Ayuno y Tentaciones de Cristo
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios». Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.
(Mt. 4,1-11)
Hoy hay sacerdotes que niegan las Tentaciones. Tengo el resumen de un artículo publicado con toda clase de aprobaciones en la "Revista Eclesiástica" de Lima, que me mandó mi amigo el P. jesuita Florentino Alcañiz: niega la realidad de las Tentaciones de Cristo y afirma que son una "dramatización" para expresar la eterna lucha del bien y del mal. Niega también que haya endemoniados y afirma que todos los "endemoniados" del Evangelio fueron enfermos y nada más. ¿Y cómo Cristo los dio por endemoniados, e incluso habló con los demonios? Ah, ésa es otra "dramatización", para significar la existencia del mal en el mundo. Después, como si esto fuese poco, se mete con la Santísima Madre de Jesucristo (cosa que Jesucristo no suele tolerar) y dice que la aparición del Ángel Gabriel es un cuento ridículo; y que eso es otra dramatización del "monólogo interior" de María Santísima; o sea, que la Virgen se preguntó ella misma y se respondió ella misma: -¿Quieres ser Madre de Dios? -Sí quiero, cómo no.
Entonces, según Su Sapientísima Reverencia, los milagros de Cristo podrían ser todos "dramatizaciones" -Perfectamente, cómo no -Entonces, Reverendo, ¿en qué se funda su fe? -Se funda en la razón -Hace mucho tiempo que no tienes ni pizca de fe -ni pizca de razón- diría tu Padre San Ignacio de Loyola.
Me hace acordar lo que le sucedió a un paisano mío de Reconquista, que se le paró al lado un turista en auto y dijo: -Oiga amigo ¿éste es el camino que va a Reconquista? -Síseñor. El otro puso en marcha el auto y el paisano le gritó: -Ep, párese! -¿Qué hay? -Este es el camino de Reconquista; pero si quiere llegar a Reconquista, pegue media vuelta y agarre pal otro lao, dirección contraria. Así este Profesor de Escritura, anda por la Sagrada Escritura, pero en dirección contraria: cree que anda entrando y anda saliendo.
Las Tentaciones de Cristo son reales y verdaderas. No diré que sean fáciles: son la mar de raras.
Algunos intérpretes (Durand, y también en cierto modo San Jerónimo y San Juan Crisóstomo) dicen que es natural, Cristo siendo Dios no podía ser tentado como nosotros los hombres. Pero Cristo no fue tentado como Dios, es imposible; y su natura de hombre es esencialmente la misma que la mía.
Mejor dijo el gran místico alemán del siglo XIII Maestro Eckhart: que las tentaciones de Cristo fueron las mismas que las nuestras. ¿Cómo se entiende eso?
La materia de nuestras tentaciones es diferente; en realidad es diferente en cada hombre; pero el fondo (o sea lo que llaman los tomistas "la forma", que no significa figura sino la estructura esencial de cada cosa, el "alma" como si dijéramos) ésa es la misma. El esquema general es el mismo.
En la parábola de las "Dos Banderas" que inserta San Ignacio en sus "Ejercicios Espirituales", presenta a Cristo y a Satán como dos caudillos que están reclutando gente para sus campañas bélicas: San Ignacio ve la vida cristiana como una milicia, pues él había sido milico. El Mal Caudillo se sienta en un trono de fuego y humo, en figura horrible y espantosa; y haciendo llamamiento de innumerables demonios los manda a tentar por tres escalones; primero de codicia de riquezas; después de vano honor del mundo; por último a recrecida soberbia; de donde después los precipiten en todos los vicios y pecados. "Dale al diablo un cabello y te tomará todo el pelo" -dice el español. San Juan Crisóstomo pone también estos tres escalones.
