Para los juniors? es una película del año 2002 dirigida por Jonas Akerlund que trata sobre el (ab)uso de drogas.
EL VALOR DE UNA PROMESA:
domingo, 5 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
viernes, 3 de febrero de 2012
los papas - 11
Juan XV (agosto 985 - marzo 996)
Crescencio había muerto, el 7 de julio del 984, en el monasterio de San Alejo, en el monte Aventino, adonde se había retirado. Actuaba como cabeza de la aristocracia romana su hijo Juan Crescencio que, en la turbulenta situación que siguió a la muerte del antipapa Bonifacio VIL. consiguió imponer su candidato. Juan XV, hijo del presbítero León, cardenal del título de San Vítale, era un hombre culto y de buena preparación. Teófano no intervino, pues se hallaba con dificultades para lograr el reconocimiento de su hijo en Alemania, de modo que se volvió en cierto modo a la situación del tiempo de Alberico II, pues Juan Crescencio asumió el título de «patricio» y comenzó a gobernar Roma según su criterio. Aunque reducido a funciones estrictamente ministeriales, Juan XV pudo mantener la línea favorable a la reforma. En el invierno del 989 a 990 la emperatriz Teófano estuvo en Roma reforzando con su cordialidad la posición del papa. Se trataba, sin embargo, de una posición difícil que sus legados describirían en Constantinopla como de «tribulación y opresión». Era inevitable que, fuera de Roma, se le hiciera responsable de aquella anomalía: en Francia se le acusó de avaricia y de nepotismo. En un punto no vacilaba: apoyándose en las Falsas Decretales pretendía extender a toda la cristiandad su supremacía. Por primera vez se registra un intercambio entre el papa y Wladimiro de Kiev (980-1015). Medió entre Ethclredo de Inglaterra (978-1017) y Ricardo de Normandía (942- 996) hasta convencerles de que suscribieran la paz (1 marzo 991). Aceptó el vasallaje que los reyes de Polonia le ofrecieron, garantizando así la independencia del reino y de su Iglesia. Un sínodo, reunido el 993 en Letrán, hizo la primera canonización de que tenemos noticia en la persona de Ulrico, obispo de Ausgburgo.
Conflicto con Gerberto de Aurillac.
En junio del 991 se reunió un sínodo de la Iglesia de Francia en San Basilio de Verzy. Sirviendo los deseos de Hugo Capelo, depuso al arzobispo de Reims, Amoldo, y lo sustituyó por Gerberto de Aurillac, uno de los más extraordinarios sabios que ha conocido Europa. Pero algunos obispos y abades, invocando las Decretales, exigieron que se esperase la confirmación pontificia. Esta tardó en llegar. Se suscitó entonces un debate que pudo tener consecuencias muy peligrosas. Por ejemplo, Arnulfo de Orléans sostuvo que tal confirmación no era necesaria cuando los sínodos actúan, como en este caso, conforme a derecho; mezclaba este autor sus argumentos con tremendos ataques a la situación que se estaba viviendo en Roma. Juan XV no quiso decidir por su cuenta: dio poderes a un legado, León, abad del monasterio de San Alejo del Aventino, para que decidiese sobre el terreno. Se celebró un nuevo sínodo en Chelles (993 o 994) y en él se dijeron cosas muy radicales, como que cuando un papa no se atenía a la doctrina de los Padres no era mejor que cualquier hereje ni menos susceptible de excomunión. Por vez primera se sostuvo la tesis de que la Iglesia de un reino tiene derecho a proceder con independencia de Roma. Por fortuna para el papa, la protesta no prosperó: Hugo Capeto necesitaba de Roma para legitimar el cambio de dinastía y por consiguiente sacrificó a Gerberto que, en el sínodo de Mouzon (995), fue declarado como carente de derechos a la sede de Reims. Este percance no impe diría a Gerberto llegar a ser papa. La muerte de Juan Crescencio, a quien sustituyó su hermano, Crescencio II, a de Nomentano (988) y la de Teófano (991), perjudicaron hondamente a Juan XV. El nuevo «patricio» era menos condescendiente que su antecesor. Las relaciones con el papa se hicieron tan difíciles que, en marzo del 995, Juan huyó a Sutri y desde allí pidió ayuda a Otón III. La noticia de que el monarca aleman preparaba el viaje y su coronación, movió a Crescencio a reconciliarse con el papa, reinstalándolo en Letrán con todos los honores. Juan XV no tardó en sucumbir a la fiebre (marzo del 996) antes de que el rey de Romanos alcanzara Roma.
Gregorio V (3 mayo 996 - 18 febrero 999)
Nombramiento.
Se trata del primer papa alemán. Afortunadamente disponemos de la investigación de Teta E. Moehs (Gregorius V, 996-999: A Biographical Study, Stuttgart, 1972) que nos permite comprender los matices de este singular pontificado. Su designación tuvo lugar de la siguiente manera. En Pavía, donde celebraba la Pascua, supo Otón III la muerte de Juan XV. Pasó a Rávena y aquí una delegación enviada por los romanos le solicitaba que designase un candidato que ellos pudieran aclamar. El monarca escogió a un pariente suyo, Bruno, biznieto de Otón I e hijo del duque de Carintia, capellán muy preparado y de gran experiencia en negocios eclesiásticos, a pesar de su juventud. Fue a Roma en compañía de los obispos de Maguncia y de Worms y quedó regularmente elegido. Cambió su nombre por el de Gregorio porque se proponía seguir los pasos de san Gregorio Magno. Su primer acto fue coronar emperador a Otón III (21 de mayo), otorgándole al mismo tiempo el patriciado romano. Intercedió en favor de Crescencio Nomentano, que había sido desterrado, permitiéndole regresar a Roma. La intercesión no era tan sólo un gesto de clemencia; formaba parte también de un designio político que intentaba convertir la autoridad del papa en un factor de equilibrio entre los dos partidos, el imperial y el aristocrático, evitando los enfrentamientos. Esto le llevó a un cierto grado de independencia respecto al Imperio, del que se benefició por ejemplo el rey de Polonia, Boleslao Chrobry (Boca Torcida) (992-1027), pues la sede de Posen fue puesta a cubierto de las aspiraciones de dominio de los obispos alemanes. También Arnoldoo, arzobispo de Reims, confirmado en su puesto a pesar de la protección que Otón III otorgaba a Gerberto de Aurillac. El emperador compensaría a osle último con la sede de Rávena, obligando además al papa a cederle casi todos los poderes que tenía en la Pentápolis y el antiguo Exarcado. Las relaciones entre el papa y el emperador fueron siempre buenas, pero Gregorio V demostró que estaba muy lejos de considerarse como un alto funcionario al servicio del Imperio. La mayor dificultad para él radicaba en la estructura interna del Patrimonium Petri: demasiado extenso, en él convivían dos potestades, laica y eclesiástica, mal delimitadas. Además, la inobservancia del celibato impulsaba a obispos, abades y clérigos a crear verdaderas dinastías, dotando a sus hijos con bienes que eran de la Iglesia. Por eso concedían las abadías cluniacenses o lorenesas tanta importancia a la inmunidad, que les libraba de esta presión feudal. La generalización del vasallaje como modo de relación comenzaba a percibirse como una amenaza para la independencia de la Iglesia. Durante su estancia en Roma, Otón III promulgó una Capitulare de praedis ecclesiasticis que intentaba hacer una distinción entre beneficios laicos y eclesiásticos, poniendo límites a ese enfeudamiento. Pero la política del emperador buscaba, precisamente, el incremento del vasallaje.
El cisma.
En junio de 996 Otón abandonó Roma. Inmediatamente Crescencio renovó sus proyectos de ejercer el poder, recurriendo a la fuerza. El papa pidió al emperador que regresara, pero éste se excusó, delegando la protección de Roma en los duques de Toscana y de Spoleto. En octubre, falto de apoyo, Gregorio abandonó Roma refugiándose en Spoleto, para intentar desde allí la reconquista de la ciudad, que fracasó. A principios del 997 pasó a Lombardía, en un intento de lograr el apoyo de los obispos del reino, entre los que destacaba el de Piacenza, Juan Filagato, maestro de griego del emperador, que acababa de regresar de Constantmopla con una misión que el propio Otón le encomendara. Gregorio presidió en febrero un sínodo en Pavía que puso en vigor antiguas y nuevas disposiciones contra el comercio del dinero en bienes espirituales, esto es, la simonía. Tuvieron, de momento, escasa eficacia. Pero se había planteado una cuestión que suscitaba un profundo descontento en amplios sectores del clero ganados a esta práctica. Crescencio trató de aprovecharlo declarando que la sede romana, desamparada por Gregorio, se hallaba vacante. Creyó asestar un golpe certero al elegir a Juan Filagato, que tomó el nombre de Juan XVI, y que esperaba el apoyo de su antiguo discípulo además del bizantino, que ya tenía. Pero Otón no aceptó en modo alguno la usurpación. Volvió a Roma en febrero del 998 y procedió a terribles represalias. Crescencio y sus colaboradores, decapitados, fueron luego colgados de los muros de Sant'Angelo. Juan Filagato, mutilado, compareció ante el sínodo y fue condenado a reclusión perpetua en un monasterio. Gregorio V sobrevivió poco tiempo a estos terribles sucesos. Murió en febrero del 999 víctima de la malaria.
Silvestre II (2 abril 999 - 12 mayo 1003)
Papa del milenio.
Siguiendo los consejos de Odilo, abad de Cluny, Otón III promovió la candidatura de Gerberto de Aurillac, el gran sabio, que tomó el nombre de Silvestre II en memoria del contemporáneo de Constantino. Al cumplirse el primer milenio de vida cristiana, el papa y el emperador proyectaban un retorno a las bases mismas del Imperio, haciendo que Europa fuese verdaderamente cristiandad. Conviene recordar que jamás existió el «terror milenario», una leyenda infantil sin fundamento alguno. Sin embargo, Raúl de Glaber, que escribe en torno al año 1044, ya señaló cómo, en el tránsito de uno a otro milenio, se había advertido una especie de despertar, un empujón hacia arriba que era producto en gran medida de la reforma que los monjes venían difundiendo desde un siglo atrás. La obra de Silvestre II reviste una gran importancia. Nacido aproximadamente el 945, y de familia humilde, Gerberto estudió en Aurillac y luego en Ripoll, a la sombra del abad Atón, que era al mismo tiempo obispo de Vic, aprovechando su formidable biblioteca. Aquí recogió los materiales para su Introducción a la geometría y entró en contacto con la obra de al-Kwarismí y los números arábigos que pasarían a llamarse «guarismos». Entre ellos estaba el cero, capaz de revolucionar todo el conocimiento matemático: en adelante sería teóricamente posible concebir cualquier magnitud numérica y establecer el cálculo decimal. Con este bagaje, viajó a Roma el 970, sorprendiendo al papa Juan XIII, que le presentó al emperador Otón: sus relaciones con la casa imperial ya no se interrumpirían. Instalado en Reims, el obispo Adalberón le tomó bajo su custodia y le puso al frente de la escuela catedral, una de las primeras que estaban evolucionando, todavía de forma imprecisa, hacia la enseñanza superior que daría los Estudios Generales. Viajando mucho, tuvo la oportunidad de actuar ante Otón II en un debate con el maestrescuela de Magdeburgo, Otrico, estando el emperador en Rávena. Impresionado, Otón le nombró abad de Bobbio en razón de la importante biblioteca que allí se estaba formando. No era adecuada para el inquieto sabio la vida recoleta del monje. Regresó a Reims, donde se convirtió en la mano derecha de Adalberón. Fueron éstos, según Karl Schultess {Papst Silvester ¡I (Gerbert) ais Lehrer und Staatsmann, Hamburgo, 1881), los años decisivos en su formación como líder. Ambos, obispo y maestrescuela, intervinieron en el cambio de dinastía ayudando a Hugo Capeto. Pero el papa intervino en favor de los últimos carlovingios y Hugo prefirió esperar hasta que con la muerte de Luis V (987) se agotó la línea. Un vínculo de agradecimiento se estableció entre el rey de Francia y el sabio matemático y astrónomo. A pesar de todo, cuando murió Adalberón, las esperanzas de Gerberto en convertirse en su sucesor no se cumplieron, pues Hugo prefirió dar la sede de Reims como compensación a un bastardo carlovingio, hijo de Lotario, llamado Arnoldo. Hugo trató de rectificar más tarde, al comprobar que Amoldo conspiraba contra él. En páginas anteriores ya hemos visto cómo los papas sostuvieron a Amoldo y las ambiciones de Gerberto quedaron defraudadas.
Universalidad.
Perdida la partida de Reims, Gerberto se incorporó a la orte de Otón III, siendo uno de los principales consejeros del jovencísimo emperador. Desde abril del 998 ocupaba la sede de Rávena. Una vez elegido papa defendió con energía las mismas tesis de superioridad pontificia que antes le perjudicaran: confirmó a Amoldo como obispo de Reims, castigando a quienes conspiraran contra él; demostró, sobre todo, ser un campeón de la reforma, combatiendo los tres males que aquejaban a la Iglesia: simonía, nicolaísmo y nepotismo. La reforma tendría en adelante objetivos concretos. M. de Ferdinandy («Sobre el poder temporal en la cultura occidental alrededor del año 1000», A. Hist. Medieval, Buenos Aires, 1948), siguiendo la línea de Schramm, describe la obra conjunta de Otón III y Silvestre II como la creación de un Imperio cósmico, esto es, ordenado en círculos en torno a Roma, del que resultaría una Europa extraordinariamente agrandada y convertida ya en Universitas christiana, comunidad de hombres unida en el bautismo. En ella entraban a formar parte, con los antiguos reinos, Polonia, donde Boleslao usaba el título de rey, y Hungría, donde Waljk, convertido en Esteban (1001-1038) tras su cristianización, recibió del propio papa la corona. Esta tendencia a la universalidad molestaba a la aristocracia romana. En febrero del 1001 estalló una rebelión y Silvestre y Otón tuvieron que abandonar precipitadamente la ciudad. Aunque el papa regresó el año 1002, reasumiendo su autoridad, le faltaba ya el apoyo esencial de Otón, fallecido el 23 de enero del mismo año, sin herederos directos. Juan II Crescencio desempeñaba las funciones de patricio y el papa estaba de nuevo reducido a funciones sacerdotales cuando murió.
Juan XVII (16 mayo - 6 noviembre 1003)
Juan Sicco, hijo de un personaje del mismo nombre, había nacido en Roma. Fue prácticamente designado por Juan II Crescencio, que tuvo en él un instrumento dócil que le servía para asegurarse el poder completo. No ha llegado a nosotros otra noticia que la de haber autorizado al misionero polaco Benedicto a predicar el evangelio entre los eslavos. Ni siquiera se conocen las circunstancias de su muerte.
Juan XVIII (25 diciembre 1003 - junio o julio 1009)
Juan Fasano, hijo de Ursus y de Estefanía, puede haber sido pariente de los Crescencio, a quienes debería su designación. Sin embargo, no parece haberse reducido, como sus antecesores, a las puras funciones eclesiásticas. Estableció cordiales relaciones con Enrique II (1002-1031) que, ayudado por su mujer Cunegunda (ambos son santos), mostraba muy especial interés en promover la reforma. Absorto en los problemas alemanes, san Enrique mostraba poco deseo de intervenir en Italia. Juan XVIII canonizó solemnemente a san Marcial de Limoges y a los cinco mártires de Polonia. Restauró la diócesis de Merseburgo y, de acuerdo con los deseos del rey, fundó la sede de Bamberg en Baviera, para que se ocupase de los eslavos emigrados allí. También es conocido el protectorado que ejerció sobre la abadía de Fleury, cerca de Orléans, a la que declaró inmune de los dos obispos correspondientes a sus dominios. El año 1004, cuando san Enrique viajó a Pavía para recibir la corona de hierro, Juan XVIII hizo un intento para conseguir que fuera a Roma a fin de convertirse en emperador, pero Crescencio lo estorbó. No convenía al patricio la presencia de los alemanes y estaba buscando un entendimiento con los bizantinos. El Líber Pontificalís dice que Juan murió siendo monje en San Pablo Extramuros; esta noticia se interpreta como si poco antes de su muerte hubiera decidido abdicar retirándose a un monasterio.
Sergio IV (31 julio 1009 - 12 mayo 1012)
Pedro, hijo de un zapatero del mismo nombre y de su esposa Estefanía, era obispo de Albano. También fue designado por Juan Crescencio. Se le conocía por el apodo de «hocico de cerdo». Cambió su nombre de acuerdo con la costumbre que impedía a los papas usar el mismo del príncipe de los Apóstoles, un hábito que se ha mantenido hasta hoy. Conservó las buenas relaciones con Enrique II, al que apoyaba en sus esfuerzos de reconstrucción de la Iglesia alemana. Legados pontificios estuvieron presentes en la consagración de la catedral de Bamberg. Los privilegios y posesiones de la de Merseburgo fueron reforzados. Se dio mucha importancia a la canonización de Simeón de Siracusa, un popular ermitaño que vivió en las inmediaciones de Tréveris. En este tiempo llegó a Roma la noticia de que el califa al-Hakam había destruido la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Una leyenda, forjada más tarde, señala a Sergio como el primer príncipe que incitó a los caballeros feudales a organizar una cruzada para recobrarla. De hecho, se estaba produciendo un estímulo a las ciudades marítimas italianas que recobraban el control del Mediterráneo.
Benedicto VIII (17 mayo 1012 - 9 abril 1024)
Elección disputada.
La muerte en breve plazo de Sergio y Juan Crescendo, permitiría a los condes de Tusculum, descendientes también de Teofilacto, un relevo en el poder. Los Crescencio designaron a cierto clérigo, Gregorio. Los Tusculanos promovieron a uno de los suyos, Teofilacto, hijo precisamente del conde, que tenía algo más de treinta años de edad, y le instalaron en Letrán por la fuerza. Siendo laico, recibió todas las órdenes de inmediato. Benedicto retuvo para sí el poder supremo, encomendando a su hermano el gobierno civil de Roma con el título de cónsul y duque, pero dejando claro que se trataba de una especie de delegación de la Sede Apostólica. K.-J. Hermann (Die Tuskulanerpapsttum (1012-1046), Benedikt VIH, Johannes XIX, Benedikt IX, Stuttgart, 1973) define el cambio producido, en relación con los papas anteriores de este modo: el pontífice era soberano supremo; el cónsul pasaba a ser delegado ara la administración del Patrimonium y el cumplimiento de las órdenes que le dieran. Obligado a huir de Roma, Gregorio viajó a Alemania esperando convencer a Enrique II de las ventajas de su causa, pero el rey le recibió en Pohlde (Sajonia) con deliberada frialdad. Le prohibió usar su oficio hasta que él mismo fuera a Roma y decidiera en el pleito «conforme a la costumbre romana». Esta actitud permite suponer que tenía tomada ya su decisión. Parece que Enrique II había tomado contacto con Benedicto recibiendo de él las garantías que necesitaba acerca de su propia política. Antes de concluir el año 1012 se había producido el reconocimiento. Desde este momento se borran las huellas de Gregorio, que aparece mencionado únicamente como un antipapa.
