que no sé, todo lo que me provoca dudas, quisiera saber lo que piensas de Brahms, de Guccini, de D’Annunzio o de Marx… y de mí. Padre Henri Caffarel ➘ No dudo que el gusto de lo absoluto sea un hambre de Dios inscrita en todo hombre. Esta hambre es la definición misma del hombre: es la sustancia humana la que está hambrienta, y su hambre es de Dios. Es por eso que te decía y te repito: el verdadero problema no está entre tu marido y tú, sino entre Dios y tú. Encuentra a Dios, entrégate a Él y tu vida cambiará…

martes, 11 de abril de 2017

DEL CULTO EUCARÍSTICO

El servicio de Nuestro Señor en Santísimo Sacramento debe ser litúrgico en su espíritu y en su forma.

No hay servicio que no tenga una ley que determine sus deberes, una regla que prescriba las cosas más menudas y el orden necesario. Así, por ejemplo, el ceremonial de la corte de un Rey obliga de un modo absoluto a todos sus súbditos y servidores.

Dios mismo, después de haber promulgado en el Sinaí su gran ley para todos los hombres, quiso también determinar la práctica de su culto; reguló hasta los deberes más sencillos e impuso el deber de las reglas al sacerdocio y al pueblo, bajo severísimas penas. La razón de todo ello es que todo es grande y divino en el servicio de Dios.

Y como Dios ha creado el ceremonial de su culto, no quiere más obsequios que los que prescribe, ni hechos de otra manera que como los prescribe. El hombre no tiene otra cosa que añadir sino el homenaje de su amor respetuoso y de su leal obediencia.

Jesucristo no nos dio leyes ceremoniales para su culto: se contentó con darnos la Eucaristía como fin y objeto de nuestra religión y el precepto del amor para regular nuestros homenajes interiores.

A los Apóstoles y a la Iglesia romana confió el encargo de fijar el orden de su culto exterior y público.

Es, por tanto, soberanamente augusta y auténtica la santa liturgia romana. Nos viene de Pedro, jefe de los Apóstoles y piedra fundamental de la fe y de toda la religión. Cada Papa la ha trasmitido con respeto a los siglos futuros, añadiendo según las necesidades de la fe, de la piedad y de la gratitud, con la plenitud de su autoridad apostólica, nuevas fórmulas, oficios, oraciones y ritos sagrados.

Es santa la liturgia romana por el honor que rinde a Dios por las virtudes que pone en ejercicio, por las gracias que de ella manan.

Es católica por ser una en su ley, en su autoridad y en su culto. Esta uniformidad de rito causa identidad de vida en la Iglesia; por ella se ve en el mundo entero una misma fiesta y una misma oración. Cuando rezo con la liturgia, rezo con toda la Iglesia de Dios.

La santa liturgia romana es, pues, la regla universal e inflexible del culto eucarístico. Hay que guardarla con religiosa piedad, estudiar sus reglas y meditar su espíritu ya que en la ciencia y acertada práctica de su deber consiste la perfección del que sirve al altar.

Esta ley litúrgica es el único culto legítimo y agradable a la majestad de Dios, la única expresión pura y perfecta de la fe y de la piedad de su Iglesia.

Todo lo que sea contrario a este culto se debe, por tanto, condenar y cercenar. Todo lo que sea extraño debe considerarse como cosa sin valor, puesto que no tiene la gracia de la Iglesia y su sanción. Sólo lo que sea conforme a la letra y al espíritu o a la piedad del culto católico merece ser estimado y practicado. Siguiendo esta regla evitarán los fieles el error en la fe práctica, la ilusión y la superstición, que tan fácilmente se deslizan en la devoción dejada a sí misma.

La ciencia más propia para alimentar la fe y la piedad de los fieles es indudablemente la ciencia litúrgica, que mira al espíritu de las ceremonias, las cuales honran los misterios de Jesucristo, sus gracias y sus virtudes. El cristiano que así los honra con el culto sagrado continúa las virtudes y el amor de los que fueron sus primeros adoradores, en los días mortales del Salvador. El culto es toda la religión en acto.