Los que hacen los ejercicios dicen -yo mismo lo he dicho alguna vez: "Eso es inexacto. Las tentaciones comunes son: 1º querer tener mucha plata; 2º exceso de lujo, boato, diversiones y comodidades; 3º pecados carnales". Eso es así, pero es un caso particular del esquema de San Ignacio y del esquema de las Tentaciones de Cristo: primero tienta el demonio con la codicia de una cosa creada (y todas las cosas creadas menos la salud pueden conseguirse con la plata), una cosa creada que no es mala en sí, pero que apegársele demasiado es malo -a veces muy malo; después tienta con una cosa ya mala, aunque no sea o no parezca un crimen; después tienta con cosas perversas. No está obligado el diablo a tentar en este orden lógico; y por eso tampoco los Evangelistas las ponen en el mismo orden: Lucas lo cambia.
Codicia de riquezas: demasiado nos previno Cristo contra ella; el mundo de hoy ha olvidado esa prevención; y por eso anda trastornado; estamos en el Reino del Dinero. Un multimillonario argentino tiene poco que ver con un multimillonario yanqui; pero aquí no hay muchos. Un millonario yanqui, que había muchos hasta llegar al poder Teodoro Roosevelt y los llamaban "los Megaterios Sagrados" no son millonarios, son billonarios (en Estados Unidos y Francia un billón son mil millones). ¿Saben Uds. cuánto viene a ser un billón? Ni lo imaginamos. Por ejemplo, si al nacer Cristo un hombre tuviera un billón de dólares y gastase mil dólares al día (cosa que ningún hombre puede), ahora, pasados casi dos mil años a 365.000 dólares al año, le quedaría dinero todavía que gastar unos 700 años -un poco más. Hagan la cuenta, es una multiplicación y una división que puede hacer un escuelerito de 6º grado.
Es una aberración que un hombre tenga un billón; no lo ha ganado, es un robo; y esa aberración gobierna hoy al mundo. Santo Tomás dice que si se permite a todos que lucren todo lo que puedan, sin límites, eso no es lícito, es aberrante. Ahora no hay muchos billonarios en E.E.U.U., porque el Estado, por medio de exorbitantes impuestos, barre con las grandes fortunas; pero el Estado a su vez se ha convertido en billonario, trillonario y cuatrillonario, y eso es para peor. No solamente la deuda pública, solamente los intereses de la deuda pública de E.E.U.U. pasan del billón. ¿Y quién va a pagar esa deuda? Nadie, no se puede pagar. ¿Y los intereses? Los paga todo el mundo, empezando por las naciones sonsas.
Un amigo me dijo que el Diablo ha puesto a los E.E.U.U. las tres tentaciones; la tentación de la riqueza, y han caído; la tentación de la fama y el poder, y han caído: robo de territorios a Méjico y España, entrada innecesaria en las dos Grandes Guerras, poder: lo han conseguido. Ahora le ha puesto la última: el gobierno del mundo entero; lo mismo que a China, Rusia y De Gaulle (Europa); a los cuatro Grandes. Veremos lo que pasa.
Esto sólo ya es un loquero; el mundo no puede andar bien; y encima están los otros dos escalones del diablo -que dependen del primero.
Salto los otros dos escalones, porque no hay tiempo. En el segundo escalón están la vanagloria, el auto-engrupimiento y la ambición. Cada día se publican en el mundo (y la gente los lee) millares de libros lascivos, obscenos, sacrílegos, crueles o absurdos. ¿De qué viene eso? De la angurria de gloria, y también de dinero, de los escritores. Y la ambición ha causado más muertes en el mundo que todas las pestes juntas; porque della proceden las guerras.
En el tercer escalón está la crecida soberbia, que fue el pecado del Diablo y también de Adán. Al llegar aquí Cristo rechazó a Satanás sin cortesía: "¡Fuera de aquí!"
Así que vean cómo el diablo tentó a Cristo según el esquema; por supuesto que lo tentó en la suposición de que Cristo podía ser el Mesías, cosa que el Maldito no sabía seguro. Primero lo tienta con una cosa buena, el pan; pero que la consiguiera por mal camino, un milagro innecesario; segundo, con el afán de hacerse famoso, pero por medio de una temeridad, la cual es en sí mismo pecado grave contra la Prudencia; tercero, con una máxima maldad -a la cual tentación sucumbirá el Anticristo: tomar al diablo como Dios12.