Enrique II en Italia.
A diferencia de Juan Crescencio, Benedicto VIII decidió estrechar las relaciones con Enrique II: a un papa dueño del poder, convenía la existencia de un emperador. Al tiempo que remitía la confirmación de los privilegios concedidos a Bamberg, cursaba la invitación, que fue aceptada, para que Enrique II viajara a Roma para ser coronado. La ceremonia tuvo lugar el 14 de febrero de 1014. En este viaje tuvo el emperador la oportunidad de dispersar toda oposición en Lombardía, siendo ahora firme dueño del reino. Dejó a su hermano Amoldo instalado en la sede metropolitana de Rávena. En esta ciudad se reunieron las dos cabezas, y Benedicto, para congratularse con Enrique II, dispuso que la costumbre alemana de cantar el Credo en la misa se incorporara a la liturgia universal: en ese texto se incluía el Filioque. Juntos presidieron un sínodo en que se tomaron por primera vez resoluciones de ambas autoridades acerca de la disciplina del clero. El problema que en aquellos momentos llamaba principalmente la atención era el de la dispersión de bienes como consecuencia del concubinato, que se había extendido especialmente en Italia. Ausente el emperador, Benedicto dedicó su atención a los problemas del Mediterráneo y del sur de Italia. Ataques musulmanes habían tenido lugar contra Pisa los años 1004 y 1011, mientras que una flota venida de Baleares desembarcaba tropas en Cerdeña (1015). Benedicto logró reunir en una alianza su propia flota con las de Genova y Pisa, procediendo a la reconquista de Cerdeña e impulsando el entusiasmo de los italianos para una ofensiva que a partir de este momento se desarrolló con éxito creciente. En otro campo, el papa apoyó a dos jefes rebeldes, Meles y Dattus, que se habían alzado contra la autoridad bizantina en el mediodía; como una consecuencia se rompieron, una vez más, las relaciones con el patriarcado. Favoreció incluso que caballeros mercenarios, venidos de Normandía de Francia, se pusiesen al servicio de dichos rebeldes: abría de este modo perspectivas entonces poco presumibles. Al principio, toda la maniobra pareció discurrir por mal camino: los rebeldes fueron derrotados en Cannas y las tropas bizantinas llegaron a amenazar Roma (1019). Benedicto emprendió el viaje a Alemania en busca de ayuda, y en la Pascua del 1020 se entrevistó con el emperador en Bamberg. Enrique II le hizo entrega de un documento que era réplica del famoso privilegium otonianum, manifestando la voluntad de cumplirlo, y concertó una expedición a Italia, poniendo la reforma de las costumbres como objetivo principal. El emperador y el papa viajaron en compañía de un fuerte ejército, reuniendo en Pavía un sínodo cuyos cánones se incorporaron a las leyes del Imperio: se usaron expresiones muy fuertes contra la simonía y el concubinato eclesiásticos; los hijos nacidos en estas uniones sacrilegas seguirían en todo caso la condición social inferior de cualquiera de sus progenitores. Se trataba de conseguir un clero célibe, celoso cumplidor de sus deberes y custodio atento de los bienes eclesiásticos. Una meta que parecía aún muy lejana pero para la que se contaba con san Odilo y sus monjes: las dos potestades garantizaron a Cluny todo su apoyo. Todas las disposiciones se confirmaron en otro sínodo, en Roma. Las operaciones militares en el sur de Italia consiguieron el restablecimiento de las fronteras.
Conflicto con Maguncia.
Era mucho lo que Benedicto consiguiera gracias a aquel cambio que le daba absolutamente la iniciativa en Roma, y a la estrecha amistad con Enrique II. La autoridad correspondiente al primado estaba segura. Lo demuestra el hecho de que no tuviera inconveniente en entrar en conflicto con uno de los más poderosos obispos alemanes, Aribon de Maguncia. Un sínodo celebrado en esta sede había disuelto, alegando razón de parentesco, el matrimonio del conde de Hammerestein. La esposa, sintiéndose injustamente tratada, apeló a Roma. Aribon convocó un segundo sínodo (1023) tratando de impedir la apelación sin poner en duda la primacía del papa: se dijo que para que la apelación pudiera tener lugar se necesitaba que el pecador cumpliera la penitencia --debía ejecutarse la separación-- y también que el obispo concediera su permiso. Benedicto rechazó las dos condiciones y, considerándolas un abuso, privó a Aribon del pallium. Poco tiempo después de la muerte del papa, una intervención de Enrique II zanjaría el conflicto. Quedaron en suspenso las acciones contra Irmgarda y se la permitió apelar ante Roma.
Crescencio había muerto, el 7 de julio del 984, en el monasterio de San Alejo, en el monte Aventino, adonde se había retirado. Actuaba como cabeza de la aristocracia romana su hijo Juan Crescencio que, en la turbulenta situación que siguió a la muerte del antipapa Bonifacio VIL. consiguió imponer su candidato. Juan XV, hijo del presbítero León, cardenal del título de San Vítale, era un hombre culto y de buena preparación. Teófano no intervino, pues se hallaba con dificultades para lograr el reconocimiento de su hijo en Alemania, de modo que se volvió en cierto modo a la situación del tiempo de Alberico II, pues Juan Crescencio asumió el título de «patricio» y comenzó a gobernar Roma según su criterio. Aunque reducido a funciones estrictamente ministeriales, Juan XV pudo mantener la línea favorable a la reforma. En el invierno del 989 a 990 la emperatriz Teófano estuvo en Roma reforzando con su cordialidad la posición del papa. Se trataba, sin embargo, de una posición difícil que sus legados describirían en Constantinopla como de «tribulación y opresión». Era inevitable que, fuera de Roma, se le hiciera responsable de aquella anomalía: en Francia se le acusó de avaricia y de nepotismo. En un punto no vacilaba: apoyándose en las Falsas Decretales pretendía extender a toda la cristiandad su supremacía. Por primera vez se registra un intercambio entre el papa y Wladimiro de Kiev (980-1015). Medió entre Ethclredo de Inglaterra (978-1017) y Ricardo de Normandía (942- 996) hasta convencerles de que suscribieran la paz (1 marzo 991). Aceptó el vasallaje que los reyes de Polonia le ofrecieron, garantizando así la independencia del reino y de su Iglesia. Un sínodo, reunido el 993 en Letrán, hizo la primera canonización de que tenemos noticia en la persona de Ulrico, obispo de Ausgburgo.
Conflicto con Gerberto de Aurillac.
En junio del 991 se reunió un sínodo de la Iglesia de Francia en San Basilio de Verzy. Sirviendo los deseos de Hugo Capelo, depuso al arzobispo de Reims, Amoldo, y lo sustituyó por Gerberto de Aurillac, uno de los más extraordinarios sabios que ha conocido Europa. Pero algunos obispos y abades, invocando las Decretales, exigieron que se esperase la confirmación pontificia. Esta tardó en llegar. Se suscitó entonces un debate que pudo tener consecuencias muy peligrosas. Por ejemplo, Arnulfo de Orléans sostuvo que tal confirmación no era necesaria cuando los sínodos actúan, como en este caso, conforme a derecho; mezclaba este autor sus argumentos con tremendos ataques a la situación que se estaba viviendo en Roma. Juan XV no quiso decidir por su cuenta: dio poderes a un legado, León, abad del monasterio de San Alejo del Aventino, para que decidiese sobre el terreno. Se celebró un nuevo sínodo en Chelles (993 o 994) y en él se dijeron cosas muy radicales, como que cuando un papa no se atenía a la doctrina de los Padres no era mejor que cualquier hereje ni menos susceptible de excomunión. Por vez primera se sostuvo la tesis de que la Iglesia de un reino tiene derecho a proceder con independencia de Roma. Por fortuna para el papa, la protesta no prosperó: Hugo Capeto necesitaba de Roma para legitimar el cambio de dinastía y por consiguiente sacrificó a Gerberto que, en el sínodo de Mouzon (995), fue declarado como carente de derechos a la sede de Reims. Este percance no impe diría a Gerberto llegar a ser papa. La muerte de Juan Crescencio, a quien sustituyó su hermano, Crescencio II, a de Nomentano (988) y la de Teófano (991), perjudicaron hondamente a Juan XV. El nuevo «patricio» era menos condescendiente que su antecesor. Las relaciones con el papa se hicieron tan difíciles que, en marzo del 995, Juan huyó a Sutri y desde allí pidió ayuda a Otón III. La noticia de que el monarca aleman preparaba el viaje y su coronación, movió a Crescencio a reconciliarse con el papa, reinstalándolo en Letrán con todos los honores. Juan XV no tardó en sucumbir a la fiebre (marzo del 996) antes de que el rey de Romanos alcanzara Roma.
Gregorio V (3 mayo 996 - 18 febrero 999)
Nombramiento.
Se trata del primer papa alemán. Afortunadamente disponemos de la investigación de Teta E. Moehs (Gregorius V, 996-999: A Biographical Study, Stuttgart, 1972) que nos permite comprender los matices de este singular pontificado. Su designación tuvo lugar de la siguiente manera. En Pavía, donde celebraba la Pascua, supo Otón III la muerte de Juan XV. Pasó a Rávena y aquí una delegación enviada por los romanos le solicitaba que designase un candidato que ellos pudieran aclamar. El monarca escogió a un pariente suyo, Bruno, biznieto de Otón I e hijo del duque de Carintia, capellán muy preparado y de gran experiencia en negocios eclesiásticos, a pesar de su juventud. Fue a Roma en compañía de los obispos de Maguncia y de Worms y quedó regularmente elegido. Cambió su nombre por el de Gregorio porque se proponía seguir los pasos de san Gregorio Magno. Su primer acto fue coronar emperador a Otón III (21 de mayo), otorgándole al mismo tiempo el patriciado romano. Intercedió en favor de Crescencio Nomentano, que había sido desterrado, permitiéndole regresar a Roma. La intercesión no era tan sólo un gesto de clemencia; formaba parte también de un designio político que intentaba convertir la autoridad del papa en un factor de equilibrio entre los dos partidos, el imperial y el aristocrático, evitando los enfrentamientos. Esto le llevó a un cierto grado de independencia respecto al Imperio, del que se benefició por ejemplo el rey de Polonia, Boleslao Chrobry (Boca Torcida) (992-1027), pues la sede de Posen fue puesta a cubierto de las aspiraciones de dominio de los obispos alemanes. También Arnoldoo, arzobispo de Reims, confirmado en su puesto a pesar de la protección que Otón III otorgaba a Gerberto de Aurillac. El emperador compensaría a osle último con la sede de Rávena, obligando además al papa a cederle casi todos los poderes que tenía en la Pentápolis y el antiguo Exarcado. Las relaciones entre el papa y el emperador fueron siempre buenas, pero Gregorio V demostró que estaba muy lejos de considerarse como un alto funcionario al servicio del Imperio. La mayor dificultad para él radicaba en la estructura interna del Patrimonium Petri: demasiado extenso, en él convivían dos potestades, laica y eclesiástica, mal delimitadas. Además, la inobservancia del celibato impulsaba a obispos, abades y clérigos a crear verdaderas dinastías, dotando a sus hijos con bienes que eran de la Iglesia. Por eso concedían las abadías cluniacenses o lorenesas tanta importancia a la inmunidad, que les libraba de esta presión feudal. La generalización del vasallaje como modo de relación comenzaba a percibirse como una amenaza para la independencia de la Iglesia. Durante su estancia en Roma, Otón III promulgó una Capitulare de praedis ecclesiasticis que intentaba hacer una distinción entre beneficios laicos y eclesiásticos, poniendo límites a ese enfeudamiento. Pero la política del emperador buscaba, precisamente, el incremento del vasallaje.
El cisma.
En junio de 996 Otón abandonó Roma. Inmediatamente Crescencio renovó sus proyectos de ejercer el poder, recurriendo a la fuerza. El papa pidió al emperador que regresara, pero éste se excusó, delegando la protección de Roma en los duques de Toscana y de Spoleto. En octubre, falto de apoyo, Gregorio abandonó Roma refugiándose en Spoleto, para intentar desde allí la reconquista de la ciudad, que fracasó. A principios del 997 pasó a Lombardía, en un intento de lograr el apoyo de los obispos del reino, entre los que destacaba el de Piacenza, Juan Filagato, maestro de griego del emperador, que acababa de regresar de Constantmopla con una misión que el propio Otón le encomendara. Gregorio presidió en febrero un sínodo en Pavía que puso en vigor antiguas y nuevas disposiciones contra el comercio del dinero en bienes espirituales, esto es, la simonía. Tuvieron, de momento, escasa eficacia. Pero se había planteado una cuestión que suscitaba un profundo descontento en amplios sectores del clero ganados a esta práctica. Crescencio trató de aprovecharlo declarando que la sede romana, desamparada por Gregorio, se hallaba vacante. Creyó asestar un golpe certero al elegir a Juan Filagato, que tomó el nombre de Juan XVI, y que esperaba el apoyo de su antiguo discípulo además del bizantino, que ya tenía. Pero Otón no aceptó en modo alguno la usurpación. Volvió a Roma en febrero del 998 y procedió a terribles represalias. Crescencio y sus colaboradores, decapitados, fueron luego colgados de los muros de Sant'Angelo. Juan Filagato, mutilado, compareció ante el sínodo y fue condenado a reclusión perpetua en un monasterio. Gregorio V sobrevivió poco tiempo a estos terribles sucesos. Murió en febrero del 999 víctima de la malaria.
Silvestre II (2 abril 999 - 12 mayo 1003)
Papa del milenio.
Siguiendo los consejos de Odilo, abad de Cluny, Otón III promovió la candidatura de Gerberto de Aurillac, el gran sabio, que tomó el nombre de Silvestre II en memoria del contemporáneo de Constantino. Al cumplirse el primer milenio de vida cristiana, el papa y el emperador proyectaban un retorno a las bases mismas del Imperio, haciendo que Europa fuese verdaderamente cristiandad. Conviene recordar que jamás existió el «terror milenario», una leyenda infantil sin fundamento alguno. Sin embargo, Raúl de Glaber, que escribe en torno al año 1044, ya señaló cómo, en el tránsito de uno a otro milenio, se había advertido una especie de despertar, un empujón hacia arriba que era producto en gran medida de la reforma que los monjes venían difundiendo desde un siglo atrás. La obra de Silvestre II reviste una gran importancia. Nacido aproximadamente el 945, y de familia humilde, Gerberto estudió en Aurillac y luego en Ripoll, a la sombra del abad Atón, que era al mismo tiempo obispo de Vic, aprovechando su formidable biblioteca. Aquí recogió los materiales para su Introducción a la geometría y entró en contacto con la obra de al-Kwarismí y los números arábigos que pasarían a llamarse «guarismos». Entre ellos estaba el cero, capaz de revolucionar todo el conocimiento matemático: en adelante sería teóricamente posible concebir cualquier magnitud numérica y establecer el cálculo decimal. Con este bagaje, viajó a Roma el 970, sorprendiendo al papa Juan XIII, que le presentó al emperador Otón: sus relaciones con la casa imperial ya no se interrumpirían. Instalado en Reims, el obispo Adalberón le tomó bajo su custodia y le puso al frente de la escuela catedral, una de las primeras que estaban evolucionando, todavía de forma imprecisa, hacia la enseñanza superior que daría los Estudios Generales. Viajando mucho, tuvo la oportunidad de actuar ante Otón II en un debate con el maestrescuela de Magdeburgo, Otrico, estando el emperador en Rávena. Impresionado, Otón le nombró abad de Bobbio en razón de la importante biblioteca que allí se estaba formando. No era adecuada para el inquieto sabio la vida recoleta del monje. Regresó a Reims, donde se convirtió en la mano derecha de Adalberón. Fueron éstos, según Karl Schultess {Papst Silvester ¡I (Gerbert) ais Lehrer und Staatsmann, Hamburgo, 1881), los años decisivos en su formación como líder. Ambos, obispo y maestrescuela, intervinieron en el cambio de dinastía ayudando a Hugo Capeto. Pero el papa intervino en favor de los últimos carlovingios y Hugo prefirió esperar hasta que con la muerte de Luis V (987) se agotó la línea. Un vínculo de agradecimiento se estableció entre el rey de Francia y el sabio matemático y astrónomo. A pesar de todo, cuando murió Adalberón, las esperanzas de Gerberto en convertirse en su sucesor no se cumplieron, pues Hugo prefirió dar la sede de Reims como compensación a un bastardo carlovingio, hijo de Lotario, llamado Arnoldo. Hugo trató de rectificar más tarde, al comprobar que Amoldo conspiraba contra él. En páginas anteriores ya hemos visto cómo los papas sostuvieron a Amoldo y las ambiciones de Gerberto quedaron defraudadas.
Universalidad.
Perdida la partida de Reims, Gerberto se incorporó a la orte de Otón III, siendo uno de los principales consejeros del jovencísimo emperador. Desde abril del 998 ocupaba la sede de Rávena. Una vez elegido papa defendió con energía las mismas tesis de superioridad pontificia que antes le perjudicaran: confirmó a Amoldo como obispo de Reims, castigando a quienes conspiraran contra él; demostró, sobre todo, ser un campeón de la reforma, combatiendo los tres males que aquejaban a la Iglesia: simonía, nicolaísmo y nepotismo. La reforma tendría en adelante objetivos concretos. M. de Ferdinandy («Sobre el poder temporal en la cultura occidental alrededor del año 1000», A. Hist. Medieval, Buenos Aires, 1948), siguiendo la línea de Schramm, describe la obra conjunta de Otón III y Silvestre II como la creación de un Imperio cósmico, esto es, ordenado en círculos en torno a Roma, del que resultaría una Europa extraordinariamente agrandada y convertida ya en Universitas christiana, comunidad de hombres unida en el bautismo. En ella entraban a formar parte, con los antiguos reinos, Polonia, donde Boleslao usaba el título de rey, y Hungría, donde Waljk, convertido en Esteban (1001-1038) tras su cristianización, recibió del propio papa la corona. Esta tendencia a la universalidad molestaba a la aristocracia romana. En febrero del 1001 estalló una rebelión y Silvestre y Otón tuvieron que abandonar precipitadamente la ciudad. Aunque el papa regresó el año 1002, reasumiendo su autoridad, le faltaba ya el apoyo esencial de Otón, fallecido el 23 de enero del mismo año, sin herederos directos. Juan II Crescencio desempeñaba las funciones de patricio y el papa estaba de nuevo reducido a funciones sacerdotales cuando murió.
Juan XVII (16 mayo - 6 noviembre 1003)
Juan Sicco, hijo de un personaje del mismo nombre, había nacido en Roma. Fue prácticamente designado por Juan II Crescencio, que tuvo en él un instrumento dócil que le servía para asegurarse el poder completo. No ha llegado a nosotros otra noticia que la de haber autorizado al misionero polaco Benedicto a predicar el evangelio entre los eslavos. Ni siquiera se conocen las circunstancias de su muerte.