Propiedad inherente al culto eucarístico es ser siempre festivo. La sagrada Eucaristía es la alegría incesante de la tierra. Mas este culto debe ser regio cuando el Santísimo Sacramento está expuesto, porque entonces es como una fiesta del Corpus que se renueva: el divino Rey se presenta en su trono de gracia, en todo el esplendor de su amor y rodeado de los piadosos obsequios de sus vasallos.

La Santa Iglesia ha regulado la naturaleza y la cantidad de las luces que deben arder ante el Santísimo. Quiere que todas las velas del altar de la exposición sean de cera pura y blanca, símbolo de la pureza del alma y fruto de la abeja virgen. Y como la esencia de todas las flores olorosas con que el Creador ha hermoseado la naturaleza, flores que a su vez son imagen perfecta de las virtudes, hermosísimas flores del amor divino.

Doce velas deben arder siempre delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto. Doce es el número apostólico. Estas luces arden y se consumen ante el trono del Cordero. Así debe lucir arder y consumirse la vida de un adorador, que es otro Juan Bautista de quien dijo Jesús que era la luz brillante y ardiente. Y el humilde precursor no tenía más que un deseo: Es preciso que Jesús crezca y reine y que yo mengüe y desaparezca ante el sol divino.

La Iglesia ha elegido el color blanco como propio del culto del Santísimo Sacramento. Los ornamentos de los ministros sagrados en las fiestas eucarísticas, los lienzos del altar, las cortinas del sagrario, el dosel que cubre el trono de la exposición, todo es blanco como el Dios de luz y pureza para cuya honra sirven.

Los manteles del altar deben ser de lino o de cáñamo, por respeto al Santo Sacrificio, y por lo menos uno de ellos debe pender hasta el suelo. Son como el sudario sagrado del sepulcro del Salvador.

Es regla que en la exposición solemne de las Cuarenta Horas las reliquias, cuadros y estatuas que no sean de ángeles adoradores desaparezcan del altar y del santuario. Porque delante de Jesucristo presente todo culto secundario debe suspenderse. Los ojos del adorador, como también su corazón, deben fijarse sólo en la Sagrada Hostia.

La Iglesia prescribe el mayor respeto delante del Santísimo Sacramento, sobre todo cuando está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más respetuosa la compostura. Quisiera que no se sentara nadie ante el Santísimo expuesto, y aunque tolera esto no debe hacerse sin verdadera necesidad.

Durante la exposición lo que la santa liturgia exige no es genuflexión sencilla, sino doble o de ambas rodillas, a semejanza de los veinticuatro ancianos delante del Cordero celestial.

Por manera que en los actos del culto todo debe ordenarse a la significación del homenaje íntimo del alma, su respetuosa y profunda adoración, decía Santa Teresa, que daría su vida por la menor ceremonia de la Iglesia, porque bien conocía su valor. Que las almas le den por lo menos respeto, devoción y amor.

La Santísima Eucaristía tiene en la tierra como los demás misterios del Salvador, sus fiestas y triunfos. Todos deben contribuir a embellecerlas y santificarlas, como fiestas que son de su Padre que está en los cielos, de su Rey y Dios vivo entre los hombres. Cada cual debe ofrecer su don y su obsequio; con ello se honra a Jesucristo al mismo tiempo que se honra uno a sí mismo.

Los días de las Cuarenta Horas de la parroquia deben ser para los fieles como días de cielo que deben celebrarse con traje de fiesta y de honor, con la recepción de la adorable Eucaristía y adoraciones fervorosas. La corte del cielo y de la tierra debe aquí juntarse en fraternales homenajes a la gloria del divino Rey. Como los israelitas en el desierto, cada cual debe prestar para la decoración del altar cuanto de más hermoso y precioso tenga, para así adornar la verdadera arca de la alianza, el trono de Jesucristo. Será para la familia una bendición y religioso recuerdo.