Como dije antes, este Evangelio está erizado de dificultades: he explicado la principal. Por ejemplo: ¿agarró el Diablo a Cristo que estaba en el desierto y lo llevó volando al pináculo del Templo? "¡Qué julepe tendría el Maldito!" -dice Santa Teresa. Probablemente se apareció en figura de peregrino y le pidió lo acompañara al Templo: el texto griego dice "paralambánein" que no significa "agarrar" ni "transportar" sino "conducir consigo". ¿Y luego lo llevó volando a un monte alto desde donde se vieran "todos los Reinos del Mundo -a la montaña de Djebel Karantal, a 30 km. de Jerusalén, como dice la leyenda? También aquí dice "paralambánein". Probablemente produjo una gran visión imaginaria en torno a Cristo, donde se viese además de Jerusalén muchas suntuosas ciudades, ríos, valles y mares -todo el mundo en abreviatura.
El Diablo da bien de comer y da mal de cenar, dice el español. Al final del Padre Nuestro pedimos a Dios nos libre del Mal -o nos libre del Diablo- como traducen los ingleses ("the Evil One") y los alemanes; y los brasileros. No podemos saber qué palabra aramea dijo Cristo, pues no nos ha quedado el Evangelio arameo de San Mateo -si es que existió. En griego y en latín, la última palabra del Padre Nuestro puede traducirse "de todo mal" o "del Malo"; porque ese ablativo que hay allí: "a malo" y "Apò poneeroû" puede venir de un nominativo masculino o bien neutro.
Es lo mismo de todos modos: que nos libre del pecado o del Diablo que es el que induce y se aprovecha del pecado.
P. Leonardo Castellani
domingo, 13 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
viernes, 11 de marzo de 2011
via crucis x todas las victimas
Hace siete años en Madrid... Hoy en Japon, un tsunami...
Oremos por todas las victimas, por todo esos sufrimientos.
OFRECIMIENTO: Oh Jesús, Pastor Eterno de las almas, dígnate mirar a los sacerdotes. Guárdalos al abrigo de tu corazón; conserva sin mancha sus manos que diariamente tocan tu Sacratísimo Cuerpo; conserva purificados sus labios con tu Preciosa Sangre; conserva inmaculado su corazón, marcado con el sello sublime del sacerdocio. No permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, bendice sus trabajos; que el fruto de sus desvelos sea la salvación de muchas almas aquí en la tierra, para que sean su corona en el cielo. Amén.
PRIMERA ESTACION: Jesús es condenado a muerte
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús es sentenciado a muerte. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por el dolor que sufrió tu corazón por esta injusta sentencia, te ruego por tus sacerdotes que son injustamente juzgados y calumniados.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEGUNDA ESTACION: Jesús carga con la cruz camino al calvario
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Jesús carga con la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. Jesús mío! por la inmensa fatiga y la llaga que te causó el peso de la cruz en tu espalda, te ruego por tus sacerdotes. Dales fuerzas para que carguen con su cruz y la abracen con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
TERCERA ESTACION: Jesús cae por primera vez.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por primera vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Mi Jesús!, por esta primera caída te ruego por tus sacerdotes jóvenes, por tus seminaristas... Dales a todos perseverancia y fortaleza. Si alguno cae, levántalo para que vaya en pos de ti.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
CUARTA ESTACION: Jesús se encuentra con su Santísima Madre
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos;
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Madre del Eterno Sacerdote!, por aquel terrible dolor que atravesó tu corazón, te ruego por la soledad de los sacerdotes. Quen en ti vean a la madre amorosa que los consuela y alienta.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
QUINTA ESTACION: El Cireneo ayuda a Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El Cirineo ayuda a llevar la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor!, por aquella mirada de amor que dirigiste al Cireneo, cuando te ayudó a llevar tu cruz, te ruego por los sacerdotes. Que cuando la cruz les parezca pesada, sientan que tú la llevas con ellos y los miras con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEXTA ESTACION: La Verónica limpia el rostro de Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos;
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