Juan XVIII (25 diciembre 1003 - junio o julio 1009)
Juan Fasano, hijo de Ursus y de Estefanía, puede haber sido pariente de los Crescencio, a quienes debería su designación. Sin embargo, no parece haberse reducido, como sus antecesores, a las puras funciones eclesiásticas. Estableció cordiales relaciones con Enrique II (1002-1031) que, ayudado por su mujer Cunegunda (ambos son santos), mostraba muy especial interés en promover la reforma. Absorto en los problemas alemanes, san Enrique mostraba poco deseo de intervenir en Italia. Juan XVIII canonizó solemnemente a san Marcial de Limoges y a los cinco mártires de Polonia. Restauró la diócesis de Merseburgo y, de acuerdo con los deseos del rey, fundó la sede de Bamberg en Baviera, para que se ocupase de los eslavos emigrados allí. También es conocido el protectorado que ejerció sobre la abadía de Fleury, cerca de Orléans, a la que declaró inmune de los dos obispos correspondientes a sus dominios. El año 1004, cuando san Enrique viajó a Pavía para recibir la corona de hierro, Juan XVIII hizo un intento para conseguir que fuera a Roma a fin de convertirse en emperador, pero Crescencio lo estorbó. No convenía al patricio la presencia de los alemanes y estaba buscando un entendimiento con los bizantinos. El Líber Pontificalís dice que Juan murió siendo monje en San Pablo Extramuros; esta noticia se interpreta como si poco antes de su muerte hubiera decidido abdicar retirándose a un monasterio.
Sergio IV (31 julio 1009 - 12 mayo 1012)
Pedro, hijo de un zapatero del mismo nombre y de su esposa Estefanía, era obispo de Albano. También fue designado por Juan Crescencio. Se le conocía por el apodo de «hocico de cerdo». Cambió su nombre de acuerdo con la costumbre que impedía a los papas usar el mismo del príncipe de los Apóstoles, un hábito que se ha mantenido hasta hoy. Conservó las buenas relaciones con Enrique II, al que apoyaba en sus esfuerzos de reconstrucción de la Iglesia alemana. Legados pontificios estuvieron presentes en la consagración de la catedral de Bamberg. Los privilegios y posesiones de la de Merseburgo fueron reforzados. Se dio mucha importancia a la canonización de Simeón de Siracusa, un popular ermitaño que vivió en las inmediaciones de Tréveris. En este tiempo llegó a Roma la noticia de que el califa al-Hakam había destruido la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Una leyenda, forjada más tarde, señala a Sergio como el primer príncipe que incitó a los caballeros feudales a organizar una cruzada para recobrarla. De hecho, se estaba produciendo un estímulo a las ciudades marítimas italianas que recobraban el control del Mediterráneo.
Benedicto VIII (17 mayo 1012 - 9 abril 1024)
Elección disputada.
La muerte en breve plazo de Sergio y Juan Crescendo, permitiría a los condes de Tusculum, descendientes también de Teofilacto, un relevo en el poder. Los Crescencio designaron a cierto clérigo, Gregorio. Los Tusculanos promovieron a uno de los suyos, Teofilacto, hijo precisamente del conde, que tenía algo más de treinta años de edad, y le instalaron en Letrán por la fuerza. Siendo laico, recibió todas las órdenes de inmediato. Benedicto retuvo para sí el poder supremo, encomendando a su hermano el gobierno civil de Roma con el título de cónsul y duque, pero dejando claro que se trataba de una especie de delegación de la Sede Apostólica. K.-J. Hermann (Die Tuskulanerpapsttum (1012-1046), Benedikt VIH, Johannes XIX, Benedikt IX, Stuttgart, 1973) define el cambio producido, en relación con los papas anteriores de este modo: el pontífice era soberano supremo; el cónsul pasaba a ser delegado ara la administración del Patrimonium y el cumplimiento de las órdenes que le dieran. Obligado a huir de Roma, Gregorio viajó a Alemania esperando convencer a Enrique II de las ventajas de su causa, pero el rey le recibió en Pohlde (Sajonia) con deliberada frialdad. Le prohibió usar su oficio hasta que él mismo fuera a Roma y decidiera en el pleito «conforme a la costumbre romana». Esta actitud permite suponer que tenía tomada ya su decisión. Parece que Enrique II había tomado contacto con Benedicto recibiendo de él las garantías que necesitaba acerca de su propia política. Antes de concluir el año 1012 se había producido el reconocimiento. Desde este momento se borran las huellas de Gregorio, que aparece mencionado únicamente como un antipapa.
Enrique II en Italia.
A diferencia de Juan Crescencio, Benedicto VIII decidió estrechar las relaciones con Enrique II: a un papa dueño del poder, convenía la existencia de un emperador. Al tiempo que remitía la confirmación de los privilegios concedidos a Bamberg, cursaba la invitación, que fue aceptada, para que Enrique II viajara a Roma para ser coronado. La ceremonia tuvo lugar el 14 de febrero de 1014. En este viaje tuvo el emperador la oportunidad de dispersar toda oposición en Lombardía, siendo ahora firme dueño del reino. Dejó a su hermano Amoldo instalado en la sede metropolitana de Rávena. En esta ciudad se reunieron las dos cabezas, y Benedicto, para congratularse con Enrique II, dispuso que la costumbre alemana de cantar el Credo en la misa se incorporara a la liturgia universal: en ese texto se incluía el Filioque. Juntos presidieron un sínodo en que se tomaron por primera vez resoluciones de ambas autoridades acerca de la disciplina del clero. El problema que en aquellos momentos llamaba principalmente la atención era el de la dispersión de bienes como consecuencia del concubinato, que se había extendido especialmente en Italia. Ausente el emperador, Benedicto dedicó su atención a los problemas del Mediterráneo y del sur de Italia. Ataques musulmanes habían tenido lugar contra Pisa los años 1004 y 1011, mientras que una flota venida de Baleares desembarcaba tropas en Cerdeña (1015). Benedicto logró reunir en una alianza su propia flota con las de Genova y Pisa, procediendo a la reconquista de Cerdeña e impulsando el entusiasmo de los italianos para una ofensiva que a partir de este momento se desarrolló con éxito creciente. En otro campo, el papa apoyó a dos jefes rebeldes, Meles y Dattus, que se habían alzado contra la autoridad bizantina en el mediodía; como una consecuencia se rompieron, una vez más, las relaciones con el patriarcado. Favoreció incluso que caballeros mercenarios, venidos de Normandía de Francia, se pusiesen al servicio de dichos rebeldes: abría de este modo perspectivas entonces poco presumibles. Al principio, toda la maniobra pareció discurrir por mal camino: los rebeldes fueron derrotados en Cannas y las tropas bizantinas llegaron a amenazar Roma (1019). Benedicto emprendió el viaje a Alemania en busca de ayuda, y en la Pascua del 1020 se entrevistó con el emperador en Bamberg. Enrique II le hizo entrega de un documento que era réplica del famoso privilegium otonianum, manifestando la voluntad de cumplirlo, y concertó una expedición a Italia, poniendo la reforma de las costumbres como objetivo principal. El emperador y el papa viajaron en compañía de un fuerte ejército, reuniendo en Pavía un sínodo cuyos cánones se incorporaron a las leyes del Imperio: se usaron expresiones muy fuertes contra la simonía y el concubinato eclesiásticos; los hijos nacidos en estas uniones sacrilegas seguirían en todo caso la condición social inferior de cualquiera de sus progenitores. Se trataba de conseguir un clero célibe, celoso cumplidor de sus deberes y custodio atento de los bienes eclesiásticos. Una meta que parecía aún muy lejana pero para la que se contaba con san Odilo y sus monjes: las dos potestades garantizaron a Cluny todo su apoyo. Todas las disposiciones se confirmaron en otro sínodo, en Roma. Las operaciones militares en el sur de Italia consiguieron el restablecimiento de las fronteras.
Conflicto con Maguncia.
Era mucho lo que Benedicto consiguiera gracias a aquel cambio que le daba absolutamente la iniciativa en Roma, y a la estrecha amistad con Enrique II. La autoridad correspondiente al primado estaba segura. Lo demuestra el hecho de que no tuviera inconveniente en entrar en conflicto con uno de los más poderosos obispos alemanes, Aribon de Maguncia. Un sínodo celebrado en esta sede había disuelto, alegando razón de parentesco, el matrimonio del conde de Hammerestein. La esposa, sintiéndose injustamente tratada, apeló a Roma. Aribon convocó un segundo sínodo (1023) tratando de impedir la apelación sin poner en duda la primacía del papa: se dijo que para que la apelación pudiera tener lugar se necesitaba que el pecador cumpliera la penitencia --debía ejecutarse la separación-- y también que el obispo concediera su permiso. Benedicto rechazó las dos condiciones y, considerándolas un abuso, privó a Aribon del pallium. Poco tiempo después de la muerte del papa, una intervención de Enrique II zanjaría el conflicto. Quedaron en suspenso las acciones contra Irmgarda y se la permitió apelar ante Roma.
jueves, 2 de febrero de 2012
YO SOY IDIOTA
CUIDADO...con lo que se avecina....es mas gordo de lo que os imagináis...un gobierno Europeo impuesto por los Neocon "Los Illuminatis" que irá quitando a corto plazo a los políticos demócratas y manipulando las elecciones...y colocando tecnócratas, nos queda poco. Los Indignados tienen más razón de lo que os podáis llegar a imaginar. No es una cuestion de PSOE ni de PP, nada tiene que ver. Esto solo se para negándonos a esas mentiras de pagar la deuda en que ellos nos han metido falsamente para tenernos hipotecados hasta nuestros nietos....se acabaron los Estados/Nación...adiós España.
Hay un problema laboral del colectivo de controladores aéreos que afecta al 1,2% de la población española (600.000 personas) y casi todos saltáis como energúmenos pidiendo hasta el linchamiento de ese colectivo cuando el día anterior hacen otra reforma del sistema laboral más restrictiva, quitan los 420 euros de ayuda a 688.000 parados que están en la ruina y anuncian cambios drásticos a peor en la ley de pensiones que afectan al 80% de la población y nadie se indigna ni dice nada. ¿Sois idiotas?
Estáis pidiendo a gritos al Gobierno que se apliquen medidas que quitan el derecho a la baja laboral, a los permisos retribuidos y a las horas sindicales, sacar militares a la calle ¿sois idiotas?
Estáis leyendo que mintieron en los vuelos de la CIA, en el caso Couso, que González era la X del GAL, que gente del PP cobraba de la trama Gürtel, que hay políticos que cobran más de 230.000 euros al año, pero que nos cuestan más de 3 millones de euros, que la corrupción en la política no es excepción, sino norma, que ellos mismos se adjudican el derecho a cobrar la jubilación máxima con pocos años en las Cortes y a nosotros nos piden 40 de cotización, banqueros que consiguen del gobierno medidas duras contra los trabajadores y que tenían que estar en la cárcel por delitos demostrados de fraude fiscal y no decís nada, os quitan dinero para dárselo a esa gente que cobra cientos de miles de euros año, especula con nuestro dinero, defrauda a Hacienda y seguís callados ¿sois idiotas?
Tenéis una monarquía que se ha enriquecido en los últimos años, que apoya a los poderosos, a EEUU, a Marruecos y a todo lo que huela a poder o dinero, hereditaria como en la Edad Media ¿sois idiotas?
En Inglaterra o Francia o Italia o en Grecia o en otros países los trabajadores y los jóvenes se manifiestan hasta violentamente para defenderse de esas manipulaciones mientras en España no se mueve casi nadie ¿sois idiotas?
Consentís la censura en los medios de comunicación, la ley de partidos, la manipulación judicial, la tortura, la militarización de trabajadores sólo porque de momento no os afecta a vosotros ¿sois idiotas?
Sabéis quién es toda la gentuza de las revistas del corazón, futbolistas supermillonarios pero jamás escucháis a nadie como Saramago o Chomsky u otros mil intelectuales veraces y comprometidos con vuestros problemas ¿sois idiotas?
Si mucha gente responde sí, aún nos queda un poco de esperanza de conseguir acabar con la manipulación de los políticos y poderosos.
Si la mayoría contesta no, entonces estamos jodidos.
EL GOBIERNO: Ha bajado el sueldo a los funcionarios, suprimido el cheque-bebé, congelado las pensiones y reducido la ayuda al desempleo, (EL PARO), para afrontar la crisis que han generado los bancos los políticos y los especuladores bursátiles.
Nos gustaría transmitirle al Gobierno lo siguiente:
Dediquen su empeño en rebajar LA VERGÜENZA DEL FRAUDE FISCAL,que en España se sitúa alrededor del 23% del P.I.B. (10 puntos por encima de la media europea) y por el que se pierden miles de millones de €uros, fraude que repercute en mayores impuestos para los ciudadanos honestos.
TENGAN LA VERGÜENZA de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicarlas comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes €30.01, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo. Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía, Etc. y aun no les han abonado la nómina.
PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.
ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignado a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados.
HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos.
INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar.
INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera.
INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura).
INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo.
INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.
INDECENTE,es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados)
INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos.
INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual).
INDECENTE,es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase) y tarjetas de crédito por doquier.
Indecente No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que no se lo bajen.
INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.
INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO.
Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que lo regula.
¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já.
Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con "cara y ojos" para acabar con estos privilegios, y con otros.
Haz que esto llegue al Congreso a través de tus amigos.
ÉSTA SÍ DEBERÍA SER UNA DE ESAS CADENAS QUE NO SE DEBE ROMPER, PORQUE SÓLO NOSOTROS PODEMOS PONERLE REMEDIO A ESTO, Y ÉSTA, SI QUE TRAERÁ AÑOS DE MALA SUERTE SI NO PONEMOS REMEDIO, está en juego nuestro futuro y el de nuestros hijos.
¿DONDE ESTÁ LA GENTE? QUE LEVANTAN MASAS PARA EL FÚTBOL Y NO PARA DEFENDER NUESTROS DERECHOS.
Arturo Pérez Reverte
Hay un problema laboral del colectivo de controladores aéreos que afecta al 1,2% de la población española (600.000 personas) y casi todos saltáis como energúmenos pidiendo hasta el linchamiento de ese colectivo cuando el día anterior hacen otra reforma del sistema laboral más restrictiva, quitan los 420 euros de ayuda a 688.000 parados que están en la ruina y anuncian cambios drásticos a peor en la ley de pensiones que afectan al 80% de la población y nadie se indigna ni dice nada. ¿Sois idiotas?
Estáis pidiendo a gritos al Gobierno que se apliquen medidas que quitan el derecho a la baja laboral, a los permisos retribuidos y a las horas sindicales, sacar militares a la calle ¿sois idiotas?
Estáis leyendo que mintieron en los vuelos de la CIA, en el caso Couso, que González era la X del GAL, que gente del PP cobraba de la trama Gürtel, que hay políticos que cobran más de 230.000 euros al año, pero que nos cuestan más de 3 millones de euros, que la corrupción en la política no es excepción, sino norma, que ellos mismos se adjudican el derecho a cobrar la jubilación máxima con pocos años en las Cortes y a nosotros nos piden 40 de cotización, banqueros que consiguen del gobierno medidas duras contra los trabajadores y que tenían que estar en la cárcel por delitos demostrados de fraude fiscal y no decís nada, os quitan dinero para dárselo a esa gente que cobra cientos de miles de euros año, especula con nuestro dinero, defrauda a Hacienda y seguís callados ¿sois idiotas?
Tenéis una monarquía que se ha enriquecido en los últimos años, que apoya a los poderosos, a EEUU, a Marruecos y a todo lo que huela a poder o dinero, hereditaria como en la Edad Media ¿sois idiotas?
En Inglaterra o Francia o Italia o en Grecia o en otros países los trabajadores y los jóvenes se manifiestan hasta violentamente para defenderse de esas manipulaciones mientras en España no se mueve casi nadie ¿sois idiotas?
Consentís la censura en los medios de comunicación, la ley de partidos, la manipulación judicial, la tortura, la militarización de trabajadores sólo porque de momento no os afecta a vosotros ¿sois idiotas?
Sabéis quién es toda la gentuza de las revistas del corazón, futbolistas supermillonarios pero jamás escucháis a nadie como Saramago o Chomsky u otros mil intelectuales veraces y comprometidos con vuestros problemas ¿sois idiotas?
Si mucha gente responde sí, aún nos queda un poco de esperanza de conseguir acabar con la manipulación de los políticos y poderosos.
Si la mayoría contesta no, entonces estamos jodidos.
EL GOBIERNO: Ha bajado el sueldo a los funcionarios, suprimido el cheque-bebé, congelado las pensiones y reducido la ayuda al desempleo, (EL PARO), para afrontar la crisis que han generado los bancos los políticos y los especuladores bursátiles.
Nos gustaría transmitirle al Gobierno lo siguiente:
Dediquen su empeño en rebajar LA VERGÜENZA DEL FRAUDE FISCAL,que en España se sitúa alrededor del 23% del P.I.B. (10 puntos por encima de la media europea) y por el que se pierden miles de millones de €uros, fraude que repercute en mayores impuestos para los ciudadanos honestos.
TENGAN LA VERGÜENZA de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicarlas comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes €30.01, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo. Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía, Etc. y aun no les han abonado la nómina.
PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.
ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignado a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados.
HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos.
INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar.
INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera.
INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura).
INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo.
INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.
INDECENTE,es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados)
INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos.
INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual).
INDECENTE,es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase) y tarjetas de crédito por doquier.
Indecente No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que no se lo bajen.
INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.
INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO.
Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que lo regula.
¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já.
Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con "cara y ojos" para acabar con estos privilegios, y con otros.
Haz que esto llegue al Congreso a través de tus amigos.
ÉSTA SÍ DEBERÍA SER UNA DE ESAS CADENAS QUE NO SE DEBE ROMPER, PORQUE SÓLO NOSOTROS PODEMOS PONERLE REMEDIO A ESTO, Y ÉSTA, SI QUE TRAERÁ AÑOS DE MALA SUERTE SI NO PONEMOS REMEDIO, está en juego nuestro futuro y el de nuestros hijos.
¿DONDE ESTÁ LA GENTE? QUE LEVANTAN MASAS PARA EL FÚTBOL Y NO PARA DEFENDER NUESTROS DERECHOS.