La fiesta del Corpus Christi es la fiesta regia de la Iglesia y triunfo público de la adorable Eucaristía. En ella viene el divino Rey a visitar a sus hijos, a santificar las calles de sus ciudades, a bendecir sus casas y sus trabajos. Quienquiera tenga un poco de fe debe prestar su concurso para hermosear el paso de Jesucristo, para erigirle arcos de triunfo y monumentos magníficos. ¿No los merece por ventura mucho más que los reyes de la tierra por quienes se hacen tantos gastos y se imponen tantos trabajos? Este paso triunfal de Jesucristo será un homenaje solemne de nuestros corazones un desagravio por la apostasía de los herejes, por la ingratitud de los malos cristianos que no tienen para su Salvador y su Dios otra cosa que una necia mirada de indiferencia o la vergüenza del reo ante el juez.

lunes, 10 de abril de 2017

LOS FELICES Y LOS INFELICES SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS

El Santo Cura estaba profundamente convencido de que una persona es feliz cuando vive con Dios; y que es infeliz sólo cuando esa persona libremente se ha separado de Dios: porque no conoce lo que Dios dice, porque ha dejado de escucharlo y hacerle caso:
   
“Hijos míos: ¿por qué somos tan ciegos y tan ignorantes? ¡Porque no hacemos caso de la palabra de Dios!”
   
Pero lo primero para poder hacer caso a Dios es saber qué dice, estar formado: “Con una persona formada hay siempre recursos. Una persona que no está formada en su religión es como un enfermo agónico; no conoce ni la grandeza del pecado, ni la belleza de su alma, ni el precio de la virtud; se arrastra de pecado en pecado”.
   
“Hay muchos cristianos que no saben por qué están en el mundo. — «¿Por qué, Dios mío, me has puesto en el mundo?»  — «Para salvarte». — «¿Y por qué quieres salvarme?» — «Porque te amo». Qué bello y grande es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el mundo. Todo lo demás es tiempo perdido”.
   
“Muchos cristianos no trabajan más que para satisfacer este cadáver [al cuerpo siempre lo llamaba «cadáver»] que pronto se pudrirá en la tierra; y, sin embargo, no piensan en su pobre alma, que debe ser eternamente feliz o infeliz. Carecen de espíritu y de buen sentido: ¡esto hace temblar! Veis, hijos, hay que pensar que tenemos un alma que salvar y una eternidad que nos espera. El mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán, el cielo y el infierno no pasarán nunca. ¡Tengamos cuidado!”
   
“Quienes no tienen fe, tienen el alma más ciega que los que no tienen ojos. Estamos en este mundo como entre niebla; pero la fe es el viento que disipa esa niebla y que hace brillar en nuestra alma un bello sol… Entre nosotros, todo es alegría, felicidad y consuelo.
   
“Preguntemos a la gente del mundo. ¿Cómo podrían ver ellos si son ciegos? Son ciegos. Nuestro Señor Jesucristo haría hoy todos los milagros que hizo en Judea y no le creerían. Cuando decimos: Dios mío, yo creo; creo firmemente, es decir, sin la menor duda. (¡Oh! ¡si nos convenciéramos de estas palabras!) Creo firmemente que estás presente en todas partes, que me ves, que estoy bajo tus ojos, que un día te veré claramente yo mismo, que gozaré de todos los bienes que me has prometido. ¡Dios mío, espero que me recompensarás de todo lo que he hecho para agradarte! Dios mío, te amo ¡tengo un corazón para amarte!”

   
Cuando citaba las palabras del Evangelio: Dios dirá a los condenados: “Id, malditos…”, se conmovía y explicaba: “Malditos de Dios… ¡qué terrible desgracia!  ¿Entendéis, hijos míos?  ¡Malditos de Dios!  ¡De Dios… que no sabe más que bendecir! ¡Malditos de Dios, que es todo amor! Malditos de Dios, que es la bondad personificada, ¡malditos sin remisión! Malditos para siempre, ¡malditos de Dios! Si un condenado pudiera decir una sola vez «¡Dios mío, te amo!», no habría más infierno para él. Pero, esta pobre alma ¡ha perdido el poder de amar que ella había recibido y del que no ha sabido servirse! Su corazón está seco como el del racimo cuando ha pasado por la prensa. ¡No habrá más felicidad en esta alma, ni más paz, porque no hay más amor! Hay quienes pierden la fe y no ven el infierno más que entrando en él. Creemos que hay un infierno, pero vivimos como si no lo hubiera; vendemos el alma por unas monedas. No es Dios quien nos condena, somos nosotros, por nuestros pecados. Los condenados no acusan a Dios; se acusan ellos mismos; dicen: «He perdido a Dios, mi alma y el cielo por mi culpa»”.
   