La Veronica enjuga el rostro del Señor. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor Jesús!, en aquellos momentos todos te daban la espalda, solamente ella se atrevió a acercarse y a limpiar tu Divino Rostro. Que tu santa imagen se grabe en las mentes de los sacerdotes para que te sean fieles. Que yo nunca te vuelva la espalda cuando tus sacerdotes necesiten de mí. Confórtalos con tu amor, para que sean valientes
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEPTIMA ESTACION: Jesús cae por segunda vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por segunda vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor Jesús!, por el peso de la cruz volviste a caer. Por este dolor, ruego tu misericordia para tus sacerdotes de edad madura; confórtalos en su fe, sosténlos; ten presente que hay muchas almas que gimen en la oscuridad y necesitan que alguien las lleve hacia ti. ¿Tus sacerdotes son la sal de la tierra y si la sal se desvirtua? Tenemos mucha necesidad de sacerdotes santos!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
OCTAVA ESTACION: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús advierte a las mujeres que lloraban por El. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. Por aquellas palabras: "No lloreis por mi, sino por vosotras y vuestros hijos", danos, Señor, lágrimas de arrepentimiento verdadero por nuestras culpas y llena el corazón de tus sacerdotes de amor a la penitencia y a la oración. Que en todos los momentos permanezcan fieles sus promesas sacerdotales.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
NOVENA ESTACION: Jesús cae por tercera vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por tercera vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por esta tercera caída te ruego que los sacerdotes sean "uno contigo"; que por la humildad puedan hacer desaparecer su propio egoísmo, para darte el paso a ti y ocupes tú el lugar primero en los corazones.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
DECIMA ESTACION: Jesús es despojado de sus vestiduras
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús despojado de sus vestiduras. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta amargura sufrió tu corazón! ¡Cuántas angustias padeció tu alma! Te ruego por tus sacerdotes caídos, por los que no te han sido fieles. Señor, ante tu dolor, no me atrevo a decir más...
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
UNDECIMA ESTACION: Jesús es clavado en la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús es clavado en la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por este terrible dolor, por tu sed, por tus llagas, por tus tribulaciones espirituales, te ruego que tus sacerdotes sientan cada día más sed de ti, para que lleven las almas al Padre.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DUODECIMA ESTACION: Jesús muere en la cruz.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Mi Jesús! Por tus inenarrables dolores, por tus infinitas angustias, por tu muerte en la cruz, y por el padecimiento infinito se tu Santísima Madre, te imploro que sepan tus sacerdotes vivir y morir en la cruz de tu pasión, que ellos mismos escogieron con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DECIMA TERCERA ESTACION: Jesús es bajado de la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
El cuerpo de Jesús es puesto en brazos de su Madre. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío! ¡Soledad de María! Cuánta amargura al contemplar el cuerpo exánime de tu hijo martirizado. Te ruego, Virgen Dolorosa, por la soledad de los sacerdotes. Llénalos tú con tu inconmensurable amor de madre, haz que comprendan que teniéndote a ti, dentro de su corazón, nunca... nunca, estarán solos.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DECIMA CUARTA ESTACION: Jesús es sepultado
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Jesús en el sepulcro. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío! por tu vida, pasión y muerte, te ruego que tus sacerdotes te amen siempre, para que al llegar la hora de su muerte, puedan decir: ¡Señor, todo lo hice por tu amor! Pongo en tus manos a todos los sacerdotes que están agonizando y a todos los sacerdotes difuntos. Sé tú Señor, su espléndida recompensa.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
ORACIÓN FINAL: ¡Oh Jesús, Sacerdote eterno! Escucha nuestra plegaria por la porción más amada de tu corazón: tus sacerdotes. Nos unimos a ti en tu oración sacerdotal para decir contigo: "Padre que todos sean uno, como tú y yo somos uno." Amén.
Oremos por todas las victimas, por todo esos sufrimientos.