Arturo Pérez Reverte
los papas - 10
Paulo I, san (29 mayo 757 - 28 junio 767)
Hermano de Esteban y colaborador sobresaliente de los papas desde Gregorio II, fue elegido sin dificultad. Comunicó a Pipino esta elección pero sin recabar ninguna clase de confirmación. Sus legados regalaron al rey de los francos un antifonario, redactado por Amalario, que era como el signo externo de la identidad litúrgica entre Roma y la Iglesia franca. Paulo definía sus funciones, en un tono muy elevado, como las de «un mediador entre Dios y los hombres, buscador de almas». De hecho era consciente de que, al convertirse en soberano temporal, se estaban desatando sobre la sede de Pedro las concupiscencias que son fuente de conflictos; se hallaba, sin embargo, decidido a defender con todos sus medios el naciente Estado, para lo que necesitaba la ayuda del rey de los francos. Aunque su deseo ferviente era el de mantener la estrecha comunión con las Iglesias orientales (estrechó sus relaciones con Antioquía y Alejandría, entonces sometidas al Islam), la nueva política imperial hizo muy difícil tal propósito: un sínodo reunido en Hieria (febrero-agosto del 754) por Constantino V, desencadenó una nueva ola de iconoclastia; se reprodujeron las persecuciones y muchos monjes orientales buscaron refugio en Roma. Para ellos edificó el papa, utilizando su propia casa, el monasterio de San Esteban y San Silvestre in Capita (761). Por otra parte, Desiderio comenzaba a dar muestras de que no estaba dispuesto a cumplir las promesas que hiciera: sometió Spoleto y Benevento, despreciando los compromisos de ambos ducados con el papa, y trató de concertar una especie de alianza con el emperador. El rey de los lombardos viajó a Roma para entrevistarse con Paulo I: explicó a éste que para que la paz fuese verdadera necesitaba la restitución de los rehenes que Pipino condujera a Francia, es decir, una plena independencia sin restricciones para su reino. Paulo no podía negarse a transmitir esta demanda pero, al mismo tiempo, advirtió a Pipino en secreto que tras ella se encontraba una amenaza contra Roma. Aunque el papa repitió sus apremiantes demandas de ayuda, el rey de los francos parecía decidido a no repetir su expedición a Italia: se lo impedían los grandes proyectos de llevar la frontera hasta el Pirineo y establecer contacto con los grupos de resistencia que se habían formado en España. Creyendo que la alianza entre los francos y Roma había terminado, el emperador Constantino envió el 765 embajadores a Pipino con un ambicioso proyecto de alianza entre los dos poderes, con respaldo para la iconoclastia. Pero la respuesta no le satisfizo. Pipino estaba dispuesto a mantener relaciones amistosas, pero en cuanto al abandono de la protección al papa o la aceptación de la iconoclastia, su actitud era negativa. Griegos y francos debatieron en Gentilly (767) en relación con las imágenes, cuyo culto Occidente defendía. Poco después murió Paulo I.
Esteban III (7 agosto 768 - 24 enero 772)
El interregno.
Sucedió lo que se temía. El papa había dejado de ser una exclusiva autoridad espiritual para convertirse en príncipe soberano y los altos funcionarios del gobierno estaban ahora interesados en elevar a uno de los suyos. Se habían formado dos partidos, uno encabezado por el duque Toto de Nepi, jefe de la milicia, y el otro dirigido por el primicerio Cristóforo, con la nobleza senatorial: estando Paulo en su lecho de muerte, ambos se comprometieron, bajo juramento, a asegurar una elección normal. Apenas fallecido el papa, Toto, faltando a su juramento, se hizo dueño del poder mediante un golpe de Estado, y proclamó a su hermano Constantino, que era laico. Ordenado y consagrado por tres obispos, se instaló en el palacio de Letrán. Constantino escribió en dos ocasiones, en agosto y septiembre del mismo año, a Pipino, pero en ninguna de ellas obtuvo respuesta. Se obligó a Cristóforo a prometer que ingresaría en un monasterio. No lo hizo así. Por el contrario, fue a advertir de lo ocurrido al duque de Spoleto y al rey Desiderio (757-774). Éste proporcionó tropas a Sergio, hijo de Cristóforo, para volver a Roma e imponer el orden. Hubo una sangrienta batalla dentro de la ciudad en la que Toto perdió la vida. Constantino, aprehendido en Letrán, fue privado de la vista. Un clérigo, Wadiperto, que actuaba por cuenta de Desiderio, quiso aprovechar la ocasión para suscitar un papa que pudiera convertirse en fiel instrumento de la política lombarda y escogió para ello a un presbítero, capellán del monasterio de San Vito en el Esquilmo, llamado Felipe: le llevó con escolta a Letrán. Pero los seguidores de Cristóforo no lo consintieron: invadieron la basílica, se apoderaron de su persona y lo devolvieron a San Vito, sin hacerle daño, para que reasumiese sus funciones. Ahora Cristóforo pudo organizar una elección legal y sacar adelante a su propio candidato: Esteban III, presbítero del título de Santa Cecilia. El primicerias trataba de establecer su propio gobierno personal en nombre de un papa débil. Al principio así sucedió: Esteban no pudo evitar las crueles represalias ontra Constantino, Wadiperto y sus respectivos seguidores. Roma estaba vi- viendo las secuelas de una primera lucha sangrienta por el poder. Entronizado el 8 de agosto del 768, Esteban III se vio abocado a una ingente tarea de restauración.
El pontificado.
Comenzó enviando sus legados a Francia para comunicar su elección. Estos legados se encontraron con el hecho de que Pipino había muerto (24 de septiembre del 768) y sus hijos, Carlos y Carlomán, se habían repartido los ya extensos dominios aunque mantenían una forma de gobierno conjunto. Ofrecieron el apoyo que ya era tradicional. Los embajadores que saludaron a los príncipes como «patricios de los romanos», les invitaron a enviar representantes para el sínodo que Esteban había convocado en Roma para el año siguiente. Trece obispos francos, en efecto, participaron en él (abril del 769): compareció Constantino II, ciego y evidentemente maltratado, que hizo confesión arrepentida de sus faltas; las disposiciones por 61 tomadas, se declararon nulas; calificado de antipapa se le condenó a penitencia perpetua. El acuerdo más importante del sínodo, como era de esperar, giró en torno a la regulación de las elecciones futuras: sólo el clero tendría derecho a participar en ellas, siendo candidatos únicamente los cardenales presbíteros y diáconos. Desde el año 732 se mencionaba como cardinales a los siete obispos: Esteban aumentó hasta veintiocho el número de tituli a fin de establecer una debida proporción de presbíteros y diáconos también cardinales. A los laicos correspondería únicamente aclamar al elegido. En el sínodo del 769 se condenó la doctrina iconoclasta del Concilio de Hieria. Una nueva amenaza parecía surgir. Las discordias entre Carlos (768-814) y Carlomán beneficiaron los propósitos de Desiderio, que había entrado en Istria aumentando el ámbito de la diócesis de Aquileia. Las discordias romanas evitaron cualquier intervención del papa. Supo Esteban III que Carlos, empujado por su madre, Bertrada, iba a casarse con la hija de Desiderio, Deseada, y se asustó: calificó el proyecto de maniobra «diabólica» (770). En realidad, Carlos no estaba pensando en suspender la protección sobre Roma y sus dominios, sino en disponer de alianzas, lo mismo que en Baviera y Benevento. El Líber Pontificalis --es la única fuente y por añadidura sospechosa, como ya apreció Louis Halphcn («La papauté et le complot lombard de 771», R. H., CLXXXII, 1938)--, da cuenta de una especie de extraño acuerdo entre Esteban III y Desiderio, el año 771, para librarse de la tutela del primicerio y de su hijo Sergio, los cuales fueron asesinados. Pero con la desaparición de Cristóforo la influencia franca recibía un duro golpe en Roma. Esteban habría escrito a Carlos que se habían lomado duras medidas por haberse descubierto, gracias a «su admirable hijo Desiderio», un complot dirigido a causar su propia muerte. La abdicación de Carlomán, en este mismo año, convirtió a Carlos en único rey de los francos. Repudió entonces a Deseada y se aprestó a reorganizar la influencia franca en Roma.
Adriano I (1 febrero 772 - 25 diciembre 775)
Sumisión del reino lombardo.
En contra de los preceptos del sínodo, el pueblo de Roma tomó parte en la elección de Adriano, diácono al servicio de Esteban III, y sobrino de cierto Teodoto con quien se había educado a causa de su prematura orfandad. Los acuerdos que Esteban concertara poco antes con Desiderio, entregaban a su chambelán, Paulo Afiarta, plenos poderes en Roma. Adriano hubo de comenzar por desembarazarse de él, rehabilitando primero a las víctimas del complot del 771, enviando luego al propio Afiarta ante Desiderio para reclamar las fortalezas que prometiera a Esteban devolver y que aún retenía, y haciéndole finalmente arrestar. Sabemos que el chambelán moriría por orden del metropolitano de Rávena, León. Desiderio reclamó del papa la consagración de los hijos de Carlomán para crear enemigos a Carlos. Sin esperar la respuesta invadió el exarcado, poniendo cerco a Rávena. Sin medios suficientes de defensa, Adriano envió sus legados a Carlos; le encontraron en Thionville, cuando regresaba de la primera campaña de Sajonia (febrero o marzo del 773). El rey de los francos comenzó despachando una embajada a Pavía y Roma, para informarse de la situación y, repetidas veces, propuso a Desiderio una paz, ofreciéndose incluso a indemnizarle por las fortalezas que debía entregar. Actuaba no como un aliado, sino como verdadero «patricio de los romanos». Sus propuestas fueron rechazadas. Entonces llegó a la decisión extrema: suprimir el reino lombardo y liquidar de este modo el problema. Frente a los francos se produjo el derrumbamiento de la resistencia militar lombarda, de modo que en septiembre del 773 permanecían fieles a Desiderio únicamente Pavía, estrechamente cercada, y Benevento, donde gobernaba su yerno Arichis. Muchos de los nobles lombardos fugitivos se acogerían en Roma a la protección del papa. Mientras duraba el cerco de Pavía, en marzo Carlos hizo una peregrinación a Roma, a fin de asistir a la Pascua, y fue recibido con extraordinarios honores. No quiso, sin embargo, ser alojado en el Palatino, residencia de los exarcas, sino en una zona inmediata a San Pedro, como hacían los peregrinos. Asistió a los oficios solemnes y luego negoció, con Adriano, el reconocimiento de un dominio que abarcaba el ducado de Roma, la isla de Córcega, el antiguo exarcado de Rávena, las provincias de Venecia e Istria y los ducados de Spoleto y Benevento. Más de la tercera parte de Italia, según este acuerdo, debía constituir ahora el Patrimonium Petri. De esta donación o reconocimiento se redactaron tres ejemplares: dos fueron ceremoniosamente depositados en la tumba de Pedro y el tercero viajó con el rey. A partir de este momento la cancillería pontifica dejó de datar los documentos por años del emperador de Constantinopla, cuya efigie desapareció también de las monedas: la plena soberanía era asumida por el papa. Por su parte, Carlos, que el 7 de junio del 734 entraba en Pavía enviando a Desiderio y a sus hijos a un monasterio, cambiaba su título inicial para asumir el de «rey de los francos y de los lombardos y patricio romano». Esto le convertía en protector de la Iglesia. Probablemente entendía que dicha condición le otorgaba poderes y facultades de gobiernosobre Roma. Retenía, por tanto, cierta autoridad sobre los dominios que prometiera entregar. Por lo demás, esta promesa fue deliberadamente retrasada: se restituyeron en seguida las fortalezas que prometiera Desiderio, pero no las otras. El año 775 se produjo una revuelta en Italia, a cargo de nobles lombardos agrupados en torno al duque de Benevento que asumía el título de príncipe y que contaba con el apoyo bizantino. La muerte de Constantino V privó a los rebeldes de dicho apoyo, pero el movimiento fue tan fuerte que obligó a Carlos a regresar a Italia, donde permaneció desde diciembre del 775 hasta julio del 776. En esta oportunidad no viajó a Roma: estaba entregado a la tarea de hacer «franca» a la antigua Lombardía. Inútilmente insistió Adriano en sus reclamaciones. El rey estaba alentando las tendencias de León de Rávena hacia la autocefalia. Es precisamente entonces, el año 778, cuando encontramos la primera mención de la «Donación de Constantino» como si se tratara de una fuente de derecho. Este supuesto, cuya falsedad no quedaría oficialmente establecida hasta mediados del siglo xv, cuando Nicolás de Cusa y otros humanistas aportaron pruebas incontrovertibles, permitía a Adriano sostener que Constantino, además de reconocer la superioridad de Roma sobre todos los patriarcados y obispados del orbe, diera a san Pedro «la ciudad de Roma y todas las provincias, las localidades y las ciudades tanto de Italia entera como de todas las regiones occidentales». Los falsificadores del documento, cuyo nombre oficial fue Constitutum Constantini, trataban de demostrar que el papa reclamaba mucho menos de aquello a lo que tenía derecho. Hasta el año 781 no se produciría un nuevo viaje de Carlomagno a Roma y, en consecuencia, la negociación que el papa reclamaba sobre los espinosos asuntos territoriales. En esta visita, en que Adriano bautizó y consagró a Carlomán (ahora llamado Pipino) y Luis, hijos de Carlos, como reyes de Italia y de Aquitania respectivamente, se puso mucho empeño en destacar el grado de buena relación existente entre el papa y el monarca en un momento en que, por muerte de Constantino V, las relaciones con Bizancio mejoraban. La emperatriz Irene (797-802), regente en nombre de su hijo León IV (775-780), buscaba el acercamiento y promovía un nuevo patriarca de Constantinopla, Tarasio, ajeno a la iconoclastia. Adriano prestó todo su apoyo a la reforma de la Iglesia que Carlos promovía en sus dominios y respaldó la política de éste incluso en sus dimensiones temporales. Sin embargo, las nuevas negociaciones, durante las cuales se puso de manifiesto de qué modo Carlos consideraba su título de patricio como una especie de soberanía temporal, condujeron a una definición del espacio asignado al Patrimonium Petri mucho menor del que se había prometido el 774.
La propuesta de Irene.
El año 785 Tarasio e Irene se pusieron en contarlo con Adriano; aunque éste tenía ciertas reservas que oponer, pues no le eran devueltas las fincas confiscadas ni se le restituía la jurisdicción sobre el Illiricum, aceptó la apertura y envió a sus delegados, un monje y un arcipreste, ambos del mismo nombre, Pedro, al concilio que se celebró en Nicea (septiembre del 787), haciéndoles portadores de una profesión de fe que fue aplaudida. Así se restableció la unión y se proclamó la legitimidad del culto a las imágenes. Los legados trajeron a Roma las actas conciliares, que Adriano confirmó ordenando se tradujesen al latín. La traducción estaba llena de tantas imperfecciones que sería fuente después de dudas y de pequeños conflictos. No obstante estas buenas relaciones, Adriano advirtió que podría llegar de nuevo a la excomunión de Irene y Tarasio si los antiguos dominios y jurisdicción no le eran restituidos. Uno de los errores en la mencionada traducción consistía en ordenar una «adoración» de las imágenes. Este término fue rechazado en el Concilio de Frankfurt del 794, convocado por Carlomagno, en el que se condenaron, a la vez, la iconoclastia y el adopcionismo surgido en España. Adriano ha sido considerado como el segundo fundador de los Estados Pontificios, con una extensión mucho más amplia que la prevista en Quierzy-sur Oise, aunque no tanto como se soñara en el primer momento. Emprendió obras muy importantes en Roma: refuerzo de las murallas, diques contra las avenidas, cuatro acueductos (con objeto de colocarla a la altura de esta nueva posición), pero sobre todo creó un inteligente sistema de granjas para asegurar la alimentación de los indigentes y eliminar así un problema que había llegado a hacerse grave: las diaconae y las domus cuitae. Cuando murió, Carlomagno comentó que era como si hubiera perdido un hermano o un hijo, y remitió una lápida, que aún se conserva, con versos que demostraban este afecto.
León III, san (26 diciembre 795 - 12 junio 816)
Elección disputada.
El mismo día de la muerte de Adriano fue aclamado papa el cardenal-presbítero de Santa Susana, León, un romano de estirpe siciliana, no noble, dedicado desde niño al servicio de la Iglesia. Probablemente era consciente de su debilidad frente a la aristocracia romana, crecida desde la consolidación de los Estados Pontificios; buscó ante todo el apoyo de Carlomagno, al que envió las llaves de la tumba de san Pedro y el estandarte de Roma, solicitando de él que enviara un representante para recibir el juramento de fidelidad de los romanos. Había, pues, reconocimiento de un poder. Esto explica que el missus de Carlomagno, Angelberto, instalado en Roma, desempeñara un papel importante como si se hubiera producido una división de funciones en la ciudad.
L. Halphen (Charlemagne et l'empire carolingien, París, 1947) insiste en que «el papel de jefe espiritual quizá sea aquel que Carlomagno asume de mejor grado». Esta posición es transparente en la respuesta que envió a las primeras demandas de León III: al rey incumbe la defensa de la cristiandad, con las armas, y el establecimiento de un dominio «por la fe verdadera»; es misión del papa levantar, como Moisés, los brazos en oración para atraer las bendiciones de Dios. Nuevo David --las alusiones al rey de Israel se hacen cada vez más frecuentes-- ordenó a sus teólogos que redactaran un texto, los Libri Carolini, que contenía la exposición completa de la fe que debe imperar en Occidente. A pesar de la resistencia del papa, que trataba de eludir innecesarios conflictos con Oriente, Carlomagno logró que se incluyera la expresión Filioque en el Credo de la misa en la liturgia occidental. Las instrucciones del rey a Angelberto parecen revelar que se estaba tratando al vicario de Cristo como un capellán del Imperio: el missus debía exhortar a León para que viviese con toda honestidad, guardara los cánones, rigiera la Iglesia con piedad y persiguiese «la mancha espantosa de la simonía». Estas últimas frases permiten a los historiadores formularse la pregunta de hasta qué punto estaba Carlomagno informado de la tormenta que se formaba sobre el cielo de Roma. Dos parientes de Adriano I, el primicerio Pascual y el sacelario Cámpulo, figuraban al frente de la aristocracia romana. Provocaron una revuelta. El 25 de abril del 799, cuando León se dirigía a San Lorenzo in Lucina para celebrar la misa, fue asaltado por un grupo de hombres armados que le maltrataron seriamente, declarándole depuesto y amenazándole con sacarle los ojos y cortarle la lengua. Quedó prisionero en San Erasmo. El duque de Spoleto, Winigis, y el abad Wirundo, ambos francos, acudieron a Roma al recibir noticia de los disturbios; pero ya un grupo de amigos había conseguido organizar la fuga de León, que pudo refugiarse en el Vaticano e informar a Carlomagno que se hallaba entonces en una de sus campañas en Sajonia. El monarca invitó al papa a trasladarse a su corte y ambos se reunieron en Paderborn en julio del 799. Comparecieron allí los enemigos del papa, que le acusaban de dos delitos: perjurio y adulterio. La cuestión tomaba un giro muy serio, pues con independencia de las violencias sufridas, se alzaba contra el papa una acusación. Alcuino advirtió seriamente a Carlomagno: nadie puede juzgar a un papa que es vicario de Cristo en la tierra. Ganando tiempo, el rey proporcionó a León una escolta con la que pudiese regresar a Roma, y ordenó a los obispos Hildebando de Colonia y Arno de Salzburgo que le acompañaran abriendo una información.