“Fuera del Buen Dios, nada es sólido, ¡nada! ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se viene abajo; la salud, se destruye; la reputación, es atacada. Vamos como el viento. Todo va rápido, todo se precipita. ¡Ah, Dios mío! Hay que compadecerse de los que ponen su afecto en todas las cosas. Lo ponen porque se aman demasiado; pero no se aman con un amor razonable; se aman con amor de ellos mismos y del mundo, buscándose, buscando las criaturas más que a Dios. Por eso nunca están contentos, nunca están tranquilos; siempre están inquietos, siempre atormentados, siempre nerviosos. Ved, hijos míos, el buen cristiano recorre el camino de este mundo subido en una bonita carroza de triunfo; esta carroza es arrastrada por ángeles y es Nuestro Señor quien la conduce. Mientras el pobre pecador está enganchado al carro de la vida, y el demonio está en el asiento y lo hace avanzar a golpes de látigo”.
   
“Un cristiano conducido por el Espíritu Santo no siente pena en dejar los bienes de este mundo para correr tras los bienes del cielo. Él sabe ver la diferencia.
   
“Los que se dejan conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos mismos; mientras que los malos cristianos se enredan con las espinas y los guijarros.
   
“Sin el Espíritu Santo, somos como una piedras de las que ves en el camino. Toma en una mano una esponja empapada en agua y en la otra una piedra; apriétalas igualmente. No saldrá nada de la piedra, y de la esponja verás salir el agua en abundancia. La esponja es el alma del Espíritu Santo; y la piedra es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no vive”.

   
Como el Santo se dirigía en sus predicaciones a gente sencilla, analfabeta, buscaba imágenes simples y expresivas como ésta, con la que animaba a hacer las cosas con intención recta, por amor: “Tenemos siempre dos secretarios, el demonio que inscribe nuestras malas acciones para acusarnos, y nuestro buen ángel que escribe las buenas para justificarnos en el día del juicio.
   
“Cuando las buenas nos sean presentadas, qué pocas serán agradables a Dios. Incluso entre las mejores, encontraremos tantas imperfecciones, tantos pensamientos de amor propio, de satisfacciones humanas, de placeres sensuales, de egoísmos que se encuentran mezclados… Tienen buena apariencia: como esas frutas que parecen más amarillas y más maduras porque un gusano las ha picado. Habrá pocas buenas obras recompensadas porque en vez de hacerlas por amor a Dios, las hacemos por hábito, por rutina, por amor de nosotros mismos. ¡Qué lástima!”
   
“La gracia de Dios nos ayuda a andar y nos sostiene.  Nos es tan necesaria como las muletas para un cojo”.

   
Como para llevar una vida cristiana es imprescindible asistir a Misa los domingos, éste fue un tema insistente en su predicación. Lo argumentaba de una manera sencilla: “El domingo es el bien del Buen Dios; es su día, el día del Señor. Él ha hecho todos los días de la semana; podía guardarlos todos para Él, pero no: nos ha dado seis; sólo se ha reservado el séptimo. ¿Con qué derecho tú tocas lo que no te pertenece? Sabes que el bien robado no se aprovecha jamás. El día que se roba al Señor no se aprovechará tampoco”.
   
Y concluía de forma persuasiva y clara: “Conozco dos medios para ser pobre: trabajar el domingo y tomar el bien del prójimo”.
   
El Cura de Ars fue un excelente conocedor del alma humana, pues entró en tantísimas intimidades, escuchó tantos desahogos. Y afirmaba rotundamente que la alegría que muestran los “mundanos” es falsa: “No he encontrado nadie que se queje tanto como esas pobres gentes mundanas. Tienen sobre las espaldas un abrigo cubierto de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse; mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel”.
   
“¿No es una verdadera locura poder gustar las alegrías del cielo, uniéndose a Dios por amor, y preferir el infierno? ¡No se puede entender esta locura, no se puede llorarla bastante!”

   

Tomado de “Orar con el cura de Ars. Jose Pedro Manglano

domingo, 9 de abril de 2017

LA ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN

Así como las riquezas suelen perder a los incautos, así también el ansia de los principados: aquéllas conducen a la avaricia; esta otra a la arrogancia. Mira cómo entre los judíos la turba está sana, pero los príncipes corrompidos. A cada paso testifican los evangelios que las turbas creían en Jesús: Muchos de la turba creyeron en él. Pero de los príncipes muchos no creían. Son éstos y no la turba los que dicen: ¿Acaso alguno de los príncipes ha creído en él? Y ¿qué es lo que éstos aseveran?: La turba del pueblo, que no conoce a Dios, es maldita.