OFRECIMIENTO: Oh Jesús, Pastor Eterno de las almas, dígnate mirar a los sacerdotes. Guárdalos al abrigo de tu corazón; conserva sin mancha sus manos que diariamente tocan tu Sacratísimo Cuerpo; conserva purificados sus labios con tu Preciosa Sangre; conserva inmaculado su corazón, marcado con el sello sublime del sacerdocio. No permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, bendice sus trabajos; que el fruto de sus desvelos sea la salvación de muchas almas aquí en la tierra, para que sean su corona en el cielo. Amén. PRIMERA ESTACION: Jesús es condenado a muerte
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús es sentenciado a muerte. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por el dolor que sufrió tu corazón por esta injusta sentencia, te ruego por tus sacerdotes que son injustamente juzgados y calumniados.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEGUNDA ESTACION: Jesús carga con la cruz camino al calvario
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Jesús carga con la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. Jesús mío! por la inmensa fatiga y la llaga que te causó el peso de la cruz en tu espalda, te ruego por tus sacerdotes. Dales fuerzas para que carguen con su cruz y la abracen con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
TERCERA ESTACION: Jesús cae por primera vez.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por primera vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Mi Jesús!, por esta primera caída te ruego por tus sacerdotes jóvenes, por tus seminaristas... Dales a todos perseverancia y fortaleza. Si alguno cae, levántalo para que vaya en pos de ti.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
CUARTA ESTACION: Jesús se encuentra con su Santísima Madre
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos;
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Madre del Eterno Sacerdote!, por aquel terrible dolor que atravesó tu corazón, te ruego por la soledad de los sacerdotes. Quen en ti vean a la madre amorosa que los consuela y alienta.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
QUINTA ESTACION: El Cireneo ayuda a Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El Cirineo ayuda a llevar la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor!, por aquella mirada de amor que dirigiste al Cireneo, cuando te ayudó a llevar tu cruz, te ruego por los sacerdotes. Que cuando la cruz les parezca pesada, sientan que tú la llevas con ellos y los miras con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEXTA ESTACION: La Verónica limpia el rostro de Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos;
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
La Veronica enjuga el rostro del Señor. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor Jesús!, en aquellos momentos todos te daban la espalda, solamente ella se atrevió a acercarse y a limpiar tu Divino Rostro. Que tu santa imagen se grabe en las mentes de los sacerdotes para que te sean fieles. Que yo nunca te vuelva la espalda cuando tus sacerdotes necesiten de mí. Confórtalos con tu amor, para que sean valientes
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
SEPTIMA ESTACION: Jesús cae por segunda vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por segunda vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Señor Jesús!, por el peso de la cruz volviste a caer. Por este dolor, ruego tu misericordia para tus sacerdotes de edad madura; confórtalos en su fe, sosténlos; ten presente que hay muchas almas que gimen en la oscuridad y necesitan que alguien las lleve hacia ti. ¿Tus sacerdotes son la sal de la tierra y si la sal se desvirtua? Tenemos mucha necesidad de sacerdotes santos!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
OCTAVA ESTACION: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús advierte a las mujeres que lloraban por El. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. Por aquellas palabras: "No lloreis por mi, sino por vosotras y vuestros hijos", danos, Señor, lágrimas de arrepentimiento verdadero por nuestras culpas y llena el corazón de tus sacerdotes de amor a la penitencia y a la oración. Que en todos los momentos permanezcan fieles sus promesas sacerdotales.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
NOVENA ESTACION: Jesús cae por tercera vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús cae por tercera vez. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por esta tercera caída te ruego que los sacerdotes sean "uno contigo"; que por la humildad puedan hacer desaparecer su propio egoísmo, para darte el paso a ti y ocupes tú el lugar primero en los corazones.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
DECIMA ESTACION: Jesús es despojado de sus vestiduras
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús despojado de sus vestiduras. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta amargura sufrió tu corazón! ¡Cuántas angustias padeció tu alma! Te ruego por tus sacerdotes caídos, por los que no te han sido fieles. Señor, ante tu dolor, no me atrevo a decir más...