«Renovatio Impera».
Los missi de Carlomagno invitaron a Pascual y a Cámpulo a concurrir a un placitum celebrado en Letrán. No pudieron probar sus acusaciones y fueron desterrados a Francia, acompañados de informes que permitirían al rey juzgar su caso. Carlos no se precipitó. Hasta el mes de agosto del año 800 en la Dieta de Maguncia no quedó decidido su viaje a Roma; en noviembre alcanzaba Rávena y el 23 de dicho mes se encontraba con León III en Mentana a doce millas de la capital. Allí celebraron un gran banquete. Era imposible que Carlomagno no advirtiera que la procesión y todo el ceremonial desplegado para su entrada en Roma correspondía a un emperador y no a un rey. Entre los días 1 y 23 de diciembre, con presencia de la nobleza romana y franca, se celebró un concilio en San Pedro. En la primera sesión dijo Carlomagno que el motivo de su convocatoria era el juicio acerca de las acusaciones presentadas contra León. Probablemente estaba convenido de antemano que los circunstantes dijeran que nadie puede juzgar a un pontífice y que León se adelantara espontáneamente a ofrecer un juramento exculpatorio. De todas formas se trataba de una muy seria derrota para la Sede Apostólica. No tenemos razones de peso que nos permitan dudar de la noticia que dan los Anales de Lorch cuando atribuyen a este concilio la demanda de que se coronara emperador a Carlos, puesto que el trono en manos de una mujer, parecía vacante. Con notable precisión cronológica el día 23 de diciembre el capellán real Zacarías regresó de un viaje a Jerusalén; le acompañaban dos monjes que eran portadores, en nombre del patriarca, de las llaves del Santo Sepulcro, que entregaron a Carlos. Ahora éste podía presentarse como protector de toda la cristiandad. En la tercera misa del día de Navidad (25 diciembre del 800), estando arrodillado Carlos para orar en el momento en que se iniciaba el canto de las letanías, León III se adelantó y le puso la corona imperial en la cabeza. Aunque el cronista Einhardo dice que el ahora emperador hizo un gesto de sorpresa, no cabe duda de que la ceremonia estaba preparada de algún tiempo atrás. Varias opiniones se han formulado acerca de esa versión oficial de la «sorpresa». Halphen piensa que se trataba de limar suspicacias bizantinas en un momento en que estaban pendientes negociaciones. Pero lo que parece claro es que, a pesar de que León ejecutara entonces la proskynesis de acuerdo con el ritual antiguo --nunca más se arrodillaría un papa delante de un emperador--, la iniciativa por él tomada tenía que llenar de preocupaciones a la corte, pues se daba la impresión de que el pontífice «hacía» emperadores. Así se explicó luego: la autoridad apostólica ejecutaba una translatío Imperii de los romanos a los francos. Al mismo tiempo se producía una restaurado del Imperio desaparecido en el siglo v. Carlos recibía ahora, de Dios y no del Senado y el pueblo, el mandato de «regir a los pueblos con imperio», siendo su juez, favoreciendo la expansión del cristianismo en los pueblos aún idólatras, haciendo reinar la concordia entre los cristianos. Los que acusaran al papa falsamente fueron de inmediato juzgados y condenados a muerte; León intercedió para que esta sentencia se cambiara por la de destierro. Ahora existían en la cristiandad dos emperadores como antes del 476. En su viaje a Aquisgrán, el 804, León III introdujo una versión apoyada en la Constitutio Constantini, que es la que gráficamente puede verse aún hoy en el mosaico de San Juan de Letrán. En virtud de la soberanía sobre Occidente transferida a Silvestre I por Constantino, la coronación del 800 puede considerarse como la entrega, por delegación, de esa misma soberanía a Carlos. Este argumento basta para hacernos comprender las quejas de Carlomagno y que éste, según sus cronistas, llegaba a decir que, de haber sabido lo que iba a suceder, jamás hubiera puesto los pies en San Pedro. Aquí estaba la desigualdad. La Iglesia es universal y el primado de la Sede Apostólica, aunque se refiera al orden espiritual, también es, por naturaleza, universal. El Irnperio, brazo armado de esa misma Iglesia, carece de tal universalidad. Rechazando los excesos que se atribuyeran los Libri carolini, León hizo que la condena del adopcionismo, expresada en términos correctos, fuese adoptada en el sínodo romano del 798. Y el 809, confirmando la doctrina implícita en el Filioque, dispuso el papa de nuevo que se omitiera en el texto de la misa. No se puede dudar de la trascendencia de los actos del 800. Nacía Europa, un nombre que rebrota en varios textos de distintos lugares aunque pronto sería cambiado por el de cristiandad. Nacía, sobre todo, la soberanía espiritual del papa con carácter universal. León mantuvo sus relaciones con Bizancio y ni siquiera quiso respaldar a Teodoro de Studion cuando este famoso monje fue perseguido. Intensificó sus relaciones con Inglaterra, actuando como juez arbitro en las disensiones entre York y Canterbury. Y, después de la muerte de Carlomagno (28 enero 814), volvió a ejercer la autoridad judicial en Roma.
Esteban IV (23 junio 816 - 24 enero 817)
Romano y de familia aristocrática, conciliador y muy popular, la elección de Esteban obedece, probablemente, a la necesidad de buscar una paz interna en Roma, pues se había alterado mucho durante el pontificado de León III. La maduración de las estructuras de gobierno para lo que era ya un extenso principado soberano, se reflejaba en la existencia de tres sectores o partidos: el imperial, alimentado desde la corte carlovingia; el senatorial, formado por los grandes oficiales laicos y jefes de la milicia; y el que se conocía como familia sancti Petri, constituido por los directos colaboradores del papa, a veces sus parientes. Con mucha frecuencia, en adelante, el poder del papa será quebrantado, pero nunca se negaría ya el derecho de ejercer soberanía. Esteban hizo que el pueblo jurara fidelidad al emperador, comunicó a éste su nombramiento y le anunció el propósito de viajar a su encuentro. Estaba en la corte de Luis el Piadoso (814-840) en octubre del 816: había llevado consigo la «corona de Constantino», que utilizó en la ceremonia de la coronación de ambos, Luis y su esposa Irmengarda. Aunque había sido asociado ya al Imperio por su padre, el acto de Reims quedó revestido de gran importancia: desde el punto de vista del rey, se reforzaba su poder espiritual; del lado del papa, se dejaba patente el principio de que nadie es emperador hasta ser ordenado, investido y casi consagrado por el sucesor de san Pedro. Siguieron a este acto negociaciones de las que únicamente conocemos su resultado, es decir el Privilegium Ludovici del 24 de enero del 817. Esteban solicitó que se perdonase a los exiliados que vivían en Francia desde el pontificado anterior. No pudo, sin embargo, conocer el contenido del Privilegium, pues falleció el mismo día en que el emperador ponía en él su firma. Pascual I, san (24 enero 817-1 1 febrero 824)
«Ordinario Imperii».
Presbítero y abad del monasterio de San Esteban, cercano a San Pedro, Pascual había nacido en Roma. Fue elegido el mismo día de la muerte de su antecesor y consagrado sin pérdida de tiempo; tales prisas demuestran que se trataba de evitar toda clase de interferencias. Comunicó a Luis su elección, asegurando que nada había hecho para conseguirla. El emperador le remitió un ejemplar del Privilegium que significaba concesiones en favor de la Sede Apostólica. Confirmaba el Patrimonium Petri, garantizaba la no intervención en las elecciones pontificias y, asimismo, que la autoridad imperial no intervendría en el gobierno y administración de los dominios de la Iglesia. El único compromiso era el de comunicar al emperador el resultado de la elección. Hasta el 823 el acuerdo se mantuvo sin dificultad: aparecen mencionados con frecuencia nuncios de ambas partes. El mismo año 817, como consecuencia de un accidente, Luis el Piadoso pudo ser convencido por sus consejeros de la necesidad de regular el orden sucesorio, puesto que el esquema de la costumbre germánica reconocía derechos hereditarios a todos los hijos. La Ordinatio Impertí que entonces se promulgó, afirmaba que la Iglesia e Imperio estaban dotados por voluntad de Dios de esencial unidad y no podían ser divididos. De este modo sólo el mayor de los hijos, Lotario (817-855), sería emperador: sus hermanos Pipino (817-839) y Luis (817-876) (aún no había nacido Carlos el Calvo) poseerían reinos supeditados a la superior autoridad del Imperio. En compañía de Wala, Lotario bajó a Italia a principios del 823 y Pascual I le invitó a trasladarse a Roma para proceder a su coronación. Estaba ya firme el principio de que únicamente en Roma y de manos del papa se recibe la corona que hace a un rey emperador. En esta ocasión Pascual regaló a Lotario una espada, símbolo de la fuerza que se necesita para erradicar el mal.
Poder en Roma.
Una vez en Roma y coronado emperador, Lotario decidió enmendar la generosidad de su padre, recuperando poderes, especialmente judiciales, en las provincias del Patrimonium, que consideraba parte de su Imperio. Comenzó por atraerse a la nobleza senatorial romana, convertida ahora en partido franco, cuyos jefes eran el protonotario Teodoro y el nomenclátor León. Como una prueba de su poder, emitió una sentencia que liberaba a la abadía de Farfa de su dependencia respecto a la sede romana. Apenas hubo Lotario abandonado Roma, los consejeros del papa provocaron una violenta reacción: León y Teodoro, presos, perdieron los ojos y fueron degollados. En la corte de Lotario se trató de hacer de Pascual el responsable de tales muertes. El papa prestó juramento exculpatorio: nada había tenido que ver con las ejecuciones, pero añadió que no debían considerarse injustas, pues se habían provocado motines. Con la llegada de León V (813-820) al trono de Bizancio, rebrotaba la iconoclastia. Teodoro de Studion solicitó la intervención del papa. Era ya muy poco lo que Pascual podía hacer en este asunto: con la creación del Imperio de Occidente se había alzado una barrera de separación entre Oriente y Occidente. Abrió desde luego las puertas de Roma a los monjes griegos que huían de la persecución, contribuyendo indirectamente a un florecimiento del arte. Las grandes obras que el propio Pascual estimuló en Roma (Santa Práxedes, Santa María in Domenica, Santa Cecilia en el Trastévere) revelan que la capital de la Iglesia estaba bien dotada de talleres y artistas, con tendencia a un academicismo arcaizante, pero de una calidad que contrasta con la pobreza imperante en el resto de Europa.
Eugenio II (junio 824 - agosto 827)
Firmeza del papa.
La nobleza romana se unió al partido imperial en un esfuerzo para evitar que el clero hiciese triunfar su candidato. Los últimos meses del pontificado de Pascual habían sido muy duros. Wala, consejero de Luis y luego de Lotario, que estaba en Roma a la sazón, consiguió negociar una especie de arreglo mediante el cual se logró el reconocimiento de Esteban, arcipreste de Santa Sabina. El electo no se limitó a comunicar a Luis el Piadoso su levación, como estaba acordado: le juró fidelidad, reconociendo de este modo la soberanía del emperador. Su nombramiento fue, en general, bien acogido porque se esperaba de este modo conseguir más paz interna. Así fue, pero a costa de que el papa fuese solamente instrumento de la política imperial.
La «Constitutio romana».
Finalizaba el verano del 824 cuando Lotario apareció nuevamente en Roma proclamando su intención de restaurar el orden en la ciudad y establecer nuevas leyes que impidiesen las divisiones y tumultos. Eugenio II se plegó a estos proyectos y la consecuencia fue la llamada Constitutio romana del 11 de noviembre del mencionado año, que establecía un fuer- te control del Imperio sobre el Patrimonium Petri. Los capítulos más salientes determinaban:
-- Todas las personas declaradas bajo protección imperial o pontificia gozarían en adelante de inmunidad.
-- Se establecía el principio jurídico de los germanos de la personalidad de las leyes, de modo que cada uno sería juzgado por la ley romana, franca o lombarda, según su nación.
-- La administración de Roma y de los demás dominios pontificios se encomendaba a dos missi, uno imperial, el otro papal, los cuales elevarían cada año un informe al emperador.
-- Suprimiendo el canon establecido en el sínodo del 769, se decretaba que en las elecciones pontificias tomaría parte el pueblo junto con el clero.
-- Por último, que antes de que pudiera ser consagrado, el papa tendría que prestar juramento de fidelidad al emperador. En definitiva, la Constitutio venía a demostrar que al emperador, y no al papa, correspondía la autoridad soberana. La crisis a que el Imperio estaba siendo abocado, precisamente por derechos sucesorios, evitaría que se obtuviesen de ella los resultados que Lotario esperaba. Eugenio comenzó mostrando bastante independencia en dos asuntos: la reforma, que parecía tan necesaria, y la iconoclastia. En noviembre del 826 un sínodo reunido en Letrán, que aceptó desde luego la nueva forma propuesta para las elecciones y también la legislación franca referida a las Iglesias propias, promulgó numerosos cánones acerca de la simonía, deberes de los obispos, monaquismo, educación clerical, indisolubilidad del matrimonio, etc., que se hicieron extensivos a todas las Iglesias de Occidente sin consulta previa al emperador. En el mes de noviembre del 824 había pasado por Roma una embajada del emperador Miguel II (813-829) y del patriarca Teodoro, que intentaba negociar una fórmula que permitiese suavizar las aristas que despertara la iconoclastia. Eugenio advirtió que la doctrina formulada en el segundo Concilio de Nicea (787) era la única aceptable. Y no cedió ni ante una embajada de Luis el Piadoso ni ante los requerimientos de una comisión de teólogos, reunida en París el 825, contando con permiso del papa, que había llegado a conclusiones excesivamente críticas respecto al culto de las imágenes. Eugenio, que mantenía contacto estrecho con Teodoro de Studion y con los monjes iconódulos refugiados en Roma, proyectaba el envío conjunto de una embajada imperial y pontificia a Constantinopla, cuando falleció.
Valentín (agosto - septiembre 827)
Hijo de Leoncio de Vialata, miembro de la nobleza senatorial romana, había hecho carrera bajo Pascual I, siendo archidiácono. En su elección unánime tomaron parte los laicos, de acuerdo con la Constitución del 824. Según el Líber Pontificalis no reinó más que cuarenta días. No hay ninguna noticia acerca de su gobierno.
Gregorio IV (29 marzo 828 - 25 enero 844)
Elección.
Cardenal presbítero del título de San Marcos y miembro de la aristocracia romana, fue elegido por presiones de esta misma nobleza y de acuerdo con la Constitutio del 824, a finales del año 827, aunque no sería consagrado hasta el 29 de marzo siguiente, después de obtener el reconocimiento del representante imperial y hacerse el intercambio de juramentos. La jurisdicción imperial se hizo efectiva: a principios del 829 sería rechazada la apelación presentada por la sede romana contra el privilegio de Lotario a la abadía de Farfa, eximiéndola del tributo que pagaba a Roma.
Se rompe el Imperio.
El 832 los tres hijos mayores de Luis el Piadoso, Lotario, Pipino y Luis, protestando de que se hubiese alterado la Ordinatio Imperii del 817 a fin de dar parte en la herencia a Carlos el Calvo (832-887), nacido de un segundo matrimonio del emperador, se sublevaron contra su padre. Lotario ordenó a Gregorio IV que le acompañara en su viaje a Francia; el papa aceptó porque se trataba de una coyuntura que podía dejar establecida nuevamente su autoridad, pero un gran número de obispos, agrupados en torno al viejo emperador, le reprocharon que apareciese como incorporado a un bando rebelde y llegaron a amenazarle con romper la comunión con Roma. La respuesta del papa fue fría y contundente: a él, en virtud de la supremacía otorgada por Dios sobre la cristiandad, correspondía la custodia de la paz y, por ende, la mediación entre las partes en discordia. Cuando en el verano del 833 los dos ejércitos se enfrentaron en Rotfeld, cerca de Colmar, Gregorio intervino mediando entre un campo y otro. Descubrió entonces que había sido utilizado malévolamente por Lotario para encubrir una maniobra que tendía a impulsar a los nobles a que cambiasen de bando a fin de obligar a Luis el Piadoso a una completa capitulación. Los eclesiásticos llamaron a Rotfeld, Lügenfeld, esto es «campo de la mentira». Profundamente amargado, Gregorio regresó a Roma, mientras en su ausencia una asamblea de Compiegne (octubre del 833) decidía la deposición del emperador y el ingreso de Carlos en un monasterio. Apenas unos meses más tarde, en marzo del 834, nobles y obispos conseguirían la restauración de Luis el Piadoso: inmediatamente estableció contacto con Gregorio anunciándole su intención de peregrinar a Roma. Lotario consiguió impedir el viaje de una embajada pontificia, pero no evitó que una carta de Gregorio llegara a manos de Luis, restableciendo con ello la dignidad del papa. La muerte del emperador, el 840, desencadenó una guerra civil en la que ya no fue posible al papa interponer su mediación. Aunque el título imperial siguiera siendo único, el Imperio se dividió, iniciándose con ello una época de profunda crisis en la que la Iglesia y el pontificado serían víctimas. De inmediato se acusaron las consecuencias desfavorables sobre dos empeños del pontífice: el 831 había recibido en Roma a san Anscario, obispo de Hamburgo, a quien entregó el pallium y que venía a exponer los grandes planes de evangelización de escandinavos y eslavos; Amalario de Metz trabajaba en Roma para unificar textos litúrgicos que debían ser reconocidos como obligatorios. La expansión religiosa y la edificación de la unidad se vieron gravemente comprometidas. Peligro sarraceno. Una gran ofensiva musulmana se desencadenaba en el centro del Mediterráneo, precisamente en el momento en que los cristianos lograban en España una resonante victoria en Simancas (939) que les aseguraba el dominio de la meseta. El año 827 los sarracenos desembarcaron en Mazzara (Sicilia) y en los siguientes se apoderaron de Agrigcnto, Enna, Palermo y Mesilla (cS43). La resistencia de las milicias bizantinas fue muy fuerte, pero sin éxito. Nápoles y Amalfi se segregaron, convirtiéndose en repúblicas independientes. Nápoles, amenazada por el duque de Benevento, pidió auxilio a los árabes, repitiendo el tremendo error de los vítizanos en España. Los musulmanes desembarcaron en la península, tomaron Brindisi (838), Tárento (839) y Bari (811), desentendiéndose pronto de sus aliados. Venecia pudo impedir la entrada do los invasores por el Adriático, pero no que se hiciesen dueños del mar de Sicilia y del Tirreno. Unidades sarracenas alcanzaban con su razzias Spoleto, quemando y saqueando casas y campos a su paso. Roma se encontraba, pues, al alcance de los musulmanes. Gregorio ordenó construir en Ostia un bastión para evilar los desembarcos: fue llamado Gregorópolis.