A los creyentes los llaman malditos, y a sí mismos, que dieron muerte a Cristo, se llaman prudentes. Lo mismo pasó en nuestro caso. Muchos que habían visto el milagro creyeron; mientras que los príncipes, no contentos con sus propios males, aun intentaban matar a Lázaro. Pase que intentéis la muerte de Cristo, que abolía el sábado, que se hacía igual al Padre, y que lo hagáis temerosos de los romanos. Pero en Lázaro ¿qué crimen habéis descubierto para que penséis en matarlo? ¿Es acaso un crimen el recibir un beneficio? ¿Adviertes lo sanguinario de semejante determinación?

Muchos milagros había hecho Cristo, pero ninguno los había enfurecido tanto como éste: ni el del paralítico, ni el del ciego. Fue porque este milagro, por su naturaleza misma, era más admirable y venía después de muchos otros: resultaba cosa estupenda ver a un muerto de cuatro días caminar y hablar. Por lo demás resultaba bello ministerio para la fiesta mezclar la celebración con el asesinato. También acusaban ellos a Cristo de abolir el sábado, y así concitaban a las turbas; pero en este milagro, como nada podían acusar contra Él, maquinaban contra el resucitado. Aquí no podían decir que Cristo era adversario del Padre, pues la oración de Cristo lo impedía.

Quitada por lo mismo esta materia continua de acusación, quedaba en pie el milagro brillante; por lo cual se inclinan al asesinato. Lo mismo habrían hecho con el ciego si les hubiera faltado la acusación acerca del sábado. Por otra parte, el ciego era plebeyo y lo arrojaron del templo; mientras que acá se trataba de una persona insigne, como se echa de ver porque muchos corrieron a consolar a las hermanas; aparte de que el milagro se había realizado presenciándolo muchos y de una manera estupenda. De manera que todos corrían a contemplarlo. Y también esto les escocía: que todos, dejando a un lado la fiesta, concurrieran a Betania. Maquinaron, en consecuencia, asesinar a Lázaro, aunque no parecían atreverse: ¡tan sanguinarios eran! Con razón la Ley comenzaba con estas palabras: ¡No matarás! Y de eso los acusa el profeta: Sus manos están llenas de sangre.

Mas ¿cómo es que Jesús, tras de no presentarse públicamente en Judea y de haberse apartado al desierto, ahora de nuevo confiadamente regresa? Tras de haber aplacado con su retirada la ira de los judíos, se les presenta ahora, cuando ya están quietos. Por lo demás las turbas que precedían y seguían a Jesús, podían ponerles temor; puesto que nada las había atraído tanto como el milagro hecho en Lázaro. Otro evangelista dice: Alfombraron el camino con sus mantos; y otro: Toda la ciudad se conmovió; ¡con tan grandes honores entraba Jesús! Procedió así Jesús para adelantar una profecía y cumplir otra. De modo que el principio de una fue el término de la otra. Porque aquello de: Alégrate porque tu Rey viene a ti manso, cumple una profecía; y que entre montado en un asno, profetiza una cosa futura, o sea, que se le sujetaría el linaje impuro de los gentiles. Pero ¿por qué otros evangelistas dicen que envió a los discípulos y les dijo Desatad el asna y su pollino; y en cambio Juan nada dice de eso, sino que habiendo Jesús encontrado un asnillo montó en él? Es creíble que sucedieran ambas cosas; o sea que tras de soltar el asna y llevándola los discípulos, Él la encontrara y la montara. Y tomaron ramos de palmas y de olivos y tendieron por el suelo sus mantos, demostrando de esta manera que lo juzgaban por más que profeta.

Y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¿Adviertes cómo sobre todo colmaba de dolor a los príncipes de los sacerdotes el que todos estuvieran persuadidos de que Jesús no era adversario de Dios? Más que todo dividía las opiniones del pueblo el que dijera de Sí mismo que venía del Padre. ¿Qué significa: Alégrate sobremanera, hija de Sión? La mayor parte de los reyes habían sido inicuos y codiciosos, y los ponían en manos de sus enemigos, y arruinaban al pueblo y lo supeditaban a sus adversarios. Es pues como si el profeta dijera: Confía en que éste no será así, sino manso y suave, como lo da a entender su cabalgadura.