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
UNDECIMA ESTACION: Jesús es clavado en la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús es clavado en la cruz. Bendito sea para siempre tan gran Señor y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío!, por este terrible dolor, por tu sed, por tus llagas, por tus tribulaciones espirituales, te ruego que tus sacerdotes sientan cada día más sed de ti, para que lleven las almas al Padre.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DUODECIMA ESTACION: Jesús muere en la cruz.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Mi Jesús! Por tus inenarrables dolores, por tus infinitas angustias, por tu muerte en la cruz, y por el padecimiento infinito se tu Santísima Madre, te imploro que sepan tus sacerdotes vivir y morir en la cruz de tu pasión, que ellos mismos escogieron con amor.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DECIMA TERCERA ESTACION: Jesús es bajado de la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
El cuerpo de Jesús es puesto en brazos de su Madre. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío! ¡Soledad de María! Cuánta amargura al contemplar el cuerpo exánime de tu hijo martirizado. Te ruego, Virgen Dolorosa, por la soledad de los sacerdotes. Llénalos tú con tu inconmensurable amor de madre, haz que comprendan que teniéndote a ti, dentro de su corazón, nunca... nunca, estarán solos.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
DECIMA CUARTA ESTACION: Jesús es sepultado
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Jesús en el sepulcro. Bendito sea para siempre tan gran Señor, y su Santísima Madre que padeció tan gran dolor. ¡Jesús mío! por tu vida, pasión y muerte, te ruego que tus sacerdotes te amen siempre, para que al llegar la hora de su muerte, puedan decir: ¡Señor, todo lo hice por tu amor! Pongo en tus manos a todos los sacerdotes que están agonizando y a todos los sacerdotes difuntos. Sé tú Señor, su espléndida recompensa.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria
ORACIÓN FINAL: ¡Oh Jesús, Sacerdote eterno! Escucha nuestra plegaria por la porción más amada de tu corazón: tus sacerdotes. Nos unimos a ti en tu oración sacerdotal para decir contigo: "Padre que todos sean uno, como tú y yo somos uno." Amén.
jueves, 10 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
menu cuaresmal
1. TENER A MANO:
Abrelatas, para abrir corazón endurecido.
Cuchillo, para cortar vicios.
Destapador, para destapar lo atorado en las relaciones familiares.
Colador, para pasar por alto las ofensas y purificar intenciones.
Mandil, para el servicio.
2. ABSTENERSE:
Abstenerse de comer prójimo (chismes, murmuraciones y calumnias).
Quitarle al condimento los desquites.
Evitar consumir altas grasas de egoísmo.
No tomar vinagre, que pone de mal humor.
Lavar bien el corazón para que no se infecte de la cólera.
Evitar el consumo excesivo de picantes, para no "picarse" y decir maldiciones.
Evitar el camarón, porque adormece la conciencia, y "camarón que se duerme, se lo lleva la corriente".
No tomar postres helados que congelen el afecto.
Evitar comer pan de muertos -de envidia.
3. MENÚ RECOMENDADO:
Como plato fuerte: exquisita caridad para con el prójimo.
Caldo de atención a los desamparados y enfermos.
Ensalada de detalles de afecto para los suyos.
Pan abundante para compartir con el hambriento.
Vino de alegría para convidar a los tristes y desanimados.
Sopa de letras para escribir más seguido a familiares y amigos.
Sopa de zanahoria para ver con buenos ojos a los demás.
Pan bendito para los afligidos, ya que "las penas con pan son menos".
DE POSTRE, SE RECOMIENDA:
Perita en dulce, para ser buena persona.
Yogurt de guayaba... para repetir gestos de perdón.
Naranja dulce y limón partido "dame un abrazo que yo te pido"(abrazar a los seres queridos, y darles muestras de aprecio verdadero, no de chocolate).
Y no olvides:
"DONDE COME UNO, COMEN DOS" Y "ÉCHALE SIEMPRE MÁS AGUA A LA SOPITA".
Comparte tu vida con OTRAS PERSONAS. Finalmente, el Chef celestial recomienda sobre todo el alimento espiritual:
"EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE, TIENE VIDA ETERNA"
Abrelatas, para abrir corazón endurecido.
Cuchillo, para cortar vicios.
Destapador, para destapar lo atorado en las relaciones familiares.
Colador, para pasar por alto las ofensas y purificar intenciones.
Mandil, para el servicio.