Hermano de Esteban y colaborador sobresaliente de los papas desde Gregorio II, fue elegido sin dificultad. Comunicó a Pipino esta elección pero sin recabar ninguna clase de confirmación. Sus legados regalaron al rey de los francos un antifonario, redactado por Amalario, que era como el signo externo de la identidad litúrgica entre Roma y la Iglesia franca. Paulo definía sus funciones, en un tono muy elevado, como las de «un mediador entre Dios y los hombres, buscador de almas». De hecho era consciente de que, al convertirse en soberano temporal, se estaban desatando sobre la sede de Pedro las concupiscencias que son fuente de conflictos; se hallaba, sin embargo, decidido a defender con todos sus medios el naciente Estado, para lo que necesitaba la ayuda del rey de los francos. Aunque su deseo ferviente era el de mantener la estrecha comunión con las Iglesias orientales (estrechó sus relaciones con Antioquía y Alejandría, entonces sometidas al Islam), la nueva política imperial hizo muy difícil tal propósito: un sínodo reunido en Hieria (febrero-agosto del 754) por Constantino V, desencadenó una nueva ola de iconoclastia; se reprodujeron las persecuciones y muchos monjes orientales buscaron refugio en Roma. Para ellos edificó el papa, utilizando su propia casa, el monasterio de San Esteban y San Silvestre in Capita (761). Por otra parte, Desiderio comenzaba a dar muestras de que no estaba dispuesto a cumplir las promesas que hiciera: sometió Spoleto y Benevento, despreciando los compromisos de ambos ducados con el papa, y trató de concertar una especie de alianza con el emperador. El rey de los lombardos viajó a Roma para entrevistarse con Paulo I: explicó a éste que para que la paz fuese verdadera necesitaba la restitución de los rehenes que Pipino condujera a Francia, es decir, una plena independencia sin restricciones para su reino. Paulo no podía negarse a transmitir esta demanda pero, al mismo tiempo, advirtió a Pipino en secreto que tras ella se encontraba una amenaza contra Roma. Aunque el papa repitió sus apremiantes demandas de ayuda, el rey de los francos parecía decidido a no repetir su expedición a Italia: se lo impedían los grandes proyectos de llevar la frontera hasta el Pirineo y establecer contacto con los grupos de resistencia que se habían formado en España. Creyendo que la alianza entre los francos y Roma había terminado, el emperador Constantino envió el 765 embajadores a Pipino con un ambicioso proyecto de alianza entre los dos poderes, con respaldo para la iconoclastia. Pero la respuesta no le satisfizo. Pipino estaba dispuesto a mantener relaciones amistosas, pero en cuanto al abandono de la protección al papa o la aceptación de la iconoclastia, su actitud era negativa. Griegos y francos debatieron en Gentilly (767) en relación con las imágenes, cuyo culto Occidente defendía. Poco después murió Paulo I.
Esteban III (7 agosto 768 - 24 enero 772)
El interregno.
Sucedió lo que se temía. El papa había dejado de ser una exclusiva autoridad espiritual para convertirse en príncipe soberano y los altos funcionarios del gobierno estaban ahora interesados en elevar a uno de los suyos. Se habían formado dos partidos, uno encabezado por el duque Toto de Nepi, jefe de la milicia, y el otro dirigido por el primicerio Cristóforo, con la nobleza senatorial: estando Paulo en su lecho de muerte, ambos se comprometieron, bajo juramento, a asegurar una elección normal. Apenas fallecido el papa, Toto, faltando a su juramento, se hizo dueño del poder mediante un golpe de Estado, y proclamó a su hermano Constantino, que era laico. Ordenado y consagrado por tres obispos, se instaló en el palacio de Letrán. Constantino escribió en dos ocasiones, en agosto y septiembre del mismo año, a Pipino, pero en ninguna de ellas obtuvo respuesta. Se obligó a Cristóforo a prometer que ingresaría en un monasterio. No lo hizo así. Por el contrario, fue a advertir de lo ocurrido al duque de Spoleto y al rey Desiderio (757-774). Éste proporcionó tropas a Sergio, hijo de Cristóforo, para volver a Roma e imponer el orden. Hubo una sangrienta batalla dentro de la ciudad en la que Toto perdió la vida. Constantino, aprehendido en Letrán, fue privado de la vista. Un clérigo, Wadiperto, que actuaba por cuenta de Desiderio, quiso aprovechar la ocasión para suscitar un papa que pudiera convertirse en fiel instrumento de la política lombarda y escogió para ello a un presbítero, capellán del monasterio de San Vito en el Esquilmo, llamado Felipe: le llevó con escolta a Letrán. Pero los seguidores de Cristóforo no lo consintieron: invadieron la basílica, se apoderaron de su persona y lo devolvieron a San Vito, sin hacerle daño, para que reasumiese sus funciones. Ahora Cristóforo pudo organizar una elección legal y sacar adelante a su propio candidato: Esteban III, presbítero del título de Santa Cecilia. El primicerias trataba de establecer su propio gobierno personal en nombre de un papa débil. Al principio así sucedió: Esteban no pudo evitar las crueles represalias ontra Constantino, Wadiperto y sus respectivos seguidores. Roma estaba vi- viendo las secuelas de una primera lucha sangrienta por el poder. Entronizado el 8 de agosto del 768, Esteban III se vio abocado a una ingente tarea de restauración.
El pontificado.
Comenzó enviando sus legados a Francia para comunicar su elección. Estos legados se encontraron con el hecho de que Pipino había muerto (24 de septiembre del 768) y sus hijos, Carlos y Carlomán, se habían repartido los ya extensos dominios aunque mantenían una forma de gobierno conjunto. Ofrecieron el apoyo que ya era tradicional. Los embajadores que saludaron a los príncipes como «patricios de los romanos», les invitaron a enviar representantes para el sínodo que Esteban había convocado en Roma para el año siguiente. Trece obispos francos, en efecto, participaron en él (abril del 769): compareció Constantino II, ciego y evidentemente maltratado, que hizo confesión arrepentida de sus faltas; las disposiciones por 61 tomadas, se declararon nulas; calificado de antipapa se le condenó a penitencia perpetua. El acuerdo más importante del sínodo, como era de esperar, giró en torno a la regulación de las elecciones futuras: sólo el clero tendría derecho a participar en ellas, siendo candidatos únicamente los cardenales presbíteros y diáconos. Desde el año 732 se mencionaba como cardinales a los siete obispos: Esteban aumentó hasta veintiocho el número de tituli a fin de establecer una debida proporción de presbíteros y diáconos también cardinales. A los laicos correspondería únicamente aclamar al elegido. En el sínodo del 769 se condenó la doctrina iconoclasta del Concilio de Hieria. Una nueva amenaza parecía surgir. Las discordias entre Carlos (768-814) y Carlomán beneficiaron los propósitos de Desiderio, que había entrado en Istria aumentando el ámbito de la diócesis de Aquileia. Las discordias romanas evitaron cualquier intervención del papa. Supo Esteban III que Carlos, empujado por su madre, Bertrada, iba a casarse con la hija de Desiderio, Deseada, y se asustó: calificó el proyecto de maniobra «diabólica» (770). En realidad, Carlos no estaba pensando en suspender la protección sobre Roma y sus dominios, sino en disponer de alianzas, lo mismo que en Baviera y Benevento. El Líber Pontificalis --es la única fuente y por añadidura sospechosa, como ya apreció Louis Halphcn («La papauté et le complot lombard de 771», R. H., CLXXXII, 1938)--, da cuenta de una especie de extraño acuerdo entre Esteban III y Desiderio, el año 771, para librarse de la tutela del primicerio y de su hijo Sergio, los cuales fueron asesinados. Pero con la desaparición de Cristóforo la influencia franca recibía un duro golpe en Roma. Esteban habría escrito a Carlos que se habían lomado duras medidas por haberse descubierto, gracias a «su admirable hijo Desiderio», un complot dirigido a causar su propia muerte. La abdicación de Carlomán, en este mismo año, convirtió a Carlos en único rey de los francos. Repudió entonces a Deseada y se aprestó a reorganizar la influencia franca en Roma.
Adriano I (1 febrero 772 - 25 diciembre 775)
Sumisión del reino lombardo.
En contra de los preceptos del sínodo, el pueblo de Roma tomó parte en la elección de Adriano, diácono al servicio de Esteban III, y sobrino de cierto Teodoto con quien se había educado a causa de su prematura orfandad. Los acuerdos que Esteban concertara poco antes con Desiderio, entregaban a su chambelán, Paulo Afiarta, plenos poderes en Roma. Adriano hubo de comenzar por desembarazarse de él, rehabilitando primero a las víctimas del complot del 771, enviando luego al propio Afiarta ante Desiderio para reclamar las fortalezas que prometiera a Esteban devolver y que aún retenía, y haciéndole finalmente arrestar. Sabemos que el chambelán moriría por orden del metropolitano de Rávena, León. Desiderio reclamó del papa la consagración de los hijos de Carlomán para crear enemigos a Carlos. Sin esperar la respuesta invadió el exarcado, poniendo cerco a Rávena. Sin medios suficientes de defensa, Adriano envió sus legados a Carlos; le encontraron en Thionville, cuando regresaba de la primera campaña de Sajonia (febrero o marzo del 773). El rey de los francos comenzó despachando una embajada a Pavía y Roma, para informarse de la situación y, repetidas veces, propuso a Desiderio una paz, ofreciéndose incluso a indemnizarle por las fortalezas que debía entregar. Actuaba no como un aliado, sino como verdadero «patricio de los romanos». Sus propuestas fueron rechazadas. Entonces llegó a la decisión extrema: suprimir el reino lombardo y liquidar de este modo el problema. Frente a los francos se produjo el derrumbamiento de la resistencia militar lombarda, de modo que en septiembre del 773 permanecían fieles a Desiderio únicamente Pavía, estrechamente cercada, y Benevento, donde gobernaba su yerno Arichis. Muchos de los nobles lombardos fugitivos se acogerían en Roma a la protección del papa. Mientras duraba el cerco de Pavía, en marzo Carlos hizo una peregrinación a Roma, a fin de asistir a la Pascua, y fue recibido con extraordinarios honores. No quiso, sin embargo, ser alojado en el Palatino, residencia de los exarcas, sino en una zona inmediata a San Pedro, como hacían los peregrinos. Asistió a los oficios solemnes y luego negoció, con Adriano, el reconocimiento de un dominio que abarcaba el ducado de Roma, la isla de Córcega, el antiguo exarcado de Rávena, las provincias de Venecia e Istria y los ducados de Spoleto y Benevento. Más de la tercera parte de Italia, según este acuerdo, debía constituir ahora el Patrimonium Petri. De esta donación o reconocimiento se redactaron tres ejemplares: dos fueron ceremoniosamente depositados en la tumba de Pedro y el tercero viajó con el rey. A partir de este momento la cancillería pontifica dejó de datar los documentos por años del emperador de Constantinopla, cuya efigie desapareció también de las monedas: la plena soberanía era asumida por el papa. Por su parte, Carlos, que el 7 de junio del 734 entraba en Pavía enviando a Desiderio y a sus hijos a un monasterio, cambiaba su título inicial para asumir el de «rey de los francos y de los lombardos y patricio romano». Esto le convertía en protector de la Iglesia. Probablemente entendía que dicha condición le otorgaba poderes y facultades de gobiernosobre Roma. Retenía, por tanto, cierta autoridad sobre los dominios que prometiera entregar. Por lo demás, esta promesa fue deliberadamente retrasada: se restituyeron en seguida las fortalezas que prometiera Desiderio, pero no las otras. El año 775 se produjo una revuelta en Italia, a cargo de nobles lombardos agrupados en torno al duque de Benevento que asumía el título de príncipe y que contaba con el apoyo bizantino. La muerte de Constantino V privó a los rebeldes de dicho apoyo, pero el movimiento fue tan fuerte que obligó a Carlos a regresar a Italia, donde permaneció desde diciembre del 775 hasta julio del 776. En esta oportunidad no viajó a Roma: estaba entregado a la tarea de hacer «franca» a la antigua Lombardía. Inútilmente insistió Adriano en sus reclamaciones. El rey estaba alentando las tendencias de León de Rávena hacia la autocefalia. Es precisamente entonces, el año 778, cuando encontramos la primera mención de la «Donación de Constantino» como si se tratara de una fuente de derecho. Este supuesto, cuya falsedad no quedaría oficialmente establecida hasta mediados del siglo xv, cuando Nicolás de Cusa y otros humanistas aportaron pruebas incontrovertibles, permitía a Adriano sostener que Constantino, además de reconocer la superioridad de Roma sobre todos los patriarcados y obispados del orbe, diera a san Pedro «la ciudad de Roma y todas las provincias, las localidades y las ciudades tanto de Italia entera como de todas las regiones occidentales». Los falsificadores del documento, cuyo nombre oficial fue Constitutum Constantini, trataban de demostrar que el papa reclamaba mucho menos de aquello a lo que tenía derecho. Hasta el año 781 no se produciría un nuevo viaje de Carlomagno a Roma y, en consecuencia, la negociación que el papa reclamaba sobre los espinosos asuntos territoriales. En esta visita, en que Adriano bautizó y consagró a Carlomán (ahora llamado Pipino) y Luis, hijos de Carlos, como reyes de Italia y de Aquitania respectivamente, se puso mucho empeño en destacar el grado de buena relación existente entre el papa y el monarca en un momento en que, por muerte de Constantino V, las relaciones con Bizancio mejoraban. La emperatriz Irene (797-802), regente en nombre de su hijo León IV (775-780), buscaba el acercamiento y promovía un nuevo patriarca de Constantinopla, Tarasio, ajeno a la iconoclastia. Adriano prestó todo su apoyo a la reforma de la Iglesia que Carlos promovía en sus dominios y respaldó la política de éste incluso en sus dimensiones temporales. Sin embargo, las nuevas negociaciones, durante las cuales se puso de manifiesto de qué modo Carlos consideraba su título de patricio como una especie de soberanía temporal, condujeron a una definición del espacio asignado al Patrimonium Petri mucho menor del que se había prometido el 774.
La propuesta de Irene.
El año 785 Tarasio e Irene se pusieron en contarlo con Adriano; aunque éste tenía ciertas reservas que oponer, pues no le eran devueltas las fincas confiscadas ni se le restituía la jurisdicción sobre el Illiricum, aceptó la apertura y envió a sus delegados, un monje y un arcipreste, ambos del mismo nombre, Pedro, al concilio que se celebró en Nicea (septiembre del 787), haciéndoles portadores de una profesión de fe que fue aplaudida. Así se restableció la unión y se proclamó la legitimidad del culto a las imágenes. Los legados trajeron a Roma las actas conciliares, que Adriano confirmó ordenando se tradujesen al latín. La traducción estaba llena de tantas imperfecciones que sería fuente después de dudas y de pequeños conflictos. No obstante estas buenas relaciones, Adriano advirtió que podría llegar de nuevo a la excomunión de Irene y Tarasio si los antiguos dominios y jurisdicción no le eran restituidos. Uno de los errores en la mencionada traducción consistía en ordenar una «adoración» de las imágenes. Este término fue rechazado en el Concilio de Frankfurt del 794, convocado por Carlomagno, en el que se condenaron, a la vez, la iconoclastia y el adopcionismo surgido en España. Adriano ha sido considerado como el segundo fundador de los Estados Pontificios, con una extensión mucho más amplia que la prevista en Quierzy-sur Oise, aunque no tanto como se soñara en el primer momento. Emprendió obras muy importantes en Roma: refuerzo de las murallas, diques contra las avenidas, cuatro acueductos (con objeto de colocarla a la altura de esta nueva posición), pero sobre todo creó un inteligente sistema de granjas para asegurar la alimentación de los indigentes y eliminar así un problema que había llegado a hacerse grave: las diaconae y las domus cuitae. Cuando murió, Carlomagno comentó que era como si hubiera perdido un hermano o un hijo, y remitió una lápida, que aún se conserva, con versos que demostraban este afecto.
León III, san (26 diciembre 795 - 12 junio 816)
Elección disputada.
El mismo día de la muerte de Adriano fue aclamado papa el cardenal-presbítero de Santa Susana, León, un romano de estirpe siciliana, no noble, dedicado desde niño al servicio de la Iglesia. Probablemente era consciente de su debilidad frente a la aristocracia romana, crecida desde la consolidación de los Estados Pontificios; buscó ante todo el apoyo de Carlomagno, al que envió las llaves de la tumba de san Pedro y el estandarte de Roma, solicitando de él que enviara un representante para recibir el juramento de fidelidad de los romanos. Había, pues, reconocimiento de un poder. Esto explica que el missus de Carlomagno, Angelberto, instalado en Roma, desempeñara un papel importante como si se hubiera producido una división de funciones en la ciudad.
L. Halphen (Charlemagne et l'empire carolingien, París, 1947) insiste en que «el papel de jefe espiritual quizá sea aquel que Carlomagno asume de mejor grado». Esta posición es transparente en la respuesta que envió a las primeras demandas de León III: al rey incumbe la defensa de la cristiandad, con las armas, y el establecimiento de un dominio «por la fe verdadera»; es misión del papa levantar, como Moisés, los brazos en oración para atraer las bendiciones de Dios. Nuevo David --las alusiones al rey de Israel se hacen cada vez más frecuentes-- ordenó a sus teólogos que redactaran un texto, los Libri Carolini, que contenía la exposición completa de la fe que debe imperar en Occidente. A pesar de la resistencia del papa, que trataba de eludir innecesarios conflictos con Oriente, Carlomagno logró que se incluyera la expresión Filioque en el Credo de la misa en la liturgia occidental. Las instrucciones del rey a Angelberto parecen revelar que se estaba tratando al vicario de Cristo como un capellán del Imperio: el missus debía exhortar a León para que viviese con toda honestidad, guardara los cánones, rigiera la Iglesia con piedad y persiguiese «la mancha espantosa de la simonía». Estas últimas frases permiten a los historiadores formularse la pregunta de hasta qué punto estaba Carlomagno informado de la tormenta que se formaba sobre el cielo de Roma. Dos parientes de Adriano I, el primicerio Pascual y el sacelario Cámpulo, figuraban al frente de la aristocracia romana. Provocaron una revuelta. El 25 de abril del 799, cuando León se dirigía a San Lorenzo in Lucina para celebrar la misa, fue asaltado por un grupo de hombres armados que le maltrataron seriamente, declarándole depuesto y amenazándole con sacarle los ojos y cortarle la lengua. Quedó prisionero en San Erasmo. El duque de Spoleto, Winigis, y el abad Wirundo, ambos francos, acudieron a Roma al recibir noticia de los disturbios; pero ya un grupo de amigos había conseguido organizar la fuga de León, que pudo refugiarse en el Vaticano e informar a Carlomagno que se hallaba entonces en una de sus campañas en Sajonia. El monarca invitó al papa a trasladarse a su corte y ambos se reunieron en Paderborn en julio del 799. Comparecieron allí los enemigos del papa, que le acusaban de dos delitos: perjurio y adulterio. La cuestión tomaba un giro muy serio, pues con independencia de las violencias sufridas, se alzaba contra el papa una acusación. Alcuino advirtió seriamente a Carlomagno: nadie puede juzgar a un papa que es vicario de Cristo en la tierra. Ganando tiempo, el rey proporcionó a León una escolta con la que pudiese regresar a Roma, y ordenó a los obispos Hildebando de Colonia y Arno de Salzburgo que le acompañaran abriendo una información.