No entró Jesús en Jerusalén rodeado de ejércitos, sino montado en una pollina. Y dice el evangelista: Sus discípulos no advirtieron que así estaba escrito de Él. ¿Ves cómo ignoraban muchas cosas porque Él aún no se las había revelado? Así cuando dijo: Destruid este santuario y en tres días lo levantaré, tampoco lo entendieron. Y otro evangelista afirma que semejante discurso estaba oculto para ellos y que no sabían que al tercer día resucitaría de entre los muertos. Con razón les estaba oculto. Por lo cual otro evangelista cuenta que cuando le oían estas cosas, se entristecían y se dolían. Sucedía eso porque no tenían idea de la resurrección. Y con razón se les ocultaba entonces, pues superaba su capacidad.

Pero este caso de la asna ¿por qué se les ocultaba? Porque también aquí había una profunda significación. Advierte la virtud del evangelista y cómo no se avergüenza de confesar la ignorancia en que estaban. En realidad, el que siendo rey tuviera que padecer y ser traicionado, les habría causado escándalo. Por otra parte, no tan fácilmente habrían comprendido qué clase de reino era aquél; pues otro evangelista afirma que ellos pensaban que Jesús se refería a un reino de este mundo. Y la turba testimoniaba que había resucitado a Lázaro. Como si dijera: No se habrían convertido tantos repentinamente si no hubieran creído a causa del milagro.

Y los fariseos se decían unos a otros: ¿Veis cómo nada adelantamos? Todo el mundo se va tras él. Pienso que esto lo decían los cuerdos de entre ellos; y que no se atrevían a declararlo públicamente. De modo que por el suceso refutaban a los otros, pues sus intentos resultaban inútiles. Llaman mundo a la turba. Porque suele la Escritura llamar mundo, ya al conjunto de las creaturas, ya a quienes viven perversamente. En el primer sentido dice: El que hace salir a su mundo ordenadamente. En el otro sentido dice: El mundo no os odia, pero a Mí sí me odia. Es conveniente advertir esto cuidadosamente, a fin de que los herejes no hallen ocasión, valiéndose del significado de las palabras.

Había un grupo de helenos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta. Estando ellos a punto de hacerse prosélitos, subieron para la solemnidad; y conmovidos por la fama de Jesús, decían: Queremos ver a Jesús. Felipe lo comunicó con Andrés por ser éste discípulo más antiguo. Pero no lo hace sin precauciones ni en público, pues había oído el precepto: No vayáis a los gentiles. Lo que comunicó con su condiscípulo fue luego a decirlo al Maestro; pues según parece ambos se lo refirieron.

¿Qué responde Cristo?: Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo. ¿Qué significa: Ha llegado la hora? Había dicho a los apóstoles: No vayáis a los gentiles, para quitar a los judíos todo motivo de obstinación, y así contuvo a los discípulos. Mas como los judíos permanecían intratables y en cambio los gentiles trataban de acercársele, dice Jesús: Tiempo es ya de ir a la Pasión, pues todo se ha cumplido. Si perennemente hubiéramos de limitarnos a estos contumaces y no recibiéramos a los que anhelan acercarse, sería cosa indigna de nuestra providencia.

Habiendo, pues, de enviar a sus discípulos a los gentiles después de la crucifixión, como viera que aquéllos espontáneamente se acercaban, les dice: Ha llegado el tiempo de que Yo sea crucificado. No permitió que aquéllos se acercaran antes, para que eso sirviera de testimonio ante los judíos; por lo cual, antes de que lo rechazaran, antes de que lo llevaran a la cruz, no les dijo a los apóstoles: Id y enseñad a todas las gentes; sino: No vayáis a los gentiles. Y también: Yo no he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel; y además: No es bueno tomar el pan de los hijos y darlo a los perros.

Ahora en cambio que los judíos lo odiaban, y hasta tal punto lo odiaban que le daban la muerte, era ya inútil insistir cuando ellos se negaban. Lo rechazaron diciendo: No tenemos más rey que el César. Entonces finalmente los dejó, pues ellos los primeros lo habían abandonado. Por tal motivo les dijo: ¡Cuántas veces quise congregar a vuestros hijos y lo rehusasteis!