2. ABSTENERSE:
Abstenerse de comer prójimo (chismes, murmuraciones y calumnias).
Quitarle al condimento los desquites.
Evitar consumir altas grasas de egoísmo.
No tomar vinagre, que pone de mal humor.
Lavar bien el corazón para que no se infecte de la cólera.
Evitar el consumo excesivo de picantes, para no "picarse" y decir maldiciones.
Evitar el camarón, porque adormece la conciencia, y "camarón que se duerme, se lo lleva la corriente".
No tomar postres helados que congelen el afecto.
Evitar comer pan de muertos -de envidia.
3. MENÚ RECOMENDADO:
Como plato fuerte: exquisita caridad para con el prójimo.
Caldo de atención a los desamparados y enfermos.
Ensalada de detalles de afecto para los suyos.
Pan abundante para compartir con el hambriento.
Vino de alegría para convidar a los tristes y desanimados.
Sopa de letras para escribir más seguido a familiares y amigos.
Sopa de zanahoria para ver con buenos ojos a los demás.
Pan bendito para los afligidos, ya que "las penas con pan son menos".
DE POSTRE, SE RECOMIENDA:
Perita en dulce, para ser buena persona.
Yogurt de guayaba... para repetir gestos de perdón.
Naranja dulce y limón partido "dame un abrazo que yo te pido"(abrazar a los seres queridos, y darles muestras de aprecio verdadero, no de chocolate).
Y no olvides:
"DONDE COME UNO, COMEN DOS" Y "ÉCHALE SIEMPRE MÁS AGUA A LA SOPITA".
Comparte tu vida con OTRAS PERSONAS. Finalmente, el Chef celestial recomienda sobre todo el alimento espiritual:
"EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE, TIENE VIDA ETERNA"
martes, 8 de marzo de 2011
Mensaje del Papa para la Cuaresma
«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Benedicto XVI
MI CAMINO PARA LA CUARESMA
Ayunaré de juzgar a otros… Descubriré a Cristo que vive en ellos
Ayunaré de palabras hirientes… Diré frases sanadoras
Ayunaré del egoísmo… Viviré en gratuidad
Ayunaré de enojos… Procuraré vivir en paciencia
Ayunaré de pesimismo… Me llenaré de esperanza
Ayunaré de preocupacione… Confiaré más en Dios
Ayunaré de quejarme… Daré gracias a Dios por la maravilla de la vida
Ayunaré de la angustia… Oraré con más frecuencia
Ayunaré de la amargura… Practicaré el perdón
Ayunaré de darme importancia a mi mismo… Seré compasivo con los demás
Ayunaré de ansiedad sobre mis cosas… Me comprometeré en la propagación del Reino
Ayunaré de desalientos… Me llenaré del entusiasmo de la fe
Ayunaré de todo lo que me separe de Jesús… Intentaré vivir muy cerca de Él
Y en esta dirección, materiales para este tiempo que empezamos
http://www.mercaba.org/Temas/cuaresma.htm
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Benedicto XVI
MI CAMINO PARA LA CUARESMA
Ayunaré de juzgar a otros… Descubriré a Cristo que vive en ellos
Ayunaré de palabras hirientes… Diré frases sanadoras
Ayunaré del egoísmo… Viviré en gratuidad
Ayunaré de enojos… Procuraré vivir en paciencia
Ayunaré de pesimismo… Me llenaré de esperanza
Ayunaré de preocupacione… Confiaré más en Dios
Ayunaré de quejarme… Daré gracias a Dios por la maravilla de la vida
Ayunaré de la angustia… Oraré con más frecuencia
Ayunaré de la amargura… Practicaré el perdón
Ayunaré de darme importancia a mi mismo… Seré compasivo con los demás
Ayunaré de ansiedad sobre mis cosas… Me comprometeré en la propagación del Reino
Ayunaré de desalientos… Me llenaré del entusiasmo de la fe
Ayunaré de todo lo que me separe de Jesús… Intentaré vivir muy cerca de Él
Y en esta dirección, materiales para este tiempo que empezamos
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la mujer invisible
Impresionante mensaje. Disfrutalo
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