«Renovatio Impera».
Los missi de Carlomagno invitaron a Pascual y a Cámpulo a concurrir a un placitum celebrado en Letrán. No pudieron probar sus acusaciones y fueron desterrados a Francia, acompañados de informes que permitirían al rey juzgar su caso. Carlos no se precipitó. Hasta el mes de agosto del año 800 en la Dieta de Maguncia no quedó decidido su viaje a Roma; en noviembre alcanzaba Rávena y el 23 de dicho mes se encontraba con León III en Mentana a doce millas de la capital. Allí celebraron un gran banquete. Era imposible que Carlomagno no advirtiera que la procesión y todo el ceremonial desplegado para su entrada en Roma correspondía a un emperador y no a un rey. Entre los días 1 y 23 de diciembre, con presencia de la nobleza romana y franca, se celebró un concilio en San Pedro. En la primera sesión dijo Carlomagno que el motivo de su convocatoria era el juicio acerca de las acusaciones presentadas contra León. Probablemente estaba convenido de antemano que los circunstantes dijeran que nadie puede juzgar a un pontífice y que León se adelantara espontáneamente a ofrecer un juramento exculpatorio. De todas formas se trataba de una muy seria derrota para la Sede Apostólica. No tenemos razones de peso que nos permitan dudar de la noticia que dan los Anales de Lorch cuando atribuyen a este concilio la demanda de que se coronara emperador a Carlos, puesto que el trono en manos de una mujer, parecía vacante. Con notable precisión cronológica el día 23 de diciembre el capellán real Zacarías regresó de un viaje a Jerusalén; le acompañaban dos monjes que eran portadores, en nombre del patriarca, de las llaves del Santo Sepulcro, que entregaron a Carlos. Ahora éste podía presentarse como protector de toda la cristiandad. En la tercera misa del día de Navidad (25 diciembre del 800), estando arrodillado Carlos para orar en el momento en que se iniciaba el canto de las letanías, León III se adelantó y le puso la corona imperial en la cabeza. Aunque el cronista Einhardo dice que el ahora emperador hizo un gesto de sorpresa, no cabe duda de que la ceremonia estaba preparada de algún tiempo atrás. Varias opiniones se han formulado acerca de esa versión oficial de la «sorpresa». Halphen piensa que se trataba de limar suspicacias bizantinas en un momento en que estaban pendientes negociaciones. Pero lo que parece claro es que, a pesar de que León ejecutara entonces la proskynesis de acuerdo con el ritual antiguo --nunca más se arrodillaría un papa delante de un emperador--, la iniciativa por él tomada tenía que llenar de preocupaciones a la corte, pues se daba la impresión de que el pontífice «hacía» emperadores. Así se explicó luego: la autoridad apostólica ejecutaba una translatío Imperii de los romanos a los francos. Al mismo tiempo se producía una restaurado del Imperio desaparecido en el siglo v. Carlos recibía ahora, de Dios y no del Senado y el pueblo, el mandato de «regir a los pueblos con imperio», siendo su juez, favoreciendo la expansión del cristianismo en los pueblos aún idólatras, haciendo reinar la concordia entre los cristianos. Los que acusaran al papa falsamente fueron de inmediato juzgados y condenados a muerte; León intercedió para que esta sentencia se cambiara por la de destierro. Ahora existían en la cristiandad dos emperadores como antes del 476. En su viaje a Aquisgrán, el 804, León III introdujo una versión apoyada en la Constitutio Constantini, que es la que gráficamente puede verse aún hoy en el mosaico de San Juan de Letrán. En virtud de la soberanía sobre Occidente transferida a Silvestre I por Constantino, la coronación del 800 puede considerarse como la entrega, por delegación, de esa misma soberanía a Carlos. Este argumento basta para hacernos comprender las quejas de Carlomagno y que éste, según sus cronistas, llegaba a decir que, de haber sabido lo que iba a suceder, jamás hubiera puesto los pies en San Pedro. Aquí estaba la desigualdad. La Iglesia es universal y el primado de la Sede Apostólica, aunque se refiera al orden espiritual, también es, por naturaleza, universal. El Irnperio, brazo armado de esa misma Iglesia, carece de tal universalidad. Rechazando los excesos que se atribuyeran los Libri carolini, León hizo que la condena del adopcionismo, expresada en términos correctos, fuese adoptada en el sínodo romano del 798. Y el 809, confirmando la doctrina implícita en el Filioque, dispuso el papa de nuevo que se omitiera en el texto de la misa. No se puede dudar de la trascendencia de los actos del 800. Nacía Europa, un nombre que rebrota en varios textos de distintos lugares aunque pronto sería cambiado por el de cristiandad. Nacía, sobre todo, la soberanía espiritual del papa con carácter universal. León mantuvo sus relaciones con Bizancio y ni siquiera quiso respaldar a Teodoro de Studion cuando este famoso monje fue perseguido. Intensificó sus relaciones con Inglaterra, actuando como juez arbitro en las disensiones entre York y Canterbury. Y, después de la muerte de Carlomagno (28 enero 814), volvió a ejercer la autoridad judicial en Roma.
Esteban IV (23 junio 816 - 24 enero 817)
Romano y de familia aristocrática, conciliador y muy popular, la elección de Esteban obedece, probablemente, a la necesidad de buscar una paz interna en Roma, pues se había alterado mucho durante el pontificado de León III. La maduración de las estructuras de gobierno para lo que era ya un extenso principado soberano, se reflejaba en la existencia de tres sectores o partidos: el imperial, alimentado desde la corte carlovingia; el senatorial, formado por los grandes oficiales laicos y jefes de la milicia; y el que se conocía como familia sancti Petri, constituido por los directos colaboradores del papa, a veces sus parientes. Con mucha frecuencia, en adelante, el poder del papa será quebrantado, pero nunca se negaría ya el derecho de ejercer soberanía. Esteban hizo que el pueblo jurara fidelidad al emperador, comunicó a éste su nombramiento y le anunció el propósito de viajar a su encuentro. Estaba en la corte de Luis el Piadoso (814-840) en octubre del 816: había llevado consigo la «corona de Constantino», que utilizó en la ceremonia de la coronación de ambos, Luis y su esposa Irmengarda. Aunque había sido asociado ya al Imperio por su padre, el acto de Reims quedó revestido de gran importancia: desde el punto de vista del rey, se reforzaba su poder espiritual; del lado del papa, se dejaba patente el principio de que nadie es emperador hasta ser ordenado, investido y casi consagrado por el sucesor de san Pedro. Siguieron a este acto negociaciones de las que únicamente conocemos su resultado, es decir el Privilegium Ludovici del 24 de enero del 817. Esteban solicitó que se perdonase a los exiliados que vivían en Francia desde el pontificado anterior. No pudo, sin embargo, conocer el contenido del Privilegium, pues falleció el mismo día en que el emperador ponía en él su firma. Pascual I, san (24 enero 817-1 1 febrero 824)
«Ordinario Imperii».
Presbítero y abad del monasterio de San Esteban, cercano a San Pedro, Pascual había nacido en Roma. Fue elegido el mismo día de la muerte de su antecesor y consagrado sin pérdida de tiempo; tales prisas demuestran que se trataba de evitar toda clase de interferencias. Comunicó a Luis su elección, asegurando que nada había hecho para conseguirla. El emperador le remitió un ejemplar del Privilegium que significaba concesiones en favor de la Sede Apostólica. Confirmaba el Patrimonium Petri, garantizaba la no intervención en las elecciones pontificias y, asimismo, que la autoridad imperial no intervendría en el gobierno y administración de los dominios de la Iglesia. El único compromiso era el de comunicar al emperador el resultado de la elección. Hasta el 823 el acuerdo se mantuvo sin dificultad: aparecen mencionados con frecuencia nuncios de ambas partes. El mismo año 817, como consecuencia de un accidente, Luis el Piadoso pudo ser convencido por sus consejeros de la necesidad de regular el orden sucesorio, puesto que el esquema de la costumbre germánica reconocía derechos hereditarios a todos los hijos. La Ordinatio Impertí que entonces se promulgó, afirmaba que la Iglesia e Imperio estaban dotados por voluntad de Dios de esencial unidad y no podían ser divididos. De este modo sólo el mayor de los hijos, Lotario (817-855), sería emperador: sus hermanos Pipino (817-839) y Luis (817-876) (aún no había nacido Carlos el Calvo) poseerían reinos supeditados a la superior autoridad del Imperio. En compañía de Wala, Lotario bajó a Italia a principios del 823 y Pascual I le invitó a trasladarse a Roma para proceder a su coronación. Estaba ya firme el principio de que únicamente en Roma y de manos del papa se recibe la corona que hace a un rey emperador. En esta ocasión Pascual regaló a Lotario una espada, símbolo de la fuerza que se necesita para erradicar el mal.
Poder en Roma.
Una vez en Roma y coronado emperador, Lotario decidió enmendar la generosidad de su padre, recuperando poderes, especialmente judiciales, en las provincias del Patrimonium, que consideraba parte de su Imperio. Comenzó por atraerse a la nobleza senatorial romana, convertida ahora en partido franco, cuyos jefes eran el protonotario Teodoro y el nomenclátor León. Como una prueba de su poder, emitió una sentencia que liberaba a la abadía de Farfa de su dependencia respecto a la sede romana. Apenas hubo Lotario abandonado Roma, los consejeros del papa provocaron una violenta reacción: León y Teodoro, presos, perdieron los ojos y fueron degollados. En la corte de Lotario se trató de hacer de Pascual el responsable de tales muertes. El papa prestó juramento exculpatorio: nada había tenido que ver con las ejecuciones, pero añadió que no debían considerarse injustas, pues se habían provocado motines. Con la llegada de León V (813-820) al trono de Bizancio, rebrotaba la iconoclastia. Teodoro de Studion solicitó la intervención del papa. Era ya muy poco lo que Pascual podía hacer en este asunto: con la creación del Imperio de Occidente se había alzado una barrera de separación entre Oriente y Occidente. Abrió desde luego las puertas de Roma a los monjes griegos que huían de la persecución, contribuyendo indirectamente a un florecimiento del arte. Las grandes obras que el propio Pascual estimuló en Roma (Santa Práxedes, Santa María in Domenica, Santa Cecilia en el Trastévere) revelan que la capital de la Iglesia estaba bien dotada de talleres y artistas, con tendencia a un academicismo arcaizante, pero de una calidad que contrasta con la pobreza imperante en el resto de Europa.
Eugenio II (junio 824 - agosto 827)
Firmeza del papa.
La nobleza romana se unió al partido imperial en un esfuerzo para evitar que el clero hiciese triunfar su candidato. Los últimos meses del pontificado de Pascual habían sido muy duros. Wala, consejero de Luis y luego de Lotario, que estaba en Roma a la sazón, consiguió negociar una especie de arreglo mediante el cual se logró el reconocimiento de Esteban, arcipreste de Santa Sabina. El electo no se limitó a comunicar a Luis el Piadoso su levación, como estaba acordado: le juró fidelidad, reconociendo de este modo la soberanía del emperador. Su nombramiento fue, en general, bien acogido porque se esperaba de este modo conseguir más paz interna. Así fue, pero a costa de que el papa fuese solamente instrumento de la política imperial.
La «Constitutio romana».
Finalizaba el verano del 824 cuando Lotario apareció nuevamente en Roma proclamando su intención de restaurar el orden en la ciudad y establecer nuevas leyes que impidiesen las divisiones y tumultos. Eugenio II se plegó a estos proyectos y la consecuencia fue la llamada Constitutio romana del 11 de noviembre del mencionado año, que establecía un fuer- te control del Imperio sobre el Patrimonium Petri. Los capítulos más salientes determinaban:
-- Todas las personas declaradas bajo protección imperial o pontificia gozarían en adelante de inmunidad.
-- Se establecía el principio jurídico de los germanos de la personalidad de las leyes, de modo que cada uno sería juzgado por la ley romana, franca o lombarda, según su nación.
-- La administración de Roma y de los demás dominios pontificios se encomendaba a dos missi, uno imperial, el otro papal, los cuales elevarían cada año un informe al emperador.
-- Suprimiendo el canon establecido en el sínodo del 769, se decretaba que en las elecciones pontificias tomaría parte el pueblo junto con el clero.
-- Por último, que antes de que pudiera ser consagrado, el papa tendría que prestar juramento de fidelidad al emperador. En definitiva, la Constitutio venía a demostrar que al emperador, y no al papa, correspondía la autoridad soberana. La crisis a que el Imperio estaba siendo abocado, precisamente por derechos sucesorios, evitaría que se obtuviesen de ella los resultados que Lotario esperaba. Eugenio comenzó mostrando bastante independencia en dos asuntos: la reforma, que parecía tan necesaria, y la iconoclastia. En noviembre del 826 un sínodo reunido en Letrán, que aceptó desde luego la nueva forma propuesta para las elecciones y también la legislación franca referida a las Iglesias propias, promulgó numerosos cánones acerca de la simonía, deberes de los obispos, monaquismo, educación clerical, indisolubilidad del matrimonio, etc., que se hicieron extensivos a todas las Iglesias de Occidente sin consulta previa al emperador. En el mes de noviembre del 824 había pasado por Roma una embajada del emperador Miguel II (813-829) y del patriarca Teodoro, que intentaba negociar una fórmula que permitiese suavizar las aristas que despertara la iconoclastia. Eugenio advirtió que la doctrina formulada en el segundo Concilio de Nicea (787) era la única aceptable. Y no cedió ni ante una embajada de Luis el Piadoso ni ante los requerimientos de una comisión de teólogos, reunida en París el 825, contando con permiso del papa, que había llegado a conclusiones excesivamente críticas respecto al culto de las imágenes. Eugenio, que mantenía contacto estrecho con Teodoro de Studion y con los monjes iconódulos refugiados en Roma, proyectaba el envío conjunto de una embajada imperial y pontificia a Constantinopla, cuando falleció.
Valentín (agosto - septiembre 827)
Hijo de Leoncio de Vialata, miembro de la nobleza senatorial romana, había hecho carrera bajo Pascual I, siendo archidiácono. En su elección unánime tomaron parte los laicos, de acuerdo con la Constitución del 824. Según el Líber Pontificalis no reinó más que cuarenta días. No hay ninguna noticia acerca de su gobierno.
Gregorio IV (29 marzo 828 - 25 enero 844)
Elección.
Cardenal presbítero del título de San Marcos y miembro de la aristocracia romana, fue elegido por presiones de esta misma nobleza y de acuerdo con la Constitutio del 824, a finales del año 827, aunque no sería consagrado hasta el 29 de marzo siguiente, después de obtener el reconocimiento del representante imperial y hacerse el intercambio de juramentos. La jurisdicción imperial se hizo efectiva: a principios del 829 sería rechazada la apelación presentada por la sede romana contra el privilegio de Lotario a la abadía de Farfa, eximiéndola del tributo que pagaba a Roma.
Se rompe el Imperio.
El 832 los tres hijos mayores de Luis el Piadoso, Lotario, Pipino y Luis, protestando de que se hubiese alterado la Ordinatio Imperii del 817 a fin de dar parte en la herencia a Carlos el Calvo (832-887), nacido de un segundo matrimonio del emperador, se sublevaron contra su padre. Lotario ordenó a Gregorio IV que le acompañara en su viaje a Francia; el papa aceptó porque se trataba de una coyuntura que podía dejar establecida nuevamente su autoridad, pero un gran número de obispos, agrupados en torno al viejo emperador, le reprocharon que apareciese como incorporado a un bando rebelde y llegaron a amenazarle con romper la comunión con Roma. La respuesta del papa fue fría y contundente: a él, en virtud de la supremacía otorgada por Dios sobre la cristiandad, correspondía la custodia de la paz y, por ende, la mediación entre las partes en discordia. Cuando en el verano del 833 los dos ejércitos se enfrentaron en Rotfeld, cerca de Colmar, Gregorio intervino mediando entre un campo y otro. Descubrió entonces que había sido utilizado malévolamente por Lotario para encubrir una maniobra que tendía a impulsar a los nobles a que cambiasen de bando a fin de obligar a Luis el Piadoso a una completa capitulación. Los eclesiásticos llamaron a Rotfeld, Lügenfeld, esto es «campo de la mentira». Profundamente amargado, Gregorio regresó a Roma, mientras en su ausencia una asamblea de Compiegne (octubre del 833) decidía la deposición del emperador y el ingreso de Carlos en un monasterio. Apenas unos meses más tarde, en marzo del 834, nobles y obispos conseguirían la restauración de Luis el Piadoso: inmediatamente estableció contacto con Gregorio anunciándole su intención de peregrinar a Roma. Lotario consiguió impedir el viaje de una embajada pontificia, pero no evitó que una carta de Gregorio llegara a manos de Luis, restableciendo con ello la dignidad del papa. La muerte del emperador, el 840, desencadenó una guerra civil en la que ya no fue posible al papa interponer su mediación. Aunque el título imperial siguiera siendo único, el Imperio se dividió, iniciándose con ello una época de profunda crisis en la que la Iglesia y el pontificado serían víctimas. De inmediato se acusaron las consecuencias desfavorables sobre dos empeños del pontífice: el 831 había recibido en Roma a san Anscario, obispo de Hamburgo, a quien entregó el pallium y que venía a exponer los grandes planes de evangelización de escandinavos y eslavos; Amalario de Metz trabajaba en Roma para unificar textos litúrgicos que debían ser reconocidos como obligatorios. La expansión religiosa y la edificación de la unidad se vieron gravemente comprometidas. Peligro sarraceno. Una gran ofensiva musulmana se desencadenaba en el centro del Mediterráneo, precisamente en el momento en que los cristianos lograban en España una resonante victoria en Simancas (939) que les aseguraba el dominio de la meseta. El año 827 los sarracenos desembarcaron en Mazzara (Sicilia) y en los siguientes se apoderaron de Agrigcnto, Enna, Palermo y Mesilla (cS43). La resistencia de las milicias bizantinas fue muy fuerte, pero sin éxito. Nápoles y Amalfi se segregaron, convirtiéndose en repúblicas independientes. Nápoles, amenazada por el duque de Benevento, pidió auxilio a los árabes, repitiendo el tremendo error de los vítizanos en España. Los musulmanes desembarcaron en la península, tomaron Brindisi (838), Tárento (839) y Bari (811), desentendiéndose pronto de sus aliados. Venecia pudo impedir la entrada do los invasores por el Adriático, pero no que se hiciesen dueños del mar de Sicilia y del Tirreno. Unidades sarracenas alcanzaban con su razzias Spoleto, quemando y saqueando casas y campos a su paso. Roma se encontraba, pues, al alcance de los musulmanes. Gregorio ordenó construir en Ostia un bastión para evilar los desembarcos: fue llamado Gregorópolis.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Los papas - 9
Juan XIII (1 octubre 965 - 6 septiembre 972)
Aunque los romanos solicitaron del emperador que consintiera el retorno de Benedicto V, Otón se negó. La Sede Apostólica estuvo vacante cinco meses hasta que al final el clero procedió a elegir a Juan, hijo de Juan, un romano que había sido bibliotecario con Juan XII y ocupaba a la sazón la sede episcopal de Narni. Otón, que estuvo representado por dos obispos, aceptó la elección, de modo que el Imperio se proponía gobernar Roma por medio de una persona enraizada en la ciudad. Ello no obstante, los romanos recibieron mal a Juan XIII y en diciembre del 965 ya se produjo una revuelta, en el curso de la cual el prefecto Pedro se apoderó de la persona del papa; cuando era conducido al destierro, Juan pudo escapar, informando de todo al emperador. Pero antes de que se produjera la intervención de Otón, un brusco cambio de opinión entre la población romana hizo que el papa fuera acogido con muestras incluso de entusiasmo (14 de noviembre del 966), de modo que se pudo tener la impresión de que todo era resultado de la lucha entre facciones. El emperador llegó en las Navidades de aquel mismo año, tomando represalias muy duras contra los autores de la revuelta. El emperador permaneció en Italia hasta el verano del 972; intentaba establecer allí el sistema de gobierno que tan buenos resultados estaba dando en Alemania. De él formaban parte los dos aspectos esenciales: la ordenación jerárquica de los condados y señoríos feudales y la investidura laica de los obispos que estaban dotados también de beneficios. El papa era, desde este punto de vista, la cumbre del sistema, dotado de los beneficios más opulentos, pero designado directamente por el emperador. Se habían recibido demandas de Bohemia y de Polonia para que se erigiesen también allí sedes metropolitanas, y de Cataluña, cuyos obispos deseaban desligarse de Francia y reclamaban el reconocimiento de la primada de Tarragona aunque se hallaba aún esta ciudad en poder de los musulmanes. Para resolver éstas y otras cuestiones fue convocado un sínodo en Rávena al que debería asistir el papa, en abril del 967. Importantes decisiones que afectaban al conjunto de la cristiandad fueron tornadas en este sínodo, comenzando por una orden de restitución de las tierras del Patrimonium que hubieran sido usurpadas. Especial interés tienen las disposiciones que prohibían el concubinato de los clérigos, un pecado que se denominaba nicolaísmo, y que quebrantaba una de las bases de la Iglesia occidental, el celibato. Se cursaron órdenes para que todas las autoridades, seculares o espirituales, siguieran prestando apoyo a Cluny, cuya expansión cobraba un ritmo rápido. Definitivamente Magdeburgo fue confirmada como metrópoli de los eslavos «recientemente convertidos», lo que dejaba a Polonia al margen. Otón consiguió que se declarara que Bohemia (la sede de Praga nace poco después) quedaba bajo la custodia de obispos alemanes. Y en relación con España se tomaría el año 971 la decisión de reconocer a Vic la condición de metropolitana en tanto que Tarragona permaneciese en régimen de ocupación. El 972 Oswald, nuevo arzobispo de York, viajaría a Roma para recibir el pallium y trazar el programa de una gran reforma monástica en Inglaterra.