San Juan Crisóstomo
(Homilía 66, del Ev. De San Juan)

sábado, 8 de abril de 2017

San Pedro Julián Eymard y la Eucaristia

El servicio de Nuestro Señor en Santísimo Sacramento debe ser litúrgico en su espíritu y en su forma.

No hay servicio que no tenga una ley que determine sus deberes, una regla que prescriba las cosas más menudas y el orden necesario. Así, por ejemplo, el ceremonial de la corte de un Rey obliga de un modo absoluto a todos sus súbditos y servidores.

Dios mismo, después de haber promulgado en el Sinaí su gran ley para todos los hombres, quiso también determinar la práctica de su culto; reguló hasta los deberes más sencillos e impuso el deber de las reglas al sacerdocio y al pueblo, bajo severísimas penas. La razón de todo ello es que todo es grande y divino en el servicio de Dios.

Y como Dios ha creado el ceremonial de su culto, no quiere más obsequios que los que prescribe, ni hechos de otra manera que como los prescribe. El hombre no tiene otra cosa que añadir sino el homenaje de su amor respetuoso y de su leal obediencia.

Jesucristo no nos dio leyes ceremoniales para su culto: se contentó con darnos la Eucaristía como fin y objeto de nuestra religión y el precepto del amor para regular nuestros homenajes interiores.

A los Apóstoles y a la Iglesia romana confió el encargo de fijar el orden de su culto exterior y público.

Es, por tanto, soberanamente augusta y auténtica la santa liturgia romana. Nos viene de Pedro, jefe de los Apóstoles y piedra fundamental de la fe y de toda la religión. Cada Papa la ha trasmitido con respeto a los siglos futuros, añadiendo según las necesidades de la fe, de la piedad y de la gratitud, con la plenitud de su autoridad apostólica, nuevas fórmulas, oficios, oraciones y ritos sagrados.

Es santa la liturgia romana por el honor que rinde a Dios por las virtudes que pone en ejercicio, por las gracias que de ella manan.

Es católica por ser una en su ley, en su autoridad y en su culto. Esta uniformidad de rito causa identidad de vida en la Iglesia; por ella se ve en el mundo entero una misma fiesta y una misma oración. Cuando rezo con la liturgia, rezo con toda la Iglesia de Dios.

La santa liturgia romana es, pues, la regla universal e inflexible del culto eucarístico. Hay que guardarla con religiosa piedad, estudiar sus reglas y meditar su espíritu ya que en la ciencia y acertada práctica de su deber consiste la perfección del que sirve al altar.

Esta ley litúrgica es el único culto legítimo y agradable a la majestad de Dios, la única expresión pura y perfecta de la fe y de la piedad de su Iglesia.

Todo lo que sea contrario a este culto se debe, por tanto, condenar y cercenar. Todo lo que sea extraño debe considerarse como cosa sin valor, puesto que no tiene la gracia de la Iglesia y su sanción. Sólo lo que sea conforme a la letra y al espíritu o a la piedad del culto católico merece ser estimado y practicado. Siguiendo esta regla evitarán los fieles el error en la fe práctica, la ilusión y la superstición, que tan fácilmente se deslizan en la devoción dejada a sí misma.

La ciencia más propia para alimentar la fe y la piedad de los fieles es indudablemente la ciencia litúrgica, que mira al espíritu de las ceremonias, las cuales honran los misterios de Jesucristo, sus gracias y sus virtudes. El cristiano que así los honra con el culto sagrado continúa las virtudes y el amor de los que fueron sus primeros adoradores, en los días mortales del Salvador. El culto es toda la religión en acto.

Propiedad inherente al culto eucarístico es ser siempre festivo. La sagrada Eucaristía es la alegría incesante de la tierra. Mas este culto debe ser regio cuando el Santísimo Sacramento está expuesto, porque entonces es como una fiesta del Corpus que se renueva: el divino Rey se presenta en su trono de gracia, en todo el esplendor de su amor y rodeado de los piadosos obsequios de sus vasallos.