Boda imperial.
En la fiesta de Navidad del 967, Juan XIII coronó al hijo de Otón I, del mismo nombre, asociándolo de este modo al Imperio. Otón I pretendía extender sus dominios a la frontera meridional italiana, pero evitando el choque con los bizantinos. Envió a Liutprando de Cremona a negociar el matrimonio del joven Otón II con una hija de Juan Tzimisces (969-976), Teófano. De este modo se lograba el recíproco reconocimiento de ambos Imperios. La boda fue oficiada por el papa en Roma el 14 de abril del 972 y sus consecuencias, en el orden político y cultural, fueron importantes. Ante todo se pretendía llegar a un modus vivendi, no sin algunos roces. Pero había ya una frontera entre los dos Imperios. Bizancio conservaba partes de Apulia y de Calabria, haciendo de Otranto una sede metropolitana con cinco sufragáneas, mientras que Juan XIII otorgaba ese mismo rango a Capua y Benevento. En este momento era ya visible una reacción cristiana en el Mediterráneo.
Benedicto VI (19 enero 973 - julio 974)
Nacido en Roma, hijo de cierto Hildebrando, era el candidato imperial y al mismo tiempo el de quienes deseaban la reforma. Elegido en septiembre u octubre del 972, tuvo que esperar varios meses hasta que, de acuerdo con el privilegium Otonis, llegara el plácet imperial. La aristocracia romana se había reorganizado en un fuerte partido que dirigía ahora Crescendo I, sobrino de Marozia como hijo de Teodora la Joven. Intentó, sin éxito, suscitar un candidato alternativo con el diácono Franco. Benedicto, que había sido presbítero cardenal de San Teodoro, contando con la protección imperial, pudo continuar las medidas de reforma que aprobaban los sínodos: refuerzo del celibato, extensión del monaquismo y persecución de las costumbres simoníacas. Algunos obispos cobraban tasas por las ordenaciones sacerdotales y por otros servicios ministeriales. La calidad de primada en Alemania fue reconocida a la diócesis de Tréveris. El 7 de mayo del 973 murió Otón I y se originaron fuertes tensiones en Alemania. Con los alemanes lejos, Crescencio consideró que había llegado para él la ocasión que debía aprovechar. Seguramente contaba con el apoyo bizantino para el levantamiento que desencadenó en junio del mismo año. Benedicto fue preso, llevado a Sant'Angelo y allí estrangulado, mientras que el diácono Franco era entronizado con el nombre de Bonifacio VII. Cuando el representante imperial, Sicco, conde de Spoleto, llegó a Roma, la tragedia se había consumado. A pesar de todo, los imperiales decidieron acabar con el antipapa, al que sitiaron en Sant'Angelo. Franco consiguió huir llevándose consigo parte de los tesoros de la Iglesia; se puso a salvo en el territorio bizantino.
Benedicto VII (octubre 974 - 10 julio 983)
La elección de Benedicto, obispo de Sutri, conde de Tusculum, hijo de David y pariente de Alberico II, fue resultado de un compromiso entre las dos facciones: candidato del bando imperial, resultaba también aceptable para la aristocracia romana. El antipapa Franco protagonizaría, el año 980, una nueva ofensiva que obligó a Benedicto a abandonar Roma, pero las tropas imperiales se encargaron de restaurarle y de devolver a Bonifacio al exilio. De este modo, hasta el 981 no pudo desarrollar en paz su pontificado. Mostraba una estrecha amistad a san Mayeul de Cluny y entusiasmo por la reforma que estaba presidiendo. Una serie de sínodos incrementó progresivamente la libertad de que gozaban sus monasterios, asegurándoles así las condiciones que necesitaban para triunfar. También se ocuparon de reforzar la estructura jurídica en Alemania: el obispo de Maguncia, vicario pontificio, recibió el privilegio de coronar a los reyes de Romanos, que es como se titulaban los soberanos antes de convertirse en emperadores. Dietrich de Tréveris fue el primer extranjero promovido cardenal de los Cuatro Santos Coronados. A principios del 976 fue confirmado el primer obispo de Praga, Thietmar, con jurisdicción sobre Bohemia y Moravia. En la propia Roma, Benedicto restauró el monasterio griego de los Santos Bonifacio y Alexis, colocándolo bajo la dependencia del patriarca Sergio de Damasco, refugiado en la ciudad a causa de la invasión musulmana. La larga estancia de Otón II (973-980) en Italia favoreció extraordinariamente la autoridad del papa. Con él compartía el emperador la profunda voluntad de reforma. El principal de los colaboradores eclesiásticos de Otón, Giseler, trasladado a Magdcburgo desde la suprimida sede de Merseburgo, se convirtió en cabeza del gran movimiento de evangelización de los eslavos, que progresaba con creciente rapidez. Una noticia posterior, que ignoramos si es correcta, afirma que Benedicto, antes de ser papa, había hecho una peregrinación a Jerusalén. Tal vez tenga alguna relación con el hecho de que fuera inhumado en la basílica dedicada en Roma a la Santa Cruz.
Juan XIV (diciembre 983 - 20 agosto 984)
Hubo una larga vacante, hasta que Otón II se decidió a ofrecer la tiara a Pedro Canepanova, obispo de Pavía y su vicecanciller, para el reino de Italia. No parece que haya tenido lugar ninguna clase de elección, lo que puede explicar la impopularidad de que desde el primer momento se vio rodeado. Cambió su nombre por el de Juan para que no se repitiera el del príncipe de los apóstoles. El emperador quería tener a un gobernante con experiencia y capacidad que llevara adelante el programa de desarrollo de la Iglesia y también las relaciones con el sur de Italia. La única bula de él conservada, otorgando el pallium al obispo Alo de Benevento, responde a los deseos del emperador. Como una consecuencia de tan estrecha dependencia, la muerte de Otón II, a causa de la malaria (7 diciembre del 983) y el retorno de la emperatriz Teófano a Alemania, para garantizar la sucesión de su hijo Otón III (983-1002), demasiado jo- ven, dejaron a Juan XIV en un absoluto desamparo. En abril del 984, contando esla vez con el apoyo de Crescencio, Benedicto VII regresó. Juan, sometido a juicio y despojado, fue encerrado en Sant'Angelo, en donde falleció, por hambre o veneno, el 20 de agosto de aquel mismo año.
Aunque los romanos solicitaron del emperador que consintiera el retorno de Benedicto V, Otón se negó. La Sede Apostólica estuvo vacante cinco meses hasta que al final el clero procedió a elegir a Juan, hijo de Juan, un romano que había sido bibliotecario con Juan XII y ocupaba a la sazón la sede episcopal de Narni. Otón, que estuvo representado por dos obispos, aceptó la elección, de modo que el Imperio se proponía gobernar Roma por medio de una persona enraizada en la ciudad. Ello no obstante, los romanos recibieron mal a Juan XIII y en diciembre del 965 ya se produjo una revuelta, en el curso de la cual el prefecto Pedro se apoderó de la persona del papa; cuando era conducido al destierro, Juan pudo escapar, informando de todo al emperador. Pero antes de que se produjera la intervención de Otón, un brusco cambio de opinión entre la población romana hizo que el papa fuera acogido con muestras incluso de entusiasmo (14 de noviembre del 966), de modo que se pudo tener la impresión de que todo era resultado de la lucha entre facciones. El emperador llegó en las Navidades de aquel mismo año, tomando represalias muy duras contra los autores de la revuelta. El emperador permaneció en Italia hasta el verano del 972; intentaba establecer allí el sistema de gobierno que tan buenos resultados estaba dando en Alemania. De él formaban parte los dos aspectos esenciales: la ordenación jerárquica de los condados y señoríos feudales y la investidura laica de los obispos que estaban dotados también de beneficios. El papa era, desde este punto de vista, la cumbre del sistema, dotado de los beneficios más opulentos, pero designado directamente por el emperador. Se habían recibido demandas de Bohemia y de Polonia para que se erigiesen también allí sedes metropolitanas, y de Cataluña, cuyos obispos deseaban desligarse de Francia y reclamaban el reconocimiento de la primada de Tarragona aunque se hallaba aún esta ciudad en poder de los musulmanes. Para resolver éstas y otras cuestiones fue convocado un sínodo en Rávena al que debería asistir el papa, en abril del 967. Importantes decisiones que afectaban al conjunto de la cristiandad fueron tornadas en este sínodo, comenzando por una orden de restitución de las tierras del Patrimonium que hubieran sido usurpadas. Especial interés tienen las disposiciones que prohibían el concubinato de los clérigos, un pecado que se denominaba nicolaísmo, y que quebrantaba una de las bases de la Iglesia occidental, el celibato. Se cursaron órdenes para que todas las autoridades, seculares o espirituales, siguieran prestando apoyo a Cluny, cuya expansión cobraba un ritmo rápido. Definitivamente Magdeburgo fue confirmada como metrópoli de los eslavos «recientemente convertidos», lo que dejaba a Polonia al margen. Otón consiguió que se declarara que Bohemia (la sede de Praga nace poco después) quedaba bajo la custodia de obispos alemanes. Y en relación con España se tomaría el año 971 la decisión de reconocer a Vic la condición de metropolitana en tanto que Tarragona permaneciese en régimen de ocupación. El 972 Oswald, nuevo arzobispo de York, viajaría a Roma para recibir el pallium y trazar el programa de una gran reforma monástica en Inglaterra.
Boda imperial.
En la fiesta de Navidad del 967, Juan XIII coronó al hijo de Otón I, del mismo nombre, asociándolo de este modo al Imperio. Otón I pretendía extender sus dominios a la frontera meridional italiana, pero evitando el choque con los bizantinos. Envió a Liutprando de Cremona a negociar el matrimonio del joven Otón II con una hija de Juan Tzimisces (969-976), Teófano. De este modo se lograba el recíproco reconocimiento de ambos Imperios. La boda fue oficiada por el papa en Roma el 14 de abril del 972 y sus consecuencias, en el orden político y cultural, fueron importantes. Ante todo se pretendía llegar a un modus vivendi, no sin algunos roces. Pero había ya una frontera entre los dos Imperios. Bizancio conservaba partes de Apulia y de Calabria, haciendo de Otranto una sede metropolitana con cinco sufragáneas, mientras que Juan XIII otorgaba ese mismo rango a Capua y Benevento. En este momento era ya visible una reacción cristiana en el Mediterráneo.
Benedicto VI (19 enero 973 - julio 974)
Nacido en Roma, hijo de cierto Hildebrando, era el candidato imperial y al mismo tiempo el de quienes deseaban la reforma. Elegido en septiembre u octubre del 972, tuvo que esperar varios meses hasta que, de acuerdo con el privilegium Otonis, llegara el plácet imperial. La aristocracia romana se había reorganizado en un fuerte partido que dirigía ahora Crescendo I, sobrino de Marozia como hijo de Teodora la Joven. Intentó, sin éxito, suscitar un candidato alternativo con el diácono Franco. Benedicto, que había sido presbítero cardenal de San Teodoro, contando con la protección imperial, pudo continuar las medidas de reforma que aprobaban los sínodos: refuerzo del celibato, extensión del monaquismo y persecución de las costumbres simoníacas. Algunos obispos cobraban tasas por las ordenaciones sacerdotales y por otros servicios ministeriales. La calidad de primada en Alemania fue reconocida a la diócesis de Tréveris. El 7 de mayo del 973 murió Otón I y se originaron fuertes tensiones en Alemania. Con los alemanes lejos, Crescencio consideró que había llegado para él la ocasión que debía aprovechar. Seguramente contaba con el apoyo bizantino para el levantamiento que desencadenó en junio del mismo año. Benedicto fue preso, llevado a Sant'Angelo y allí estrangulado, mientras que el diácono Franco era entronizado con el nombre de Bonifacio VII. Cuando el representante imperial, Sicco, conde de Spoleto, llegó a Roma, la tragedia se había consumado. A pesar de todo, los imperiales decidieron acabar con el antipapa, al que sitiaron en Sant'Angelo. Franco consiguió huir llevándose consigo parte de los tesoros de la Iglesia; se puso a salvo en el territorio bizantino.
Benedicto VII (octubre 974 - 10 julio 983)
La elección de Benedicto, obispo de Sutri, conde de Tusculum, hijo de David y pariente de Alberico II, fue resultado de un compromiso entre las dos facciones: candidato del bando imperial, resultaba también aceptable para la aristocracia romana. El antipapa Franco protagonizaría, el año 980, una nueva ofensiva que obligó a Benedicto a abandonar Roma, pero las tropas imperiales se encargaron de restaurarle y de devolver a Bonifacio al exilio. De este modo, hasta el 981 no pudo desarrollar en paz su pontificado. Mostraba una estrecha amistad a san Mayeul de Cluny y entusiasmo por la reforma que estaba presidiendo. Una serie de sínodos incrementó progresivamente la libertad de que gozaban sus monasterios, asegurándoles así las condiciones que necesitaban para triunfar. También se ocuparon de reforzar la estructura jurídica en Alemania: el obispo de Maguncia, vicario pontificio, recibió el privilegio de coronar a los reyes de Romanos, que es como se titulaban los soberanos antes de convertirse en emperadores. Dietrich de Tréveris fue el primer extranjero promovido cardenal de los Cuatro Santos Coronados. A principios del 976 fue confirmado el primer obispo de Praga, Thietmar, con jurisdicción sobre Bohemia y Moravia. En la propia Roma, Benedicto restauró el monasterio griego de los Santos Bonifacio y Alexis, colocándolo bajo la dependencia del patriarca Sergio de Damasco, refugiado en la ciudad a causa de la invasión musulmana. La larga estancia de Otón II (973-980) en Italia favoreció extraordinariamente la autoridad del papa. Con él compartía el emperador la profunda voluntad de reforma. El principal de los colaboradores eclesiásticos de Otón, Giseler, trasladado a Magdcburgo desde la suprimida sede de Merseburgo, se convirtió en cabeza del gran movimiento de evangelización de los eslavos, que progresaba con creciente rapidez. Una noticia posterior, que ignoramos si es correcta, afirma que Benedicto, antes de ser papa, había hecho una peregrinación a Jerusalén. Tal vez tenga alguna relación con el hecho de que fuera inhumado en la basílica dedicada en Roma a la Santa Cruz.
Juan XIV (diciembre 983 - 20 agosto 984)
Hubo una larga vacante, hasta que Otón II se decidió a ofrecer la tiara a Pedro Canepanova, obispo de Pavía y su vicecanciller, para el reino de Italia. No parece que haya tenido lugar ninguna clase de elección, lo que puede explicar la impopularidad de que desde el primer momento se vio rodeado. Cambió su nombre por el de Juan para que no se repitiera el del príncipe de los apóstoles. El emperador quería tener a un gobernante con experiencia y capacidad que llevara adelante el programa de desarrollo de la Iglesia y también las relaciones con el sur de Italia. La única bula de él conservada, otorgando el pallium al obispo Alo de Benevento, responde a los deseos del emperador. Como una consecuencia de tan estrecha dependencia, la muerte de Otón II, a causa de la malaria (7 diciembre del 983) y el retorno de la emperatriz Teófano a Alemania, para garantizar la sucesión de su hijo Otón III (983-1002), demasiado jo- ven, dejaron a Juan XIV en un absoluto desamparo. En abril del 984, contando esla vez con el apoyo de Crescencio, Benedicto VII regresó. Juan, sometido a juicio y despojado, fue encerrado en Sant'Angelo, en donde falleció, por hambre o veneno, el 20 de agosto de aquel mismo año.
Educación
El ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, ha anunciado que va a eliminar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (EpC) por Educación Cívica y Constitucional, que, según ha dicho, estará "libre de cuestiones controvertidas y de adoctrinamiento ideológico".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)