La Santa Iglesia ha regulado la naturaleza y la cantidad de las luces que deben arder ante el Santísimo. Quiere que todas las velas del altar de la exposición sean de cera pura y blanca, símbolo de la pureza del alma y fruto de la abeja virgen. Y como la esencia de todas las flores olorosas con que el Creador ha hermoseado la naturaleza, flores que a su vez son imagen perfecta de las virtudes, hermosísimas flores del amor divino.

Doce velas deben arder siempre delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto. Doce es el número apostólico. Estas luces arden y se consumen ante el trono del Cordero. Así debe lucir arder y consumirse la vida de un adorador, que es otro Juan Bautista de quien dijo Jesús que era la luz brillante y ardiente. Y el humilde precursor no tenía más que un deseo: Es preciso que Jesús crezca y reine y que yo mengüe y desaparezca ante el sol divino.

La Iglesia ha elegido el color blanco como propio del culto del Santísimo Sacramento. Los ornamentos de los ministros sagrados en las fiestas eucarísticas, los lienzos del altar, las cortinas del sagrario, el dosel que cubre el trono de la exposición, todo es blanco como el Dios de luz y pureza para cuya honra sirven.

Los manteles del altar deben ser de lino o de cáñamo, por respeto al Santo Sacrificio, y por lo menos uno de ellos debe pender hasta el suelo. Son como el sudario sagrado del sepulcro del Salvador.

Es regla que en la exposición solemne de las Cuarenta Horas las reliquias, cuadros y estatuas que no sean de ángeles adoradores desaparezcan del altar y del santuario. Porque delante de Jesucristo presente todo culto secundario debe suspenderse. Los ojos del adorador, como también su corazón, deben fijarse sólo en la Sagrada Hostia.

La Iglesia prescribe el mayor respeto delante del Santísimo Sacramento, sobre todo cuando está expuesto, pues entonces el silencio debe ser aún más absoluto y más respetuosa la compostura. Quisiera que no se sentara nadie ante el Santísimo expuesto, y aunque tolera esto no debe hacerse sin verdadera necesidad.

Durante la exposición lo que la santa liturgia exige no es genuflexión sencilla, sino doble o de ambas rodillas, a semejanza de los veinticuatro ancianos delante del Cordero celestial.

Por manera que en los actos del culto todo debe ordenarse a la significación del homenaje íntimo del alma, su respetuosa y profunda adoración, decía Santa Teresa, que daría su vida por la menor ceremonia de la Iglesia, porque bien conocía su valor. Que las almas le den por lo menos respeto, devoción y amor.

La Santísima Eucaristía tiene en la tierra como los demás misterios del Salvador, sus fiestas y triunfos. Todos deben contribuir a embellecerlas y santificarlas, como fiestas que son de su Padre que está en los cielos, de su Rey y Dios vivo entre los hombres. Cada cual debe ofrecer su don y su obsequio; con ello se honra a Jesucristo al mismo tiempo que se honra uno a sí mismo.

Los días de las Cuarenta Horas de la parroquia deben ser para los fieles como días de cielo que deben celebrarse con traje de fiesta y de honor, con la recepción de la adorable Eucaristía y adoraciones fervorosas. La corte del cielo y de la tierra debe aquí juntarse en fraternales homenajes a la gloria del divino Rey. Como los israelitas en el desierto, cada cual debe prestar para la decoración del altar cuanto de más hermoso y precioso tenga, para así adornar la verdadera arca de la alianza, el trono de Jesucristo. Será para la familia una bendición y religioso recuerdo.

La fiesta del Corpus Christi es la fiesta regia de la Iglesia y triunfo público de la adorable Eucaristía. En ella viene el divino Rey a visitar a sus hijos, a santificar las calles de sus ciudades, a bendecir sus casas y sus trabajos. Quienquiera tenga un poco de fe debe prestar su concurso para hermosear el paso de Jesucristo, para erigirle arcos de triunfo y monumentos magníficos. ¿No los merece por ventura mucho más que los reyes de la tierra por quienes se hacen tantos gastos y se imponen tantos trabajos? Este paso triunfal de Jesucristo será un homenaje solemne de nuestros corazones un desagravio por la apostasía de los herejes, por la ingratitud de los malos cristianos que no tienen para su Salvador y su Dios otra cosa que una necia mirada de indiferencia o la vergüenza del reo ante el juez.